¿Es el hiyab un símbolo de discriminación de la mujer?

abril 21, 2010

[Publicado en El País, 21/04/2010]

El caso de Najwa Malha ha reabierto el debate sobre el hiyab. Oímos incluso voces que reclaman la prohibición total del velo, con el argumento de que “es discriminatorio hacia las mujeres”. Resulta curioso como la extrema derecha se apropia de los valores democráticos para lograr sus objetivos, siempre con el ideario de la defensa de la identidad nacional como bandera. Y en esta lucha han encontrado un aliado inesperado: lo que las feministas del tercer mundo califican como feminismo eurocéntrico o colonial favorece sin duda el discurso identitario, la mirada paternalista y represora hacia las minorías.

Entre las declaraciones que hemos escuchado estos días, tal vez la más chirriante ha sido la de Rosa Díaz, líder del partido españolista UPyD. Según Díaz, habría que prohibir el velo islámico en los espacios públicos. Una vez más la confusión entre la obligada neutralidad de las instituciones y la libertad de las personas a profesar sus convicciones. En este caso a la libertad de imagen. Alguien debería impartirle a Rosa Díez un curso de urgencia sobre laicismo y derechos fundamentales.

Desde la Junta Islámica Catalana hemos criticado la imposición del hiyab allí donde suceda. Hemos defendido la libertad individual de las mujeres (aunque, ¿qué libertad tienen las adolescentes sometidas a la tiranía de la moda?). En el caso de la escolarización, defendemos el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que establece precisamente del derecho a manifestar la religión “individual y colectivamente, tanto en público como en privado”. También defendemos el artículo 10 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, los artículos 13 y 14 de la Convención sobre los Derechos del Niño. Llamamos a respetar el artículo quinto de la Declaración Universal de la UNESCO sobre la diversidad cultural: “toda persona tiene derecho a una educación y una formación de calidad que respete plenamente su identidad cultural”. Y nos preguntamos: ¿puede el reglamento de un centro escolar estar en contra de todas estas normas internacionales de rango superior?

Pero más allá de la cuestión de derecho, que es sumamente clara, lo que nos proponemos con este artículo es contestar a la pregunta sobre si el hiyab es o no es discriminatorio. De entrada, desafío a todos aquellos que insisten en que el hiyab es un símbolo machista, a citar una sola fuente de referencia para los musulmanes (esto es: el Corán y los dichos del Profeta) en la cual se establezca el hiyab como signo de sumisión de la mujer al hombre. Ya les adelanto que no lo encontrarán. Al contrario que en la tradición cristiana (ver la famosa Carta de San Pablo a los Corintios), no existe en los orígenes del hiyab un componente sexista ni discriminatorio.

En su libro ‘El harén político’, la feminista marroquí Fatima Mernissi ha analizado las circunstancias de la revelación del versículo coránico que muchas musulmanas interpretan como una obligación de cubrirse la cabeza con un velo. En la comunidad de Medina las mujeres que salían de sus casas por las noches eran objeto de acoso sexual, y en ese momento se reveló el versículo en cuestión (Corán 33:59), como un signo de protección. En palabras de Mernissi: “el hiyab es una respuesta a la agresión sexual”.

Posteriormente, en los códigos de familia elaborados a partir del siglo IX, en el  contexto de sociedades machistas y patriarcales, se estableció la obligatoriedad del hiyab, como una prenda que indica la modestia y sumisión de la mujer. Muchas han sido las mujeres que desde entonces se han rebelado contra esta imposición, reivindicando su libertad, desde su condición de mujeres musulmanas, mucho antes de que en occidente oyésemos hablar de feminismo.

Sin embargo, de esta deriva histórica no se puede inferir que el uso del hiyab sea necesariamente discriminatorio. En la actualidad, si nos remitimos a las prácticas culturales, nos vemos abocados a la pluralidad de las mismas. Existen mujeres que usan hiyab por creer que se trata de un requisito de su religión, o por afirmar la tradición, o como signo de su espiritualidad, o por imposición de sus familias, o como signo de su pertenencia a una comunidad, o simplemente por coquetería. O por otra cosa, o por todo ello al mismo tiempo.

Con la llegada de la colonización, en determinados contextos el hiyab pasó a tener un significado político. Los franceses organizaron quemas públicas de velos en Argelia, convertido en un signo de resistencia anti-imperialista. Ante las prohibiciones realizadas por tiranos pro-occidentales como el Shah de Persia, hubo una reacción pro-hiyab, vinculada a la defensa de las propias tradiciones. Actualmente, las teocracias iraní y saudí imponen códigos de vestimenta que coartan la libertad y el derecho de las mujeres a su propia imagen, lo cual ha venido a reforzar los estereotipos sobre el tema.

Por si fuera poco, existe una tendencia llamada ‘hiyab fashion’, arraigada entre la alta burguesía de Oriente Medio, con sus desfiles de modelos, con toda la parafernalia que envuelve a un producto de consumo. En este caso sí podrías considerarse como discriminatorio, tanto como pueda serlo un pañuelo de Hermes.

El significado del hiyab varía según las circunstancias, lugares y personas. Es por tanto algo subjetivo. Existen mujeres de zonas rurales del Magreb que lo usan por costumbre, con una dignidad envidiable. Pero también existen brillantes intelectuales musulmanas con hiyab, con un discurso antipatriarcal que haría palidecer a nuestras feministas oficiales. Como anécdota curiosa, durante el II Congreso Internacional de Feminismo Islámico, la líder de una organización británica de musulmanas lesbianas me presentó a su novia: una chica indonesia con hiyab. ¿También el hiyab que llevaba esta mujer es un símbolo de la opresión machista?

La conclusión es evidente: el uso del hiyab no es necesariamente una práctica discriminatoria. Y esto es algo evidente para cualquiera que esté dispuesto a superar el racismo en el cual los europeos somos educados. Lástima que numerosos políticos y creadores de opinión prefieran aferrarse a sus pre-juicios, que los conducen a una actitud de arrogante superioridad frente a las ‘culturas inferiores’. Una postura que va contra las libertades individuales, favorece el avance de la extrema derecha y refuerza a aquellos sectores dentro de las comunidades musulmanas que aconsejan a los musulmanes el no mezclarse con una sociedad que los rechaza. Entramos así en un círculo vicioso, tendente a provocar una fractura en el seno de nuestra sociedad. Esta es en el fondo el discurso contra el hiyab: el linchamiento de las minorías como estrategia política. ¡Una fiesta para Le Pen!

NOTAS:

Artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos:

Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.

Artículo 10 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea:

Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Este derecho implica la libertad de cambiar de religión o de convicciones, así como la libertad de manifestar su religión o sus convicciones individual o colectivamente, en público o en privado, a través del culto, la enseñanza, las prácticas y la obser vancia de los ritos.

Artículo 14 de la Convención sobre los Derechos del Niño:

1. Los Estados Partes respetarán el derecho del niño a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión.
2. Los Estados Partes respetarán los derechos y deberes de los padres y, en su caso, de los representantes legales, de guiar al niño en el ejercicio de su derecho de modo conforme a la evolución de sus facultades.
3. La libertad de profesar la propia religión o las propias creencias estará sujeta únicamente a las limitaciones prescritas por la ley que sean necesarias para proteger la seguridad, el orden, la moral o la salud públicos o los derechos y libertades fundamentales de los demás.

Artículo 5 de la Declaración Universal de la UNESCO sobre la diversidad cultural:

Los derechos culturales son parte integrante de los derechos humanos, que son universales, indisociables e interdependientes. El desarrollo de una diversidad creativa exige la plena realización de los derechos culturales, tal como los definen el Artículo 27 de la Declaración Universal de Derechos Humanos y los Artículos 13 y 15 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Toda persona debe tener la posibilidad de expresarse, crear y difundir sus obras en la lengua que desee y en particular en su lengua materna; toda persona tiene derecho a una educación y una formación de calidad que respeten plenamente su identidad cultural; toda persona debe tener la posibilidad de participar en la vida cultural que elija y conformarse a las prácticas de su propia cultura, dentro de los límites que impone el respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales.

Reacciones al incidente de la Mezquita-Catedral de Córdoba

abril 11, 2010

Algunas de las reacciones a lo sucedido en la Mezquita-Catedral de Córdoba se ofrecen como una síntesis de una nueva forma de fascismo made in Spain. El cóctel es tan sórdido como infantil: alertas sobre la amenaza de invasión islámica de Europa, diatribas contra la Alianza de Civilizaciones y el “multiculturalismo de la izquierda” y llamamiento a recobrar una identidad española fuerte, basada en los mitos nacional-católicos y el espíritu de la Reconquista. Y todo ello no de manos de movimientos marginales y situados a la derecha de la extrema derecha (que también), sino por parte de prensa mayorista.

Recordemos los hechos: un grupo de la Asociación de Jóvenes Musulmanes de Austria entró en la Mezquita para una visita turística. Una vez dentro, algunos de ellos trataron de hacer la salat (oración), lo cual fue impedido por los guardas de seguridad, ya que esta prohibido hacer la salat por decisión del obispado. Al parecer algunos de los turistas austriacos se enfrentaron a los guardas, y hubo heridos. Dos jóvenes fueron detenidos y quedaron en libertad con cargos tras declarar ante el Juzgado de Guardia; otros seis se encuentran imputados.

Pero lo interesante no son los hechos en sí, que no constituyen más que una anécdota, sino las reacciones que han desencadenado. En primer lugar, las del propio obispado cordobés, que ha lamentado los hechos. Tras el comprensible enfado inicial, el Obispado ha tratado de quitarles importancia, señalando en un comunicado que “este incidente puntual no representa la genuina identidad musulmana, pues son muchos los que mantienen actitudes de respeto y de diálogo con la Iglesia Católica”. También la Junta Islámica, conocida por su petición ecuménica del rezo compartido, ha realizado un comunicado lamentando los hechos. La propia Asociación de Jóvenes Musulmanes de Austria ha explicado lo sucedido como un acto espontáneo de varios miembros del grupo, que desearon rezar como muestra de respeto al lugar. La Asociación participa de forma habitual en actividades interreligiosas.

Más allá de estas posturas, digamos “sensatas”, se ha generado toda una serie de artículos mediante los cuales se ha transformado el incidente en una muestra de la“invasión islámica de España”, llamando a cerrar filas en torno a una supuesta identidad nacional basada en el nacional-catolicismo.

Dejamos de lado el tratamiento mediático, más bien chirriante. Como muestra, la Razón titulaba la noticia:Asalto musulmán a la catedral de Córdoba en plena Semana Santa. También dejamos de lado los exabruptos de páginas de tendencia filonazi (El Manifiesto, Minuto Digital, El Revolucionario…), para centrarnos en unos pocos artículos de opinión que considero especialmente significativos:

1) En La Razón, Cesar Vidal se despacha con un artículo titulado La toma de la Catedral, en el cual leemos lo siguiente: “Esta Semana Santa, procurando hacer todo el ruido posible, un comando islámico decidió asaltar la Catedral de Córdoba”. A continuación, el ínclito Vidal evoca episodios de la historia que nada tienen que ver con el suceso, de cómo Almanzor se llevó las campanas de Santiago, y se pregunta “si es ése el Islam a la catalana al que se refirió Carod-Rovira”. Como colofón, culpa a Zapatero y a la Alianza de Civilizaciones “de que un comando decida ocupar la Catedral de Córdoba”. En definitiva: Zapatero es Don Rodrigo, conspirando aviesamente para la invasión islámica de la España de Santiago Matamoros. ¡Santiago y cierra España!

