Caminos que conducen a la Paz


« Cada vez que enciendan un fuego para la guerra,
Allah se lo apaga.
Se afanan por corromper en la tierra,
pero Allah no ama a los corruptores »

(Corán 5: 64)

A Monseñor Oscar Arnulfo Romero, in memoriam

Hablar sobre el islam, la paz y la justicia es comprometido, desde el momento en que se espera de nosotros una referencia a la violencia. Violencia política generalizada, que en muchos puntos del planeta involucra a los musulmanes. También violencia ideológica, fanatismo, dogmatismo, la transformación del islam como vía espiritual en una religión cerrada, machista, homófona, vinculada en algunos países de mayoría musulmana a regímenes despóticos, que utilizan el islam para justificar políticas de represión contra las mujeres, las minorías religiosas o los homosexuales, que aplican penas brutales e injustificables en nombre del islam. Por ello, debemos esforzarnos por encontrar esta salida en nuestras propias tradiciones, una respuesta que se abre paso desde el interior de cada uno.

Esta búsqueda de respuestas no puede ser ingenua, sino más bien un gesto revolucionario. Ante la realidad de la injusticia generalizada, el bello discurso de la tradición zozobra. No podemos limitarnos a las frases hechas del tipo “el islam es paz” o “el islam es contrario al terrorismo”. No es que esto no sea cierto, sino que esta verdad resulta insuficiente, no consigue responder a la angustia que nos atenaza ante sucesos tan brutales como los del 11 de marzo del año 2004.

Debemos abordar esta problemática. Por respeto a la verdad, debemos hacerlo en el marco de los principios del islam, tal y como vienen recogidos en el Sagrado Corán. Al adentrarnos en este campo maravilloso, nos damos cuenta de que la afirmación “el islam es Paz” no está tan alejada de la realidad. Claro que aquí nos referimos al islam que vivió y enseñó el profeta Muhámmad (paz y bendiciones), y no a una religión de Estado, a ningún conjunto de dogmas que puedan ser monitorizados por ninguna jerarquía. Estamos hablando de lo que nos dice a cada uno de nosotros el Corán generoso, una enseñanza que no es privativa de ninguna religión, una Guía y un Mensaje para el conjunto de la humanidad.

En primer lugar, la propia palabra árabe islam participa de la misma raíz que la palabra Salam, Paz. El saludo tradicional de los musulmanes es as salamu aleykum, que la paz sea con vosotros. En el Corán, la Paz es un valor absoluto, una de las aspiraciones naturales a todo ser humano. Siendo la Paz una aspiración humana, que implica nuestra realización como creyentes, es lógico que Dar as-Salam (la Casa de la Paz) sea uno de los nombres del Jardín Paradisíaco:

… y Dios invita a la Casa de la Paz…
(Corán 10, 25)

La palabra Paz es la primera que oirán los creyentes al acceder al Paraíso:

… y los ángeles accederán a su presencia
por cada una de las puertas:
“¡La paz sea con vosotros,
porque habéis perseverado!”

(Corán 13, 24)

A aquellos que han alcanzado la Morada espiritual de la Paz, Dios les arranca toda sombra de odio de sus pechos:

Verdaderamente los conscientes (de Dios)
estarán en jardines y manantiales.
¡Entrad en ellos! En paz y a salvo.
Les quitaremos el odio que pueda haber en sus lechos
y estarán como hermanos recostados en lechos,
unos frente a los otros.

(Corán, Al-Hiyr, 45-47)

Por si fuera poco, as-Salam, la Paz, es uno de los Más Bellos Nombres de Dios:

Él es Dios, aparte del cual no existe deidad:
¡el Soberano, el Santo, la Paz, el Dador de Fe,
Aquel que determina qué es verdadero o falso,
el Todopoderoso!

