El “islam de Mubarak”

febrero 9, 2011

La religión es el regalo que nos ha sido legado y la revolución es el logro de esta época.

Hassan Hanafi, pensador egipcio

¿Ha sido la dictadura de Mubarak un antídoto contra el “islamismo”? ¿Implicaría su caída el advenimiento del “fundamentalismo islámico”? Eso es lo que pretenden tanto los valedores del régimen como los analistas del sistema, propagadores de los mitos del nuevo orientalismo. Y sin embargo, es notorio que el régimen de Mubarak ha contado desde sus inicios con el apoyo de los estamentos religiosos conservadores.

Mubarak no puede ser calificado como un dirigente laico ni secularista. La Constitución egipcia reconoce al islam como religión de Estado y la Sharia como la principal fuente de legislación. Los tribunales de la Sharia y los jueces, los cadíes, están bajo la tutela y son nombrados por el Ministerio egipcio de Justicia, no por las mezquitas. Desde la nacionalización de la Universidad de al-Azhar, tanto el Gran Mufti del país como el Gran Imam y los cargos más importantes de la Universidad son nombrados por el gobierno. Son funcionarios, clérigos al servicio de una determinada política de Estado.

La Sharia sólo se aplica en cuestiones relativas al estatuto personal —el matrimonio, el divorcio, la herencia. En el resto se trata de un sistema legal secular, según el modelo jurídico francés. Es decir: lo que “el islam de Mubarak” representa es la connivencia entre un modelo de familia patriarcal, según el islam más tradicionalista, y un modelo económico y político capitalista, según los intereses de occidente. La Sharia queda reducida a una pantomima, que sirve a la postre para ocultar todos los contenidos sociales, ecológicos o revolucionarios del islam.

El Estado se apropia del islam como un instrumento de legitimización, un fenómeno paralelo a la falta de popularidad de las políticas públicas, al aumento de la corrupción y a la vulneración de los derechos sociales más elementales. Esta apropiación del islam por parte del Estado es típicamente alienante y reaccionaria. No solo no viene acompañada de políticas de redistribución de la riqueza, sino que suele ser paralela a la implementación de políticas neoliberales dictadas desde los centros de poder occidentales.

Al hablar del “islam de Mubarak” no me estoy refiriendo pues a su concepción personal del islam, que me trae sin cuidado. Me estoy refiriendo al hecho de que el régimen de Hosni Mubarak ha promocionado durante tres décadas un modelo de islam patriarcal y reaccionario, acorde con sus intereses, que no son otros que los del gran Capital internacional.

Para comprender esta alianza, hay que remontarse a los años de la guerra fría, cuando el comunismo era el mal absoluto que ahora representa el islamismo, y el temor del Capital se centraba en una posible alianza entre la izquierda internacional y el movimiento islámico emergente. No podemos olvidar que la Revolución iraní fue posible precisamente por el acuerdo entre los intelectuales de izquierda y el estamento religioso (aunque este último se hizo con el control de la revolución y aplastó al primero, del cual sólo conserva la retórica).

Es en este contexto donde debemos situar la aparición del anti-comunismo de los ulemas oficiales. Retorno a la religiosidad alienante y neoliberalismo van unidos. Los sucesivos sheijs de al-Azhar emiten fatuas anti-comunistas. El Sheij Muhammad Fahham lanza una diatriba contra los estudiantes que se manifiestan en contra del gobierno, los llama impíos y les conmina a comportarse religiosamente. El Sheij Abel Halim Mahmud afirma que “el sionismo es la madre del comunismo”. El imam Shaltut, afirma que “el comunismo es kufur. El comunista que desgrana su rosario no dice ‘Al-lâhu Akbar’ sino ‘Marx es grande’.” Hasanayan Muhammad Majluf, mufti de la República, propone que los comunistas sean considerados como apóstatas del islam.

Un buen ejemplo de la vinculación entre islam conservador, anti-comunismo, dictaduras pretendidamente laicas e intereses occidentales se produce en el momento de la llamada infitah (apertura), promovida en Egipto por Sadat en los años 70 del siglo pasado, con el objeto de liberalizar la economía (tras la etapa del “socialismo árabe”, declarada superada). Sindicatos y asociaciones de izquierdas se oponen a las políticas de privatización y de apertura a inversiones extranjeras, pero éstas reciben el apoyo de los ulemas de al-Azhar. Sadat apoya las yamaat (asambleas) islámicas en las universidades, para debilitar las organizaciones estudiantiles de izquierdas, uno de los focos principales de la oposición.