2) No muy diferente es el artículo de Juan Manuel Prada en ABC: De Viena a Córdoba (5/04/2010), el cual vincula el incidente de la mezquita con los intentos de los otomanos de tomar Viena. Como si el hecho de que los musulmanes austriacos tuviesen algo que ver con dichas invasiones, como si fuesen otomanos del siglo XVI y no fuesen austriacos del siglo XXI… “Invasión musulmana”: esta es la clave para entender el incidente (recordemos: ¡dos jóvenes austriacos intentaron rezar!), una invasión contemporánea que tiene reminiscencias en la historia. Y a partir de aquí, se trata de alentar contra aquellos que favorecen desde dentro dicha invasión, como son las feministas, los partidarios del aborto o de los matrimonios homosexuales… los conspiradores que trabajan por la disolución de la familia cristiana, mientras los musulmanes “procrean con inusitado vigor” (Prada habla de los musulmanes como si se tratase de conejos o de ratas, metáforas favoritas de los antisemitas de ayer y de hoy). Una vez más, llegamos al auténtico culpable y a su ideología destructora: Zapatero y la Alianza de Civilizaciones. Y los progres europeos, quienes en su odio hacia el cristianismo no dudan en favorecer al enemigo.

3) El día 6 de abril, Hermann Tertsch publica en ABC un artículo titulado El islam y nosotros, cuya argumentación (por llamarlo de algún modo) es semejante a la de Vidal y De Prada. Pero el estilo y la imaginación son aún más descabellados. Tertsch se refiere a los austriacos musulmanes como ¡islamistas e inmigrantes!, y afirma que han venido a Córdoba “a insultar a los cristianos y reivindicar la propiedad del recinto cordobés intentando ocuparla”. Una vez más, la culpa la tiene el gobierno de Zapatero y la Alianza de Civilizaciones. Y una vez más el incidente sirve para evocar los intentos otomanos de tomar Viena y la resistencia heroica del muy católico Sobieski, las batallas de Poitiers y de Lepanto… Conclusión: “O recuperamos el espíritu de Sobieski o pasado mañana nuestras nietas serán apaleadas o lapidadas por no cumplir la sharía, la ley islámica”.

4) En Libertad Digital, el Grupo de Estudios Estratégicos, vinculado a la FAES, publica un artículo titulado La cuestión histórica del siglo XXI. Al GEES el incidente en la mezquita les da para mucho: evocar la caída del muro de Berlín y la necesidad del choque de civilizaciones, aprovechar para atacar a la izquierda por su apego a las libertades, defender el derecho de la Iglesia a ejercer la pedofilia y unirlo todo a la supuesta invasión islámica de España en el siglo VII. Según su descripción, uno puede imaginarse hordas de sarracenos empuñando sus cimitarras y entrando a saco en la cated: “un grupo de cien islamistas perfectamente preparados y pertrechados asaltó violentamente la catedral de Córdoba, organizó incidentes e intentó herir a uno de los guardias con un cuchillo, en plena Semana Santa cordobesa.” Ante tamaña afrenta, y la tibieza de la izquierda a la hora de defender los valores patrios, el articulista se pregunta: “¿Tiene futuro Occidente, lo que antes se llamaba “Cristiandad”?” Y él mismo contesta, con una diatriba a la izquierda progresista que se separa de los valores patrios y reniega de su propia historia (la de Santiago y cierra España). Los culpables: las élites postmodernas empeñadas en atacar a la Santa Madre Iglesia. Así, las criticas a la Iglesia por el tema de la pedofilia son presentadas como parte de la campaña para islamizar Europa… En resumen: dejemos que los curas abusen de los niños, que sí no los moros se nos comen.

Estas son sólo cuatro muestras de los muchos artículos aparecidos. En conjunto, podemos hablar de una reacción histérica y absolutamente desproporcionada a lo que no es más que un incidente. Lo sucedido es presentado con tintes apocalípticos, evocando las imágenes de batallas históricas y de rivalidades ancestrales, trazando una conexión ilusoria entre el pasado y el presente, basada en dualidades monolíticas, según las cuales Occidente se equipara a la Cristiandad y el islam a un ente político enemigo, pensando por tanto en los musulmanes como extranjeros (ajenos a occidente) y no como ciudadanos de sus respectivos países (en este caso austriacos). Todo ello es aprovechado para hacer un llamamiento al retorno a la España nacional-católica y a la recuperación del espíritu de la Reconquista (un mito historiográfico frente al cual hasta un estudiante de primaria se reiría).

Dicho de otro modo: los articulistas citados piensan España en términos tribales, de grupo cohesionado en torno a la religión mayoritaria y la historiografía decimonónica, y no en términos de libertades individuales y de Estado de derecho. Y creen que cualquiera que se oponga a la primacía del cristianismo (de su visión identitaria, que nada tiene que ver con el mensaje luminoso de Jesús) sobre el resto de las religiones (es decir, cualquiera que defienda la libertad e igualdad de todos los ciudadanos, con independencia de cual sea su religión) es un traidor a las esencias patrias. En una palabra: identidad nacional versus Estado de derecho.


Islam catalán: la hora del cambio

febrero 25, 2010
[Artículo publicado en El País, 25/02/2010]

He leído el artículo de Joan Puig-cercós (Fátima Ghailan, la línea roja de la ley, EL PAÍS, 22 de febrero) y no logro salir de mi sorpresa. Pero también veo un motivo de esperanza: la de un futuro cambio de rumbo en la gestión de la presencia del islam por parte de la Generalitat. Se queja el señor Puigcercós de “la interlocución única de la comunidad marroquí con las instituciones a través de sus dirigentes religiosos, un hecho que refuerza su dominio sobre los hombres y asfixia a las más débiles e indefensas, las mujeres”. Yo añadiría: también deja de lado a los sectores más dialogantes, a los que tratan de fomentar la catalanidad entre los musulmanes, que luchan por el paradigma interreligioso y apuestan por un islam democrático, contextualizado en la Cataluña del siglo XXI.

Pues bien, los lectores deben saber que dicha representación de los imanes ha sido impuesta por la Dirección General de Asuntos Religiosos de la Generalitat contra el criterio de los expertos y de numerosas entidades musulmanas. Muchos somos los musulmanes catalanes que hemos denunciado dicha representación, por lo inapropiado de esta institucionalización del islam, advirtiendo de cómo refuerza el patriarcado y las corrientes más reaccionarias, y niega la voz a los sectores progresistas. Y todos deben saber que ésta Dirección General está gestionada por ERC. Como presidente de la Junta Islámica Catalana, doy fe de que muchos ayuntamientos han convertido a los imanes y mezquitas en sus únicos interlocutores. En el caso de que los responsables de las mezquitas sean dialogantes (y son muchos), podemos avanzar. Pero, por desgracia, no siempre es el caso. Cuando hemos propuesto colaboraciones a concejales de derechos civiles, para apoyar a los musulmanes que trabajan por los derechos de las mujeres y el diálogo interreligioso, la respuesta ha sido la misma: tenemos que consultarlo con la mezquita e incluso con el obispado. Y puedo darle al señor Puigcercós los nombres de los ediles aludidos. Algunos son de su partido.

El caso de Fátima no tiene que ver con el islam como religión: señala directamente a las instituciones catalanas y a su política de favorecer el integrismo de la minoría contra las aspiraciones de normalización de la mayoría de los musulmanes. No por casualidad Cataluña es la zona de España donde se detecta un avance mayor del salafismo. Una situación que debemos cambiar urgentemente, antes de que lleguemos a una fractura social que alentaría el resurgimiento del fascismo. El tiempo apremia.

La sociedad se escora a la derecha. Dejemos los discursos y disputas, y pongámonos manos a la obra. El objetivo es claro: la lucha por un islam democrático en Cataluña, con la igualdad de género como clave de las políticas públicas sobre la presencia del islam.


Ser musulmán en España

marzo 12, 2009

Por Abdennur Prado
Presidente de Junta Islámica Catalana
Universidad de Alicante, 17 de julio 2008

Bismil-lâhi ar-Rahmani ar-Rahim

Ser musulmán en la España actual implica ser miembro de una minoría religiosa en un país con muy poco desarrollo de las libertades religiosas, un país democrático pero que acaba de salir de casi quinientos años de monolitismo religioso impuesto por la fuerza, un largo período durante el cual el islam ha sido brutalmente perseguido y presentado oficialmente como enemigo de la patria. Ser musulmán en España es ser miembro de una religión compuesta mayoritariamente por inmigrantes en situación de exclusión social, y que mantienen fuertes vínculos con sus países de origen, algunos de los cuales constituyen regímenes políticos en los cuales el islam es religión de Estado. Por último, ser musulmán en España es ser miembro de una religión que está siendo constantemente atacada, en el contexto de la globalización y de la geopolítica internacional.

En unas pocas frases hemos mencionado una serie de elementos cuyo análisis particular resulta harto complejo, abarcando aspectos históricos, jurídicos, políticos (nacional e internacional), sociales y culturales, y eso sin hacer mención de los estrictamente religiosos. Cada uno de estos aspectos requeriría por lo menos una conferencia específica para su completo desarrollo. En este capítulo inicial intentaremos de ofrecer una imagen comprehensiva de lo que implica ser musulmán en la España del siglo XXI, desde una perspectiva holística, teniendo en cuenta lo local y lo global, el peso del pasado y la cuestión identitaria, cuestiones que como sabemos están interrelacionadas.

No hablaremos de la vivencia personal que un musulmán puede tener de su religión, de lo que significa ser musulmán, sea en España o en la China. Si lo hiciésemos, tendríamos que decir que ser musulmán significa vivir en el asombro, entregado y entregándose al Creador de los cielos y la tierra, deberíamos decir que implica saberse califa de Dios sobre la tierra, encargado del cuidado del mundo, aquí y ahora. Tendríamos que explicar que ser musulmán implica seguir una sharia, una guía, y asumir una serie de valores… Deberíamos decir que ser musulmán, en España o donde sea, es una opción espiritual, que amplía la mirada y la libera del peso de lo mundano, para abrirse a la basta tierra de Al-lâh… En definitiva, me temo que acabaríamos escribiendo un libro de religión y no sobre el significado del retorno del islam a a-Andalus. Así pues, no nos centraremos en la religión en si, sino en el contexto en el cual se desarrolla: la España de principios del siglo XXI.

Nuestra intención es poner sobre la mesa una serie de temas, que consideramos fundamentales para entender la problemática interna de las comunidades musulmanas, caracterizada a grandes rasgos por la precariedad social, el incumplimiento de sus derechos religiosos, la desigualdad jurídica respeto a la religión mayoritaria, la islamofobia, la persistencia del nacional-catolicismo. Y a nivel interno, por la fragmentación interna, la poca preparación de la mayoría de los dirigentes religiosos e imames, las rivalidades ideológicas, el avance de las corrientes salafistas y las injerencias extranjeras. Todo esto en el marco de la globalización, en el cual los inmigrantes mantienen estrechos lazos con los países de origen, un marco global caracterizado por los constantes flujos de información, en el cual lo sucedido en la otra punta del planeta puede llegar a afectar a nuestra vida cotidiana. Son muchos temas, por lo cual pasaré sobre ellos por encima.

De los temas mencionados, a la opinión pública en general sólo parece interesarle todo aquello que hace referencia al fundamentalismo o a la violencia, o lo que señala la presencia del islam como un peligro para la identidad del territorio, ya sea España o cualquier comunidad autónoma con una conciencia nacional desarrollada. Pero el hecho es que se trata de temas que no se pueden separar, hasta el punto de que el éxito del salafismo o del fundamentalismo entre determinados colectivos musulmanes es en muchos sentidos el resultado de los otros.

La situación que voy a describir puede parecer dramática, pero debemos señalar que está caracterizada también por la fuerza y los anhelos de más de un millón de musulmanes, hombres y mujeres que aspiran a una vida digna, siendo mayoritariamente partidarios de una integración positiva del islam en el espacio lacio, partidarios de la adopción de los valores democráticos y de consenso, sin necesidad de renunciar ni a sus creencias ni a sus particularidades culturales, en el caso de los inmigrantes.

1. En primer lugar, debemos mencionar la precariedad social.

Ser musulmán en España nos sitúa como parte de un colectivo compuesto mayoritariamente por inmigrantes, con todo lo que eso implica de precariedad y de tensión social. España es el cuarto país de la UE en número de musulmanes, con cerca de un millón y medio, la mayoría de ellos procedentes de la inmigración. El 80% proceden del Magreb, y el resto de Oriente Medio, Pakistán, Senegal, Mali o Nigeria principalmente, sin olvidar las poblaciones de Ceuta y Melilla, y la generación de nacidos en España. Existe también un importante número de ‘conversos’, que suele decirse que ronda los 50.000, pero estas cifras son meras hipótesis. Unos 350.000 se encuentran en Madrid y otro tanto en Cataluña. Andalucía es la tercera comunidad en número de musulmanes, seguida de la Región de Murcia.

