Islam y movimiento altermundista

febrero 4, 2010

Genealogía del islam reaccionario

La necesidad de una teología islámica de la liberación aparece para muchos como una conclusión lógica del resultado de las vicisitudes sufridas por las comunidades musulmanas en el último siglo y la situación geopolítica internacional a principios del siglo XXI. Para comprender esta necesidad, hay que remontarse a la época de la Guerra Fría, cuando las potencias occidentales se aliaron con las corrientes más conservadoras del mundo islámico para evitar el encuentro entre los movimientos islamistas y la izquierda internacional. Una alianza que todavía ejerce un poder asfixiante sobre las poblaciones musulmanas.

Todo nos remite al tema clave de la globalización corporativa, y al papel que juegan en ella los países de la OPEP. Asistimos a la colaboración que los sectores reaccionarios del mundo islámico con la globalización corporativa, hasta el punto de que hoy en día constituyen uno de los pilares de la misma. Tariq Ramadan se ha referido a esta alianza del siguiente modo:

“El conjunto del mundo islámico está bajo la tutela de la economía del mercado. Los países más aparentemente islámicos desde el punto de vista de las leyes y el gobierno, a ejemplo de Arabia Saudi o de las petromonarquías, son los más integrados económicamente al sistema neoliberal fundado sobre la especulación y sumergido en las transacciones con intereses (en referencia a la usura).” [1]

Ya hace dos décadas, la economista Susan George puso de manifiesto el papel que la OPEP ha jugado desde los años 70 del siglo pasado en el aumento de las desigualdades Norte/Sur. Susan George comenta:

“Los países productores de petróleo se comportaron como verdaderos capitalistas, esperando hacer mucho dinero confiando en profesionales de Nueva York o de Londres. De este modo, perdieron una ocasión histórica y abrieron la puerta al formidable golpe minuciosamente elaborado por países que ya eran ricos. La deuda, generada por los gobiernos occidentales, los bancos y sus agentes, tal como el FMI, ha debilitado aún más los países del sur (comprendiendo a los países miembros de la OPEP); les ha puesto en una situación mas desfavorable que antes de la gran época de los préstamos, y ha abierto la puerta a una verdadera recolonización”. [2]

Algunos países tienen una cuantiosa deuda externa, incluidos algunos de los autoproclamados como “Estados islámicos”, pretendidamente regidos por la Sharia. Arabia Saudí (47,390 2006 millones US$), Pakistán (42,380 2006), Sudán (29,690 2006 est.), o Irán (14,800 2006 est.). Alguien debería recordar a sus ulama, grandes mufties y otros sabios gubernamentales que la usura está prohibida en el islam… ¿Por qué Arabia Saudí, uno de los grandes productores de petróleo, tiene deuda externa, cuando miles de miembros de la familia Saud tienen asignada una cantidad mensual vitalicia solo por ser de la familia? Casi toda esta deuda ha sido gastada en armas, compradas a sus amos. No nos engañemos: estos países son solo “islámicos” en aquellos aspectos que interesen al Estado, especialmente en todo lo referente al control social.

La obsesión por la religión entendida como una moral extrema, un puritanismo sofocante obsesionado con el honor y la sexualidad, es un medio para alienar a las poblaciones musulmanas, actúa como un velo que impide analizar las causas reales de las injusticias sociales que padecen, y presenta a los culpables de estas injusticias como garantes de la identidad y del honor nacional. Asistimos a una forma extrema de oscurantismo, de mano de los ulemas reaccionarios, que ocupan lugares prominentes por su significación en la historia del islam, como son la Universidad de al-Azhar o las Mezquitas de Meka y de Medina. Una visión oscurantista del islam que coarta cualquier posibilidad de pensamiento crítico entre los creyentes, condenando a sus sociedades a permanecer en el atraso y la ignorancia. Si la religión se redujese a esto, sin duda podríamos suscribir la frase de Marx, según el cual la religión es el opio del pueblo. Por suerte, la religión es mucho más que esto, o es más bien otra cosa, un potencial que puede ser puesto al servicio de la liberación del ser humano, insha Al-lâh.

En este punto hay que situar el discurso anti-comunista promovido por determinadas instituciones musulmanas, desde el mundo árabe hasta el sudeste asiático. Nos situamos en la época de guerra fría, cuando el comunismo es el mal absoluto que ahora representa el islamismo. Un buen ejemplo de la vinculación entre islam, anti-comunismo, dictaduras laicas e intereses occidentales se produce en el momento de la llamada infitah (apertura), promovida en Egipto por Sadat en los años 70 del siglo pasado, con el objeto de liberalizar la economía (tras la etapa del “socialismo árabe”, declarada superada). Sindicatos y asociaciones de izquierdas se oponen a las políticas de privatización y de apertura a inversiones extranjeras, pero éstas reciben el apoyo de los ulemas de al-Azhar y de los Hermanos Musulmanes. Sadat apoya las yamaat (asambleas) islámicas en las universidades, para debilitar las organizaciones estudiantiles de izquierdas, uno de los focos principales de la oposición. Es en este contexto donde debemos situar la aparición del anti-comunismo de los ulemas oficiales. Retorno a la religiosidad y liberalismo van unidos. Los sucesivos Sheijs de al-Azhar emiten fatuas anti-comunistas. El Sheij Muhammad Fahham lanza una diatriba contra los estudiantes que se manifiestan en contra del gobierno, los llama impíos y les conmina a comportarse religiosamente. El Sheij Abel Halim Mahmud afirma que “el sionismo es la madre del comunismo”. El imam Shaltut, afirma que “el comunismo es kufur. El comunista que desgrana su rosario no dice ‘Al-lâhu Akbar’ sino ‘Marx es grande’.” Hasanayan Muhammad Majluf, mufti de la República, propone que los comunistas sean considerados como apóstatas del islam, en una época en la cual esto podía acarrear graves prejuicios[3].

En Indonesia, las dos más grandes organizaciones islámicas del país (el Nahdlatul Ulama y la Muhammadiya, con varios millones de militantes) se implican de manera decidida en la lucha anti-comunista. Durante los años 1965-1966, Suharto desatará una oleada de matanzas que acabarán con la vida de más de un millón de comunistas. Según ha relatado Noam Chomsky, agentes norteamericanos entregaban listas de comunistas o de simpatizantes a las autoridades locales, que realizaban una caza humana despiadada, con el apoyo de. La Muhammadiya declarará el yihad en contra del Gestapu (el Partido Comunista de Indonesia). Resulta triste constatar la implicación de las dos organizaciones islámicas más importantes del país en uno de los sucesos más trágicos del siglo XX, que llevó a la muerte de más de un millón de personas por el mero hecho de ser militantes comunistas.

Pero esta alianza no es cosa del pasado. Actualmente, algunos países de población musulmana están en los primeros puestos en cuanto a renta per cápita en el mundo: Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Brunei, Bahrein, Omán y Arabia Saudita, países que desarrollan sus economías bajo la protección militar norteamericana. Pero esta posición privilegiada no se manifiesta apenas en forma de cooperación al desarrollo respecto a otros países musulmanes. Hay que recordar las numerosas situaciones en las cuales los musulmanes viven en una situación dramática. Cientos de miles de ellos hacinados en campos de refugiados: saharauis en el desierto argelino, sudaneses en Darfur, rohingya en Bangla Desh y en Tailandia. Otras situaciones no son menos dramáticas, como las de Chechenia, de Etiopía o de Somalia. Estas situaciones de extrema pobreza coexisten con el despilfarro. Como contraste, cabe mencionar los proyectos faraónicos (en el sentido coránico del término) llevados a cabo por las dinastías petro-millonarias del Golfo Pérsico, como los proyectos de construcción en Dubai de grandes hoteles ultra lujosos ganando terreno al mar, en las cuales se pueden encontrar incluso pistas de esquí.

No existe (que nosotros sepamos) una verdadera ayuda al desarrollo organizada desde países musulmanes ricos hacia el tercer mundo. Existe ayuda humanitaria a gran escala, y centenares de organizaciones que se dedican a paliar necesidades inmediatas, pero no un proyecto global que ayude a las comunidades necesitadas a generar sus propios mecanismos de supervivencia en el futuro. En este punto hay que lamentar la forma en la que Arabia Saudí malgasta el dinero del petróleo, financiando grandes universidades y centenares de madrasas a través de las cuales se adoctrina a poblaciones foráneas, creando una fractura en todos los países musulmanes entre el islam tradicional y el wahabismo. La única preocupación de Arabia Saudí en todas las tragedias humanas mencionadas es la de utilizarlas para infiltrarse e imponer su concepción rigorista del islam aniquilando las tradiciones locales, siempre en nombre de la pureza religiosa, siempre al servicio del imperialismo. Arabia Saudí se ha ganado a pulso en odio de la inmensa mayoría de musulmanes del planeta, tanto por su política de difusión del wahabismo, como por su apoyo a la dominación norteamericana, como por el desprecio mostrado hacia el sufrimiento de los musulmanes a lo largo del planeta.

El wahabismo no es una interpretación ortodoxa del islam sino un movimiento reformista, nacido en la Arabia del siglo XVII d.C. Más adelante, la palabra reformista ha tomado el sentido de abandono de una concepción orgánica de la comunidad en función de estructuras de poder nacidas con la industrialización. Un estado como el de Arabia Saudí representa el abandono de la tradición por intereses económicos, y fue escogido por los británicos porque se ajustaba a los planes de explotación de los recursos naturales diseñado para Oriente Medio. Su aspecto exterior les da una apariencia islámica, mientras que su carácter modernista les facilita la labor de gobernar a gusto de sus amos. Mediante la llamada “apertura de la puerta del iÿtihâd” (esfuerzo interpretativo en jurisprudencia), los ulemas al servicio del Estado se permiten lanzar fatwas para justificar todo aquello que al gobierno le interesa: la presencia de bases americanas en Arabia, o la licitud del asesinato político, el tráfico de drogas. En el plano de la política internacional, el wahabismo trata de hacer pasar el islam como una pieza de la economía de mercado, colaborando en todo con el Fondo Monetario Internacional.

Arabia Saudí: un país que comercia en armamento pero se llama a si mismo islámico porque corta la mano al niño que roba una manzana, donde los gobernantes viven rodeados de un lujo extravagante mientras la deuda externa alcanza cifras astronómicas… Pero el Profeta Muhammad (saws.) dijo: “Aquel que trasiega con lo que tiene, a ése es a quien Al-lâh provee; y aquel que acapara bienes y los acumula, a ése es a quien Al-lâh maldice y aparta de su lado”. Lo que han hecho en las ciudades de Meka y Medina no deja lugar a dudas. Donde hace unos años estaban las tumbas de los compañeros del Profeta (saws) ahora se agolpan concesionarios de la Mercedes o la Crysler. En lugares asociados a la misión profética de Muhámmad (saws) ahora hay hoteles de cinco estrellas regentados por compañías extranjeras. La destrucción del patrimonio, de la memoria colectiva de los musulmanes, forma parte de la política de los Bani Saud desde sus comienzos. Es el mismo desarraigo que se está produciendo a gran escala, operado desde dentro del islam, desde su mismo centro geográfico.