La contrarreforma agraria llevada a cabo en 1999 por Mubarak, que implicó la recuperación de los arrendamientos agrícolas por el Capital, recibió el apoyo de la Yamaat Islámica y de los Hermanos Musulmanes en nombre de la Sharia y del derecho a la propiedad.Todo esto ha llevado a la demonización y al ostracismo de la “izquierda islámica”. Intelectuales musulmanes como Hassan Hanafi, Said al-Ashmawy o Nasr Hamid Abu Zayd han sido declarados apóstatas o herejes o blasfemos por las huestes de clérigos uni-formados en al-Azhar. Los intelectuales musulmanes de izquierda llevan años denunciando la alianza entre el islam conservador y el régimen de Mubarak, pero esta ha seguido imparable.

El régimen de Mubarak (como el de Muhammed VI en Marruecos) ha tratado de maquillarse de cara a la opinión pública occidental, promoviendo en apariencia los derechos de las mujeres. Pero no nos confundamos: esta promoción solo afecta a las clases más privilegiadas. Como sucede en el resto del tercer mundo, la alianza entre el fundamentalismo religioso y el capitalismo salvaje tiene en Egipto a las mujeres como sus principales víctimas. Los ajustes estructurales ordenados por el Fondo Monetario Internacional implican la reducción del gasto público en áreas de servicio esenciales (salud, educación, vivienda). Viene acompañada por una constante prédica en favor del papel de ama de casa de la buena musulmana, y su retiro del campo laboral, lo cual produce la desvalorización social y económica del trabajo femenino, el desplazamiento hacia el sector informal, la sumisión al orden patriarcal y la carencia de derechos.

El islam de Mubarak no tiene nada que ofrecer, carece de la menor dimensión espiritual, es ajeno a la belleza del islam, ajeno a su tradición intelectual. Se trata de un islam dogmático, incapaz de pensamiento crítico, incapaz de aportar nada al ser humano en cuanto criatura capaz de trascendencia. Se trata de una religión de clerigos oscurantistas al servicio del status quo, centrada en las buenas maneras, el control de la sexualidad, la obediencia, el ritualismo más acartonado.

Se comprende entonces que los jovenes, las clases trabajadoras y los movimientos feministas egipcios están masivamente en contra de Mubarak, tanto como del islam representado por la Universidad de al-Azhar.

Se comprende también que el Gran Mufti de Arabia Saudí, Abdel Aziz al-Sheikh,haya condenado las revueltas árabes como “actos de vandalismo” llevados a cabo por “enemigos del islam”, y haya llamado a los egipcios a respetar el orden establecido.

Se comprende que el tirano saudí haya apoyado a su colega Mubarak, no tan lejano de él al fin y al cabo, pues ambos comparten su visión del islam como un instrumento de control ideológico de las masas, al servicio de la globalización corporativa.

Se comprende el apoyo israelí a la dictadura de Mubarak.

Y, por último, se comprende el apoyo ininterrumpido de los gobiernos occidentales al régimen de Mubarak durante tres décadas. En esto, como en todo lo que afecta a la economía, los gobernantes occidentales no hacen sino actuar como marionetas de los poderes financieros, que son en definitiva quienes nos gobiernan.

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¡Salvemos a Teresa Lewis! (y salvemos a Irán)

septiembre 21, 2010

[Nota, añadida el 24 de septiembre: finalmente Teresa Lewis fue asesinada por el estado de Virginia, el jueves 23 de septiembre del 2010 a las 21 horas. Descanse en paz].

La manipulación funciona sin tapujos, mostrándonos la cara más cínica de la sociedad del espectáculo. Los mass media han orquestado una campaña descomunal con la aparente intención de salvar a Sakineh Ashtiani, una mujer iraní condenada a morir por haber matado a su marido. Una apariencia bondadosa que no oculta las verdaderas intenciones de demonizar a Irán y preparar la próxima guerra, que acabará con la vida de miles y miles de mujeres iraníes, por las cuales ni los mass media ni los ciudadanos solidarios con Sakineh Ashtiani no mostrarán piedad alguna.

