El descenso de la sakîna (tançil as-sakîna)

Dijo el Mensajero de Al-lâh (paz y bendiciones):
“La sakîna es un aire ligero que viene del desierto”.

A Abdelhalim Jean-Loup Herbert,
in memoriam

 
Serenidad / sakîna. Este es uno de los términos coránicos más difíciles de traducir, aunque su sentido es simple, casi transparente. Muhámmad Asad lo traduce como paz interior. Abdel Gany Melara como sosiego. Juan Vernet como tranquilidad. André Chouraqi como Presencia de Al-lâh. La traducción que nos parece más ajustada es serenidad, en el sentido que Heidegger daba a la palabra (gelassenheit): “La Serenidad para con las cosas y la apertura al misterio se pertenecen la una a la otra. Nos hacen posible residir en el mundo de un modo distinto”. No es una tranquilidad cualquiera. Incluye las nociones de imperturbabilidad, impavidez, entereza, firmeza. Una capacidad de palpar lo ente con sosiego, no para evadirse, sino para afrontarlo de un modo consistente. No es un sosiego cómodo o descomprometido. Precisamente, la sakîna es necesaria para afrontar un reto, para superar un obstáculo que puede parecernos insalvable. No es un sopor o un letargo, es una serenidad atenta, firme pero cautelosa.

El día de Hunain / yawm al-Hunain. Existe un episodio histórico asociado al descenso de la sakîna, aunque aquí nos interesa como un acontecimiento del espíritu. Dice el Corán:

“Ciertamente, Al-lâh os ha auxiliado en muchos campos de batalla,
y en el Día de Hunain, cuando os complacíais de vuestra multitud
y esta no os sirvió de nada —pues la tierra,
en toda su vastedad, se os hizo estrecha
y volvisteis la espalda, huyendo.”

(Corán 9: 25).

El Día de Hunain es la batalla que se libró tras la conquista de Mekka, en el año 8 de la Hégira. La particularidad de Hunain es que se produce tras el retorno los creyentes a Mekka, cuando lo más difícil ha pasado y toda resistencia parece ya vencida. Al principio, el número de los musulmanes era de unos 12.000 hombres y mujeres, por primera vez muy superior al de las tropas enemigas. Muchos eran mequíes recientemente convertidos. Una emboscada diezmó a los nuevos musulmanes. Muchos de ellos huyeron: la tierra se les hizo estrecha. Para aquellos a quienes la sakîna no alcanza, la tierra no es morada (maskin). Incluso la más basta extensión no es suficiente para calmar su desamparo. La estampida puso en minoría a los creyentes, dejó un grupo reducido de allegados al profeta. En ese momento,

“Al-lâh hizo descender Su sakîna sobre Su Enviado
y sobre los creyentes e hizo descender a los ángeles”

(Corán 9, 26).

Auxilio / nasr. La sakîna es un regalo, un don que desciende a los corazones de los creyentes en medio de las dificultades. Es un auxilio de Al-lâh, un estado de serenidad donde el hombre encuentra la capacidad para resolver las crisis. No todo el mundo puede recibir la sakîna. El sir es Al-lâh (auxiliador, el que da la victoria), mientras que el ser humano es mansûr (victorioso, auxiliado por Al-lâh); victorioso indirectamente gracias a esa Presencia que lo anima y refuerza. El Corán dice: “sin el nasr de Al-lâh vosotros no podríais vencer”.

Cuidado / taqwâ. La sakîna se relaciona con la taqwâ:

“Al-lâh hizo descender Su sakîna
sobre Su enviado y sobre los creyentes,
vinculándolos a la palabra de la taqwa (kalimat at-taqwâ)”

(Corán 48: 26).

Uno de los significados de taqwâ es precaución, cautela. Tener cuidado con lo que cada cosa conlleva: la serenidad para con las cosas. Se dice que el gato se mueve en un zarzal con taqwâ, con una lentitud y cuidado que le evita pincharse, mientras el perro se clava todas las espinas. Taqwâ es el control y la conciencia sobre nuestros actos, tener en cuenta a Al-lâh en todo momento. La palabra de la taqwâ es una palabra consciente, mesurada. La sakîna nos permite acceder a esta palabra, enfrentar el reto con el mayor cuidado.