Esta es la entrada del islam en la sociedad del espectáculo: el wahabismo representa la occidentalización del islam, el abandono de la tradición para hallar su semejanza con esa cultura de la representación y de la imagen. Cultura de la imagen: la aceptación de las imágenes de las diferentes tradiciones, pero no sus contenidos. Estamos en un mundo donde la idea de tradición quiere ser reducida a la de folclore. Esto es lo que ofrece el wahabismo: no el islam sino solo su apariencia, no la verdad sino una imagen estereotipada. En esta cultura de la imagen están empeñados los “representantes de Dios en la tierra” de todas las religiones, como los publicitarios, los economistas del Nuevo Orden Mundial, los fabricantes de noticias. Arabia Saudí, como cuna del islam, juega el papel perfecto para la política de los poderes de occidente, una política que no puede sino acabar con el sacrificio de la imagen que ellos mismos han creado. La definición concisa de Tariq Ramadan refleja una opinión mayoritaria:

“Arabia Saudí: la encrucijada de todas las mentiras y todas las hipocresías. Primero, de occidente, cuyos gobiernos, aunque saben del horror de la dictadura, del esclavismo reaccionario y de la corrupción, se callan por razones económicas. Después, de Oriente y de demasiados musulmanes, que, a causa del maná financiero, responden con el silencio a la traición más manifiesta y más odiosa a los principios del islam”.[4]

Actualmente asistimos a nuevos episodios de esta colaboración, nunca revocada. La contrarreforma agraria llevada a cabo en 1999 por Mubarak, que implicó la recuperación de los arrendamientos agrícolas por el capital, recibió el apoyo de la Yamaat Islámica y los Hermanos Musulmanes en nombre de la sharia y del derecho a la propiedad. Todavía se puede encontrar en la web del también egipcio Yusuf Qaradawi una fatwa en la cual afirma que es incompatible ser comunista y musulmán (la fatwa responde a una mujer que le pregunta si se puede casar “con un musulmán comunista”: la respuesta es negativa, es haram casarse con un comunista, pues los comunistas son poco menos que diabólicos que no creen en nada… a pesar de que en su pregunta la mujer deja bien claro que el hombre en cuestión es musulmán). El propio Qaradawi que se sienta a la derecha del Emir de Qatar mientras las tropas norteamericanas se preparan para invadir Iraq, desde inmensas bases cedidas por el emirato, un país en el cual los inmigrantes egipcios (entre otros) viven en situación de semi-esclavitud… Todo esto justifica sin duda el rechazo de las izquierdas a la hora de colaborar con los movimientos islamistas, y pone en evidencia las estrechas relaciones entre fundamentalismo religioso y neoliberalismo. Citamos a Samir Amin:

“En el terreno de las cuestiones sociales de verdad, el islam político se alinea en el campo del capitalismo dependiente y el imperialismo dominante. Defiende el principio del carácter sagrado de la propiedad y legitima la desigualdad y los requisitos de la reproducción capitalista. El apoyo prestado por los Hermanos Musulmanes en el Parlamento egipcio a las recientes leyes reaccionarias que refuerzan los derechos de los propietarios en detrimento de los arrendatarios rurales (la mayoría del pequeño campesinado) no es más que un caso entre cientos. No hay ejemplo siquiera de una sola ley reaccionaria promovida en cualquier Estado musulmán a la que los movimientos islamistas se hayan opuesto… Es fácil entender, por tanto, que el islam político haya contado siempre en sus filas con la clase dominante de Arabia Saudí y Pakistán. Las burguesías compradoras locales, los nuevos ricos, beneficiarios de la actual globalización imperialista, apoyan generosamente al islam político. Y éste ha renunciado a una perspectiva antiimperialista y la ha reemplazado por una postura “antioccidental” (casi “anticristiana”) que evidentemente sólo lleva a las sociedades afectadas a un callejón sin salida y no constituye por tanto un obstáculo al despliegue del control imperialista sobre el sistema mundial. La historia de los Hermanos Musulmanes es bien conocida. La Hermandad la crearon los británicos y la monarquía en la década de 1920 a fin de cerrar el paso al Wafd, secular y democrático. Su regreso en masa de su refugio saudí tras la muerte de Nasser, organizado por la CIA y Sadat, es también bien conocido. Todos estamos familiarizados con la historia de los talibán, formados por la CIA en Pakistán para luchar contra los “comunistas” que habían abierto escuelas para todos, chicos y chicas. También es de sobra sabido que Israel apoyó a Hamás en un principio como forma de debilitar las corrientes seculares y democráticas de la resistencia palestina. El islam político habría tenido muchas más dificultades para moverse fuera de las fronteras de Arabia Saudí y Pakistán sin el potente apoyo continuado y resuelto de los Estados Unidos. La sociedad de Arabia Saudí no había comenzado siquiera a moverse más allá de sus límites tradicionales cuando se descubrió petróleo bajo su suelo. Se concluyó entre las dos partes una alianza entre el imperialismo y la clase dominante tradicional, sellada de inmediato, que dio un nuevo arriendo de vida al islam político wahabí… Resulta fácil, por tanto, comprender, la iniciativa tomada por los Estados Unidos para romper el frente unido de los estados asiáticos y africanos establecido en Bandung (1955), creando una “Conferencia Islámica” inmediatamente promovida (desde 1957) por Arabia Saudí y Pakistán. El islam político penetró en la región por estos medios. La mínima conclusión que puede extraerse es que el islam político no es el resultado espontáneo de la afirmación de las auténticas convicciones religiosas por parte de los pueblos afectados. El islam político lo erigió la acción sistemática del imperialismo, apoyada, por supuesto, por fuerzas obscurantistas reaccionarias y las clases compradoras subordinadas”. [5]

En definitiva, el islam esta siendo utilizado desde el poder, en muchos casos para justificar privilegios y opresiones, y combatir a las izquierdas. Esta utilización por parte del Estado suele estar vinculada a la imposición de una visión reaccionaria del islam, centrada en las formas y en la imposición de una moral de rebaño. Globalización corporativa y fundamentalismo religioso se alimentan uno a otro, son las dos caras del mismo fenómeno. Las medidas estructurales promovidas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial crean las condiciones necesarias que hacen posible (incluso inevitable) el resurgir del fundamentalismo, y al final, este fundamentalismo justifica la intervención de los Estados occidentales. Todo esto explica el apoyo occidental a la visión más reaccionaria del islam.

Pero debemos decir que el análisis de Samir Amin es en exceso maximalista: si bien es indudable que el islam político dominante (especialmente la corriente wahabi/salafi promovida desde Arabi Saudí) aparece como un aliado del imperialismo, de ello no se puede deducir que todo el islam político deba ser encajonado en dicha categoría. Existe una creciente conciencia de esta problemática dentro de los movimientos musulmanes, un problema cuya resolución pasa por construir una nueva alianza con la izquierda global y el movimiento altermundista, tal y como defenderemos en breve. No queda otro remedio que trabajar en esta dirección. Sería un error garrafal por parte de los movimientos anti-capitalistas en los países musulmanes el plantear su lucha al margen del islam, siendo el islam el eje alrededor del cual gira la vida en dichas sociedades. Combatir el islam y el capitalismo al mismo tiempo no parece razonable, y menos si nos damos cuenta de que el islam constituye hoy en día una de las pocas alternativas vivas a la globalización neoliberal.

Teología islámica de la liberación

En este punto se comprende la importancia que puede cobrar la teología islámica de la liberación (TIL) en el contexto de la lucha de los pueblos contra la globalización corporativa y el nuevo imperialismo, así como contra la hegemonía de las formas alienantes de entender el islam que aparecen vinculadas a ellas. Es decir: para romper la alianza existente entre la globalización corporativa y el fundamentalismo religioso.

Entendemos por TIL un discurso y una práctica social que pone en primer plano el mandato coránico de construir una sociedad justa e igualitaria, en la cual la dimensión espiritual del ser humano sea tenida en cuenta, en oposición tanto a las concepciones reaccionarias del islam como al neoliberalismo. Frente a la deriva de los movimientos islamistas hacia posturas ultra-conservadoras en lo político y en lo moral, la TIL surge de la recuperación del mensaje revolucionario lanzado por el Profeta Muhammad hace catorce siglos, contra las oligarquías de su tiempo.

La TIL cobra nueva fuerza en el contexto post 11-S, con las invasiones de Iraq y Afganistán, la situación de los musulmanes en Birmania y la continuación del genocidio palestino. Pero, sobre todo, la TIL surge como toma de conciencia del impacto social de la globalización corporativa. El auge del neoliberalismo y de la filosofía de libre mercado plantea una amenaza a la igualdad y a la justicia social, puesto que ambos conciben a la sociedad como un mercado que reduce al ser humano a la dimensión de productor-consumidor. Una economía de mercado liberalizada, que no tiene consideración alguna por los asuntos sociales, ni por las culturas autóctonas ni por las preocupaciones medioambientales, no puede promover el bienestar económico y social global, ni asegurar un desarrollo sostenible. El neoliberalismo amenaza cada vez más los derechos civiles, particularmente, el derecho a la educación, al empleo remunerado, y a la salud.

Frente a esta situación, la TIL propone una reforma radical de la sharia, que sirva a los desfavorecidos. Propone la reforma de los códigos de familia musulmana, de cara a lograr la plena igualdad de las mujeres y los hombres. Propone también incorporar la cuestión de la justicia económica en los discursos contemporáneos basados en la Sharia, y centrarse en sus aspectos horizontales, las mu’amalat o transacciones sociales, antes que en los aspectos de la ‘ibada o actos de adoración. Esta reforma se inspira en la noción de la Soberanía de Al-lâh, según la cual sólo Al-lâh es nuestro Señor, y por tanto nadie puede ser amo o señor de sus semejantes. Esta comprensión del islam conduce a cuestionar las comprensiones ritualistas y/o alienantes de la religión. Para la aplicación de estos principios, se hace necesaria la creación de sindicatos inspirados en la TIL, capaces de reivindicar los derechos de los trabajadores en contextos donde el islam es la religión de Estado, y donde todo gira en torno al islam.

La TIL defiende la implicación del islam en la política. Si se eliminasen todos los componentes éticos (religiosos) de la política, la medicina, la economía… ¿qué nos quedaría? La post-civilización occidental: un sistema de depredación generalizada del planeta tierra, que no responde a ningún criterio ético ni racional… En los países occidentales este sistema recibe el contrapeso de la sociedad civil, gracias sobre todo a la lucha de los comunistas y de los anarquistas de los siglos XIX y XX, y al movimiento pro-derechos civiles surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Pero este contrapeso no tiene suficiente fuerza hoy a escala planetaria, y aún menos en el llamado tercer mundo, donde las grandes corporaciones se lanzan a una política de depredación de los recursos naturales, expoliando a los pueblos y aniquilando sus culturas, entronando a dictadores sumisos a sus intereses y financiando guerras en aquellos lugares en los cuales las sociedades se unen para hacerles frente. La TIL se presenta por tanto como un desafío al llamado “islam liberal”, que aboga por una separación estricta entre la religión y la política, un discurso complaciente con las nuevas necesidades del establishment. Existe una política de infiltración por parte de think thanks occidentales, que promueven un discurso islámico anti-fundamentalista y de defensa de la compatibilidad entre islam y democracia, derechos humanos, etc., pero que no es crítico con las políticas promovidas por el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio y el banco Mundial. Es el llamado “islam moderado”, promovido por los gobiernos británico y norteamericano, como una ofensiva paralela a las invasiones de Irak y Afganistán.