Nos hallamos ante una solidaridad selectiva, tan perversa como poco edificante. En un mundo actual existen poblaciones enteras sometidas a un trato cruel y degradante, ¿porque merece tanta atención este caso en particular? ¿Por qué los medios no se hacen eco de la situación de los musulmanes birmanos de etnia Rohingya? ¿Por qué apenas nadie conoce la horrible matanza de Gujarat, ocurrida en la India en el 2002? ¿Por qué nadie se manifiesta por los derechos de los chechenios o de los cachemires? ¿Por qué nadie se moviliza contra la hambruna que padece Níger?

La respuesta es solo una: los medios solo sirven a las causas que convienen a sus amos, y las masas son movidas (y conmovidas) como marionetas hacia aquellas causas que interesan a las grandes corporaciones financieras, y lo ignoran todo de aquellos casos que son cuidadosamente ninguneados. Chechenia, Cachemira, Gujarat, Pattani… Lugares en los cuales los musulmanes sufren persecución. Pero en tiempos del choque de civilizaciones y del nuevo expansionismo militar hacia Oriente, no conviene presentar a los musulmanes como víctimas. Esto iría en contra de la práctica de tantos años dedicados a mostrar tan solo aquellas situaciones (por minoritarias y anómalas que sean) en las cuales los musulmanes parecen ser verdugos.

¿Cómo explicar la atención recibida por esta mujer, en un mundo en el cual la pena de muerte está a la orden del día? ¿Cómo se puede desde occidente mirar al mundo islámico con este aire de superioridad, cuando en los EEUU se producen más ejecuciones que en Irán?

Para denunciar esta manipulación, el periodista italiano Gennaro Carotenuto nos hace la siguiente pregunta: “Si se conmovieron por Sakineh Ashtiani, ¿por qué no les interesa Teresa Lewis?” (Reproducido en Rebelión), cuyo fin es poner en evidencia la manipulación de las conciencias. Pues los medios ignoran y no se conmueven en lo más mínimo por la inminente ejecución de Teresa Lewis, en el estado de Virginia. Teresa ha sido acusada de matar a su marido, lo mismo que Sakineh Ashtiani. Pero mientras esta última ha confesado el crimen, Teresa es una mujer cuyo coeficiente intelectual es de 72, cifra que roza la discapacidad, y uno de los co-acusados confesó haberla manipulado para que lo acompañara el día del asesinato de su marido.

Teresa y Sakineh, dos mujeres en los corredores de la muerte

El caso de Teresa Lewis no es único. Según el Death Penalty Information Center, el número de ejecuciones realizadas desde 1976 es de 1226. En lo que llevamos de año han sido ejecutadas (el eufemismo para decir “asesinadas por el Estado”) 38 personas. Ninguno de ellos ha sido objeto de ninguna campaña solidaria que nos haya llegado, y que haya logrado hacerse un eco masivo en los mass media.

La descomunal campaña orquestada “para salvar a Sakineh” no tiene otro objetivo que el preparar la futura guerra contra Irán. Aún así, creo que los musulmanes debemos tener una postura clara sobre el tema de la lapidación, o de cualquier violación de los derechos humanos que se realice en nombre del islam. Ya hemos dado nuestra opinión sobre el tema, así que nos limitamos a reiterar nuestra condena, así como nuestra adhesión a la campaña Stop Stoning Forever, y pedir a las autoridades iraníes que la eliminen definitivamente del código penal iraní. Por el bien de su país, por el bien del islam, por el bien de la humanidad.

No creo que la solución sea escurrir el bulto y negar los hechos. El código penal iraní establece la pena por lapidación, a pesar de lo que pretende Thierry Meyssan. Siempre he leído a este autor con simpatía, pero en este caso ha cometido la estupidez de presentar los hechos como una campaña de Bernard Henri-Levi, llevándolo todo al terreno personal. Además, ha negado que la lapidación este vigente, lo cual es falso. Aunque sí es indudable que esta en vías de desaparición.