La mayoría de los musulmanes que viven en España provienen de la inmigración, en un país poco acostumbrado a la diversidad, y con un nivel de desarrollo de los derechos sociales muy inferior al resto de países europeos con un alto índice de inmigrantes. Como sabemos, la población inmigrante se haya sometida a una serie de normas legales diferentes al resto de la ciudadanía. La Ley de Extranjería y el conjunto de normas especiales para personas extranjeras niegan o recortan sus derechos y someten a un trato discriminatorio a las personas en función de su origen nacional. Discriminación especialmente grave hacia aquellos que se encuentran en situación irregular. Al fin y al cabo hace que el poder convierta a los inmigrantes en inferiores en el plano jurídico y social, permitiendo en muchos casos su explotación.

Este hecho afecta sin duda a la experiencia que del islam podamos tener los musulmanes en España. Esta precariedad social ayuda a explicar el precario desarrollo organizativo de los musulmanes en España.

2. Como segundo elemento, ser musulmán en España nos sitúa en la tesitura de tener que contestar a todos los discursos negativos a través de los cuales el islam es presentado como enemigo de occidente. Me refiero, claro esta, a la islamofobia.

Proliferan los discursos en los cuales el islam es asimilado a la violencia, al totalitarismo y a la discriminación de la mujer. Resulta alarmante la penetración de estos discursos en los programas de partidos democráticos, con el pretexto de la promoción de la preferencia “nacional” enfrente de los colectivos inmigrantes. Este clima de sospecha generalizada conduce a todo tipo de discriminaciones, como son el rechazo social, las dificultades para conseguir vivienda o la discriminación laboral. Al mismo tiempo, esta islamofobia actúa a modo de coacción ante las instituciones, y provoca que los musulmanes españoles encuentren cada vez mayores dificultades para abrir lugares de culto y realizar otras prácticas inherentes a su religión.

Nos enfrentamos a la creación de una cultura de la violencia, en la cual ‘los musulmanes’ aparecen como contrarios a los ‘valores de occidente’. Debemos ser conscientes de la naturaleza de la islamofobia, que no es sino una actualización del antisemitismo clásico europeo. Todos y cada uno de los elementos de la judeofobia clásica europea tienen una correspondencia en la islamofobia. Se trata del mismo antisemitismo, pero con uno objeto de odio renovado, con los musulmanes ocupando el papel de ‘el otro inasimilable’, que se niega a abandonar su identidad para sumergirse en el rebaño.

La islamofobia es el fascismo del siglo XXI, una auténtica amenaza para la democracia. La islamofobia es una enfermedad psico-social, del mismo grupo que otras enfermedades parecidas, como el racismo, la xenofobia o la judeofobia. Este grupo de enfermedades se conoce con el nombre genérico de fascismo, y se fundamenta en el odio al otro, entendido éste como una entidad ajena y peligrosa, con valores particulares y extraños y contagiosos, amenazadores para la sociedad. La islamofobia, como las demás variantes del fascismo, prepara siempre las condiciones del exterminio del colectivo al que se demoniza.

3. Ser musulmán en España nos sitúa en tensión con una determinada concepción de España, vinculada a los mitos nacional-católicos, en la cual lo andalusí ha sido excluido. Nos encontramos con la persistencia del nacional-catolicismo, que resucita bajo el paraguas neocón del choque de civilizaciones.

Todos los elementos que estamos mencionando nos remiten a una realidad social dolorosa pero incuestionable: la presencia del islam a España genera resistencias entre amplios sectores de la población, que actúan como freno a la normalización del pluralismo religioso y conducen a los musulmanes a situarse en los márgenes de la sociedad. Con frecuencia, estas resistencias a aceptar la presencia del islam aparecen vinculadas a una determinada concepción de la identidad española. Estas resistencias se dan también en otros países europeos, pero en España tiene unas connotaciones muy particulares, estaría tentado de decir ‘muy españolas’.

Este discurso pretende que el islam es ajeno a la identidad española, que los musulmanes que vivieron en la Península durante ocho siglos eran extranjeros, que Al Andalus es una época maldita, en la cual la “verdadera España” fue arrinconada en los montes asturianos, desde donde inició una gloriosa reconquista. Vuelven Don Pelayo, Santiago Matamoros y el Cid Campeador como exponentes de la España eterna.

No podemos pasar por alto el sentido último de esta conexión entre el pasado y el presente, como si se tratase de situaciones destinadas a repetirse. La presencia del islam en la España del siglo XXI es presentada como una reminiscencia de la “invasión musulmana” de la Hispania visigoda. Cuando se justifican la Inquisición y la expulsión de los moriscos con el argumento de que España estaba en guerra con el islam y de que aquéllos eran una “quinta columna”, es inevitable trazar un paralelo con la situación actual, en la cual es habitual escuchar que estamos en “guerra contra el islam” y que los ciudadanos musulmanes son “quintacolumnistas” que ponen en peligro la identidad española. La expulsión o el exterminio emergen como la solución final para asegurar el retorno a la España “inmaculada” de los antepasados.

Si he insistido en este punto es porque ésta es una realidad a la que nos enfrentamos los musulmanes españoles, y porque estos discursos tienen una incidencia real y continuada en nuestras vidas, creando una fractura mental e ideológica, en la cual lo español es asimilado a lo católico, y el islam aparece como su contrario. Si unimos la persistencia del nacional-catolicismo a la creciente islamofóbia, y encima le sumamos las reticencias con respecto a la inmigración, parece comprensible que los musulmanes tengan motivos sobrados para temer lo peor.

4. Conectado con lo anterior: ser musulmán en España implica saberse heredero de la cultura andalusí.

Solo pronunciar este enunciado me doy perfecta cuenta de que en realidad no puede aplicarse a la mayoría de los musulmanes que viven en España. No creo que a un inmigrante gambiano que trabaja en el campo la cultura andalusí le importe demasiado, y hasta es posible que ni siquiera sepa que en la Península Ibérica durante siglos el islam fue la religión mayoritaria. Sin embargo, esta presentación no sería completa sin una referencia a esta parte de nuestra memoria colectiva.

En relación a la historia de España, debemos ser conscientes de la urgencia de una narración inclusiva, una narración en la cual la referencia a la presencia del islam en la España medieval parece inevitable. Willem Frijhoff es director del proyecto ‘Como lograr una identidad colectiva holandesa en que se reconozcan las distintas culturas que viven en los países bajos’. Según él, los modelos multicultural y asimilacionista están agotados, y en la actualidad se tiende a un tercer modelo, que él califica como ‘participativo’, pero que en España damos en llamar ‘inter-cultural’.

Se trata de trabajar sobre una realidad social de forma no impositiva, mediante acciones-puente, tanto al nivel discursivo como simbólico. En esta línea, Willem Frijhoff afirma que dentro de este paradigma es fundamental que “las segundas y terceras generaciones de inmigrantes puedan identificarse con la historia del país de acogida”. Frijhoff apela el desarrollo de un canon cultural: todo aquello que un grupo de personas han de saber y sentir para percibirse como partes de un mismo proyecto colectivo. Se trata de aplicar técnicas modernas de resolución de conflictos, buscando situar por encima de las diferencias los elementos básicos que generan una unión.

En las actuales circunstancias, cuando la tensión con la nueva inmigración musulmana no deja de crecer, sería casi suicida renunciar al potencial integrador que representa al-Andalus.

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Hasta ahora hemos mencionado elementos externos –sociales, políticos, históricos y culturales- que dificultan la normalización de la presencia del islam en nuestra sociedad: la precariedad social, la vulneración de derechos, la desigualdad jurídica respecto a la religión mayoritaria, la islamofobia y la persistencia del nacional catolicismo.

Ahora debemos referirnos a las dificultades intraislámicas, como son la fragmentación de las comunidades, la falta de un liderazgo mínimamente serio, las injerencias extranjeras y la propagación el salafismo y otros discursos islámicos de ruptura con la sociedad. Pues resulta evidente que no todos los problemas de los musulmanes en España vienen de fuera, y que las propias comunidades musulmanas no han encontrado los mecanismos apropiados para favorecer su integración.

5. Ser musulmán en España es pertenecer a un colectivo con una organización muy precaria, precariedad que se manifiesta tanto a nivel institucional como en la poca preparación de muchos imames y dirigentes islámicos.

Ya hemos mencionado el vínculo entre esta precariedad organizativa y la exclusión social de los colectivos musulmanes de origen inmigrantes.

Esta falta de preparación se da a todos los niveles: tanto a nivel propiamente religioso en el caso de muchos imames, como a nivel de conocimiento de las leyes de la sociedad española por parte de muchos dirigentes islámicos. No se trata de generalizar, pero si de poner sobre la mesa uno de los grandes problemas internos de las comunidades musulmanas, que entorpece de forma lamentable su normal desarrollo. Muchas veces son precisamente las personas situadas en puestos directivos de comunidades las que entorpecen este desarrollo.

La falta de capacidad de muchos dirigentes islámicos está relacionada con su desconocimiento del medio en el que se mueven. Se pretende trasladar a España modelos de organización propios de otras sociedades, que se muestran ineficaces para responder a la nueva situación. A veces las reivindicaciones son poco realistas. Con un ejemplo bastará. Antes hemos citado el incumplimiento del derecho a ser enterrado según el islam. Como ejemplo de una negociación frustrada por culpa de la actitud intransigente de un grupo musulmán, podemos citar el caso de Vitoria. El Ayuntamiento ofreció una parcela en el cementerio municipal, incluida la construcción de un lavatorio y de una mezquita. Sin embargo, el acuerdo no fue materializado por que la comunidad islámica exigió la apertura de una puerta en el muro de la pared del cementerio, para que los cuerpos de los difuntos musulmanes no tuviesen que entrar por la misma puerta que el resto. Dado que el cementerio está catalogado como patrimonio histórico (y que la petición en sí es insultante), la petición fue rechazada. En este caso, nos encontramos con que una buena voluntad por parte del Ayuntamiento choca con las concepciones cerriles de una la comunidad islámica, imposibilitando un acuerdo óptimo para los musulmanes.

En este mismo apartado debemos mencionar los numerosos casos de imames que han generado polémicas estériles y absolutamente contraproducentes para los intereses de los musulmanes. Me refiero a casos como el imam que se negó a ser entrevistado por una presentadora, por el hecho de que estaba en ramadán y ella usaba maquillaje. Sin duda el caso más mediatizado fue el del imam de la Mezquita de Fuengirola, Kamal Mustafa, condenado por inducir a los malos tratos hacia las mujeres. Este imam ha llegado a decir que él es “una de las dos personas autorizadas en el estado español para interpretar el Corán”. Esto ha inflingido un daño grave a todos los musulmanes, que sabemos que en el islam no existe una casta sacerdotal ni ninguna institución que ostente esta misión.

En un sentido más general, existe una crisis tanto de autoridad como de representación, con el predominio de liderazgos conservadores que reciben el apoyo de las instituciones, y que viven de espaldas a les necesidades reales de los musulmanes. Por desgracia, tanto el Estado español como algunas comunidades autónomas apoyan sistemáticamente a las corrientes islámicas conservadoras, y eso tanto gobernando las derechas como las izquierdas. Cuando hablo de apoyo al islam reaccionario por parte de las instituciones me refiero a la promoción y financiación de liderazgos. ¿Por qué? No puedo contestar a la pregunta, sólo hacer hipótesis aventuradas. Primero: porque los sectores reaccionarios ofrecen una estructura religiosa apropiada, una institucionalización del islam con la cual es fácil negociar. Segundo: porque no son reivindicativos de derechos, y de hecho suelen situarse del lado de las instituciones en contra de los intereses de los propios musulmanes. Esto ha sido evidente en toda la problemática de apertura de mezquitas. Tercero, porque estas estructuras religiosas reaccionarías tienen el apoyo de determinados países extranjeros.