La TIL tiene un destacado representante en el sudanés Mahmud Taha, quien en su famosa obra El segundo mensaje del Corán identificó la sociedad ideal propuesta por el Profeta Muhammad con un “socialismo democrático” (aunque el término apropiado para definir sus propuestas sería más bien comunismo). Según Taha, la consecución de este ideal de comunidad es necesaria para la realización del ser humano. En una sociedad regida por el egoísmo y la exacerbación de las pasiones, el ser humano no puede activar plenamente sus capacidades ni vivir como criatura capaz de Al-lâh. Al mismo tiempo, cree que el socialismo no puede realizarse sin tener en cuenta la dimensión espiritual del ser humano. De ahí el fracaso del materialismo histórico y del régimen soviético, cuya concepción materialista del ser humano no se diferenciaba en el fondo de la propuesta por la sociedad capitalista. Taha incluye la perspectiva democrática, la igualdad de género, valores ecológicos…

La TIL no reniega de sus vínculos con el reformismo musulmán e incluso con los movimientos islamistas, y puede citar a Sayed Qutb o a Ali Shariarti para apoyar sus posiciones. Entronca con el reformismo antes de que este movimiento fuera fagocitado por Arabia Saudí, y fuese puesto al servicio de los intereses de la globalización corporativa y de las políticas conservadoras. Esta vuelta a los orígenes revolucionarios de los movimientos islamistas es la propuesta de Shabbir Akhtar, en The Final Imperative: An Islamic Theology of Liberation. Se trata de un intelectual británico que se reconoce discípulo de Sayed Qutb. La TIL podría enlazar con un islamismo que haya reconocido los excesos totalitarios cometidos y promueva una apertura a la igualdad de género, los valores ecológicos y democráticos. El pensador suizo de origen egipcio Tariq Ramadan se presenta como una figura puente, lo cual explica la violencia mediática con la cual es tratado en occidente.

Una obra a tener en cuenta es Islamic Liberation Theology: Resisting the Empire, del iraní Hamid Dabashi. Las criticas a la República Islámica de Irán no lo conducen a abrazar la modernidad occidental como una panacea, sino todo lo contrario. Dabashi considera que la ideología islámica ha dejado de ser el factor principal de la resistencia contra “la modernidad colonial”. El islamismo militante surgió de unas determinadas condiciones y permanece preso de ellas. No es capaz de responder a las necesidades del presente ni a los retos de la globalización corporativa. Para renovar las aspiraciones de los musulmanes es necesario revisar el propio concepto de “ideología islámica”, en el sentido de ofrecer una respuesta local y por tanto limitada a lo que se nos presenta como un reto global. Ninguna ideología de la alteridad logrará despertar las energías y crear las sinergias necesarias para enfrentarse a la depredación planetaria operada desde los centros de la globalización corporativa. Ni esta globalización es “Occidente”, ni Bin Laden “el Islam”. Muy especialmente, deben superarse las visiones legalistas del islam, que conducen a una múltiple fractura entre islam y occidente, islam y derechos humanos, islam y feminismo… Una serie de fracturas que son explotadas por el imperio para socavar y deslegitimar las resistencias musulmanas.

El único modo de salvar estas fracturas es pensar una ideología islámica de la liberación en convergencia con otros movimientos similares a lo largo del planeta. Los musulmanes no están solos en la lucha. No pueden seguir pensando su lucha de espaldas al resto del planeta, ni en términos de supremacismo islámico. Una ideología que divide el mundo entre el islam y occidente o entre creyentes y no-creyentes no tiene nada positivo que aportar. La situación contemporánea nos aboca al sincretismo y a la aceptación de valores universales. Cree que el islam tendrá que rearticularse en relación al capital globalizado. Como resultado del proceso de globalización, las masivas migraciones de trabajadores han desmantelado la dicotomía “centro-periferia” u “islam-occidente”, que pudieron tener su razón de ser durante la época colonial. Dabashi defiende el multiculturalismo y explora las similitudes y las diferencias respecto a la teología cristiana de la liberación, llamado a un entendimiento. Las potencialidades revolucionarias del islam deben ser puestas al servicio de la humanidad, y no al servicio de la causa del islam. Hay que pensar en términos de diversidad y sincretismo, y no en términos supremacistas.

Más que de una teología, deberíamos hablar de una teodicea, teología natural y racional de corte universalista, que busca su fundamento en el interior del ser humano. Dabashi define esta teodicea como “una forma de teología de la liberación que no sólo da cuenta de la existencia de sus sombras morales y normativos, sino, de hecho, los abraza[6]. En la visión de Dabashi, esta teodicea logrará liberar al propio islam de sus fantasmas, de sus atavismos y de las formas de idolatría generadas a lo largo de los siglos. No se trata tan sólo de volver a pensar el islam en términos liberadores, sino de pensar desde un islam liberado de si mismo.

Islam y movimiento altermundista

El enunciado “teología de la liberación” nos remite inmediatamente a las luchas de los cristianos en América del Sur y el Tercer Mundo, por superar la visión alienante del cristianismo y recuperarlo como mensaje de liberación individual y colectiva… Así pues, al hablar de una “teología islámica de la liberación” estamos poniendo desde el primer momento en juego fuerzas convergentes a escala planetaria, moviéndonos hacia una respuesta conjunta de las diversas religiones a los retos de la globalización.

Pero esta alianza no es únicamente entre religiones. Afirmamos que la lucha de los musulmanes por la justicia social se sitúa en consonancia con el movimiento altermundista, en contra de la alianza del fundamentalismo religioso (que nada tiene en realidad de islámico) y la globalización corporativa. No es posible separar nuestro análisis sobre la situación actual del islam de la situación del mundo en la era global. La dominación planetaria de las corporaciones financieras conduce a la desestructuración de los países y al hambre de millones de personas. El efecto de la prohibición de la usura u otros principios de la economía islámica en los países musulmanes no lograría cambiar el nuevo orden mundial. Las grandes compañías financieras occidentales encontrarían fácilmente vías de penetración. Esto quiere decir que, en el contexto de la globalización, no existe la más mínima posibilidad de lograr una sociedad islámica a nivel local. Todo apunta hacia la participación creciente de los musulmanes en el movimiento altermundista, como una de las claves del futuro.

Nos hallamos en el inicio de la construcción de una sociedad civil planetaria, una sociedad civil que ya no encuentra su vía de participación política a través del marco de los Estados-nación, sino a través de una nueva ética global emergente, fundada en la solidaridad y el amor a la pluralidad, en la lucha de los pueblos por su supervivencia. Nos situamos en el terreno de los valores globales: democracia, libertad religiosa y de conciencia, valores ecológicos, justicia distributiva e igualdad de género. Al mismo tiempo, implica una resistencia al capitalismo salvaje que amenaza a poblaciones enteras con el hambre y el desarraigo de sus culturas y cosmovisiones ancestrales. Esta lucha debe realizarse desde la defensa de la diversidad y frente al paradigma euro-céntrico, tan vinculado al racismo y al colonialismo.

Mientras haya hambre en el mundo, todo lo demás es secundario. A principios del siglo XXI, 950 millones de personas que viven en situaciones de hambre crónica, 30 millones de personas mueren cada año a causa de la mala distribución de los alimentos, 11 millones de ellos niños menores de 5 años. Unas cifras que nos sobrepasan y nos abochornan, que nos sumen en la desesperación y nos obligan a replantearnos nuestro modo de estar en el mundo. No podemos seguir pensando de espaldas a esta realidad que nos acusa, que muestra el rostro más oscuro de la modernidad. En este campo, toda actuación debe venir precedida por un estudio serio sobre las causas reales del hambre.

Las causas nos remiten a ámbitos económicos, políticos, sociales globales. Lo local no puede ser pensado sin referencia a lo global, y viceversa. El mundo es uno, el ser humano es uno. No podemos pensar disgregando, jerarquizando, como si la riqueza de occidente fuese independiente de la pobreza del tercer mundo, como si la tierra no fuera una, como si los campos de Indonesia no produjesen pienso para alimentar al ganado en Canadá, comos si los precios de las semillas que ha de plantar un agricultor en Corea no se decidiesen en Chicago, como si los medicamentos que pueden salvar a los niños de una aldea de Zambia, pero que estos no tienen dinero para comprar, no estuviesen patentados en Lausana.

Desde la conciencia de que todos somos uno, debemos decir bien claro que el hambre no es una casualidad o un accidente de la naturaleza. Existen situaciones concretas de catástrofes naturales que provocan hambrunas, pero el hambre crónica de poblaciones enteras del que estamos hablando no es un accidente, sino el resultado de estructuras económicas determinadas, de relaciones internacionales establecidas con criterios criminales. Estamos gobernados por criminales, por asesinos en masa que visten corbatas de seda y sonríen en los medios a las masas. Sabemos que la producción de alimentos actual podría alimentar dos veces a la población mundial, que el aumento demográfico no es una causa directa del hambre, y que muchos de los países que han sufrido terribles hambrunas son en realidad exportadores de alimentos. Sabemos que en Europa y Norteamérica cada año se desperdician o se tiran toneladas de alimentos con el fin de mantener los precios establecidos por grandes compañías, precios inasequibles para los menos desfavorecidos. Hemos visto a países enteros pasar de situaciones de bonanza a situaciones de pobreza en pocos años, a causa de políticas económicas impulsadas desde la Organización Mundial del Comercio. Hemos visto como los servicios sociales se deterioraban en países ricos en materias primas. Hemos visto como la deuda contraída por gobiernos dictatoriales para comprar armas ahogaba la vida de los campesinos, dobles víctimas de una política económica internacional irracional, que ha perdido todo criterio ético o humanitario.

Se trata de un sistema basado no en la satisfacción de las necesidades básicas del individuo y la búsqueda del equilibrio, sino en la exacerbación de las pasiones y la creación de necesidades artificiales que esclavizan al individuo, manteniéndolo en un estado de insatisfacción constante. Desde un punto de vista islámico, esta claro que este sistema es rechazable, y que debe ser combatido. No pretendo caer en una retórica anti-capitalista hueca y trasnochada. El islam está del lado del comercio. La capacidad creación de riqueza y el desarrollo tecnológico son instrumentos imprescindibles para la erradicación de la pobreza, un logro de la humanidad. Por primera vez en la historia nos encontramos en una situación de sobreproducción, en la cual el ser humano es capaz de producir alimentos para satisfacer con creces las necesidades básicas de la población mundial. A partir de este conocimiento, es necesario realizar una crítica lúcida sobre los fines de esta creación de riqueza y de este desarrollo de la producción, que no puede ser el de la mera acumulación de capital al margen de las necesidades de la gente.

Todos los que han estudiado el problema del hambre en el mundo saben de las dificultades a las que estos intentos se enfrentan. Desde las instituciones la situación parece bloqueada. Las instituciones internacionales encargadas de la lucha contra la pobreza están muy influidas por los propios interesados en perpetuar las desigualdades. Departamentos de Naciones Unidas son tanto el Fondo Monetario internacional como la FAO. La contradicción entre las medidas que uno y otro organismo promueven no puede ser más desconcertante.

Frente a esta situación, la sociedad civil del planeta debe ponerse en movimiento, y los musulmanes no pueden estar al margen de esta búsqueda de soluciones globales a problemáticas globales. Hace ya unos años asistimos al surgimiento de un movimiento social transnacional que pretende hacer frente a los retos de la globalización, que se ha dado cita en torno al Foro Social Mundial. Los movimientos sociales se sitúan en la vanguardia, y esto implica mirar hacia delante, más allá de la coyuntura política presente. Esto implica situarse contra del sistema económico y político dominante. En este ámbito, existen muchas acciones ya iniciadas a las cuales los musulmanes podríamos (deberíamos) sumarnos:

•       Sumarnos a las iniciativas y campañas que promueven la reforma de las Naciones Unidas, hacia una democracia participativa que posibilite la consecución de sus objetivos fundacionales.