El 2002 se anunció una moratoria (aunque ha habido alguna lapidación posteriormente). Y desde el 2008 hay abierto un proceso parlamentario para eliminar la lapidación del código penal. Ya ha sido aprobado por el Parlamento, y eso bajo el gobierno de Ahmanideyad, pero todavía está en proceso de aplicación. Hay mucha controversia entre los grandes ayatollahs. Dos de los más prestigiosos (Yusuf Sanei y Seyyed Mohamamd Mousavi Bojnourdi) se han posicionado contra la lapidación. Como explica Ziba Mir Hosseini, los castigos corporales (especialmente la lapidación, pero también los latizagos públicos, el corte de manos al ladrón…) son tremendamente anti-populares en Irán, un país bastante culto, con una población bastante joven.

Irán es un país inserto en un fuete proceso interno de transformación. Pero donde hay cambios, hay resistencias. Son los activistas, intelectuales y ciudadanos iraníes los que harán posible el cambio. Deseamos de todo corazón que la Revolución evolucione positivamente, sin injerencias extranjeras, hacia la aplicación de los principios más nobles del islam: libertad de conciencia, justicia social, respeto del medio ambiente, igualdad hombre-mujer… Y deje atrás una concepción clerical, represiva y oscurantista del islam, que nada puede aportar a nuestro tiempo.

Pero nada de esto entra en los planes de las grandes corporaciones, ni de sus mercenarios periodistas. No se desea un Irán soberano, que haga su proceso interno libremente. Lo que se desea es llevar la situación al límite, provocar el conflicto y justificar la guerra, con el objetivo de poner todos sus recursos naturales al servicio de las corporaciones de occidente.

Por eso, aquellos que denuncian selectivamente el caso de Sakineh Ashtiani e ignoran el marco geopolítico en el cual se produce, solo pueden ser calificados como cómplices o como irresponsables.

¡Salvemos a Teresa, y a todos los norteamericanos que esperan en los corredores de la muerte! Y, de paso, salvemos a Irán y a miles de hombres y mujeres iraníes de la destrucción que se avecina. Y que eso no nos prive de luchar para lograr la definitiva erradicación de la lapidación.


Sobre la lapidación en Irán

julio 16, 2010

Una vez más los medios de comunicación se hacen eco de una sentencia de lapidación en un país de mayoría musulmana. En este caso se trata de la condena de Sakineh Mohammadi Ashtiani, una mujer iraní. Ante casos como este creo que los musulmanes españoles debemos hacer un esfuerzo de clarificación y mostrar claramente cuál es nuestra postura.

La lapidación es una práctica que no aparece en el Corán ni se justifica por el ejemplo del Profeta, pues él mostró su desaprobación. A pesar de ello pasó a los códigos de jurisprudencia medievales. La lógica que guiaba a los juristas de esa época es la de equiparar pecado con delito, confundiendo así de forma manifiesta los planos religioso y secular: todo acto considerado como una violación de los preceptos religiosos debe ser castigado por el poder político de turno.

Aún así, la condena a lapidación fue sometida a tales restricciones que hacían prácticamente imposible su aplicación. La arabista española Delfina Serrano, investigadora del CSIC, ha mostrado que no se tiene constancia de una sola aplicación de la pena de lapidación en toda la historia de Al Andalus. ¿Por qué? Porque esa condena no estaba ahí para ser aplicada, sino para prevenir el adulterio. En primer lugar, los adúlteros deben confesar su culpa, no pudiéndose considerar la maternidad como una confesión. En segundo lugar, son necesarios cuatro testigos presenciales, sin ser ninguno miembro de la familia de los encausados, ni tener asuntos o intereses con ellos. Por si fuera poco, los testigos tienen que ver el adulterio en acto, viendo el coito hasta el punto de que no se pueda pasar un hilo entre los presuntos adúlteros.

Para proteger a las madres solteras, en el Derecho musulmán existe una bella figura jurídica: la del “feto dormido”, que descansa durante años en el vientre de la madre. Esta figura, que escandaliza a los racionalistas, no es obra de la ignorancia en cuestiones de gestación, sino una medida de protección inventada por los juristas para evitar problemas a las madres solteras. Por si fuera poco, la persona condenada por adulterio podía alegar todo tipo de atenuantes, como haber sido poseída por un genio o estado de locura transitoria.