6. Y esto nos conduce al siguiente tema: Ser musulmán en España implica formar parte de una comunidad religiosa fuertemente fragmentada, que debe asumir las ingerencias extranjeras y el control ideológico por las corrientes más conservadoras.

Por una parte, existe un intento de control ideológico de los inmigrantes por parte de determinados Estados de procedencia. Este es claramente el caso del Marruecos, que tiene miedo de la libertad de pensamiento de la que disfrutan los marroquíes en España, e intenta por todos los medios posibles el controlar el tejido asociativo. Esto se problemático, ya que un tejido asociativo controlado por el país de origen difícilmente responderá a las necesidades de los musulmanes en España. Y esto es exactamente el que esta pasando. En este punto, las injerencias se unen a la poca preparación de los dirigentes, lo cual conduce a la total parálisis. Existen entidades religiosas musulmanas en nuestro país que reciben el apoyo del Estado o de las comunidades autónomas, pero cuya misión no es la de favorecer el desarrollo de los derechos de los musulmanes, sino garantizar que no se desvíen doctrinalmente, según los criterios de países extranjeros.

En este punto quiero introducir un matiz. Cuando hablamos de las injerencias extranjeras no estamos negativizando el hecho de qie los gobiernos de origen mantengan una relación con las comunidades inmigrantes, ni tampoco las relaciones bilaterales entre estos países y España encaminadas a una mejor gestión de la inmigración. Al hablar de injerencias nos referimos a las intervenciones que buscan el control de los inmigrantes en función de agendas locales, y que entorpecen un normal desarrollo del islam en España.

No podemos obviar que desde hace muchos años existe una auténtica lucha por controlar el discurso islámico en Europa. En la mayoría de los países musulmanes existen unas instituciones religiosas vinculadas al Estado, que imponen su visión del islam y coartan la libertad de interpretación y pensamiento, con el pretexto de evitar los discursos integristas. Este islam de Estado se presenta como el antídoto al fundamentalismo, pero no deja de ser profundamente reaccionario, especialmente en lo que atañe al estatus de la mujer. En Europa podría surgir una visión del islam independiente de estas estructuras de poder reaccionarías, un islam de progreso, comprometido con la justicia social y los derechos humanos. Para evitarlo, hay países, como Arabia Saudí, que invierte inmensas cantidades de dinero al controlar el islam y al adoctrinar a los musulmanes en una visión reaccionaría del islam, en muchos sentidos incompatible con los valoras de nuestra sociedad.

7. Ser musulmán en España implica asistir al crecimiento del fundamentalismo y del salafismo, especialmente entre los jóvenes.

La situación actual genera unas dinámicas internas de resentimiento dentro de las comunidades: la ruptura del vínculo social, la desafección y el desinterés hacia la cultura de la sociedad de acogida y las reacciones identitarias. El salafismo ofrece a muchos jóvenes musulmanes en Europa una respuesta al desarraigo, al dar una identidad fuerte ante una sociedad que (consideren) los rechaza. El islam ofrece en esta situación una contra-identidad fuerte que está jugando en ciertos ámbitos un papel determinante como factor de cohesión interna de la comunidad al margen de la ideología dominante. Todo ello se multiplica a causa de la situación internacional: Palestina, Irak, Chechenia, Cachemira… Nos encontramos con dinámicas de cierre identitario, el síntoma más claro del cual es el trazado de una frontera mental entre los valores propios del islam y los valores de la cultura dominante. Dicho de forma simple: si es islámico no puede ser occidental, y viceversa.

Este discurso identitario es construido en oposición a los valores de la sociedad occidental, considerada como enteramente corrupta y enemiga del islam. Se trata de un islam concebido de una manera rígida y dogmática, que pone el acento en lo normativo y desplaza los contenidos. Es un discurso muy simple, propagado a través de predicadores y cintas audiovisuales, que permiten a muchos jóvenes social o culturalmente desarraigados el sentirse integrados en una comunidad virtual de creyentes. Nos adentramos en un círculo vicioso. Mientras más fuertes son los discursos identitarios nacionales que llaman a los musulmanes a asimilarse, más fuerte es la atracción que el discurso salafista tiene para muchos de estos colectivos. En casos extremos, esta respuesta salafista puede llegar a la violencia. El propio modelo neo-liberal y el discurso anti-islámico dominante genera estas dinámicas, las hace inevitables y al mismo tiempo saca partido de ellas, con la explotación de los trabajadores sin papeles, el aumento de las dotaciones para seguridad y la instauración de un clima generalizado de sospecha en torno los musulmanes.

8. Todo lo anterior nos aboca a abordar la situación jurídica: ser musulmán en España implica ser miembro de una minoría religiosa, en un país con poco desarrollo del pluralismo religioso, en el cual la mayoría de las instituciones se desentienden de los derechos religiosos de los musulmanes.

Nos referimos pues al incumplimiento de los derechos religiosos de los musulmanes por parte del Estado, de gobiernos autonómicos y de ayuntamientos en general, pero también de colegios, prisiones y hospitales. Cuando hablamos de incumplimiento de derechos debemos aclarar que no nos referimos a reivindicaciones comunitaristas, sino a las propias leyes españolas. La Comisión Islámica de España firmó la Ley del Acuerdo de Cooperación con el estado el año 1992, por la que se reconocen una serie de derechos a los musulmanes en España:

• Estatuto de los dirigentes religiosos islámicos e imames.
• Asistencia religiosa islámica en el ejército, centros penitenciarios, hospitales y establecimientos públicos.
• Protección jurídica de las Mezquitas o lugares de culto.
• Atribución de efectos civiles al matrimonio celebrado según el rito religioso islámico.
• Enseñanza religiosa en los Centros Docentes Públicos y Concertados con el Estado.
• Beneficios fiscales aplicables a determinadas bienes y actividades de las Comunidades pertenecientes a la Comisión Islámica de España.
• Conmemoración de festividades religiosas islámicas.
• Regulación de enterramientos y cementerios islámicos.
• Registro del sello de garantía de alimentos Halal y su disponibilidad en los Centros públicos.
• Participación de la Comisión Islámica de España en la conservación y fomento del Patrimonio Histórico y Artístico islámico.

Dieciséis años después de aprobada la ley, es obvio que los musulmanes tienen muchas dificultades para ejercer estos derechos, de modo que podemos afirmar que el desarrollo de la libertad religiosa de los ciudadanos musulmanes está en una situación precaria, incluso peor que en 1992, dado el aumento del número de fieles. Disfrutamos de un marco jurídico apropiado, pero no de los instrumentos necesarios ni de la voluntad política para su desarrollo. Constatamos que una cosa se enunciar unos derechos y otra muy diferente garantizar su cumplimiento.

Más adelante analizaremos las razones de este incumplimiento. Adelantamos varios factores: la falta de voluntad por parte del Estado, que avanza a paso de tortuga, cuando no simplemente retrocede. La falta absoluta de cultura del pluralismo religioso en España, algo que se manifiesta de forma casi grotesca cuando uno debe tratar con determinadas instituciones. El peso de los quinientos años de religión única pesa como una losa. Para adaptarse a la nueva realidad del país hay que hacer cambios, adaptar las leyes al nuevo pluralismo religioso. Todo cambio genera resistencias, y aún más cuando afecta a un punto tan sensible como es el de la religión, considerado por algunos como quintaesencia de la patria. Así, desarrollar la libertad religiosa es presentado como un acto anti-patriótico y un intento de minar la identidad católica de España.

Pero no todo puede achacársele al Estado o a las instituciones: entre los motivos de la falta de desarrollo de los derechos religiosos de los musulmanes está la propia desunión de las comunidades y la inoperancia de sus líderes, que parecen más preocupados por salir en la foto con el ministro y cobrar la subvención de turno, que no por luchar por los derechos de los musulmanes. Volveremos más adelante sobre esto, insha Al-lâh.

9. Esto nos lleva al último aspecto que debemos mencionar, el de la desigualdad jurídica con respecto a la religión mayoritaria.

El sistema actual de financiación de la Iglesia Católica vulnera los principios de no discriminación e igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, con independencia de su religión, principios básicos expresados en la Constitución española y en la Ley Orgánica de Libertad Religiosa. Nos encontramos con un sistema de privilegios contrarios al laicismo, que debería garantizar un trato equitativo a las diferentes religiones, y que tiene un efecto negativo en la normalidad democrática, incluso entorpeciendo la convivencia interreligiosa.

Gracias a la financiación que recibe del Estado, la Iglesia Católica mantiene medios de comunicación influyentes, en los cuales la difamación del islam es una constante. De los fondos públicos sale el mantenimiento de miles de sacerdotes, de templos y de asociaciones caritativas vinculadas a la Iglesia, algunas de las cuales se dedican (a escondidas) a la evangelización de los inmigrantes musulmanes.

Solo una pequeña parte de la cantidad que la Conferencia Episcopal recibe corresponde a la asignación tributaria que los fieles atribuyen a su religión mediante la cuota en la declaración del IRPF. El resto sale de las arcas de varios ministerios —Educación y Cultura, Defensa, Sanidad, Trabajo y Asuntos Sociales— y de los presupuestos de las consejerías equivalentes de los Gobiernos autónomos. La fuerza del catolicismo español, medida en curas y monjas, obispos y otras jerarquías; en dinero, o en patrimonio inmobiliario; y en servicios educativos, sociales y de caridad, no tiene parangón porque se nutre de complicados y, a veces, inescrutables mecanismos de ingresos privados y, sobre todo, de financiaciones y subvenciones públicas. Capítulo aparte son las subvenciones o ayudas directas a la Iglesia para su ingente patrimonio artístico e inmobiliario: 280 museos, 130 catedrales o colegiatas con cabildo y casi mil monasterios. Solo en ejecución de sentencias concernientes al profesorado de religión católica, el Ministerio de Educación y Ciencia ha gastado casi 112 millones de euros. Esta cantidad se suma a los 63,1 millones de euros de retribuciones para el profesorado.

Todo un aparato de poder que no duda a ejercer todo tipo de coacciones para favorecer la imposición de su doctrina a los no católicos, como hemos visto en el caso del matrimonio gay o el tema del aborto. Desde hace años los musulmanes venimos reclamando una transición hacia la democracia en materia de pluralismo religioso. Hoy en día, los principios de aconfesionalidad, de igualdad y de no discriminación entre las religiones no son respetados, aún siendo estos los pilares de un sistema democrático. Sin duda, la solución pasa por acabar con los privilegios de la Iglesia católica y reforzar el laicismo, entendido como un espacio de convivencia, en el cual todas las religiones tengan igualdad de trato.

Conclusiones

Una vez realizada esta presentación, salta a la vista que el cuadro de conjunto no es muy esperanzador. En todos los ámbitos mencionados se dan unas tensiones muy concretas, nos remite a un conflicto potencial o real, más o menos latente o desarrollado, pero que en todo caso podría llegar a estallar en determinadas circunstancias, como ya hemos visto en el pasado en Almería o en Terrassa. La interrelación de todas estas tensiones resulta explosiva, y nos conmina a un trabajo serio y decidido sobre la positiva integración del islam en el espacio laico.

Todo conduce a formularnos la pregunta: ¿qué podemos hacer? Como no tengo ningún poder al respecto, no me cortaré de dar mi opinión:

1. Tomar las medidas que garanticen el pleno desarrollo de los derechos religiosos de los musulmanes. La integración social de cualquier colectivo pasa por permitirles el acceso a sus derechos, al pleno ejercicio de la ciudadanía.
2. Avanzar en el laicismo y la igualdad jurídica de todos los ciudadanos, lo cual implica la revisión de la Ley Orgánica de Libertad Religiosa (que de hecho no es tal cosa, sino una ley de las minorías religiosas) y la derogación de los Acuerdos con el Vaticano, en la medida en que constituye un régimen jurídico aparte que otorga privilegios a unos ciudadanos sobre otros.
3. Combatir la islamofobia, mediante campañas de sensibilización a todos los niveles, especialmente dentro del aparato del Estado.
4. Recuperar la memoria histórica de al-Andalus como factor de integración.
5. Promocionar las lecturas del islam más acordes con los valores que dan cohesión a nuestra sociedad, como son la democracia, la libertad de conciencia, la justicia social y la igualdad de género.