(Corán 59:23)

La Paz es, pues, una valor indiscutible para todo musulmán y musulmana. Este es el marco en el cual toda reflexión sobre la violencia actual que envuelve a muchos musulmanes debe remitirse. Para comprender la importancia (y la problematicidad) de la Paz en el islam, debemos referirnos, aunque sea de un modo superficial, a la cosmología coránica. Es decir, al propio proceso dinámico de la Creación, tal y como lo vemos reflejado en el Corán:

Hemos creado al ser humano en tensión.
(Corán 90:4)

En otras aleyas se clarifica el sentido de esta tensión, como el resultado de las fuerzas opuestas que nos constituyen. Vivimos en un mundo de polaridades: lo frío y lo caliente, lo activo y lo pasivo, el cuerpo y el espíritu. Todos estos pares de opuestos están en tensión en el interior del ser humano, lo cual lo sitúa entre en la incertidumbre y el desgarro. A partir de la situación problemática del hombre sobre la tierra es posible comprender el significado profundo de la Paz como superación de los opuestos, como transformación de los opuestos en complementarios.

La búsqueda de la Paz es la búsqueda del equilibrio. No en vano, el propio Corán afirma que el islam es “el camino de en medio”. La Balanza (al miçan) es un símbolo de la Justicia, otro de los Más Bellos Nombres de Dios, al-‘Adl (de donde viene el castellano adalid). El término Justicia es uno de los más repetidos en el Corán. No podía ser de otra manera: el islam nació con el fin de reestablecer la justicia perdida entre los hombres, y este objetivo solo se consigue mediante un esfuerzo de transformación personal y reorientación de nuestras energías hacia la Fuente que todo lo reúne. Aunque muchos musulmanes hayan perdido la medida, no cabe duda de que en el fondo de todos los sucesos que desgarran al mundo existe la misma búsqueda de la Justicia, el reestablecimiento de una situación anterior que se siente perdida en nuestro mundo.

No podemos reducir la justicia a la legalidad. Por desgracia, no siempre lo legal es justo, ni siempre las leyes tienen por objeto la consecución de la justicia. Con esto, estamos estableciendo una diferencia clave, apuntando a una posibilidad real: que lo judicial no se ajuste a nuestro concepto de justicia.

Lo justo es lo apropiado, lo que se ajusta a lo propio. Propiedad, ajustarse… todo un campo semántico de gran riqueza, que nos remite de nuevo al concepto coránico de Creación. Según el Corán, el mundo ha sido creado en la Justicia, esto es, en equilibrio permanente. Injusto es todo acto, palabra o pensamiento que rompe con este equilibrio natural. Como dijo el poeta cubano José Lezama Lima: “el hombre tiene nostalgia de una medida perdida”.

En el Corán, la injusticia está relacionada con la negación de la revelación. Quien no la reconoce no se reconoce, queda condenado a la ignorancia de si mismo. Antes de recuperar la Justicia perdida entre los hombres, uno debe establecer la Justicia dentro suyo: ajustarse a la revelación, poner a Al-lâh en el centro, reconocer el Pacto primordial, aquello que une a todas las criaturas. Dijo el Mensajero de Al-lâh: “Quien se conoce a si mismo conoce a su Señor”. La Palabra revelada actúa como un detonante, se constituye en espejo de nuestro verdadero yo. Quien conoce a su Señor se ajusta a los ritmos de una Creación que lo desborda, y ese ajustarse lo lleva a la Justicia, a actuar movido por el Amor al Todo.

Los profetas recuerdan (actualizan) este pacto interior a toda criatura. El creyente reconoce en la revelación su propiedad, algo que le es propio, una Palabra inserta en su corazón, y que germina al escuchar la Palabra revelada. El lazo que une al musulmán con el Corán es indestructible. No es un libro exterior, sino un recordatorio de aquello que nos constituye, en tanto criaturas que tienen su origen en el Uno, capaces de conciencia y de recuerdo. Recordar el Pacto y actuar en consecuencia, siguiendo una de las tradiciones reveladas, tomando a los profetas como ejemplo. Esta es la medida que debe ser recuperada, en nombre de la universalidad, en nombre del conocimiento, en nombre de la Paz y la Justicias, en nombre de una humanidad que anhela recuperar la trascendencia.