Confianza / imân. La sakîna incrementa el imân:

“Él es quien hizo descender la sakîna
en los corazones de los creyentes,
para que añadan imân a su imân”

(Corán 48: 4).

El imân es la cualidad del mu’min: su confianza en Al-lâh, su receptividad ante lo que lo sobrepasa. Solo podemos acceder a lo divino mediante una apertura del corazón que está más allá de todo cálculo, que no se detiene ante la muerte. El imân nos abre a lo que nos rodea como un signo, algo significativo. Todo lo que nos sucede nos concierne de una forma que todavía no se ha desvelado, y que no necesariamente conoceremos nunca. El imân es aquí la entrega confiada al devenir, la actitud necesaria para afrontar una prueba de la cual no conocemos el sentido. Al-lâh se nos revelará en el momento preciso, si nos entregamos al Decreto.

Victoria / fath. La sakîna viene acompañada por los ángeles auxiliadores. Sin la ayuda de los ángeles, la victoria (fath) es imposible. Los ángeles danzan, donan la victoria. El combate tiene unas implicaciones que nos sobrepasan, es una prueba para los creyentes. Dice el Corán:

“La tierra, en toda su vastedad, se os hizo estrecha
y volvisteis la espalda, huyendo.”

(Corán 9: 25).

 La tradición nos muestra que de los 12.000 combatientes, la estampida en masa dejó un grupo reducido que no sobrepasaba los 300. Estos fueron los que se apiñaron en torno de Muhámmad, paz y bendiciones. Solo aquellos que tienen imân exponen sus vidas por la causa de Al-lâh. La palabra fath significa al mismo tiempo victoria y apertura; el acto de abrir algo que estaba cerrado. No se trata de una victoria militar, sino de una conquista espiritual. El incremento del imân, el vínculo con la palabra de la taqwâ. La auténtica conquista es siempre una apertura.

Descenso / tançil. Al-lâh hizo descender la sakîna: Huwa al-adzi ançal as-sakîna. El descenso de la sakîna no implica palabra sino el silencio puro que precede a la palabra de la taqwâ. El silencio (sukûn) en medio del conflicto, un instante de imperturbabilidad que nos pone por encima de las circunstancias. Para el hombre sometido todo miedo es superfluo. Dice Al-lâh en el Corán:

“Quienes sigan mi dirección,
no habrá miedo para ellos ni se entristecerán”

(Corán 2: 38)

La sakîna implica entregarse al devenir de forma confiada, un instante de paz que precede a la alegría de la muerte. No se puede vivir acobardado, vivir es entregarse a un Decreto que nos sobrepasa.

Corazón / qalb. La sakîna desciende al corazón: ançalna fi-qulub. El corazón (qalb) es el centro (qalb) del ser humano, el órgano de percepción teofánica por excelencia. La trilítera q-l-b relaciona el corazón con el cambio y las fluctuaciones (taqlib). El qalb es el órgano por excelencia de las transformaciones, del paso del hombre de morada en morada. Es precisamente en el corazón donde la sakîna desciende, justo en el órgano que más siente las tribulaciones, que más se acelera ante el peligro. Lo cambiante del corazón se serena con el descenso de la sakîna, deja de bombear aceleradamente. El corazón se ensancha: aumenta el imân y el mum’in encuentra la palabra de la taqwâ, la palabra justa en la situación precisa.

Arca / tâbût. La palabra hebrea para sakîna es shejiná. La identidad entre ambos términos está implícita en el Corán. En la sura al-baqara, “un profeta” defiende ante los judíos el derecho a la soberanía de Tâlût (que los comentaristas identifican con Saúl), les dice:

 “He aquí el signo de su realeza (ayat mulkihî):
el Arca (tâbût) vendrá a vosotros con la sakîna,
los legados de la Casa de Moisés y de la Casa de Aaron
traídos por ángeles”.

(Corán, 2: 248).

Según la tradición judía, la shejiná habita en el Arca (téba, en hebreo) de la Alianza.

Alianza / mîçâq. El Arca (tâbût) contiene la Alianza (mîçâq). El mîçâq es el encuentro entre el ser humano y Al-lâh, un compromiso establecido entre dos partes que les ata. Con la sakiná desciende la Palabra que vincula al Creador y la criatura. Ese pacto es sellado en lo más secreto del corazón (qalb), donde Al-lâh y el hombre se encuentran. El Arca es un cofre, una cisterna (qalîb), una metáfora del corazón-centro fluctuante. Solo allí el miçaq se establece, solo allí puede ser renovado. El Corán recuerda el pacto de Al-lâh con los Banî Israel:

“Y cuando tomamos vuestro mîçâq
y alzamos sobre vosotros la montaña”.