•       Colaborar con el Foro Social Mundial.

•       Apoyar aquellas campañas que promuevan la condonación de la deuda externa.

•       Apoyar aquellas campañas tendentes a garantizar el acceso al agua potable de todo ser humano.

•       Apoyar la campaña para la aplicación de la Tasa Tobin.

•       Denunciar el negocio de la guerra, y a exigir a nuestros representantes políticos que combatan el comercio de armamento.

•       Denunciar aquellas situaciones de connivencia de las religiones con el poder económico y político tendentes a perpetuar situaciones de injusticia

•       Moderar nuestras necesidades y a realizar esfuerzos para erradicar el consumismo.

•       Velar por que las inversiones que hagamos sean éticas, y que no entren en contradicción con una cultura de la paz.

•       Velar por que las empresas se doten de códigos éticos, que respeten los criterios del comercio justo.

•       Sumarnos a las campañas que promueven la erradicación de los paraísos fiscales.

•       Trabajar en favor de la reducción de las energías contaminantes y en favorecer el uso de energías alternativas.

Sin embargo, la participación de los musulmanes en el movimiento altermundista se enfrenta hoy en día a importantes dificultades. Una de ellas es la islamofobia y los estereotipos, así como la tradicional militancia anti-religiosa de determinada izquierda occidental, incapaz de superar el euro-centrismo en el cual los occidentales somos adoctrinados. La colaboración de las tradiciones religiosas con los movimientos sociales se hace difícil en un momento en el cual trata de imponerse como un dogma de fe la idea de la separación entre la religión y la política. Se trata de relegar la religión a una extraña “esfera privada”, negándonos el derecho de reclamar justicia desde nuestras convicciones. Por ello, desde las tradiciones religiosas debemos aclarar cual es nuestra motivación en el proyecto de construcción de una sociedad civil planetaria. Debemos desterrar toda sombra de duda que planea sobre nuestras tradiciones, disipar las dudas que esta colaboración suscita. Por suerte, ya no estamos en la época del marxismo-leninismo dogmático y anti-religioso. Por el contrario, existen muchos elementos de espiritualidad dentro de los movimientos sociales.

El otro impedimento es interno al islam: las dificultades de muchos musulmanes renunciar a la idea de un Estado basado en la supremacía del islam. El islam, en el momento en el cual es reducido a una identidad política, traza una frontera con los no-musulmanes, impidiendo su participación en el movimiento altermundista. El islam tiene mucho que aportar en la lucha contra la injusticia global, siempre que seamos capaces de superar una visión supremacista y/o excluyente de nuestra religión. Hay que derribar las barreras conceptuales que separan al islam de otras tradiciones o propuestas y trabajar en base a objetivos compartidos. La lucha contra la desigualdad, contra la opresión y contra el hambre, es la lucha por la dignidad de todo ser humano, y es del todo inviable pensar esta lucha sin tener en cuenta la religión como el vehículo que dota de sentido a la mayoría de los habitantes de la tierra, insha Al-lâh.

Notas

[1] Globalisation. Muslim Resistances (ed. Tawhid 2002), incluye traducción al castellano.

[2] Jusqu’au cou, enquête sur la dette du tiers monde (ed. La Découverte, 1988, pp. 68-71)

[3] Tomamos estas referencias de Malika Zeghal, Guardianes del islam, pp.140-144

[4] El islam minoritario, ed. Bellaterra, p.333

[5] Samir Amin, El islam político, al servicio del imperialismo

[6] Islamic liberation theology: resisting the empire, p. 18


La islamofobia es la judeofobia del siglo XXI

diciembre 1, 2009

El resultado del referéndum suizo en contra de los minaretes no es una sorpresa. Desde hace años la demonización de los musulmanes está en el centro de la escena, se expresa abiertamente a través de los medios de comunicación. Estoy seguro de que un referéndum similar en España daría un resultado mucho más amplio en contra de los minaretes. Y lo mismo si se votase en contra de la construcción de mezquitas o sobre la prohibición del velo. No en vano, una encuesta del Pew Center del año 2008 sitúa a España como el país más islamófobo de Europa.

El término islamofobia se refiere a la hostilidad y la aversión hacia el islam y los musulmanes, considerados como un grupo homogéneo y cerrado en torno a valores arcaicos, cuyas características negativas los hace peligrosos: una amenaza para la seguridad y para la cultura dominante. Esta hostilidad se manifiesta en forma de discriminaciones, prejuicios y agresiones. Los informes de la OUNU, de la OSCE y de la UE demuestran que estas discriminaciones son reales en terrenos como el acceso a la vivienda o a un puesto de trabajo, pero también en las dificultades para abrir mezquitas o ejercer con normalidad sus derechos religiosos. Además, han catalogado centenares de ataques islamófobos, agresiones, incendios de mezquitas, profanaciones de cementerios… incluso asesinatos. Todo esto está sucediendo en estos momentos en Europa, aunque los medios solo divulgan aquellas noticias en las cuales los musulmanes aparecen como agresores.

La aceptación e incluso respetabilidad de la islamofobia en el mundo académico occidental resulta significativa. Es inimaginable encontrar discursos de odio contra negros, judíos o gitanos entre la intelectualidad europea, y sin embargo numerosos intelectuales aceptan de forma acrítica el discurso islamófobo, la idea del inevitable choque de civilizaciones, la incompatibilidad de islam y democracia, la identificación del islam y la violencia, o la aceptación de estereotipos negativos sobre las mujeres musulmanas.

Existen muchas explicaciones al respecto. Por un lado, el islam aparece como el “otro” de las mitologías nacionales decimonónicas: es una amenaza a un concepto esencialista y excluyente de la propia identidad. Los estudios universitarios sobre el islam y Oriente Medio son deudores del orientalismo, definido por Edward Said como la clasificación de los individuos, de los pueblos, religiones y culturas “orientales” en unas categorías intelectuales y esencias inmutables destinadas a facilitar su sujeción al “civilizador” europeo. En este sentido, la islamofobia está estrechamente vinculada a la reproducción de estrategias típicamente coloniales, con la creencia en la misión civilizadora del Occidente blanco como telón de fondo.

Llegados a este punto, es necesario tomar conciencia del significado de esta nueva forma de fascismo. El rechazo del islam ocupa hoy en el imaginario europeo el mismo lugar que el rechazo del judaísmo en épocas pasadas. Se trata del mismo antisemitismo, pero con un objeto de odio renovado, con los musulmanes ocupando el papel del «otro inasimilable», que se niega a abandonar su identidad para sumergirse en el rebaño.

Todos los elementos de la judeofobia clásica europea tienen una correspondencia en la islamofobia:

1. Los musulmanes son presentados con rasgos demoníacos.

2. Los musulmanes son reducidos a un estereotipo: del “judío avaricioso” se ha pasado a la imagen del «musulmán fanático».

3. Los musulmanes son acusados de «no integrarse». Se considera que a causa de su fe religiosa no son leales a los países donde viven, y que su religión les mantiene apartados la sociedad.

4. Se les hace culpables de su propia marginación (transformación de la víctima en culpable).

5. Se repite el mito de “la conspiración islámica para conquistar Europa”. Esta teoría, conocida como ‘Eurabia’, tiene un equivalente exacto en la teoría antisemita de “la conspiración judía para conquistar Europa”, muy en boga en el siglo XIX y principios del XX, y divulgada a través de obras como Los protocolos de los sabios de Sión.

6. Se repite el mito de una «alianza entre la izquierda y el Islam» para destruir los valores cristianos de Europa. Este mito tiene su correlato en la teoría de la «conspiración judeo-masónica-marxista», típica del catolicismo ultramontano en los siglos XIX y XX.

7. Se divulga masivamente literatura antiislámica, que trata de demostrar la perversidad intrínseca del Islam y de los musulmanes. Una muestra es el libro Islam Unveiled, de Robert Spencer, que utiliza los mismos métodos que Entdecktes Judentum (El judaísmo desenmascarado), un clásico antijudío del siglo XVIII, obra del orientalista J. A. Eisenmenger. Ambos autores se presentan como meros eruditos, y operan manipulando pasajes de sus textos sagrados con el fin de demonizar el islam y el judaísmo. La diferencia es que la obra de Eisenmenger fue prohibida por incitar al odio hacia los judíos, mientras que Spencer recibe parabienes.

8. Se repite la propaganda contra las empresas dirigidas por o propiedad de musulmanes, como el Islamic Development Bank en EE. UU como si (más allá de su papel usurero como entidad financiera) cumplieran el papel de siniestras y malvadas entidades dentro de una oscura conspiración internacional. De la misma manera como en los siglos diecinueve y veinte los antisemitas pintaban las instituciones financieras judíos, como los bancos Rothschild o Bleichroeder.

9. Se desacredita a los intelectuales musulmanes, considerando que el hecho de ser musulmanes los hace parciales en cualquier materia, ya que de forma secreta forman parte de un complot islámico para apoderarse de Occidente.

10. Los lugares de culto musulmán son estigmatizados, afirmando que son utilizados para actividades conspirativas. Se repite el mito medieval de las sinagogas (ahora mezquitas) como «conciliábulos judíos».

11. Se repite la idea de que la presencia del Islam constituye «un problema», y que por tanto requiere «una solución». Del «problema judío» hemos pasado al «problema islámico».

Si leemos los centenares de mensajes enviados a los foros de la prensa mayoritaria en España, no sorprende darse cuenta de que las propuestas para solucionar este presunto “problema islámico” sean las mismas propuestas por los antisemitas del pasado. Si no le ponemos remedio, no cabe duda de que la islamofobia representa una amenaza para las democracias europeas.


El País contra Teresa Forcades

noviembre 2, 2009

Teresa Forcades (Barcelona 1966) es doctora en medicina, teóloga y monja benedictina, una monja comprometida con los derechos de las mujeres, que se ha posicionado a favor de los derechos de los homosexuales, y cuyo trabajo tiene una clara dimensión social y espiritual (dimensiones que flaquean la una sin la otra). Dentro de este compromiso, su condición de doctora le ha llevado a centrarse en el tema de las farmacéuticas. Ha publicado un ensayo sobre Los crímenes de las grandes compañías farmacéuticas, en los Cuadernos de Cristianisme i Justicia, que dirige Arcadi Oliveras. Para más información sobre sus posicionamientos, puede visitarse su blog. Recomendamos una reciente entrevista sobre Teología de la liberación para la televisión venezolana, en la cual sostiene que la expresión “teología de la liberación” es en realidad redundante, ya que toda teología debería ser por definición liberadora y feminista.

Conocí a Teresa Forcades a raíz de mi colaboración como autor de un contrapunto en uno de sus libros: Teología feminista en la historia, editado por Fragmenta (en catalán). Realizamos luego una conversación-entrevista para el diario Avui, que no fue publicada. En el 2008, Teresa tuvo la amabilidad de participar como presentadora de una de las sesiones del Tercer Congreso Internacional de Feminismo Islámico.

En las últimas semanas, Teresa Forcades ha sido objeto de múltiples comentarios a raíz de la amplia difusión en Internet de un vídeo en el cual denuncia todos los intereses y manipulaciones en relación a la Gripe AH1N1. Webislam fue una de las numerosas webs que decidió difundir dicho vídeo, con el fin tanto de advertir al mayor número de personas sobre los peligros de vacunarse contra dicha gripe, como para tener un mayor conocimiento sobre el sistema bajo el cual vivimos.