La búsqueda de la Paz es la búsqueda de Dios, y esta búsqueda es la búsqueda de la Justicia, de un mundo en equilibrio, donde haya cesado el ruido de las oposiciones y los enfrentamientos que desgarran al hombre, donde todo fluye según el ritmo de la Creación y todas las energías están orientadas hacia el Creador de los Cielos y la Tierra. Justicia quiere decir también el cese de otra clase de desequilibrios, de la acumulación de capital en unas pocas manos, del hambre generalizada. Sin duda, el desequilibrio económico entre el norte y el sur es un reflejo de la perdida de la medida de la Realidad en la cual se basa la economía del libre mercado, un sistema indisociable de la usura y del militarismo.

El hombre esta en búsqueda de un nuevo equilibrio. Equilibrio entre lo material y lo espiritual, entre lo activo y lo pasivo, pero también equilibrio entre el precio y el objeto. Uno de las prescripciones que en el Corán aparecen asociadas a la Justicia y la Balanza es la prohibición de la usura, del préstamo con interés.

Sin Justicia no hay Paz, por el simple hecho de que estas dos palabras señalan a lo mismo, a Dios como principio generador de la existencia, como origen y final de todo lo creado. El creyente es aquel que ha superado en su interior la dialéctica de los opuestos hacia el principio unitario que hay detrás de tanto ruido. En este momento, la tensión que supone vivir en este mundo deja de ser violenta y se convierte en creadora. Formamos parte de la Creación de Dios, habitamos la tierra como sus califas, para realizar en nosotros la pacificación de los contrarios, la transformación de los opuestos en complementarios. Esto nos da Paz, trascender las oposiciones y reestablecer un equilibrio roto, superar todo interés y todo sectarismo y establecer la Justicia como motor de todos nuestros actos.

El tema de la unión de los contrarios es tan importante, que uno de los más grandes místicos del islam, Abûl Yazid Bistami, afirmó en el siglo X de la era cristiana que “a Dios se lo conoce por la unión de los contrarios”. Este es un conocimiento no discursivo, que trasciende las dialécticas, tesis y antítesis de un mundo a la deriva. Se trata de ir hacia la Paz, de superar toda oposición y alcanzar el estado de no dualidad. Existe una preciosa aleya donde se da cuenta del estado interior de este hombre pacificado:

Los siervos del Compasivo son los que van
por la tierra humildemente y que,
cuando los ignorantes les increpan,
dicen: “¡Paz!”

(Corán 25:63)

Aquí, estamos muy cerca del ideal evangélico de poner la otra mejilla. Una vez que superamos nuestros prejuicios y somos capaces de ir más allá de los aspectos formales y doctrinales, nos damos cuenta de que en el fondo de todas las tradiciones sagradas de la humanidad existen valores compartidos: la adoración del Único, la compasión, la paciencia, la entrega, la solidaridad, la alabanza, el recuerdo, el agradecimiento…

Una vez más, la teoría es muy hermosa. Para que nuestro discurso no se quede aquí, debemos atrevernos a aplicar este concepto de la Paz como superación de los opuestos a nuestra realidad contemporánea. En este mismo momento, nos damos cuenta de lo alejados que están todos aquellos que defienden el islam (o el cristianismo, si se me permite) como una religión “aparte”, todos aquellos que quieren hacer del islam un camino de salvación excluyente de todos los demás, que quieren imponer el islam como la única verdad posible.

Aquellos que recurren a la violencia en nombre del islam o cualquier otra tradición revelada, deberían ser capaces de reconocer lo mucho que se han alejado de los valores que dicen defender con la violencia. En este sentido, el Corán no puede ser más claro:

La religión no puede ser impuesta.
(Corán 2:256)

Esto nos conduce a realizar un excurso sobre el famoso yihad. Literalmente, en los primeros años de su predicación, Muhámmad (s) realizó el ideal cristiano de poner la otra mejilla. Las descripciones de tortura y persecución sufridas por los musulmanes en Meca son desgarradoras. Cuando le pedían permiso para defenderse, Muhámmad contestaba: “No se me ha ordenado combatir”. El Corán es explícito al respecto: responde a una mala acción con una buena y aquel que era tu enemigo será tu amigo (ver Corán 13:22 y 23:96). De ahí las exhortaciones a ser pacientes en la adversidad: Dios está siempre con los perseguidos.