En el islam nadie puede tomarse la justicia por su mano. Existe una tradición del Profeta en la cual un hombre le pregunta: “Mensajero de Dios, entonces, ¿si encuentro a mi mujer con otro debo ir a buscar cuatro testigos?” El profeta Muhammad contestó: “Sí”. Existen también una serie de prescripciones tendentes a proteger la privacidad de estos asuntos, tales como los castigos por calumnia. En la mayoría de los casos una acusación de adulterio acaba con el castigo del que acusa, dada la dificultad de verificarse. Siguiendo de manera estricta las normas del Derecho islámico, es casi imposible verificar el adulterio, y el Corán nos conmina a aceptar el arrepentimiento en caso de que así sea: “Si se arrepienten y se enmiendan, dejadles en paz” (Corán 4:15-16).

Siendo así, es lógico que no se conozcan sentencias como la de Sakineh Mohammadi Ashtiani en países tradicionalmente musulmanes. En el sentir de la mayoría de los musulmanes eso no se corresponde al mensaje del islam, ni a la sensibilidad islámica, pues sabemos que “Dios se ha prescrito a si mismo la misericordia como ley” (Corán 6: 12). Esto hace que una sentencia como esta, ya cruel de por sí, se presente además como algo incomprensible. Por desgracia, nada de esto se corresponde con el modelo de islam autoritario impuesto por los clérigos iraníes, cuya visión del islam se corresponde a un programa político de control social basado en una visión represiva del islam, según la cual ellos son los representantes de Dios sobre la tierra, encargados de velar por la islamicidad de las costumbres. Este modelo de religiosidad represiva apenas oculta los intereses económicos de la clase dirigente, que se escudan en el islam para preservar sus privilegios.

En Irán no se está aplicando la sharía, ni siquiera ninguno de los grandes tratados de jurisprudencia islámica de la historia. Más bien, el islam esta siendo secuestrado para justificar la tiranía de los clérigos reaccionarios, que se otorgan a si mismos la capacidad de discernir entre lo correcto y lo incorrecto, considerando a la masa de los musulmanes como menores de edad, incapaces de decidir libremente su futuro.

Desde aquí pedimos a los responsables de la República Islámica de Irán que anulen la sentencia de lapidación a Sakineh Mohammadi Ashtiani, y que deroguen dicha ley, que solo puede ser considerada como una anomalía y una traición a los más básicos valores del islam.


La persecución del islam en el mundo

junio 16, 2010

A principios del siglo XXI numerosos grupos musulmanes sufren sangrientas persecuciones a lo largo del planeta, por causas que oscilan entre lo étnico y lo religioso, pero con motivaciones económicas de fondo. Al margen de sus valores intrínsecos como religión, el islam tiene asignado un determinado papel en la situación política internacional. La demonización del islam y la llamada “guerra contra el terrorismo” son componentes de la globalización corporativa y el Nuevo Orden Mundial, una nueva forma de colonialismo y de expansionismo occidental, con el objetivo de apoderarse de los recursos energéticos. La Organización Mundial del Comercio y el Banco Mundial son los brazos seculares de dicho expansionismo.

A principios del siglo XXI los musulmanes son perseguidos a lo largo del planeta, en muchos casos tan sólo por tratar de vivir libremente según sus leyes y creencias. Esta persecución va desde la represión más violenta hasta simples discriminaciones, y varía según las circunstancias y los intereses geoestratégicos de cada zona. Sería arduo referirse a todos los conflictos donde los musulmanes luchan por sus derechos, a veces en situaciones de gran precariedad material, frente a ejércitos profesionales armados por las potencias de occidente. Esto hizo decir a Samuel Huntington en su Choque de civilizaciones que “las fronteras del islam están teñidas de sangre”. El analista del Departamento de Estado Norteamericano se refiere a los conflictos de Cachemira, Bosnia, Chechenia o Mindanao. Según él, estos conflictos muestran el carácter violento del islam, a pesar de que en todos estos casos los musulmanes son los agredidos. Los musulmanes de Bosnia sufrieron una invasión militar y fueron sometidos a una política de limpieza étnica por parte de Serbia. Matanzas y campos de exterminio donde eran recluidos cientos de hombres y mujeres por el simple hecho de ser musulmanes/as, donde los hombres eran torturados insistentemente y las mujeres violadas en masa y maltratadas con toda impunidad. Una vez más, se culpa a la víctima por la barbarie de los agresores (y en todos estos casos, se trata de países de mayoría cristiana).