El impacto de este vídeo ha sido inmenso, provocando el contraataque. Teresa Forcades ha sido descalificada por ser monja y por ser mujer, insultada por hablar de temas de interés social con su hábito de monja. Pero lo cierto es que al hacerlo así dignifica no solo sus hábitos o al catolicismo, sino a la religión en su conjunto, tan desprestigiada por ponerse tan a menudo al lado de los poderosos.

Dentro de estos contraataques, el que nos ha movido a escribir ha sido un artículo aparecido en el diario El País, y titulado Desmontando a la monja-bulo. Una de sus autores, Maria Sahuquillo, ya había publicado el día antes un artículo en el cual se trata de combatir la creciente reticencia hacia la vacuna, haciéndose eco de los comunicados de la OMS, como si fueran la verdad absoluta.

Sobre el artículo en si apenas hay nada que decir: se trata de mera propaganda, realizada con la intención de defender a la industria farmacéutica e intentar desprestigiar a todos aquellos que se oponen a la vacuna contra la gripe A. No puede ser calificado propiamente como “periodismo” y aún menos como un “reportaje”. El artículo se limita a descalificar a Teresa Forcades, la llama Mary Poppins y la trata de forma despectiva, poniendo en duda su capacidad intelectual (¿por ser monja, por ser mujer, por las dos cosas?). Para ello, los autores no dudan en mentir, como cuando dicen que “solo ha escrito un librillo…” Los argumentos ad hominen son característicos de aquellos que no tienen argumentos. El artículo recoge tan solo opiniones contrarias Forcades, sin contrastarlas con otras opiniones favorables. Además, el artículo omite aspectos del vídeo que son difíciles de rebatir: si la gripe A es benigna… ¿por qué hemos de vacunarnos? ¿Cómo se justifica la masiva compra de vacunas por parte del Estado?

Mucho más interesante son los comentarios generados. En el momento en el que cierro este artículo (son las nueve de la noche) estos comentarios son 370. Un 90 % de ellos se manifiestan a favor de Teresa Forcades, y muchos de ellos ponen en duda las intenciones de El País a la hora de publicar semejante reportaje.

El artículo es calificado como “vergonzoso”, “ataque salvaje”, “de baja factura”, “tendencioso”, “chulesco”, “bochornoso”, “patético”, “panfleto”, “demagogia”, “infecto”, “vomitivo”… Un comentario da en el clavo sobre el estilo empleado: se trata de un compendio de falacias: la falacia ad hominem, falacias de autoridad, falacia de la pendiente resbaladiza, además de la total ausencia de información. Sólo hay opiniones, y todas reforzándose las unas a las otras. Dice un comentarista: “No resulta muy convincente rebatir datos concretos, que toda persona informada ha podido constatar en el día a día, con supuestos argumentos de autoridad como portavoces, asesores, expertos y catedráticos que nos dicen que lo que pasó fue lo contrario de lo que en su momento pasó”. Un usuario se presenta como médico y dice haber sido consultado por los autores del reportaje, pero como se puso de lado de Forcades, su opinión ha sido censurada.

Un comentarista afirma que “el reportaje apesta y lo único que desmonta es la propia credibilidad de El País. Deja bien claro a qué intereses sirve”. Otro interpreta: “los laboratorios farmacéuticos tienen miedo de quedarse sin su dinerito y ponen una nota enorme en El País”. Y otro concluye: “A El País le debería dar vergüenza publicar cosas así”. Un tal Alejandro escribe: “Argumentum ad hominen (mulierum). Sahuquillo, Benito y El País se han cubierto de gloria. Utilizaré la pieza y los comentarios en mis clases sobre las relaciones entre el Poder y las Empresas en el era de internet. Es muy ilustrativa de la nueva información”.

Como resultado, parece obvio que “este reportaje no desmonta nada”. Más bien todo lo contrario: abundan los comentarios que afirman que ha sido el reportaje el que les ha despertado las sospechas hacia la vacuna y les ha convencido de la veracidad de los argumentos de Forcades. Más de cincuenta afirman que no van a vacunarse, ni ellos ni a sus hijos. Incluso hay varios internautas que habían decidido vacunarse, pero la lectura del artículo les ha hecho cambiar de opinión. Dice un comentario: “gracias a este artículo, ya tengo más claro no vacunarme”.

Otros comentarios contrastan la agresividad del artículo de El País con la capacidad pedagógica, tolerancia y madurez mostradas por Forcades en su vídeo. Por un lado se trata de desprestigiar mediante los insultos, ocultando información, y por otro de ofrecer datos objetivos sin sacar conclusiones, de modo que cada uno pueda pensar por si mismo y decidir según conciencia. Un internauta aconseja: “solo pido a quien lea el artículo y no haya visto el vídeo de Teresa que lo mire y compare…”

Como conclusión, diría que de los ataques de El País a Teresa Forcades, ella sale reforzada y El País desprestigiado. Eso es lo que se desprende de numerosos comentarios:“Los intentos de El País por deslegitimar a Forcades dan aún mas crédito a su teoría”. Y otro sentencia: “El tiro por la culata… Gracias Teresa Forcades!!!” Las felicitaciones se suceden: “Larga vida a Teresa Forcades!!”. “¡Viva la monja!”. “Viva Teresa Forcades, viva Arcadi Oliveras”.

A partir de aquí, estas son algunas de las preguntas que los internautas nos proponen: ¿Por qué “una monja que escribe libritos” molesta tanto? ¿Cómo se puede escribir un articulo desmontando todo lo que dice Teresa Forcades, sin poner la opinión de muchos otros médicos y especialistas en salud pública que están de acuerdo con ella? ¿Por qué para rebatirla no son capaces de escribir un reportaje en estilo periodístico con más datos e información y menos juicios de valor, adjetivos despreciativos y un tono tan tendencioso? ¿Por qué no preguntan su opinión a los médicos que dicen que no se van a vacunar? ¿Por qué este año, en el Hemisferio Norte, apenas ha aparecido la gripe común, como todos los años por estas fechas? ¿Dónde están los millones de muertos que se anunciaron y no se produjeron? ¿Para cuando un reportaje sobre el bulo de las farmacéuticas? ¿Y por que no un titular “desmontando a los lobbys farmacéuticos”? ¿Es cierto que a parlamentarios alemanes se les suministró una versión de la vacuna sin un reactivo que contiene mercurio, por el peligro que supone? ¿Existe peligro al vacunarse? ¿Es verdad que se ha renunciado a posibles indemnizaciones en caso de efectos secundarios graves de la vacuna? ¿Es o no es verdad que políticos y farmacéuticas están exentos de responder por los efectos secundarios de la vacuna?

Pero lo más inquietante es el propio origen de la cepa, pues todo apunta ha que fue fabricada en un laboratorio, con la intención de causar una verdadera pandemia, y que esta fue evitada casi por casualidad: “¿Cómo explican los periodistas desmontadores la mezcla de cepas H5N1 con H3N2 de los laboratorios Baxter en Orth-Danau (Austria) y las graves consecuencias que su distribución o mal uso habrían podido ocasionar, de no ser por la comprobación previa de un checo, así como el silencio de estos laboratorios?”

Algunos de los comentarios pueden parecer desproporcionados, pero muchos otros ofrecen nuevos datos, remiten a informes internacionales que cuestionan la versión oficial. Algunos internautas afirman haber pasado la gripe A sin haberse vacunado, y eso siguiendo los consejos de su médico de cabecera. Aquellos que han pasado la gripe A suelen afirmar que es más benigna que la convencional. Un tema recurrente es el de internautas que afirman que no van a vacunarse por consejo de sus médicos de cabecera. Pues parece que la oposición a la vacuna entre la profesión médica va en aumento. Un comentario dice que “en el centro de salud de mi ciudad, se negaron a vacunar a los niños voluntarios si les tocaba, y el médico de mi hija se niega a vacunar a los nenes por los efectos secundarios”. Según la Organización Médica Colegial (OMC) el 95% de los casos serán leves y se resolverán entre 3 días y una semana como cualquier otra gripe. En Alemania existe un potente movimiento de médicos contra la vacuna, y parece que el colectivo de enfermeras francesas (unas 20.000) no piensa ponerse la vacuna (http://www.syndicat-infirmier.com/Vaccination-H1N1-mefiance-des.html). También un sindicato de enfermeras de Gran Bretaña se ha posicionado en contra. Una encuesta afirma que sólo el 12% de los alemanes ha decidido vacunarse.

La Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública (FADSP) afirma que la vacuna contra la gripe A es probablemente innecesaria y no suficientemente testada. En la página oficial del colegio de médicos de Tenerife, en la sección “última hora”, aparece el comunicado del Consejo general de médicos colegiados de España sobre este tema: “Sería especialmente preocupante que por presiones políticas o por una actitud defensiva ante campañas de opinión pública se realizaran intervenciones preventivas sin las adecuadas garantías de seguridad, ignorando el principio de precaución que, por su perfil científico, todo profesional de la medicina debería contemplar”. El catedrático de Farmacología Clínica de la Universidad Autónoma de Barcelona, Dr. J. A. Laporte, manifestó hace unos días a El Periódico que él no piensa vacunarse

Otros informan de las conexiones de Rumsfeld y Bush con la empresa creadora del tamiflú, y otros afirman que la OMS se financia mayoritariamente (hasta un 75%) mediante donaciones de empresas farmacéuticas… Algunos comentaristas atacan a Forcades y aseguran que la OMS nunca cambió la definición de pandemia, y por tanto que ella miente. En los siguientes links a informes de la OMS pueden encontrarse la vieja definición (2004) y la nueva definición (2009). En un texto de la OMS del 2005, titulados “diez cosas que debes saber sobre la gripe pandémica”, el punto 7 se refiere al gran número de muertes: “La OMS viene manejando una estimación relativamente conservadora (de entre 2 y 7,4 millones de muertos) porque constituye un punto de referencia útil y plausible para el trabajo de planificación. Este cálculo se basa en la pandemia de 1957, que fue relativamente benigna”. Lo cual desmiente lo que afirma José María Martín Moreno (asesor de la OMS) en el artículo de El País. Para la OMS, una pandemia de gripe se definía por el alto número de muertos, hasta mayo de este año.

Puede verse también un artículo del New York Times y otro de la CNN donde se informa sobre el cambio. El periodista del New York Times le pregunta al responsable de la OMS si el cambio no desacreditará a la organización… Y eso antes de saberse que es cambio iba a justificar la venta masiva de vacunas. Y una entrevista al especialista Tom Jefferson, en la cual explica como el cambio de definición va a proporcionar enormes beneficios a las farmacéuticas. Básicamente, para considerarse como pandemia debía ocasionar “enormes casos de contagios y de muertes”, algo que ha sido eliminado. Y este artículo del British Medical Journal, que empieza con la frase: “La OMS ha revisado su definición de pandemia en respuesta a la experiencia actual con la A/H1N1”. El autor cita varios links a las página de la OMS y de otras instituciones médicas internacionales con la antigua y la actual definición. La diferencia es la alta mortalidad, algo que ha sido eliminado de la nueva definición, para poder hacer pasar la gripe A como pandemia, y forzar a los Estados a comprar vacunas. E incluso hacer que los Estados fuercen a sus ciudadanos a vacunarse, cosa que ha sucedido en algunos lugares. Un negocio redondo.