Como he señalado al principio, las dificultades que enfrentan las comunidades musulmanas solo pueden ser contrarrestadas aprovechando o, mejor, poniendo en juego, la fuerza y los anhelos de más de un millón de musulmanes, hombres y mujeres que viven en España y aspiran a una vida digna, siendo mayoritariamente partidarios de una integración positiva del islam en el espacio lacio, partidarios de la adopción de los valores democráticos y de consenso, sin necesidad de renunciar ni a sus creencias ni a sus particularidades culturales, en el caso de los inmigrantes.

Básicamente, se trata de explorar todas las posibilidades que nos ofrecen el Estado de derecho y la democracia para lograr el predominio de un islam alejado de cualquier forma de extremismo, al mismo tiempo que se combaten la islamofobia, se desarrolla la libertad religiosa y se trabaja por desarrollar una lectura de la historia de España inclusiva de la diversidad. No cabe duda de que la democracia ofrece un marco idóneo para el desarrollo de las potencialidades internas de la espiritualidad islámica, lo cual nos aboca al surgimiento de un islam de progreso, democrático y comprometido con el pluralismo religioso, con la igualdad de género y con la justicia social. La propagación y consolidación de la espiritualidad islámica sobre cualquier ideología constituye un mecanismo privilegiado para una normalización positiva de la presencia del islam. En este punto es cuando nos damos cuenta de todo lo que el islam puede aportar a nuestra sociedad. Desde la perspectiva de un musulmán español comprometido con la consecución de un islam democrático e igualitario en España, esto no es cuestión de opinión, es cuestión de supervivencia. Por desgracia, esta no es la tendencia general, y tanto el auge del salafismo como el apoyo de las instituciones al islam reaccionario es una realidad entre nosotros.

Bibliografía:

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— Retorno del islam y cohesión social en España. Conferencia pronunciada en el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Madrid, 8 de marzo 2007. Edición digital: http://www.webislam.com/?idt=8305
— Sobre la situación jurídica del Islam en España. Edición digital: http://www.webislam.com/?idn=1160
• Rodríguez Cabrera, Sergio. Ensayo jurídico sobre la libertad religiosa en España. Revista Verde Islam, 20. Centro de Documentación y Publicaciones Islámicas. Córdoba 2003.
• Ramadan, Tariq: Les musulmans d’Occident et l’avenir de l’islam. Ed. Sindbad 2003.
• Roy, Olivier: El islam mundializado. Ediciones Bellaterra. Barcelona 2003
• Stallaert, Christiane: Etnogénesis y etnicidad en España: una aproximación histórico-antropológica al casticismo. Proyecto A. Barcelona 1998.
• Sardar, Ziauddin. Buscando desesperadamente el paraíso. Ed. Gedisa
• Tamayo-Acosta, Juan José. Iglesia y sociedad en España. Ed. Trotta. Madrid, 2005. En colaboración con Jose María Castillo.
— ¿Es el Gobierno rehén de la jerarquía católica? El País, 27/05/2008.


Terrorismo mediático en Informe Semanal

marzo 9, 2009

El sábado 7 de marzo de 2009 Informe Semanal emitió un reportaje titulado “11-M, cinco años después”, un ejemplo perfecto de la capacidad de los medios de generar terror. Informe Semanal abandonó los mínimos principios de la ética periodística para actuar al servicio del Estado, legitimando acciones pasadas y futuras en la llamada “guerra contra el terrorismo”. El objetivo es el de mantener a la población en estado de pánico, para justificar la instauración de una lógica seguritaria frente al Estado de derecho. Estamos bajo amenaza: todos los musulmanes son sospechosos hasta que se demuestre lo contrario. Los recortes de derechos religiosos y suspensión de las garantías procesales parecen legitimados ante la opinión pública.

El documental se apoya en la islamofobia existente y la alimenta. Y lo hace dando por hechas meras sospechas o versiones oficiales jamás probadas, o simplemente mintiendo de forma abierta. Dos ejemplos bastarán:

1. Se afirma que existió un “intentó cometer un atentado suicida en el 2008 en el metro de Barcelona”. Pero esta acusación ha sido desmentida. La detención de los pakistaníes del Raval se basa en la delación de un confidente, sin que hasta el momento exista la menor prueba que fundamente jurídicamente dicha acusación. Lo que se espera es que los detenidos serán liberados sin cargos, e incluso el propio Ministro del Interior ha reconocido que se cometieron errores en las detenciones. El propio grupo del CNI que realizó la detención ha sido dispersado. Y sin embargo, el reportaje repite el infundio como si se tratase de una verdad probada.

2. Se afirma que existió un intento de atentado contra la Audiencia Nacional, que fue desmontado por la actuación policial. Pero los acusados de querer volar la Audiencia Nacional fueron absueltos el año pasado, sin que el fiscal haya recurrido la absolución.

Así, mediante la repetición de noticias falsas se construye una realidad artificial: existe un peligro, los terroristas están entre nosotros. Las imágenes del Raval barcelonés y del barrio del Príncipe en Ceuta se suceden: imágenes de ciudadanos musulmanes que pasean por las calles ilustran el discurso, señalando a todo un colectivo. “La inmigración ilegal es un caldo de cultivo para el integrismo”, dice una voz en off. Una vez más, los sectores más desfavorecidos son las víctimas de las políticas represivas del Estado. Las criminalización de la inmigración y las repatriaciones masivas anunciadas por la Directiva del Retorno quedan reforzadas.

Uno a uno fueron desfilando ante las cámaras toda una serie de personajes invitados tan solo para validar la tesis oficial, la mayoría de ellos personas vinculadas a las propias políticas que se retrata, como el juez Garzón y la fiscal de la Audiencia Nacional, además de varios miembros de unidades anti-terroristas. También los siniestros Fernando Reinares y Javier Jordán, presentados como “expertos”, cuya misión es la de dar validez académica a la doctrina de las detenciones preventivas. Una anécdota será suficiente para medir la profesionalidad de estos personajes. El año 2006, el centro de estudios que dirige Javier Jordán realizó un informe infamante sobre el movimiento Morabitún en España. Envié dicho informe a esta organización, y me confirmaron mis sospechas: ni tan solo había ido a hablar con ellos… y eso que la sede de Javier Jordán está a pocos minutos de la Mezquita de Granada, sede principal de los morabitunes en España.

La verdad es simple: los informes de Reinares y de Jordán sobre “el yihadismo en España” no están sustentados en estudios de campo, sino en otros informes extranjeros similares, tampoco basados en estudios de campo. Nos encontramos con una pseudo literatura que se alimenta a si misma, creando una realidad artificial paralela sin ninguna referencia a la realidad social, que es utilizada como base de las políticas de seguridad. ¿Por qué las fuerzas de seguridad se rodean de falsos expertos que no tienen ni la menor idea sobre el tema que tratan? Simplemente, porque sus informes concuerdan con sus intereses: la creación de amenazas artificiales que justificarán el aumento de poder de las fuerzas de seguridad frente a la ciudadanía. Una vez más, el Estado contra el ciudadano. Y los musulmanes como chivo expiatorio.

Al mismo tiempo, el reportaje evita de forma expresa cualquier opinión divergente o cualquier voz que reclame que las políticas policiales se ajusten a la legalidad. En este punto tengo motivos personales para escribir este artículo: Informe Semanal me entrevistó para el programa. Lo que les dije no se adapta al mensaje previamente ideado, y por ello he sido censurado. ¿Es esto periodismo? En absoluto, se trata de mera propaganda, destinada a alimentar la paranoia colectiva.

La verdad desnuda: no existe ni una sola condena en firme por terrorismo yihadista en España (juicio 11-M aparte). En los centenares de detenciones realizadas no se han requisado ni una sola arma o un simple detonador, ni el más mínimo indicio que vincule a los más de 300 detenidos con el terrorismo.

En estas circunstancias, se sospecha que todas las operaciones contra el llamado “terrorismo yihadista” realizadas en España durante los últimos años sean meros montajes, ideados por el Estado español con los siguientes objetivos, todos ellos enlazados:

1. Generar terror: estamos bajo amenaza, están entre nosotros.

2. Desmontar las acusaciones de tibieza en la lucha contra el “islam radical”, provenientes de la derecha católica más reaccionaria.

3. Justificar el incumplimiento de los derechos religiosos de los musulmanes.

4. Justificar el cambio de perspectiva: de la visión centrada en los derechos ciudadanos pasamos a centrarnos en la seguridad (el movimiento altermundista está en el punto de mira, como demuestran recientes detenciones en Francia).

5. Generar identidad basada en la demonización de los musulmanes (especialmente de los inmigrantes) como el “otro peligroso” frente al cual “nuestra identidad” debe establecerse.

6. Demonizar cualquier reivindicación del pasado andalusí (en este punto, la conexión con el nacional catolicismo latente en las cloacas del Estado se hace manifiesto).

En definitiva, el discurso sobre la “amenaza yihadista” forma parte de una política más amplia. Una política en la cual debemos situar el programa de Informe Semanal. La táctica de manipulación de masas más rudimentaria es puesta al servicio de la soberanía del Estado, en contra de los ciudadanos.


La utopía interreligiosa

junio 7, 2008

Tarragona, 31 de mayo 2008
Jornadas sobre diversidad religiosa organizadas por Cruz Roja

A Juan José Tamayo, con afecto


Diálogo interreligioso, ¿utopía o realidad? El titulo de esta mesa redonda resulta sugerente. ¿En que medida el diálogo interreligioso constituye una realidad, en que medida constituye una utopía? De entrada, constatamos que el diálogo interreligioso es una realidad emergente, uno de los paradigmas de nuestro tiempo. En los últimos años hemos asistido en España a la proliferación de encuentros interreligiosos. En Cataluña tenemos la Red UNESCO para el diálogo interreligioso, formada ya por 19 grupos locales diferentes, y promotora del Parlamento Catalán de las religiones, del cual se han realizado ya tres ediciones. Estas actividades nos ayudan a los que participamos en ellas a visualizar la variedad de religiones de nuestra sociedad, como una realidad consolidada.

Sin embargo, debemos ser conscientes de que estas actividades son algo minoritario, y que se producen justo en el momento en el cual se manifiestan de forma cada vez más estridente las resistencias al pluralismo, la islamofobia, así como las discriminaciones de las minorías religiosas. El desarrollo de la libertad religiosa en España es muy pobre, de modo que vivimos en un país donde ser católico quiere decir tener todos los derechos religiosos garantizados, y no serlo quiere decir tener que luchar para poder practicar la propia religión.

En Cataluña se ha desarrollado una intensa labor de diálogo interreligioso, pero al mismo tiempo constatamos que de los 24 casos registrados desde el año 2000 en España de oposición violenta de vecinos a la apertura de mezquitas, 18 han tenido lugar en Cataluña. Como dato significativo, recordar que Barcelona es una de las pocas grandes ciudades europeas en las cuales no ha sido construida una mezquita de nueva planta. Y eso a pesar de que fue la misma Barcelona la que albergó la Declaración de la Unesco sobre el rol de la religión en la promoción de una cultura de la paz, el año 1994. Así pues, parece que el diálogo interreligioso se desarrolla de espaldas a la sociedad, sin que pueda detectarse en qué haya podido mejorar la convivencia, ni ha servido para sensibilizar a las instituciones a que promocionen de forma activa la libertad religiosa. Como ya hemos señalado en numerosas ocasiones, parece fácil enunciar y apoyar sobre el papel grandes ideas, como es la igualdad entre las religiones, pero a la hora de ponerlas en práctica en la vida cotidiana los poderes públicos tienden a inhibirse.