Este periodo abarca la mayor parte de la vida de Muhámmad, e incluye un intento de asesinato contra él. Solo tras la emigración a Medina, y cuando la comunidad en su conjunto se ve amenazada, se produce la revelación de los versículos donde se autoriza a los musulmanes a combatir. El texto no tiene desperdicio para aquellos que piensan que el islam es una religión fanática que no admite la libertad de cultos:

Les está permitido combatir a aquellos
que son víctimas de una agresión injusta. (…)
si Dios no hubiera permitido que la gente
se defendiera a sí misma unos contra otros,
los monasterios, iglesias, sinagogas y mezquitas
—en los cuales se menciona el nombre de Dios en abundancia—
habrían sido destruidos.
(Corán 22:39-40).

Basta citar esta aleya para desmontar el discurso de todos aquellos que afirman que el islam es una religión intolerante y propensa a la violencia religiosa. Esta revelación permitió a los musulmanes defenderse ante las agresiones, pero sólo en el caso de ser previamente atacados. Esta es la base del concepto del “yihad menor” (el “yihad mayor” es el esfuerzo espiritual por la superación). Los argumentos para justificar el derecho a la defensa son muy modernos: lucha contra la tiranía y defensa de la libertad religiosa. Los musulmanes, tal y como afirman tanto el Corán como los hadices como todas las escuelas jurídicas del islam, sólo pueden combatir en caso de legítima defensa, y en defensa de aquellos que sufren opresión:

“¿Y cómo podéis negaros a combatir por la causa de Dios
y la de aquellos hombres, mujeres y niños oprimidos
que imploran: ‘¡Sustentador nuestro!
¡Sácanos de esta tierra de gente opresora!
¡Danos, de Tu gracia, un protector!
¡Danos, de Tu gracia, un auxiliador!’?”
(Corán 4:75).

Aunque también en esto hay límites:

“Si os piden auxilio contra la persecución religiosa,
debéis auxiliarles —salvo en contra de una gente
con la que os una un pacto”.
(Corán 8:72).

Los musulmanes, tal y como afirman tanto el Corán como los hadices como todas las escuelas jurídicas del islam clásico, sólo pueden combatir en caso de legítima defensa, y sólo hasta que los enemigos abandonen las hostilidades:

“Y combatid por la causa de Dios
a aquellos que os combatan,
pero no cometáis agresión,
pues ciertamente Dios no ama a los agresores.
Matadles dondequiera que los encontréis
y expulsadles de donde os hayan expulsado
—pues la opresión es aún peor que matar”.
(Corán 2:190-191).

La exclamación “matadles”, tan del agrado de algunos arabistas, solo se aplica a situaciones de guerra abierta, y sólo hasta que los enemigos abandonen las hostilidades:

“Por tanto, combatidles hasta que cese la opresión
y la adoración esté consagrada por entero a Dios;
pero si cesan, deben acabar todas las hostilidades”.
(Corán 2:193).

Es evidente que el islam no predica la no-violencia, sino que reconoce el hecho de la guerra como una realidad entre los hombres. Sin embargo, la expresión “guerra santa” utilizada por algunos traductores es del todo injustificada. En todo el Corán no existe ni una sola aleya que hable del yihad para propagar el islam o “convertir a los infieles”. Por lo demás, el término infieles es una traducción más que dudosa del árabe kufar, que ha dado palabras como el maltés kiefer (cruel) o el francés cafard (traidor, hipócrita). En castellano tenemos la palabra cafre: alguien zafio, bárbaro y cruel. Ninguna de estas palabras tiene connotaciones religiosas. La palabra kafir viene de la raíz KFR, de donde el verbo kafara: enterrar, cubrir. André Chouraqui la traduce al francés como “les efraceurs”, algo así como “los borradores”, ya que ellos “borran” los signos de Dios. En ningún caso esta palabra árabe hace referencia a la falta de “fe” o de “creencia”, con lo cual las traducciones “infiel” o “incrédulo” son inapropiadas. De hecho, cafres hay en todas partes, y cuando se unen y atacan, la única opción es combatirlos.