La naturaleza del reportaje siembra las dudas sobre las motivaciones de El País: ¿Cuáles son los intereses de El País en este asunto? ¿Por qué El País sale en defensa de la industria farmacéutica y apoya de este modo la campaña a favor de las vacunaciones? ¿Cuánto les ha pagado la Baxter a los autores del artículo? ¿Es cierto que Cebrián tiene conexiones con el Club Bilderberg? Tal y como dice un internauta: “El País ha demostrado con esto ser un magazine de publireportajes mercenarios a servicio del dinero”. Según otro, “…hace pensar que las empresas farmacéuticas y la falacia ad hominem podrían ser de izquierdas”.

Como me dice Hashim Cabrera: creo que el fenómeno de la difusión masiva del vídeo de nuestra hermana Teresa, denunciando con esa valentía y serenidad el tema sangrante de las vacunas y los virus, es en cierta manera ya un fruto de una nueva conciencia que articula a la comunidad global a través de la red. Cada vez hay más gente que “sabe” que los grandes medios mienten. No es que antes no lo supiéramos, es que ahora existen otros canales de información y otras visiones. Es posible que la sociedad multicultural que propicia la red esté ya articulando y haciendo posible un nuevo paradigma. De ahí la lucha por controlar una red que hasta ahora se muestra bastante refractaria a ese tipo de amordazamiento. Da la impresión de que estamos respondiendo a este nuevo reto con la conciencia de que esta vez puede ser que no lo consigan, y de que un nuevo mundo, una nueva humanidad está empezado a nacer.

Es una pena que un periódico como El País ataque de forma tan baja a una persona que trata de luchar contra los abusos de las grandes compañías farmacéuticas, y se alinee sin matices en el campo de éstas y en contra de los ciudadanos. Y esto justo el día en que ha pasado a contar entre la nómina de sus colaboradores a Bertrand Henri-Levy, uno de los más conocidos sionistas y nuevos intelectuales reaccionarios en Europa. Henri-Levy, Gluksman, Vargas Llosa, Moisés Naim, Antonio Elorza… La lista de los colaboradores actuales de El País desmiente la pretensión de que se trata de un diario “de izquierdas”.

En cuanto a Teresa Forcades, no podemos sino felicitarla por su coraje y su lucidez, por su defensa del feminismo espiritual y de la liberación del ser humano, por recordarnos que el “amor” al cual Dios invita no es un mero sentimiento, sino una acción solidaria que nos enfrenta, inevitablemente, con los poderes de este mundo… Si sigue por esta línea (que es la del Evangelio) no hay duda de que los fariseos (incluidas las altas jerarquías de la Iglesia) la crucificarán. Que Dios la proteja y la salve.


¿Es el islam compatible con la modernidad?

marzo 19, 2009

Oímos repetirse la pregunta: “¿Es el islam compatible con la modernidad?” A esta clase de cuestiones tan sesudas es mejor contestar con ironía: se trata de una pregunta enferma, hecha por enfermos. O, ya sin ironía: se trata de una pregunta que establece una dualidad islam/modernidad, con una sospecha lanzada hacia el islam. Pues no se pregunta por la compatibilidad de la modernidad con el islam: el centro/parámetro ante el cual debe demostrarse la compatibilidad es “la modernidad”.

La pregunta está basada en presupuestos falsos y contiene una carga ideológica que merece ser desenmascarada. Afirma de modo implícito que existe una única modernidad. Pero esto es engañoso: el término modernidad alude a la temporalidad: moderno es todo lo actual. Tan moderno es un aborigen de Australia como un taxista de New York. De hecho son contemporáneos. Sin embargo, la pregunta reduce lo moderno a la modernidad occidental, entendida como paradigma de todo “lo moderno”, la Modernidad par excellence. Aquí, lo moderno/occidental se opone a lo anticuado/no occidental. Si consideramos al aborigen australiano como no moderno, estamos relegando al aborigen a ser algo que debe superarse. Lo estamos condenando en vida al ostracismo. Esa es de hecho la ideología dominante en el planeta, según la cual el paradigma al cual deben adaptarse todos los pueblos es el de la “modernidad occidental”. En este punto, la carga ideológica de la pregunta puede ser contrarrestada mediante otra pregunta: “Depende, ¿con qué modernidad?”

Pero esta contra-pregunta no nos satisface, parece una negativa a entrar de lleno en el tema que se nos propone. La pregunta se basa en un estereotipo previo, en el cual los dos términos aparecen enfrentados. En esta dualidad, el islam representaría el atraso o lo arcaico, mientras la “modernidad occidental” queda identificada con el progreso. Aquí se desvela otro componente ideológico implícito a la pregunta: la idea de progreso. La pregunta lleva implícita la idea de que el progreso (representado por la modernidad occidental) es bueno. Lo cual es algo que merece discutirse, por lo menos debemos meditarlo antes de contestar afirmativa o negativamente a la pregunta. Pues por poca cultura que tengamos no podremos eludir el hecho de que la modernidad occidental ha engendrado algunos de los más grandes males de la historia. Adorno vio la Shoá como un fruto genuino del desarrollo de la Modernidad. Y Agamben considera el campo de concentración como el paradigma biopolítico de lo moderno.

En vistas a un mejor esclarecimiento de la pregunta, podemos formular otra contra-pregunta: ¿qué modernidad occidental? O, de forma más directa: ¿forman parte Auschwitz e Hiroshima de la “modernidad occidental”? ¿Y la destrucción de la naturaleza operada desde un paradigma científico-técnico? En el caso de que no se las considere como partes: ¿dé qué historia forman parte? O, para ser más actuales (más modernos): ¿forma el hambre de ochocientos millones de personas parte de la modernidad? Si no forma parte de la Modernidad par excellence, ¿cómo se explica que los países del hambre estén bajo el control del sistema financiero internacional? De ahí pueden saltar las preguntas como chispas: ¿es el Banco Mundial parte de la modernidad occidental? Si no forma parte, ¿dé que otra cosa forma parte? En caso de que forme parte, ¿se nos está preguntando si el islam es compatible con el Banco Mundial y el hambre de ochocientos millones de personas?

En este punto, podemos contestar claramente que no son compatibles. Como no lo son el budismo, el hinduismo o el cristianismo. Pero justo en este punto tendremos que admitir con tristeza que el islam sí puede hacerse compatible con (o adaptarse a) la modernidad occidental. La prueba la tenemos en Arabia Saudí, producto de un movimiento reformista y anti-tradicional, que ha realizado un notable esfuerzo para adaptar el islam a un modelo de Estado-nación, según el modelo fijado por las potencias coloniales. Un Estado que se basa en el control férreo de los ciudadanos, en lo que Foucault llamó bio-política: vigilar y castigar, control sobre la sociedad entendida como un cuerpo que debe ser disciplinado mediante instituciones: la escuela, la clínica, el sistema carcelario.

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La idea de un islam compatible con la modernidad se aplica en especial para Arabia Saudí, el gran amigo de occidente, pilar del sistema financiero internacional, la quintaesencia de la modernidad occidental. Pero, en este caso salta otra pregunta: ¿es compatible Arabia Saudí con el islam? En este caso la pregunta no está enferma: se trata de una pregunta retórica, todos los musulmanes conocen la respuesta.

Hay pues muchas formas posibles de encarar la pregunta sobre la compatibilidad (o no) entre el islam y la modernidad. He dejado para el final mi preferida:

El islam es la entrega confiada al Creador de los cielos y la tierra, el sometimiento a Al-lâh el Altísimo. Es un modo de estar en el mundo, basado abandono de todo egocentrismo y el reconocimiento de que la Realidad es una, de que todas las criaturas estamos unidas por nuestro origen en Al-lâh, que no puede ser representado, que está más allá de lo que los seres humanos le atribuyen. Es tomar conciencia de nuestra pequeñez de seres humanos creados y acabables, y sumergirse en una Creación que nos desborda. Es recuperar nuestra naturaleza primigenia y seguir una vía (una práctica de adoración, una sharia) que nos orienta a aquello anterior a nosotros que nos ha hecho existir, y nos llama a adoptar unos valores: humildad, conciencia, paciencia, generosidad, esfuerzo…

En este punto, salta a la vista que para un musulmán la pregunta no es si el islam es compatible con la modernidad. La pregunta que deberíamos formular es la siguiente: ¿es la modernidad occidental compatible con el islam? Pero tal vez se trate también de una pregunta enferma.

Solo Al-lâh sabe.


Terrorismo mediático en Informe Semanal

marzo 9, 2009

El sábado 7 de marzo de 2009 Informe Semanal emitió un reportaje titulado “11-M, cinco años después”, un ejemplo perfecto de la capacidad de los medios de generar terror. Informe Semanal abandonó los mínimos principios de la ética periodística para actuar al servicio del Estado, legitimando acciones pasadas y futuras en la llamada “guerra contra el terrorismo”. El objetivo es el de mantener a la población en estado de pánico, para justificar la instauración de una lógica seguritaria frente al Estado de derecho. Estamos bajo amenaza: todos los musulmanes son sospechosos hasta que se demuestre lo contrario. Los recortes de derechos religiosos y suspensión de las garantías procesales parecen legitimados ante la opinión pública.

El documental se apoya en la islamofobia existente y la alimenta. Y lo hace dando por hechas meras sospechas o versiones oficiales jamás probadas, o simplemente mintiendo de forma abierta. Dos ejemplos bastarán:

1. Se afirma que existió un “intentó cometer un atentado suicida en el 2008 en el metro de Barcelona”. Pero esta acusación ha sido desmentida. La detención de los pakistaníes del Raval se basa en la delación de un confidente, sin que hasta el momento exista la menor prueba que fundamente jurídicamente dicha acusación. Lo que se espera es que los detenidos serán liberados sin cargos, e incluso el propio Ministro del Interior ha reconocido que se cometieron errores en las detenciones. El propio grupo del CNI que realizó la detención ha sido dispersado. Y sin embargo, el reportaje repite el infundio como si se tratase de una verdad probada.

2. Se afirma que existió un intento de atentado contra la Audiencia Nacional, que fue desmontado por la actuación policial. Pero los acusados de querer volar la Audiencia Nacional fueron absueltos el año pasado, sin que el fiscal haya recurrido la absolución.

Así, mediante la repetición de noticias falsas se construye una realidad artificial: existe un peligro, los terroristas están entre nosotros. Las imágenes del Raval barcelonés y del barrio del Príncipe en Ceuta se suceden: imágenes de ciudadanos musulmanes que pasean por las calles ilustran el discurso, señalando a todo un colectivo. “La inmigración ilegal es un caldo de cultivo para el integrismo”, dice una voz en off. Una vez más, los sectores más desfavorecidos son las víctimas de las políticas represivas del Estado. Las criminalización de la inmigración y las repatriaciones masivas anunciadas por la Directiva del Retorno quedan reforzadas.

Uno a uno fueron desfilando ante las cámaras toda una serie de personajes invitados tan solo para validar la tesis oficial, la mayoría de ellos personas vinculadas a las propias políticas que se retrata, como el juez Garzón y la fiscal de la Audiencia Nacional, además de varios miembros de unidades anti-terroristas. También los siniestros Fernando Reinares y Javier Jordán, presentados como “expertos”, cuya misión es la de dar validez académica a la doctrina de las detenciones preventivas. Una anécdota será suficiente para medir la profesionalidad de estos personajes. El año 2006, el centro de estudios que dirige Javier Jordán realizó un informe infamante sobre el movimiento Morabitún en España. Envié dicho informe a esta organización, y me confirmaron mis sospechas: ni tan solo había ido a hablar con ellos… y eso que la sede de Javier Jordán está a pocos minutos de la Mezquita de Granada, sede principal de los morabitunes en España.