(Corán 2: 63).

La montaña es el modelo, el maçal o arquetipo de toda construcción sagrada: “Construye según el modelo que te ha sido mostrado en la montaña (Éxodo, 25: 40). Construir en la tierra según lo que Al-lâh nos da a entender en la montaña. La montaña es la ma’arifa, el conocimiento, el tabernáculo del cielo que le fue desvelado a Moisés en el Monte Sinaí.

Presencia / shejiná. En la tradición judía, la shejiná es la Presencia de Al-lâh sobre la tierra. Tras la diáspora, los judíos dicen que “la Shejiná está errante por el mundo”. Esto quiere decir que la Alianza ha perdido su morada, que el corazón ha sido desplazado de su centro. La serenidad es imposible en medio del desarraigo de los pueblos, de la muerte de las tradiciones. Es la destrucción del mundo como un hogar para las criaturas, su exposición al dolor, la ausencia de morada (maskin). La errancia de la shejiná es el vagar del hombre por el mundo, su existencia errática, la ausencia de sosiego. El hombre es inconstante, como su corazón (qalb) fluctúa (taqlib). La shejiná en exilio es la totalidad de los sufrimientos de todos los hombres de todos los tiempos. Un horror que no conoce fin, una crueldad que se prolonga por todos los rincones. El exilio de la shejiná es la propia historia, el reino de este mundo.

Diáspora / galut. El exilio de la shejiná no es un concepto necesariamente negativo, nos remite a la expulsión del Yanna y a la revelación como camino. La Alianza no está relacionada con una tierra concreta. El Arca es el corazón del hombre, y la Presencia de Al-lâh es un regalo independiente de las circunstancias. Los cabalistas enseñan que la Ausencia de Al-lâh forma parte del despliegue de la Creación. La palabra hebrea para diáspora es galut, de la misma raíz que itgalat, revelación. La expulsión del Paraíso hace necesaria (y por tanto posible) la revelación. El exilio es un arquetipo de la condición humana, un maçal. No se refiere solo a los judíos, sino a todos los hombres en su búsqueda de Al-lâh. No por casualidad, los musulmanes contamos el tiempo histórico a partir del exilio de Muhámmad, su hijra de Meka a Medina.

Camino / sharia. El Corán afirma que la sakîna viene con el Arca, justo antes de los legados de Moisés y de Aaron (Mûssa y Hârûn). Los legados son la sharia (la Ley, el camino manantial) y la haqiqa (la vivencia de la sharia). Se trata de un doble legado: la forma y el fondo, la unión de los aspectos exterior (zahir) e interior (batin). La precedencia de la sakîna indica el silencio (sukun) esencial que precede a la plena aceptación de ese legado. El imân y la taqwâ nos permiten recibir como un todo el Mensaje del Corán y la Torâh, no fragmentar la haqiqa y la sharia. El Pacto es la posibilidad de una comunidad de guiarse según la Palabra revelada, de construir según el conocimiento adquirido en la montaña. El habitar de Al-lâh en los corazones es el punto de unión entre los hombres. La serenidad de Muhámmad en medio del campo de batalla se origina en la conciencia de estar realizando ese legado, habitando la Palabra revelada. Que la Paz y la salat de Al-lâh sean siempre sobre él, sobre sus descendientes y sus seguidores.