Esta situación nos lleva a una primera conclusión: si bien el diálogo interreligioso es una realidad, se trata de una realidad minoritaria e incapaz de hacer frente a los problemas cotidianos. Dicho de otro modo: el diálogo ha sido enunciado como un proyecto de futuro, pero los objetivos que persigue este diálogo están muy lejos de lograrse. Los objetivos del diálogo interreligioso constituyen hoy en día una utopía, una visión que a duras penas logra abrirse paso entre los propios adictos del diálogo interreligioso. Las religiones siguen siendo percibidas por muchos ciudadanos como compartimentos estancos que separan a los seres humanos en categorías (los musulmanes, los budistas, los cristianos), velando la humanidad de los creyentes mediante estereotipos. Las jerarquías católicas siguen esgrimiendo derechos históricos para justificar sus privilegios, mientras los seguidores de las religiones minoritarias tienen muchas dificultades para desarrollar derechos básicos como son el derecho a abrir lugares de culto o a ser enterrado según sus convicciones. La utilización política de la religión para conseguir poder mundano es una constante, tanto en oriente como en occidente, en el norte o en el sur.

Es necesario pues hablar del diálogo interreligioso como de una utopía, y seguir meditando sobre sus implicaciones más profundas. ¿En qué sentido el diálogo interreligioso constituye una utopía? La palabra utopía es fuerte, tiene una carga inmensa de futuro. La utopía nos remite a algo que anhelamos, que sabemos que nos falta y cuya consecución constituye un bien para el conjunto de la humanidad. Y al hacerlo pone en evidencia las carencias del presente, los obstáculos que impiden la realización de la utopía.

¿Qué es pues lo que nos falta? No señalaremos aquí a los grandes problemas de nuestro tiempo, sino a aquellas actitudes que nos impiden avanzar hacia el paradigma interreligioso. En primer lugar nos falta respeto y mutuo reconocimiento. Como tal, entiendo el pleno reconocimiento de las tradiciones sagradas de la humanidad como vías de salvación legítimas, emanadas de la misma Fuente de todo lo creado. El paradigma interreligioso implica aceptar e incluso diría creer de todo corazón que cualquier persona que siga rectamente una tradición será salvado, o puede alcanzar la plenitud espiritual, o la auténtica liberación, o el nirvana, o como queramos llamarlo. Por respeto entiendo también la no jerarquización entre las religiones, el abandono de cualquier pretensión de superioridad de una religión sobre las otras. Es decir, que todas las tradiciones religiosas son iguales en dignidad, en el sentido de que contienen todos los elementos necesarios para lograr la plenitud espiritual del ser humano.

Junto a lo que nos falta, podemos destacar lo que nos sobra, lo que impide que el paradigma interreligioso se consolide como lo que es, una necesidad interna de las sociedades del siglo XXI. ¿Y qué es lo que nos sobra? Nos sobra el proselitismo. La idea de tratar de convertir al otro no es sino una ofensa, que transparenta una mentalidad totalitaria y prepotente. Nos sobra competitividad, ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Criticar las dificultades de los coptos en Egipto y negar el derecho de los musulmanes a abrir una mezquita en nuestro barrio. Demonizar el régimen islámico de las minorías y tratar de justificar la Inquisición. Criticar el antisemitismo y no denunciar la islamofobia, y viceversa. Criticar la situación de los budistas en el Tibet y no decir nada de lo que se hace, en nombre del budismo, contra los musulmanes y cristianos en Camboya o en Birmania. No comprendo como desde el judaísmo se puede criticar la confesionalidad del estado español y dar por buena la del estado de Israel. Tampoco comprendo que un musulmán español critique la participación de políticos en ejercicio de sus funciones en actos religiosos, y no rechace que un jefe de estado del mundo islámico presida una oración públicamente, sea en Arabia Saudí, en Libia o en Irán. Estas actitudes son muy comunes, casi diría cotidianas. Creo que debemos exigir un mínimo de coherencia en los planteamientos de los creyentes de las distintas confesiones. Si se defiende el laicismo debe defenderse en todo sitio, y si se defienden los derechos de las minorías religiosas debe aplicarse este principio de forma universal.

A nivel teológico, nos sobra dogmatismo, el cierre conceptual en torno a unos dogmas excluyentes, que bajo la apariencia de doctrinas teológicas venerables que responden un mandato político y de dominio. Citaré alguna de estas ideas, en la teología islámica: la idea de que el Corán es la palabra de Dios increada, o la de que el Corán ha abrogado las revelaciones anteriores. Otras son de sobras conocidas, y sus implicaciones políticas ya no pueden ocultarse: la idea del Pueblo escogido en exclusiva por Dios para sellar un pacto, o la idea del Dios encarnado en un hombre concreto en un momento histórico concreto, cuyo magisterio es mantenido en exclusiva por una determinada institución. No podemos seguir sosteniendo dogmas semejantes por más tiempo, ni pretender que se trata tan solo de doctrinas venerables. Si estas ideas han sido consideradas como dogmas de fe no es por responder al anhelo de liberación espiritual del ser humano, sino porque responden al deseo narcisista de poseer las claves de la salvación en exclusiva. Frente a los dogmas y doctrinas, que apenas ocultan su carácter político, nos falta espiritualidad, trabajo interior, desapego de los conceptos, superación del mundo de las dualidades y de los conceptos, vacío de ma mente para que Dios se nos revele, aquí y ahora.

A nivel político, nos sobra la connivencia de los hombres de religión con los poderes de este mundo. El auténtico mal que amenaza a las religiones no son el laicismo o el ateísmo, sino su transformación en un instrumento de control ideológico, en una religión de estado. Por desgracia, muchos hombres de religión parecen demasiado preocupados por defender sus pequeñas parcelas de poder.

Cuando hablamos de sectarismo, jerarquización, dogmatismo, falta de coherencia, debemos ser conscientes de que se trata de actitudes que tienen una plasmación concreta en políticas y legislaciones discriminatorias, que sitúan a unos creyentes por encima de los otros y mantienen vigentes paradigmas que podríamos calificar como tribales. Siguiendo a Popper, entiendo como tribalismo la defensa de una supuesta identidad nacional inalterable basada en conceptos como raza o religión. En el contexto del siglo XXI, caracterizado por los flujos migratorios provenientes de contextos culturales y religiosos muy diversos, rechazar el paradigma interreligioso implica el rechazo del progreso. No existen ya países racialmente o religiosamente unitarios, si es que alguna vez han existido. Reivindicar una identidad nacional basada en la religión mayoritaria es una forma de totalitarismo que choca con las realidades sociales del siglo XXI. Quien rechaza el paradigma interreligioso se queda fuera del mundo en el que vive. Vive en una sociedad que ya no existe, en un paisaje inexistente. El problema es cuando trata de forzar la permanencia de este mundo inexistente, de modo que los que no participan de su concepción identitaria se ven forzados en mayor o menor medida a asimilarse a dicho modelo identitario. Es aquí cuando vemos claramente que la resistencia al paradigma interreligioso es una opción política, uno de los pilares del pensamiento reaccionario en nuestro tiempo.

Siendo así, no podemos obviar que el diálogo interreligioso tiene también una dimensión política. Juan José Tamayo lo sitúa como contrapartida al choque de civilizaciones, la ideología neocón que sustenta las políticas imperialistas de los EEUU, tanto como su tratamiento de la nueva inmigración. El pensador indio Asghar Ali Engineer se refiere a tres niveles del diálogo interreligioso: el intelectual, el político y el religioso. En el nivel político, señala el trabajo conjunto en contra de las políticas confesionales, y señala la necesidad de desarrollar una alianza interreligiosa en contra del fundamentalismo religioso. La dimensión política del diálogo interreligioso es precisamente la de responder a las pretensiones de hegemonía de la religión mayoritaria. Y esto debe ser así tanto en España como en Israel, en el Tibet o en Arabia. La vinculación entre religión, territorio y sistema político no tiene una base espiritual, no esta enraizada en el núcleo de ninguna fe. Se trata de vínculos arbitrarios, digamos que contingentes e históricos, pero no esenciales. Lo mismo podríamos decir de la relación entre religión y raza, o entre raza y territorio, o entre religión y lengua. Todos estos elementos son definidores de nuestra identidad, pero ¿en que medida son asimilables, en que medida pueden constituirse en vertebradores de las identidades nacionales?

Este es uno de los nudos que el diálogo interreligioso viene a deshacer. Frente a las identidades colectivas basadas en la religión, el paradigma interreligioso implica la aceptación de nuestras identidades múltiples, tanto a nivel individual como colectivo. Implica la aceptación gozosa del carácter abierto y permeable de todo ser humano, implica la ruptura con los límites conceptuales e ideológicos trazados entre las distintas religiones, y también la ruptura con el confesionalismo y los amalgamas entre religión, raza, lengua y territorio. Implica en definitiva la superación de los atavismos y los restos de tribalismo presentes en nuestras sociedades. Un tribalismo más presente en nuestra civilizada Europa de lo que nos gustaría reconocer, tanto en la sociedad como en la política y en la academia. Este tribalismo europeo tira por tierra el mito de la superioridad de una cultura occidental supuestamente basada en la racionalidad y en la ciencia, que se abría emancipado de formas de cohesión social propias de culturas calificadas como primitivas o inferiores. En el momento en que Europa se ve enfrentada al verdadero pluralismo, el mito salta por los aires y se revela que bajo la capa de civilización siguen latiendo las mismas pulsiones primitivas, las consideraciones raciales y religiosas como base identitaria.

Mencionar las carencias del presente implica ya señalar hacia otros horizontes, señalar en dirección a la utopía. A estas actitudes sectarias y tribales oponemos el paradigma interreligioso. Deseamos ver desaparecer las actitudes sectarias para hacer posible este nuevo paradigma. El paradigma interreligioso es hoy por hoy una utopía sobre la que dialogamos. El diálogo apunta a la superación de las barreras conceptuales que las religiones trazan unas frente a otras. Esta destrucción de las barreras ha de liberar una fuerza desconocida, posibilitando nuevas creaciones. Por diálogo interreligioso entiendo pues algo más que el diálogo que entablan los creyentes de diversas tradiciones, en pos de mejorar o posibilitar la convivencia, y poner los recursos espirituales, humanos y materiales en la mejora de nuestras sociedades. El propio título de estas jornadas hace referencia a los derechos humanos y la cultura de la paz, un concepto muy hermoso que engloba valores como el respeto a la dignidad de la persona, la no discriminación, la no violencia, el respeto a la diversidad cultural, el consumo responsable y en general los valores sociales y ecológicos.

Para hacer posible este paradigma, no basta con dialogar sobre las religiones. Lo que debemos hacer es colaborar en las causas comunes a todos los hombres de buena voluntad, saber priorizar y orientar nuestras fuerzas hacia el bien y la belleza. Nos falta trabajo compartido contra la cultura de la guerra, contra el hambre en el mundo, contra la depredación capitalista, a favor de los desfavorecidos, a favor de la igualdad económica y de la justicia social. Nos falta también autocrítica, capacidad de actualización de nuestra tradición a las realidades del siglo XXI. Sentimos demasiado apego por las formas, por las cáscaras que hace tiempo dejaron de proteger el fruto.

La utopía interreligiosa es al mismo tiempo hinduísta, cristiana, judía, budista o musulmana. Se desvanecen las barreras ideológicas entre ‘lo cristiano’, ‘lo budista’, ‘lo hindú’, ‘lo islámico o ‘lo judío’. Dichas categorías dejan de ser compartimentos estancos cerrados en torno a unos dogmas excluyentes, y pasan a ser definidores de valores compartidos. Lo islámico coincide con lo cristiano en mayor medida en que se diferencia. Es islámico ayudar a los que pasan hambre, la igualdad, la paz y la justicia son valores esenciales al islam, no un añadido, sino su misma esencia, su razón de ser. Y precisamente por ser valores inherentes al islam lo son también al cristianismo. Ser un buen musulmán es ser un buen cristiano. Esta es también una utopía que los creyentes podemos compartir con los ateos. Es la utopía de la unidad en la diversidad. Valores que están en la base de nuestra propia humanidad, valores consustanciales a nuestra humanidad, que el vínculo con una tradición espiritual no lesiona ni recorta, sino que fortalece.