La verdad es simple: los informes de Reinares y de Jordán sobre “el yihadismo en España” no están sustentados en estudios de campo, sino en otros informes extranjeros similares, tampoco basados en estudios de campo. Nos encontramos con una pseudo literatura que se alimenta a si misma, creando una realidad artificial paralela sin ninguna referencia a la realidad social, que es utilizada como base de las políticas de seguridad. ¿Por qué las fuerzas de seguridad se rodean de falsos expertos que no tienen ni la menor idea sobre el tema que tratan? Simplemente, porque sus informes concuerdan con sus intereses: la creación de amenazas artificiales que justificarán el aumento de poder de las fuerzas de seguridad frente a la ciudadanía. Una vez más, el Estado contra el ciudadano. Y los musulmanes como chivo expiatorio.

Al mismo tiempo, el reportaje evita de forma expresa cualquier opinión divergente o cualquier voz que reclame que las políticas policiales se ajusten a la legalidad. En este punto tengo motivos personales para escribir este artículo: Informe Semanal me entrevistó para el programa. Lo que les dije no se adapta al mensaje previamente ideado, y por ello he sido censurado. ¿Es esto periodismo? En absoluto, se trata de mera propaganda, destinada a alimentar la paranoia colectiva.

La verdad desnuda: no existe ni una sola condena en firme por terrorismo yihadista en España (juicio 11-M aparte). En los centenares de detenciones realizadas no se han requisado ni una sola arma o un simple detonador, ni el más mínimo indicio que vincule a los más de 300 detenidos con el terrorismo.

En estas circunstancias, se sospecha que todas las operaciones contra el llamado “terrorismo yihadista” realizadas en España durante los últimos años sean meros montajes, ideados por el Estado español con los siguientes objetivos, todos ellos enlazados:

1. Generar terror: estamos bajo amenaza, están entre nosotros.

2. Desmontar las acusaciones de tibieza en la lucha contra el “islam radical”, provenientes de la derecha católica más reaccionaria.

3. Justificar el incumplimiento de los derechos religiosos de los musulmanes.

4. Justificar el cambio de perspectiva: de la visión centrada en los derechos ciudadanos pasamos a centrarnos en la seguridad (el movimiento altermundista está en el punto de mira, como demuestran recientes detenciones en Francia).

5. Generar identidad basada en la demonización de los musulmanes (especialmente de los inmigrantes) como el “otro peligroso” frente al cual “nuestra identidad” debe establecerse.

6. Demonizar cualquier reivindicación del pasado andalusí (en este punto, la conexión con el nacional catolicismo latente en las cloacas del Estado se hace manifiesto).

En definitiva, el discurso sobre la “amenaza yihadista” forma parte de una política más amplia. Una política en la cual debemos situar el programa de Informe Semanal. La táctica de manipulación de masas más rudimentaria es puesta al servicio de la soberanía del Estado, en contra de los ciudadanos.


Detención para al-Bashir… ¿y para cuando Bush?

marzo 5, 2009

Tras años de deliberaciones, la Corte Penal Internacional ha ordenado el arresto del presidente de Sudán, Omar Al Bachir, por crímenes de guerra y lesa humanidad en la región de Darfur. Uno de los casos más extremos de violencia contra musulmanes en el mundo ha tenido lugar en la última década en Darfur. Con el agravante de que esta violencia es ejercida por otros (supuestos) musulmanes. Existen testimonios reiterados que informan de como las milicias árabes llamados janjaweed irrumpen en las aldeas incendiando casas y matando a todos aquellos que se les oponen. En un informe elaborado por Human Rights Watch —Darfur Destroyed: Ethnic Cleansing by Government and Militia Forces in Western Sudan— se documenta la destrucción de mezquitas, el asesinado de imames y líderes religiosos y la profanación de ejemplares del Corán (según el informe, se cagan sobre ellos). Se habla de ejecuciones sumarias, incendios de pueblos y de aldeas, de violaciones en masa, de la hégira forzada de cientos de miles de personas ante la connivencia del ejército.


Ante estos crímenes, la noticia de la orden de detención lanzada contra el presidente sudanés es sin duda positiva. Una ocasión para reflexionar sobre el papel de dicho tribunal en relación a otros crímenes contra la humanidad que se han cometido y se están cometiendo en el presente. Nos alegramos de que los crímenes de Darfur sean juzgados. Pero la pregunta se impone: ¿para cuando los Bush, Putin o los líderes israelíes? Mientras no se juzguen todos los crímenes contra la humanidad, el tribunal corre el peligro de ser considerado como un instrumento político, al servicio de los intereses de las grandes potencias de occidente.


Los siglos XIX y XX pasarán a la historia como la época de los genocidios impunes. El siglo XIX vio el apogeo del colonialismo, la empresa de depredación más grande emprendida por la humanidad. El último cuarto del siglo XIX fue testigo de dos horribles hambrunas planetarias, de 1876 a 1879 y de 1896 a 1902. Del noreste de Brasil al sur de África, India central y el norte de China, no menos de 30 millones de personas murieron cuando en el mundo había sólo la sexta parte de la población actual. En Marruecos y en el Cuerno de África, pereció una tercera parte de la población. En el noreste de Brasil se perdieron un millón de vidas. Diez millones en China. Diecinueve millones más murieron de hambre en la India.


El siglo XX no le va a la zaga. Citamos algunos de los casos más conocidos de matanzas masivas de civiles, sin ánimo de ser exhaustivos en esta auténtica lista de los horrores que nos muestra el lado más oscuro de la modernidad:


• Genocidio armenio, víctimas del laicismo turco.
• La población china en manos del imperialismo japonés
• El genocidio judío, obra del nacionalsocialismo
• Las deportaciones masivas y matanzas del estalinismo
• La revolución cultural maoísta
• Los jmeres rojos en Camboya
• Ocupación y genocidio en Cachemira
• Las guerras de Indochina, de Corea y de Vietnam
• Matanzas de comunistas en Indonesia
• Colonización y genocidio del pueblo palestino
• El genocidio de los tutsis en Ruanda
• Limpieza étnica en la antigua Yugoslavia
• Ocupación y genocidio checheno
• La guerra civil en el Congo
• Matanzas en Darfur


A estos hay que añadir las matanzas de Francia en Argel, los crímenes de las dictaduras sudamericanas, el apartheid sudafricano, la situación de las minorías en Birmania… y tantos otros. En su momento, solo los de la Alemania nazi y del Japón imperial fueron juzgados, vencedores contra vencidos.

Ante este panorama, sin duda fue una gran noticia la creación de la Corte Penal Internacional, como un tribunal internacional cuya misión es juzgar a las personas que han cometido crímenes de genocidio, de guerra y de lesa humanidad como la esclavitud, el apartheid, el exterminio, los asesinatos, las desapariciones forzadas, las torturas… Todos aquellos crímenes contra la humanidad que han sido y son práctica habitual de la mayoría de los estados del mundo desde su fundación.


De todos los casos que han tenido lugar en los últimos años, los únicos que han sido juzgados por dicho tribunal son los siguientes: crímenes internacionales en el Congo, la República centroafricana, los crímenes del Ejército del Señor en Uganda y las matanzas de Darfur. Pero otros muchos crímenes igualmente horribles y masivos ni siquiera son investigados. La pregunta se impone: ¿es la Corte Penal Internacional neutral? ¿Tiene verdaderamente la misión de juzgar todos los crímenes contra la humanidad de los cuales los culpables sigan vivos?


Si fuese así, su trabajo sería titánico. Podría empezar por juzgar a los responsables de los bombardeos sobre Vietnam, Corea o Indochina, y seguir con los responsables de la guerra de Irak, y de las ocupaciones de Chechenia y de Cachemira. Podría juzgar a los militares y a los asesores de la CIA que planearon el asesinato masivo de comunistas en Indonesia, durante los años 1965-66. Podría juzgar a todos los presidentes y jefes del ejército de Israel desde su fundación… Si realmente esta fuese su misión, podría constituirse en un instrumento para frenar la ambición de aquellos a los cuales la muerte y el sufrimiento de cientos de miles de personas les traen sin cuidado, con tal de satisfacer sus ambiciones o planes de dominio planetario.


Pero la Corte nació con una limitación: sólo tiene jurisdicción para los genocidios cometidos después de 2002. La mayoría de los responsables directos e indirectos de las muertes, violaciones y torturas de millones de personas durante el último siglo han quedado impunes. Un pobre diablo que estrangula a una niña en un callejón oscuro despierta deseos de linchamiento entre las masas. Pero un criminal que ordena la invasión de un país, que desencadenará muertes en masa, recibe parabienes y es fotografiado con su corbata y su sonrisa reluciente en el gran mercado de la comunicación de masas.


Judaísmo y Estado de Israel

enero 13, 2009

La historia de lo que ocurre en Palestina es conocida: colonización, subordinación y guetización de los habitantes de un país, con la intención de ocupar su territorio. La ideología en la cual se apoya esta política es también conocida: una forma extrema de nacionalismo que combina lo racial con lo religioso. El conflicto palestino-israelí es político antes que religioso. Tiene que ver con la pervivencia del colonialismo y con políticas de Estado. Y sin embargo no podemos eludir el hecho de que Israel se declara como Estado judío y justifica su política recordando el genocidio de los judíos europeos. Y tampoco podemos obviar el masivo apoyo a sus políticas por parte de organizaciones judías en el mundo. En este caso, cabe preguntarse: ¿de qué religión hablamos? Hablamos de la religión entendida como signo distintivo de un pueblo frente a otro, de la religión como ideología del Estado, y no como camino espiritual ni como fundamento ético de la vida en sociedad.

Para comprender la naturaleza de Israel, varios modelos similares pueden mencionarse: la España inquisitorial, la colonización americana y el exterminio de los indios, el apartheid sudáfricano, además del caso extremo de la Alemania nazi, tantas veces evocado. La principal diferencia es que el caso de la limpieza étnica en Palestina está teniendo lugar en el siglo XXI, a los ojos del mundo entero, en la era de las telecomunicaciones, y en un período en el cual ya casi nadie evoca el derecho de los occidentales a colonizar (y mucho menos a exterminar) a los salvajes. Todo lo contrario: en un tiempo histórico en el cual a los políticos que permiten el genocidio se les llena la boca con el discurso de los derechos humanos, la democracia, la libertad, la modernidad occidental, como panaceas universales que deben ser impuestas.

Estos días asistimos nuevamente a la hipocresía de la clase política occidental, la justificación de las matanzas de civiles en nombre del “derecho de Israel a defenderse”. Se habla de la ruptura de la tregua, y se culpa a Hamas. Pero en realidad nunca ha habido tal tregua más que sobre el papel y como excusa para implementar un bloqueo que ha generado miseria. Se trata de una táctica perfectamente claculada. Durante los últimos años, Gaza ha sido convertida en un gran gueto. El bloqueo ya es en si mismo una táctica de guerra. Pero además, durante este tiempo “de tregua” Israel ha seguido con los “asesinatos selectivos”.

No hay ninguna guerra en Palestina. No hay Israel contra Hamas. Hay la continuación de una política iniciada mucho antes de que Hamas existiera. Hamas no juega un papel importante en esta historia. Es la mejor excusa de Israel: por eso lo financiaron, por eso el nombre de Hamas está siempre en boca de los gobernantes israelíes, quienes saben perfectamente que la actual ofensiva reforzará a Hamas como legítimo oponente al genocidio.