Juramento / baiât. Durante la batalla de Hunain se produjo un momento de extrema tensión. Frente al espectáculo de la huida en masa de los musulmanes, un reducido núcleo de sahaba se reúne en torno a Muhámmad: Abû Bakr, Omar ibn al-Jattab y otros exiliados de los primeros tiempos, que Al-lâh los tenga en su matriz eterna. Muhámmad vio su voz ahogada entre el estruendo. Se giró a ibn Abbas para pedirle que gritara: “¡Compañeros del Árbol, compañeros de la Acacia!”. El llamamiento fue de inmediato respondido por aquellos que estuvieron presentes en Hudaibiya, dos años antes, cuando Muhámmad reunió a sus seguidores y, sentado bajo una acacia, tomó juramento a cada uno de que permanecerían firmes y lucharían hasta la muerte. Este pacto es conocido como Baiât ar-Ridwán, el Juramento de la Complacencia. En la batalla de Hunain, es el recuerdo de este juramento lo que les permite sobreponerse a la derrota. El recuerdo de la Alianza precede al descenso de la sakîna. Muhámmad, ante el ataque final de los qurayshíes, realizó un du’a: “¡Al-lâh, te pido Tu promesa!”. Le pidió a su hermano de leche que recogiese unos guijarros y, tomándolos con las manos, los arrojó ante el enemigo, como hiciera durante la batalla de Badr. Los guijarros representan los dones de este mundo. La promesa de Al-lâh es el Jardín:

“A quienes se confían y actúan con integridad,
les haremos entrar en jardines por los que corren arroyos
y allí permanecerán más allá del cómputo del tiempo:
 la promesa de Al-lâh es real (wa’d al-lâhi haqqâ)”

(Corán 4: 122).

En ese momento, los ángeles descendieron y la sakîna dejó de estar errante para habitar el corazón de los creyentes. Este lugar (maqâm) es su morada (maskin).

Ángeles / malâ’ika. Estamos hablando de un prodigio, de la irrupción de ángeles en el campo de batalla. ¿Cómo iban a vencer los creyentes si nos es con el nasr de Al-lâh? Estamos hablando de cosas de otro mundo, del descenso de la sakîna y de la promesa del Jardín. “Cuentos de los antiguos”, “la escritura de un loco, de un poeta”. Los reproches son siempre los mismos: todo es ficción, los ángeles no existen más que en las imaginaciones desbocadas. Y sin embargo, Muhámmad reunió en torno a un grupo de creyentes, tomó un puñado de arena del desierto y con ella creó una civilización esplendorosa, una morada para la sakîna. En Hunain, como en Badr, sucedió algo que nos sobrepasa. Los malâ’ika descendieron verdaderamente, la promesa de Al-lâh es verídica, el sol desaparecerá, las montañas serán hechas añicos, el tiempo llegará a su cataclismo. Entonces, todos seremos juzgados por nuestras obras, por nuestra apertura o cerrazón ante el prodigio de la Palabra revelada.

Promesa / wa’d. La Promesa de Al-lâh es el Jardín: extenso como el cielo y la tierra, con valles regados por manantiales donde crecen árboles sin espinas que dispensan una sombra generosa. Un Jardín de abundantes fuentes, atravesado por manantiales que rocían su agua, junto con la leche, la miel, y el vino que no emborracha, pero embriaga… Evocaciones de un estado de placidez indecible, que solo puede evocarse mediante metáforas (mayaç). El hombre que escucha la Promesa siente que esta coincide con su anhelo más profundo, el presentimiento del ájira (la Otra Vida) en el dunia (lo mundano). Este presentimiento actúa como un imán en la conciencia, propicia el despertar de la sensibilidad espiritual y la imaginación activa. Wa’d Al-lâh es un resorte, un instrumento de la revelación para atraernos al interior de la Realidad, a las cosas tal como son en si mismas, independientes de los velos que queramos imponerles. La Promesa de Al-lâh es real: auténtica, palpable, tocable, verdadera. Es la propia Realidad que nos despierta. Los compañeros de Muhámmad fueron arrojados a lo real maravilloso, actuaron movidos por esa energía. Los malâ’ika son verdaderos, la experiencia de una energía luminosa, capaz de deslumbrar a aquellos que tratan de oponerse. Nadie puede vencer a la visión del Paraíso, nadie puede derrotar a su más profundo anhelo.

Jardín / ÿanna. La trilítera s-k-n nos remite a las palabras sukkani (habitantes), maskin (hogar, morada) y sikkîn (cuchillo). El verbo sakana significa morar, habitar:

 Ádam, habita tú y tu par el Jardín
(Corán 2, 35).

El habitar el paraíso de la pareja Ádam-Hawa queda descrito implícitamente por una sensación de hogar. Un lugar en el cual nos sentimos perfectamente enraizados, donde todo está compasionado. El nombre de Ádam está relacionado con la palabra ‘adama, la tierra. El nombre de Hawa hace referencia a la pasión, al deseo. El habitar del hombre en el Jardín es su pertenencia a la tierra como un hogar fecundo y generoso. Un lugar donde la pasión y la tierra son uno, el objeto y el sujeto del deseo se han unido. No existe una proyección insatisfecha y siempre diferida del deseo, sino un presente eterno habitado por la sakîna.