Por otra parte, existen una serie de límites y condiciones impuestos por la tradición en el ejercicio del “yihad menor”. Por ejemplo, desde el punto de vista de la Sharia, está totalmente prohibido matar no combatientes, incluidos criados, niños, mujeres, ancianos, monjes, ermitaños, comerciantes, locos, ciegos o impedidos. Esta prohibido torturar enemigos o mutilar sus cuerpos. Además, están prohibidas acciones como las de talar árboles frutales, destruir edificios, dispersar abejas… En el momento en que algún grupo musulmán pretenda utilizar el concepto del yihad para atacar civiles, está manipulando las palabras y engañando a sus correligionarios. Los terroristas no son musulmanes, y aún menos ortodoxos. En ninguna escuela jurídica de la historia del islam acciones como los atentados de Nueva York o de Madrid han estado permitidas.

Como hemos visto, el Corán menciona la defensa de sinagogas, monasterios e iglesias como una de las pocas razones por las cuales nos está permitido combatir, en el sentido explícito de tomar las armas. El musulmán tiene obligación de poner su vida en peligro para defender el derecho del cristiano a practicar su fe. Ante la claridad del Mensaje del Corán sobre la libertad religiosa y de conciencia, la Paz y la Justicia, ¿cómo explicar el fanatismo de algunos musulmanes? ¿Cómo explicar el odio inter-religioso? El problema que estamos planteando nos afecta a todos. No se trata únicamente del islam o del cristianismo, sino de una tendencia repetida a lo largo de la historia. En algún momento del siglo XX también hubo un terrorismo que se reclamaba de inspiración budista, como existe hoy un terrorismo que se ampara en el judaísmo o en el socialismo para cometer actos abominables.

El mal es siempre el mismo. Producto de la ignorancia y el ansia de poder de algunos manipuladores. La exacerbación de las pasiones en nombre de la religión es un contrasentido. Jóvenes criados en suburbios, sin un horizonte de futuro, dispuestos a inmolarse por una causa que no les beneficia ni a ellos ni a los suyos. Son los nuevos hijos de la ira (Carta del Apóstol Pablo a los Efesios, cap. 2 vers. 3), las víctimas que no aceptan su condición de víctimas y se transforman en verdugos.

El odio y la violencia han acompañado al hombre desde siempre. Este odio es un desequilibrio. La injusticia se ha instalado entre los hombres, envenenando nuestros corazones, inclinándonos al mal. La violencia engendra violencia. Ante esta situación se han rebelado todos los profetas, enviados por Dios a la humanidad para transmitir un camino de superación, un camino que transcienda la dialéctica de los enfrentamientos, un camino de liberación y pacificación del ser humano. Hinduismo, taoísmo, budismo, cristianismo. Estos son los bellos nombres que damos a este único camino de diferentes rostros, religiones reveladas, emanadas de la Fuente común de todo lo existente.

Si esto es así, una vez más, ¿cómo es posible que estas vías espirituales se hayan convertido ellas mismas en fuente de violencia? En el caso del islam, se trata de una realidad que ocupa las primeras páginas de los periódicos, induciendo a pensar a muchos que la violencia es algo inherente al islam. De este modo, ante los ojos de muchos ciudadanos, muchos de ellos cristianos, parecen justificadas políticas de represión, invasiones de países donde morirán nuevos inocentes.

La estrategia de Satán es siempre la misma: señalar las incompatibilidades y enfrentarnos los unos a los otros. Hoy en día, se trata de hacernos creer que el islam y el cristianismo son incompatibles, que el islam es contrario a la democracia y a los derechos humanos, que no tiene un lugar en occidente. O ellos o nosotros, esta es la dialéctica del “choque de civilizaciones”, una estrategia para apoderarse de los pozos de petróleo, de las inmensas riquezas naturales de algunos países en los cuales el islam es la religión mayoritaria. Si esta riqueza estuviera en países de población budista, sin duda el budismo sería “el enemigo de occidente”.