El paradigma interreligioso nos remite al origen común de todas las religiones en el Uno, por encima de toda diferencia. Lo esencial es lo que nos une, lo diferente es circunstancial. No un mero accidente, sino un recipiente necesario. Es a partir de los valores compartidos donde se fundamenta el entendimiento, la colaboración entre los seguidores de diferentes religiones. Toda religión aboga por la sinceridad, la hospitalidad, la generosidad, la paciencia, la no violencia, la justicia, la igualdad, el amor y la compasión. No creo que ningún seguidor de ninguna religión rechace o considere ajenos a su religión estos valores.

Junto a los valores y los rituales, existe un tercer elemento en el cual se da espacio para la discordia: las doctrinas. Es en este punto donde se producen las disputas, sobre la naturaleza de Cristo, de Buda o del Corán. Lo que el diálogo interreligioso exige es no idolatrar ninguna doctrina, es decir: superar las concepciones dogmáticas de nuestra tradición. Las doctrinas no son algo que se puedan tirar por la ventana: forman parte esencial de todo camino espiritual. Lo que podemos esperar de los creyentes es que sepan relativizar esas doctrinas, como intelectualizaciones de una verdad trascendente, que sobrepasa los conceptos.

Como puntualiza Juan José Tamayo, ni las religiones ni los dogmas nos conducen a la salvación. Las religiones son mediaciones, nos ofrecen instrumentos, pautas, valores, nos trazan un camino que puede guiar al ser humano en su despertar y evolución espiritual. El fin de las religiones es liberar al ser humano, elevarlo y hacerlo más humano, más generoso, más compasivo, más hospitalario. Los medios que ofrecen las religiones son distintos, pero los fines parecidos, cuando no idénticos. Poner el acento sobre los fines y los valores compartidos implica relativizar los medios. No anularlos, sino tener plena conciencia de que no son sino medios, y por tanto otra persona puede acceder a su liberación sin necesidad de aceptar las mediaciones que una religión particular le ofrece. Esta es la base de la libertad de los creyentes aún dentro de sus propias tradiciones, la única base posible para el diálogo interreligioso.

La utopía interreligiosa requiere de una actitud consciente. Requiere de un trabajo sobre nosotros mismos, un trabajo que también es intrarreligioso. Requiere de una actitud pro-activa. Requiere pasar del diálogo en si a un diálogo enfocado a la consecución de los propios objetivos del diálogo. El diálogo interreligioso no puede limitarse a los encuentros e intercambios secretos de determinados grupos, como la multiculturalidad no se manifiesta a través de esas fiestas de la diversidad organizadas por los ayuntamientos, en los cuales ciudadanos de cada color o procedencia se exhiben para regocijo de los usuarios, para satisfacer la mala conciencia del ciudadano medio. Festivales tras los cuales cada uno vuelve a su gueto, a sufrir las discriminaciones cotidianas.

El diálogo interreligioso no es un fin en si mismo, no se agota con el diálogo. El diálogo interreligioso señala hacia otro horizonte, hacia una apertura del corazón y hacia la consecución de sociedades realmente plurales, en las cuales las tensiones entre religiones hayan desaparecido, dando paso a la colaboración entre creyentes, entre personas unidas por un deseo de espiritualidad y trascendencia, que sin duda debe, o más bien debería, conducirlos hacia posturas de solidaridad y entendimiento, a dejar de lado el egoísmo y a poner la compasión como criterio de todos sus actos. No dialogamos para conocer otras personas o tradiciones religiosas. Buscamos ese conocimiento para romper con un estado de cosas que sabemos defectuoso.

Personalmente, el diálogo para conocernos y mostrar lo tolerantes que somos no me interesa. Y esta es la paradoja catalana. Como he dicho antes, Cataluña es la comunidad del estado español donde más se ha desarrollado el diálogo interreligioso en los últimos años. Y sin embargo, es también la comunidad autónoma donde más dificultades tenemos los musulmanes para abrir mezquitas. De los 24 casos de oposiciones vecinales violentas a la apertura de mezquitas que se han dado en España en los últimos años, 18 han tenido lugar en Cataluña. Es la hora de que nos preguntemos por las causas de esta contradicción, que nos planteemos porque el desarrollo del diálogo interreligioso y las mil y una actividades realizadas no han logrado transformar en lo más mínimo nuestra sociedad. Es por ello imperioso el clarificar cuales son los objetivos de este diálogo, no vaya a ser que lo acabemos convirtiendo en un fin en si mismo, algo auto referencial y sin la menor conexión con las realidades sociales en las que vivimos.

Si el diálogo interreligioso no tiene nada que ver con apoyar la apertura de templos de los Testigos de Jehová, iglesias evangélicas, sinagogas y mezquitas, creo que llegará un momento en que deberemos denunciarlo como una impostura. Si el diálogo interreligioso no nos ayuda en el objetivo común de lograr una sociedad más respetuosa con el pluralismo, sin privilegios para ninguna confesión, entonces no sirve para nada. Si el diálogo interreligioso no nos implica en la lucha contra la islamofobia o contra la judeofobia, entonces deberemos concluir que es algo superfluo. Si el diálogo interreligioso no está basado en el rechazo explícito del proselitismo, entonces no es auténtico diálogo sino mera hipocresía. Una vez más: ¿cómo se puede hablar de diálogo con la Iglesia católica mientras sus más altas jerarquías expresan públicamente como un deber de todo cristiano el convertir a los demás al cristianismo, con el objetivo manifiesto de que desaparezca el pluralismo?

Debemos ser conscientes de la situación en que vivimos para que la utopía cobre fuerza, para que pueda manifestarse con toda transparencia. Solo unos pocos parecen darse cuenta de que el diálogo interreligioso es uno de los paradigmas decisivos del presente, destinado a transformar el mundo. Esperamos que este paradigma acabe llegando a la mayoría de nuestros conciudadanos, y pedimos a Al-lâh que nos ayude en la inmensa tarea de construcción de una sociedad civil a escala planetaria, basada en valores compartidos y no en mediaciones excluyentes. Insha Al-lâh.


Ni radical ni progresista: musulmán a secas

febrero 10, 2008

Varios lectores me han felicitado por mi llamamiento Por un islam democrático en España, pero otros me han criticado por utilizar el tópico de una fractura entre los ‘musulmanes radicales’ y los ‘musulmanes progresistas’. Esto merece una aclaración, ya que en otra ocasión escribí un artículo titulado Contra la expresión ‘musulmanes moderados’, por considerarla una trampa: “el uso de este calificativo es engañoso, ya que presenta las posiciones ‘moderadas’ como algo minoritario dentro de un mar de fanatismo. Crea una fractura artificial dentro de una comunidad caracterizada desde siempre por su diversidad.”

Lo mismo podría aplicarse a la expresión ‘musulmanes progresistas’, aunque existe una importante diferencia: por ‘musulmanes moderados’ el sistema entiende a todos aquellos sumisos a su voluntad, y es aceptada con agrado por numerosos clérigos al servicio del estado. A estos clérigos les gusta manifestarse contra el terrorismo, contra el radicalismo, incluso piden tímidamente reformas en las monarquías de oriente, y no dejan de repetir, como un estribillo, que “el islam es paz” y que “el islam dignifica a la mujer”. Luego pasan el cepillo, sin preocuparse en lo más mínimo por el progreso de la ummah.

La expresión ‘musulmanes progresistas’, por el contrario, implica una crítica del sistema, del militarismo y de los abusos de la economía de mercado, así como la reivindicación de los derechos sociales y civiles de los musulmanes, en cualquier contexto: derecho a la vivienda y a un trabajo digno, a la justicia social, a la igualdad de género, a la propia sexualidad, a la plena libertad de expresión y de conciencia. La expresión ‘musulmanes moderados’ ha sido promovida por los propios estados occidentales y algunos arabistas que no ocultan su odio hacia el islam. La expresión ‘musulmanes progresistas’ surge por contra de las propias comunidades musulmanas, en lucha por su liberación del fundamentalismo religioso y de las opresiones económicas.

Aún así, se trata de una expresión con la que no me siento cómodo, y sólo la utilizo a modo de expresión, no como una etiqueta con la que identificarme. También en mi libro ‘El islam anterior al Islam‘ (ed. Oozebap) he escrito que soy muy escéptico hacia expresiones de este tipo, y me he declarado como un ‘musulmán a secas’, ni chiíta ni sunní, ni radical ni progresista, ni fundamentalista ni sufí. Como me recuerda Ndeye Andújar, la expresión ‘islam progresista’ no es más que una redundancia. Siendo el islam en esencia democrático, hablar de un islam democrático parace indicar que existe un islam no democrático, lo cual es falso… en teoría. En realidad, cuando hablamos de ‘musulmanes progresistas’ o de ‘islam democrático’ nos referimos al islam en sí: ser musulmán implica situarse en la vanguardia de la civilización, luchar por la justicia social y por el progreso de la humanidad. Del mismo modo, la expresión ‘musulmanes fanáticos’ o ‘radicales’ es un contrasentido: el islam excluye el fanatismo. Por desgracia, existen muchos musulmanes que no están por el progreso, sino por el atraso, el cierre identitario, la segregación de la mujer y el oscurantismo. Si descendemos de la teoría a los hechos, no podemos sino reconocer la existencia de musulmanes que por sus hechos y palabras no pueden ser sino calificados como fanáticos.

Todo esto hace necesario aclarar el sentido de esta fractura entre los ‘musulmanes progresistas’ y los ‘radicales’, como algo real más allá de los calificativos. Hace años un musulmán de Malawi nos contaba como en todo el continente africano existen dos visiones enfrentadas del islam: el wahabismo y el islam tradicional. Por islam tradicional no entiendo tradicionalismo, sino el islam entendido como un camino espiritual y una forma de vida. Tradición no implica inmovilismo, sino apertura a la Fuente de todo lo creado y contextualización de un Mensaje eterno en una realidad concreta. Una tradición es necesariamente anti-dogmática, no necesita ser fijada por ninguna estructura de poder. En el momento en que es fijada hemos salido de la tradición y nos hemos abocado al tradicionalismo: la cosificación de la religión en dogmas y doctrinas.

Esto fue expresado ya hace siglos por Iman al-Gazali: “No hay esperanza de volver a una fe tradicional una vez que se la ha abandonado, pues es condición esencial del que profesa una fe tradicional el que no sepa que es un tradicionalista”. Esto es justamente el salafismo, la pretensión de volver a la fe pura de los antepasados, cuando en realidad lo que hace es inventar una ‘tradición artificial’, que pretende imponerse como la única forma correcta de entender el islam.

Frente al salafismo, el islam tradicional es muy diverso. El islam no puede ser reducido a una eterminada cultura: existen musulmanes que viven en culturas diferentes, tomando elementos de una cultura y otra, y creando nuevas formas mestizas de cultura. La clave está en comprender que los diferentes pueblos de la tierra han hecho suyo el mensaje del Corán según sus circunstancias, conduciendo a situaciones de mestizaje y sincretismo. Esto es debido a que en el islam no existen jerarquías religiosas y por tanto no existe ninguna institución que tenga derecho a establecer una ortodoxia, ni tan sólo una ortopraxis. Existen consensos locales y globales, pero estos son flexibles. Un consenso debe basarse en la recepción de la revelación, en una lectura consciente del Corán y de la tradición, aquí y ahora. Existen unas bases compartidas: los cinco pilares del islam, los seis pilares del imam, la búsqueda del ihsan. Pero en el resto el consenso debe ser renovado por cada comunidad local, según sus propias necesidades, y no en base a una ideología ni en una legislación externa, dictada por ninguna institución extranjera.

Frente a este islam tradicional sumamente diverso, desde el siglo XX nos encontramos con la propagación de una ideología extraña en el seno de la ummah, el llamado wahabismo, y su hermano: el salafismo. No se trata propiamente de islam, sino de una ideología totalitaria basada superficialmente en el islam, y que pretende imponerse a toda la ummah desde el núcleo del pensamiento árabe reaccionario. El salafismo pretende que todos los musulmanes del mundo deben vivir el islam del mismo modo, vestirse de la misma forma y adoptar las mismas costumbres. Frente al islam tradicional, propone la uniformización de las culturas. Pone su acento en el cumplimiento estricto de unas normas, de una supuesta ‘ley islámica’ que ahoga la vida de los creyentes y los convierte en maniáticos de lo correcto (halal) y lo incorrecto (haram). Se trata de una forma de imperialismo cultural panarabista, que desarraiga a los pueblos musulmanes de sus tradiciones, de su modo tradicional (y por tanto abierto) de entender el islam.