Desierto / sahrâ’. Todavía no sabemos que es la sakîna. Sabemos que desciende, que es un tipo de serenidad asociada a la apertura, al apaciguamiento del corazón en medio del terror de lo mundano. Sin embargo, ¿es una criatura, una palabra, una sensación, un estado de conciencia? Cuando le preguntaron a Muhámmad, contestó: “la sakîna es un aire ligero que viene del desierto”. Esta es la respuesta de un hombre del Jardín, de alguien que ha comprendido el mundo como un latido, como una morada para la Palabra. Una respuesta telúrica, que no nos remite a explicaciones teológicas, sino a la sensación de una Presencia verdadera. El desierto es el lugar donde la Presencia de Al-lâh se hace más patente, el vacío esencial en el cual Al-lâh se nos revela. Un aire delgado: la ligereza de la sakîna indica que no se trata de algo concienzudo, ni que represente una carga. La sakîna es un regalo, un don que Al-lâh entrega a quien quiere cuando quiere. Viene acompañada por un vaciamiento. El corazón se vuelca (qalaba), deja de proyectar sus ansiedades y sus fantasías. El bombear del corazón es llave, la clave del exilio. La apertura (al-fatâh, la victoria) es la expansión del corazón, su contracción la muerte. No hay temor al fracaso ni a la muerte: de Al-lâh es la expansión y a Al-lâh es el retorno. Todo se da en este instante donde se siente la Presencia de Al-lâh como un palpitar de aire que viene del desierto. Todo es presente conciliado, un instante de lucidez que aclara los contornos de las cosas, que nos las hace ver a la luz de su vacío.

Silencio / sukun. Otra palabra de la raíz s-k-n es sukun (silencio). La sakîna es silenciosa: no hace aspavientos. Su presencia es al mismo tiempo delicada y majestuosa. La sakîna nos hace ligeros, casi danzantes, como los ángeles auxiliadores. No son necesarias demasiadas palabras, es suficiente contemplar la perfecta inmanencia del instante, la solidez de cuanto nos rodea como una paradoja. Morar, habitar con desapego el mundo como el espacio donde desciende la Palabra. El silencio del hombre remite a la Palabra de Al-lâh, a la palabra de la taqwâ, de la conciencia de que la Realidad es Una. La sakîna es la Presencia que precede a esa Palabra, el instante de silencio absoluto en la conciencia, del vacío del mundo de las representaciones. La sakîna habita en el desierto, no es amiga de los lujos y las comodidades. Despojamiento, campo de batalla.

Morar / sakana. La sakîna hace referencia a nuestro modo de habitar (sakan) el mundo. Sabemos que este es nuestro lugar (maqâm), aquel al cual pertenecemos. El Corán afirma que “cada uno de vosotros tiene un maqâm determinado”. Este maqâm es independiente del espacio, es un lugar sin lugar, un espacio interior que se manifiesta en todos nuestros actos. Nada nos es ajeno, nos vinculamos al espacio como el lugar de la teofanía, posibilitador de la Presencia de Al-lâh. No hay un maqâm mejor que este, aunque la Presencia se revele en el campo de batalla. El descenso de la sakîna en el campo de batalla nos presenta una visión extrema. El habitar del hombre en el Jardín es interior al hombre, no depende de las circunstancias exteriores. Existe en todos nosotros un anhelo y una predisposición a la Presencia. La sakîna nos ronda como un presentimiento que nos atrae hacia el desierto. Incluso una cárcel, un campo de concentración o de exterminio pueden ser el Paraíso, si Al-lâh quiere, si hace descender Su sakîna. Estamos en el preciso lugar en el preciso instante, toda la tierra es hogar para el hombre sometido.

 Pero Al-lâh sabe más.


En Almodóvar del Río
23 de agosto 2004 | 7 de Rajab 1425

2 respuestas a El descenso de la sakîna (tançil as-sakîna)

  1. […] El descenso de la sakîna (tançil as-sakîna) […]

  2. sakina dice:

    ahora ja se que kiere decir sakina gracias

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