Al fanatismo neoliberal se opone el fanatismo religioso. Esto es lo que llamamos fundamentalismo, la incapacidad de reconocerse en el otro, quedarse en el mundo de los opuestos y no aceptar el Salam, la Paz de Dios como superación de las barreras que los hombres levantamos unos contra otros. Muros de incomprensión, pero también muros de alambre, fronteras para mantener a los más desfavorecidos encerrados, fronteras legales que transforman a un ser humano en ilegal, por el simple hecho de estar vivo e ir a la búsqueda de su sustento. Fronteras, alambres, muros, ideologías… Por desgracia, también las religiones trazan sus fronteras.

Hay que superar esta espiral diabólica de acción-reacción, de enfrentamientos sin sentido. La oposición solo se supera remitiéndonos a lo anterior a ella. Lo que está más allá de todas las oposiciones que nos atenazan es Dios, la Realidad que todo lo reúne. ¿Cómo podemos convertir a Dios en un motivo de oposición? En realidad, para aquellos que se someten realmente a Dios, Él está en el origen de todas las tradiciones sagradas de la humanidad. Esto es lo que nos enseña el Corán Generoso, lo mismo que repitieron hace siglos algunos de los más grandes sabios del islam, como ibn ‘Arabî de Murcia:

“¡Guárdate de atarte a una religión en particular rechazando las demás! Si tal haces, no obtendrás de ello gran beneficio. Peor aún, no conseguirás el verdadero conocimiento de la realidad. Trata de hacer de ti Materia Prima para todo tipo de creencia religiosa. Dios es demasiado grande y amplio para quedar confinado en una sola religión”.

La Paz, como superación de los opuestos, es un arduo camino. Una cosa es la teoría y otra la práctica. Para que este ideal de Paz se realice, es necesario un esfuerzo interior, la superación en cada uno de nosotros de la dialéctica del odio. Es necesario mirarnos a la cara, dejar de ver a los seres humanos como una masa, dejar de hablar de “los cristianos” y de “los musulmanes” como cifras o abstracciones monolíticas. Aceptar la diversidad como un bien y considerar que detrás de cada criatura late la misma vida, las mismas pulsiones y tensiones, el mismo deseo de Paz y trascendencia. La Compasión es el valor religioso por excelencia. Misericordia para con los que pasan hambre, solidaridad para con el otro. En el Corán, esta Compasión no es un mero sentimiento humano, sino una ley que rige todo lo creado. Compasión, pasión compartida entre Dios y las criaturas, simpatía universal, rahma de Al-lâh, Misericordia creadora.

Porque, es importante decirlo, las oposiciones que tratan de inculcarnos son falsas. El islam y el cristianismo no son incompatibles, sino religiones hermanas, caminos de salvación que recorren los creyentes en la medida de sus posibilidades. Para Dios solo es importante lo que contienen nuestros corazones, no la adscripción nominal a una religión, a una doctrina o a un partido. Situarse más allá de las oposiciones es alcanzar el origen común de las distintas tradiciones, orientarse hacia el Uno-Único. Para eso hay que tener un corazón no-dividido. Como dijo Muhámmad (que la paz sea con él): “hay un órgano que si esta enfermo, todo el cuerpo esta enfermo”.

Aprender a valorar la diversidad como un milagro, como un signo de la capacidad creadora de Dios. Él crea lo que quiere, y ha querido la diversidad para que seamos capaces de reconocernos los unos a los otros en nuestras diferencias. Aprender a ver y aceptar que nuestro modo de vida no es el único posible, que existen diferentes caminos hacia la misma Fuente. Aprender a respetar al otro, en su particularidad inalienable. Esta Paz como superación de los opuestos es imposible hoy en día sin un diálogo sincero entre los creyentes de diversas tradiciones. Nos situamos en el tiempo de ese macroecumenismo al que hacía referencia Pedro Casaldáliga, precisamente en una conferencia conmemorando los veinte años del martirio de Monseñor Romero.

“Todo fundamentalismo, todo proselitismo, toda prepotencia en la vivencia de la propia religión, la niega, porque niega al Dios vivo que todas las religiones quieren cultuar. El macroecumenismo, adulto, dialogante, fraterno, pasará a ser una fundamental actitud de cualquier religión que merezca este nombre. Desde la propia identidad, en la apertura a la pluralidad de la adoración y la esperanza. Siguiendo el sabio consejo del sufí iraní del siglo XIII: ‘Como un compás, tenemos un pie fijo en el islam, y con el otro viajamos dentro de otras religiones’.”