Esta ideología totalitaria ha logrado propagarse gracias al poder del dinero del petróleo y al apoyo occidental. En el siglo pasado fue utilizado por los EEUU en su lucha contra el comunismo, para contrarrestar la simpatía que el internacionalismo de izquierdas despierta de modo natural entre los musulmanes. El salafismo no implica una amenaza para los intereses de las grandes corporaciones financieras de occidente, de ahí que se haya establecido una alianza a escala planetaria. Salafismo y neoliberalismo son primos y aliados, como lo son las familias Bush y los banu Saud y otras dictaduras del Oriente medio.

La fractura es pues entre el islam (incluido el sufismo) y el salafismo (wahabismo, fundamentalismo, salafismo, islam reaccionario, o como queramos llamarlo). La fractura es entre el mensaje del Sagrado Corán y el islam institucionalizado al servicio del estado (y de las potencias occidentales). Las instituciones reaccionarias a las que critico no forman parte del islam tradicional: son un producto malsano de la modernidad. Y esto es aplicable al funcionamiento actual de la Universidad de al-Azhar o de las grandes instituciones religiosas de Arabia Saudí.

En todos los lugares donde vemos al estado apropiarse del islam, nos encontramos con la destrucción del islam como tradición y como camino espiritual, y su transformación en una ideología conservadora. Y esto es algo que está sucediendo en la España del siglo XXI, donde el estado (supuestamente aconfesional) se ha rodeado de unos clérigos reaccionarios y los ha erigido en ‘representantes del islam’, imponiendo a los musulmanes formas ajenas a su tradición, como puedan ser los consejos de imames o de ulemas. De esta imposición son culpables tanto los partidos políticos de izquierdas como de derechas. Ante esta imposición creo que los musulmanes debemos rebelarnos.

Una lectora me acusa de ‘tratar de complacer a occidente’, y de tratar de ‘derogar la ley divina’. Esta acusación resulta extraña, pues soy y siempre he sido un defensor de la Sharia. Pero creo que la Sharia debe ser defendida también de sus tergiversaciones, de la transformación del Mensaje libertario del Corán en un instrumento represivo. A lo que me opongo con todas mis fuerzas es a la aceptación ciega y descontextualizada del fiqh medieval, de unos códigos de jurisprudencia creados por hombres (en sentido estricto: por varones, con exclusión de las mujeres).

No creo que por ser musulmanes debamos aceptar la esclavitud, ni la segregación de la mujer, ni la lapidación, ni la existencia de un delito de apostasía, ni la discriminación de los homosexuales o las minorías religiosas… Estar contra esto no es ir contra lo establecido por Al-lâh, sino todo lo contrario. Estas leyes no son divinas, sino humanas. Demasiado humanas, que diría Nietszche. La pretensión de que unas normas creadas por el hombre son ‘leyes divinas’ es llana y simplemente idolatría. Audu bil-lâhi min ash-Shaytani ar-raÿim.

Respecto a ‘complacer a occidente’, resulta curiosa esta frase cuando he sido siempre sumamente crítico con la depredación capitalista y la deriva de la democracia. Creo que nos situamos en el umbral de una nueva forma de esclavitud globalizada, con el poder del dinero sustituyendo a las cadenas del pasado. No trato de complacer a occidente, pues no conozco a nadie que se llame occidente. Trato de complacer a Al-lâh en todas mis acciones, desde lo que soy, desde la conciencia de mi precariedad de criatura. Soy occidental, un ciudadano culturalmente europeo, y estoy orgulloso de ello. Creo que la cultura europea (en sentido amplio) ha dado algunos de los más grandes genios de la humanidad: filósofos, poteas, músicos, científicos y artistas. Nunca he pensado que reconocerme musulmán podía implicar renegar de este legado. Y puedo asegurar que occidente es de lo más variado, incluyendo el legado andalusí. La frase ‘complacer a occidente’ carece de sentido, revela una mentalidad dualista y fratricida.

Lo único que pretendo es poder vivir mi religión en paz, en total imbricación con mi contexto, relacionándome libremente con la sociedad a la que pertenezco. Es decir: vivir el islam como una tradición sagrada desde mi cultura catalana y europea. Llegué al islam a través de la poesía y del pensamiento filosófico de la modernidad, y muchos valores en esa iniciación me sirven para comprender y vivir el islam en mi contexto. No existe una separación entre lo laico y el islam, ya que los musulmanes somos en muchos sentidos laicos: no tenemos iglesia, ni jerarquías religiosas, ni autoridad dogmática. Nuestra entrega es debida únicamente a Al-lâh, el Creador de los cielos y la tierra, la misericordia creadora que mueve el universo. Se aprende más sobre Al-lâh mirando al firmamento que no acudiendo a una mezquita, pues “Mires donde mires, ahí está la faz de Al-lâh”. Siento alergia hacia el islam institucionalizado, ya que la mayoría de las veces nos encontramos con una cosificación del mensaje del Corán.

El islam no es una doctrina, ni una teología, sino algo interior al ser humano. Debemos reconocer ese vínculo interior con Al-lâh dentro de nosotros. El Corán afirma que ha sido revelado como una Guía para aquellos que usan la razón. Por tanto, no es para aquellos que no tratan de comprender la revelación mediante su intelecto. Se trata de un Recordatorio de algo que está grabado en nuestro corazón desde el principio de los tiempos. Eso que cada uno de nosotros somos en nuestro yo profundo, y que ningún poder en esta tierra podrá nunca arrancarnos, pues es inmortal y está ya junto a Al-lâh. Es a partir de este descubrimiento del vínculo interior con Al-lâh que el islam se nos desvela como algo propio, como parte de nuestra naturaleza. No es ya una religión externa, ni una cultura ajena, sino un estado de conciencia y de postración ante el Señor del Universo, Sustentador de todos los mundos. Reconocer la Majestad y la Belleza de todo lo creado, reconocer que somos criaturas contingentes, seres creados y acabables. Reconocer nuestra precariedad de criaturas y nuestro vínculo interior con la fuerza que mueve el universo.

Esta es la base del islam, la base de nuestro sometimiento al Creador de los cielos y la tierra. A partir de ahí el musulmán establece los ritos, los cinco pilares del islam, como una forma de adoración al Único. Y se trata de crecer en armonía, desarrollar nuestras potencialidades innatas para complacer a Al-lâh. El musulmán trata de desarrollar sus más nobles cualidades, trata de vivir en la conciencia de Al-lâh, de complacer a Al-lâh en todos sus actos. Y eso solo puede lograrse mediante la confianza en Al-lâh y la paciencia ante las adversidades, siempre confiando en la Justicia de Al-lâh, confiando en que todo aquello que nos sucede (lo bueno y lo malo) ha sido decretado, y que la recompensa del Jardín será para aquellos que han perseverado. Si Al-lâh quiere.

¿Islam progresista, islam moderado, fundamentalismo islámico, salafismo, islam andalusí, islam radical, feminismo islámico…? Todo eso no significa nada, nada más que conceptos a través de las cuales tratamos de expresar nuestras espectativas en el camino libre del islam. Pero no sustituímos la experiencia íntima de nuestra entrega por ningún concepto, por hermoso o apropiado que parezca. Por eso sigo afirmándome como un ‘musulmán a secas’, uno de los más de mil quinientos millones de personas que, según las estadísticas, son considerados ‘musulmanes’.


Por un islam democrático en España

febrero 6, 2008

La situación actual del islam en España es insostenible, con la propagación de doctrinas radicales dentro de las comunidades musulmanas, discursos de rechazo de todo lo occidental que favorecen la creación de guetos. Una realidad que tiene su contrapartida en el crecimiento de la islamofobia y de la xenofobia, auténticos males de nuestro tiempo. Aunque la mayoría de los musulmanes queremos vivir nuestra espiritualidad con normalidad, la actitud sectaria (e incluso violenta) de unos pocos genera el rechazo de la ciudadanía y afecta nuestras vidas. Ante esta problemática, debemos ser conscientes de que los discursos del tipo “el islam es paz” o “el islam dignifica a la mujer” son insuficientes. Ha llegado el momento de dar un paso más allá y afrontar la situación con el máximo rigor y valentía. Ha llegado el momento de tomar medidas contundentes para atajar este problema, que amenaza la convivencia y puede degenerar en una fractura en el seno de nuestra sociedad.

No nos engañemos: las soluciones a los problemas que afectan a la integración del islam en el espacio laico no vendrán de las estructuras religiosas conservadoras, demasiado preocupadas por sus cuotas de poder y el control del discurso religioso. La solución tampoco vendrá de países extranjeros empeñados en mantener sojuzgados a sus antiguos súbditos en el contexto migratorio. No podemos sino constatar el fracaso de la política de interlocución de las instituciones públicas con aquellos que se presentan como ‘representantes de los musulmanes’, y cuya apatía y desentendimiento de los problemas reales de los musulmanes ha conducido a la presente situación. Consideramos errada la política de privilegiar el diálogo con los sectores más conservadores, dándoles con ello un poder que no se corresponde con los anhelos de la mayoría de los musulmanes.

Estamos convencidos de que la solución a los problemas generados por el radicalismo vendrá de la colaboración de la sociedad con los musulmanes y musulmanas progresistas, comprometidos en la promoción de un islam democrático y compatible con los valores que dan cohesión a nuestra sociedad: democracia, libertad de religión y de conciencia, derechos humanos y civiles, justicia social e igualdad de género. Valores sin los cuales ninguna sociedad moderna puede prosperar, y que por ello deben ser exigidos a todas aquellas organizaciones que reciben dinero público.

Por todo ello, quiero hacer un llamamiento a todos los musulmanes y musulmanas que viven en España, y en particular en Cataluña. Debemos reaccionar ante la difusión de las lecturas reaccionarias u oscurantistas del islam, y dar una respuesta positiva a las inquietudes de la sociedad civil respecto a la creciente presencia del islam. Es un imperativo ético el combatir el radicalismo dentro de las comunidades musulmanas. No podemos permitir que un nuevo 11-M se repita, y está en nuestras manos detenerlo. Quiero recordar en este sentido la fatua contra el terrorismo firmada por el entonces secretario de la Comisión Islámica de España, Mansur Escudero, en la que se declaraba que cualquier persona que cometiese un acto terrorista ha dejado de ser un musulmán. Nos encontramos ante enfermos que utilizan la religión para justificar su odio a los valores de occidente, frente los cuales los creyentes sinceros debemos posicionarnos de forma activa y contundente.

Es imprescindible promover la igualdad hombre-mujer en el seno de las comunidades musulmanas, incluida la promoción de mujeres a cargos de responsabilidad en las organizaciones religiosas, y el pleno acceso de las mujeres a las mezquitas, en igualdad de condiciones que los hombres.

Esta es la base sobre la cual podemos exigir el pleno desarrollo de los derechos civiles de los ciudadanos musulmanes, y la aplicación de las medidas de definidas en las resoluciones de la Comisión parlamentaria sobre el 11-M, en la cual se puso de manifiesto que la respuesta policial debe ser acompañada de medidas de integración social para ser efectiva.

Somos muchos los musulmanes comprometidos en la promoción de un islam democrático en nuestro país. Somos conscientes de que estos objetivos no se lograrán sin el apoyo de las instituciones y de la sociedad civil en su conjunto. Lo que suceda en los próximos meses será determinante para el futuro del islam en el conjunto del estado. El Gobierno español y la Generalitat de Cataluña deben reaccionar de forma creativa, apoyar a los musulmanes progresistas frente a los radicales. Pedimos un esfuerzo en esta dirección, más allá de los intereses de partido, más allá de las presiones de consulados y embajadas extranjeras. Como me dice un buen amigo, no se puede poner al lobo a vigilar a las gallinas.