La resistencia armada ha sido convertida por Israel en la única opción posible, de forma perfectamente calculada. Nosotros, occidentales que vemos las masacres a distancia, podemos sentir una millonésima parte del dolor y la impotencia, y ya nos parece insoportable. Y eso día a día, toda una vida viendo como se masacre impunemente a los palestinos, ante la pasividad del mundo. No podemos imaginar que haríamos si fueramos ese padre o esa madre a la que han matado a sus cinco hijas, la rabia indecible ante la injusticia. Pretender que los palestinos abandonen la resistencia armada es pedírles que se comporten como santos, que se asuman como un pueblo que avanza pasivamente hacia el martirio colectivo.

Esta es la lógica del opresor: oprímeles hasta lo insoportable, mata a unos cuantos niños para que otros padres y madres lleguen a la conclusión de que es mejor marcharse o se decanten por la lucha armada, de forma que se pueda seguir matando inpunemente, con la excusa del “derecho de Israel a defenderse”. Y mientras, se continúa con la repoblación de territorios con colonos étnicamente puros.

Lo que quiere Israel es que hayan atentados y una resistencia que se llame a si misma “islámica”, aprovechándose de la islamofóbia dominante en occidente para justificar ante la opinión pública occidental (especialmente en los EEUU) el continuar con sus planes. Estos planes son básicamente los mismos desde antes de la existencia de Hamas. Toda la política de Israel desde su fundación ha girado entre dos posibilidades: o la expulsión en masa de los palestinos o su concentración en guetos, reservas tribales. Y ha ido moviéndose de un polo al otro según las ocasiones, según los vaivenes de la política internacional. En los intermedios, como táctica de distracción, se emprenden “negociaciones de paz”, como un modo de dar tiempo a la política de hechos consumados. Pero Israel nunca ha querido la paz, ya que la guerra le ofrece el único marco posible para ejecutar sus planes de exterminio. Cuando se habla de “negociaciones de paz”, se pasa por alto la naturaleza de Israel: se trata de un Estado étnico-religioso en el cual los no-judíos no tienen los mismos derechos que el resto, y son sujetos a todo tipo de arbitrariedades.

Ética judía y Estado de Israel

En Palestina no hay ninguna guerra, hay un genocidio. El problema que vivimos estos días deriva de la propia naturaleza del estado de Israel, como Estado judío creado artificialmente en una tierra habitada mayoritariamente por no judíos. Se trata de una cuestión de derechos humanos básicos, una cuestión básica de humanidad y de ética.

Por todo ello es importante afirmar que Israel es un Estado que encarna todos los valores contrarios a la ética judía, la quintaesencia del anti-judaísmo. Los preceptos generales de la ética judía se basan en el principio “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18). Rabí Akiva, gran sabio judío del siglo II, decía que este mandamiento contenía la esencia de toda la Torá, porque equipara el amor divino con el sentimiento del hombre: “El que es amado por los hombres, lo es también por Dios” (Pirké Avot 3:1 3). De esta premisa se deriva un precepto básico, la regla de oro: “No hagas a otros lo que no quieras para ti” (Hillel, Shab 31 a).

¿Qué tiene que ver esto con el Estado de Israel? ¿Acaso están haciendo los judíos a los palestinos aquello que quieren que les hagan? la violencia engendra violencia, en una espiral que nos conduce a la destrucción. El Estado de Israel ha significado un cambio drástico en el judaísmo, al sustituir la ética por un valor tan dudoso como es el de la identidad nacional, sujeto a la forma de un estado-nación contemporáneo y a la lógica destructiva de la política contemporánea: la fuerza bruta como único argumento que da legitimidad. El Estado de Israel, y no el Holocausto, es el principal factor que influye la ética judía en el presente.

Israel es el fin del judaísmo en tanto a religión milenaria, su reducción a un proyecto político de un Estado-nación colonialista, que necesita de la guerra, que vive de la guerra y para la guerra. Por ello es tan importante la reacción de los judíos, el retorno al judaísmo como un camino de liberación, el despertar ante la manipulación a la cual su religión esta siendo sometida.

En todo el mundo existen organizaciones judías de oposición a las políticas del estado de Israel, que claman por la transformación de Israel el un Estado laico, y que no aceptan las matanzas perpetradas en su nombre. Pero, ¿dónde están los judíos españoles que se oponen al terrorismo israelí? ¿Dónde están todas aquellas organizaciones judías que se llenan la boca en mesas de diálogo interreligioso hablando de los valores del judaísmo, de la paz, de los derechos humanos y de la convivencia? ¿Qué tienen que decir de que el estado de Israel sea un estado confesional todos aquellos judíos que defienden para España un modelo laico?

¡Boicot a Israel!


Ilusos por Obama

noviembre 6, 2008

Si Obama fuera sudamericano lo llamarían populista. Pero el cinismo de Bush y Cheney hace que su idealismo sea no solo disculpable, sino incluso necesario. Necesario para que todo siga igual. Esto es la ‘democracia’ americana: tener un presidente tan horrible que haga que cualquier cambio haga a la gente sentirse ilusionada. Y Obama es un gran retórico, que nos ha contado un hermoso cuento: el hijo de un inmigrante musulmán africano puede llegar a ser presidente de los Estados Unidos de América. Un cuento que, sin ironía, podemos calificar como histórico. Un cuento a través del cual los Estados Unidos se sienten redimidos. El retorno de la esperanza en medio del campo batalla. Lo confieso: soy uno de los millones de fans de Obama esparcidos por el mundo. Me puse a llorar al oír su discurso ante la Convención demócrata. Realmente brillante.

Más allá de la euforia, Obama me interesa no como manifestación del sueño americano, sino como expresión de la danza entre idealismo y realismo. El pragmatismo es la filosofía norte americana por excelencia, se presenta como la superación de esta dicotomía. Obama es lo que William James llamaba “un espíritu delicado”: idealista, intelectualista, optimista, religioso… Pero sabe sumar las cualidades del “espíritu rudo” o empirista: se atiende a los hechos. Es pues un perfecto pragmático.

Sobre la base del pragmatismo, todo es posible en América. Toda teoría, como toda idea, es relativa al drama que la encuadra. La paz es relativa, tan relativa al menos como la reconciliación o la esperanza. Se trata de técnicas narrativas que deben dosificarse convenientemente. Lo importante son los resultados, el producto bruto, la victoria. Obama dice: Norteamerica ya no es racista: y yo soy la prueba de ello, pues voy a ganar las elecciones. Ricos o pobres, blancos o negros, demócratas o republicanos. Todos somos americanos, unidos por un destino manifiesto… Dios bendiga a América.

El llamado idealismo de Obama es típicamente norteamericano. La prueba es que ha dado resultados. El resultado esperado no es cambiar el mundo, sino ganar las elecciones. Esto es tan evidente que sorprende la incredulidad de las masas, pero aún más la de determinados ‘intelectuales’ (pero los palestinos no se hacen ilusiones). Obama no es un idealista: es un actor que calcula con técnica las ilusiones que despierta. Se asegura de que las ilusiones se transformen realmente en dólares, que a su vez deben transformase en votos. Allí donde las ilusiones no dan votos, deja de lado todo idealismo.

El caso de Israel es especialmente claro. No es que Obama sea sionista, pues no es más que un político, y un buen político no es esclavo de sus ideas, solo las utiliza. Obama es pro-sionista por imperativos del guión. Si es necesario apoyará la invasión y los bombardeos del Líbano, cosa que hizo. Y el primer cargo que ha hecho público (el director de su gabinete) es un sionista radical. Pero para no romper con el cuento que nos cuenta, se apoya en el idealismo sionista. Los colonos y sus ideales progresistas. Los kibbutz como modelos de comunidades basadas en la fraternidad. El hecho de que esas colonias se levanten sobre montones de cadáveres no parece importarle: lo importante es ser fiel al guión, al drama que nos vende. Así, para justificar su apoyo al sionismo, no duda en equiparar a los sionistas con los afro americanos. Se trata de comunidades hermanas, nos dice. Eso explica que él mismo sea sionista, sin necesidad de romper con el cuento que nos cuenta.

Obama es un pragmático que despierta ilusiones para sus propios fines. Es un gran político. La política moderna es un espectáculo. Es decir, una impostura. Y el espectáculo requiere idealistas. Si Obama ha ganado es porque los americanos necesitaban una escena romántica para no pensar más en los cadáveres que el sherif ha dejado atrás. Necesitaban una emoción positiva tras la adrenalina generada por la masacre. Cuando las “cualidades rudas” (Bush o el hard power) han colapsado el sistema, se hace necesario apelar a las “cualidades delicadas” (Obama o el soft power) para desatascarlo. Un poco de esperanza que nos permita tirar de la cadena. Y que la vida continúe. Tras el triunfo de Obama, Norteamérica ya no es las cárceles de Abu Ghraib o de Guantánamo, sino de nuevo el sueño americano. Obama o la redención de Norteamérica. Devolver la ilusión al pueblo norteamericano, tanto como a sus quinta columnistas extranjeros (que son Legión). El discurso subyaciente es el de el supremacismo norte americano. Basado no ya en su poderío militar sino en la superioridad moral de sus ideales fundadores (un “pasado glorioso” del cual se ha obviado la esclavitud y el exterminio de los indios). En su discurso de Chicago habla de “un nuevo amanecer americano”. Y se dirige a todos los habitantes del planeta, consciente de encarnar el “destino manifiesto”. Obama es un buen patriota, y el patriotismo es el eje de todos sus discursos.

Cualquier guionista sabe que un film requiere de una serie de elementos para triunfar en la taquilla. Después de la matanza de los villanos por el héroe se hace necesaria una escena romántica, como contrapunto. El héroe es siempre el mismo: el sueño americano. De la noche a la mañana, Norteamérica ya no es un país racista (pero los presos en los corredores de la muerte no se hacen ilusiones: ¿dejó de ser machista Pakistán cuando Benazir Bhuto ganó las elecciones?). Este es el cuento contado por Obama. Y es cierto que me siento feliz con su victoria, así que pueden ustedes considerarme como parte de este show. Los norteamericanos nos han colonizado el subconsciente, dice un personaje de la película de Wim Wendres ‘El amigo americano’. Debemos reconocerlo sin remedio y disfrutar como niños con el nuevo espectáculo que los norteamericanos nos ofrecen. E incluso celebrarlo y aplaudir en la butaca. No en vano Hollywood es llamada “la fábrica de sueños”. Pero no nos engañemos: Obama no es el cambio, ni va a paralizar los planes de dominio planetario. Obama es el actor que garantiza la continuidad del Nuevo Siglo Americano. Obama y Bush están del mismo lado.

Todos tenemos ilusiones, no podríamos vivir sin ellas. Ahora los Estados Unidos van a reducir su gasto militar para combatir el hambre en el mundo… Que las espadas se conviertan en arados y los corderos se paseen tranquilamente entre las fieras. Pero solo unas cuantas espadas, solo unas cuantas fieras: el espectáculo debe continuar. El siguiente capítulo ya ha sido anunciado. No le temblará la mano, será un enérgico comandante en jefe.

Todo el mundo necesita ilusiones. Obama y su equipo han tenido la habilidad de crear la ilusión necesaria justo en el momento preciso. Obama es una estrella en el cielo tenebroso de la sociedad del espectáculo, a la que algunos llaman (no sin cinismo) ‘democracia’.