Este es el reto que la actual situación internacional nos ha puesto delante. En medio del terror de las bombas y de los ejércitos, debemos ser capaces de extraer una enseñanza, debemos interiorizar la guerra y derrotarla en nuestros corazones. Solo así seremos capaces de propiciar esa apertura que Dios quiere de nosotros. No podemos quedarnos con la religión como un elemento identitario, como un sustituto ideal de una identidad perdida, que nos ha sido arrancada mediante la industrialización forzosa y el consiguiente desarraigo de los pueblos de sus tradiciones ancestrales. Vivimos en los tiempos de la globalización, de ese monoteísmo de mercado que arrasa con todo para instaurar la lógica sin rostro de la oferta y la demanda. Un proceso donde el hombre queda transformado en mera fuerza de trabajo, un tornillo en una maquinaria donde el espíritu está ausente, donde la compasión es casi una excrescencia. Ante el avance de la apisonadora global, los pueblos buscan refugio en si mismos, se cierran al otro.

Necesitamos mucha serenidad para enfrentarnos a la situación contemporánea. Realizar en cada uno de nosotros el Salam, la superación de la dialéctica de las incompatibilidades. Atemperarse en el camino del encuentro, trascender las diferencias por medio de la misericordia, acceder a la compasión universal que todo lo recorre.

Quisiera terminar con una visión, transcrita por ibn ‘Arabî de Murcia en su libro “Las contemplaciones de los Misterios”. Tras descorre los velos de las apariencias, ibn ‘Arabî nos muestra como penetró en el Reino de Dios (llamado en el Corán malakût). El profeta Muhámmad (saws) dijo: “Morid antes de morir”. En el Evangelio de Juan se lee: “No puede entrar en el Reino de Dios quien no haya nacido por segunda vez.” Allí, tras este segundo nacimiento, es donde ibn ‘Arabî establece el siguiente diálogo entre el siervo y su Señor:

“Dios hizo arder los velos que habían quedado detrás de mí. Vi entonces el Trono de Dios. “Levántalo”, me ordenó. Lo levanté y me dijo: “Ahora échalo al mar”. Lo arrojé y desapareció. Luego el mar volvió a echarlo y Dios me dijo: “Extrae del mar la Piedra de la Semejanza”. La saqué y me dijo: “Trae la Balanza”. La llevé y me dijo: “Coloca el Trono en uno de los platillos y pon la Piedra de la Semejanza en otro”. El resultado fue que pesaba más la Piedra. Me dijo entonces: “Aunque pusieras un millón de veces el Trono hasta alcanzar el límite de lo posible, esta Piedra pesaría más”.”

Ibn ‘Arabî nos dice: Levantad la Balanza, para descubrir que detrás de cada oposición existe una Semejanza que la borra, que esta Semejanza tiene mucho más peso en el corazón de los creyentes que cualquier diferencia. Levantad la Balanza. Esta es la invitación que quisiera hacer a mis hermanos cristianos, budistas, ateos o creyentes de todas las tradiciones sagradas de la humanidad. No nos dejemos atrapar por la dialéctica de los enfrentamientos. Acallemos el ruido de latas de la guerra para dar paso a una nueva serenidad, que posibilite el encuentro entre las diversas tradiciones.

Estos son nuestros caminos, los caminos que el Corán nos traza, caminos que nos sacan de las tinieblas de la guerra y nos conducen a la Paz:

Os ha venido de Dios una luz
y una clara escritura divina,
por medio de la cual muestra Dios
a aquellos que buscan Su complacencia
los caminos que conducen a la Paz
y, por Su gracia,
les saca de las tinieblas a la luz
y les guía a un camino recto.

(Corán 5, 16)

Este texto toma como punto de partida una conferencia pronunciada en octubre del 2004 en una parroquia de Santa Coloma de Gramanet, invitado por la Asociación Monseñor Oscar Romero.

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