Chechenia

Una situación trágica que continúa es la de Chechenia. Para comprender la inmensa tragedia de este pueblo hay que remontarse al 1944:

El 23 de febrero de 1944, Stalin ordenó la deportación de toda la población chechena e ingush a Asia Central. Más de la mitad de las 500.000 personas que fueron trasladadas a la fuerza murieron en el camino o en las masacres cometidas por las tropas soviéticas. Los chechenos fueron esparcidos en grandes colonias penales, situadas en lugares remotos de las actuales Kazajistán, Uzbekistán y Kirguizistán. En los años siguientes miles murieron de neumonía y hambre. En 1956, Nikita Kruschev reconoció los errores cometidos con los chechenos y se inició el retorno. Los chechenos a menudo se llevaron con ellos los huesos de sus seres queridos para enterrarlos en sus ancestrales cementerios. Pero sus vidas realmente nunca volvieron a ser lo que eran. Muchos de los antiguos Auls de la montaña estaban en ruinas y no estaban habitables, lo que obligó a la mayoría de los chechenos vivir en las llanuras, y a alterar irrevocablemente sus costumbres. Además, la pérdida masiva de vidas entre los ancianos rompió una rica tradición oral mantenida durante siglos, causando un grave daño a la cultura chechena.

En 2004, sesenta años después, el Parlamento Europeo aprobó una moción que reconocía esta catástrofe como un genocidio, declarando el 23 de febrero como Día Mundial de Chechenia. Y sin embargo, la tragedia continúa. Tras la desmembración de la Unión Soviética, los chechenos proclamaron su independencia de Moscú, un sueño que no se ha hecho realidad. Rusia invadió Chechenia, a causa de su importancia estratégica en el plan para los grandes gaseoductos del Asia Central. Durante el conflicto armado, se calcula que murieron unos 250.000 chechenos, una cuarta parte de la población. Entre ellos, 42.000 niños en edad escolar, menores de 11 años. También aquí se trata de demonizar la resistencia de los chechenos a su destrucción, olvidando su historia de sufrimientos y sus derechos como pueblo, y presentando sin contextualizar acciones terroristas deleznables, pero que no llegan ni a la ínfima parte de lo que los chechenios han sufrido como pueblo.

Imagen de la devastación en Grozni

Mindanao

La situación de los musulmanes en Mindanao es una vez más una herencia de la colonización. La incorporación de Mindanao a Filipinas es un hecho artificial, que se deriva de la derrota de los españoles, quienes cedieron la isla a los EEUU. Los primeros contactos del islam con Mindanao se produjeron en una época tan temprana como el siglo X, a través de comerciantes musulmanes. Pero no será hasta el siglo XIV cuando se inicia un proceso de islamización, que dio paso a la creación de los sultanatos locales de Sulu y de Maguindanao. Se habla, una vez más, de un “islam sincrético” con tradiciones locales (ritos de paso y celebraciones propias), apegado a la tierra y alejado de modelos rigoristas. La islamización se vio frenada por la ocupación española (1565-1898), con un proyecto de evangelización agresiva y de persecución de las creencias musulmanas que duró varios siglos, en los cuales la población musulmana (llamados moros) fue reduciéndose drásticamente, a causa tanto de las muertes como de las emigraciones. Mindanao nunca fue totalmente ocupada por los españoles, quienes a pesar de ello la cedieron a los norteamericanos en el Tratado de París. La denuncia de este proceso está en la base de la demanda de independencia para Mindanao, una isla que fue autónoma hasta la unificación forzosa realizada por los colonizadores. Como resultado de la dominación norteamericana (a partir de 1896), se fomentaron las conversiones al cristianismo y se creó una clase dirigente cristiana, desplazando a los Moros a la marginalidad. La resistencia islámica a estas dominaciones los convirtió en enemigos del Estado creado por los colonizadores.

El Estado filipino independiente fomentó la colonización masiva de Mindanao por parte de las tribus del norte, leales al régimen, especialmente tras la segunda guerra mundial. Se hicieron concesiones de tierra y se ofrecieron amplias ventajas a los colonos, como un instrumento de ocupación y de erosión de la resistencia al dominio filipino, dando paso al conflicto actual por la disputa de la tierra. Los descendientes de estos colonos constituyen hoy la población mayoritaria de Mindanao. A la cuestión territorial y religiosa se une la existencia de diferentes tribus, con su idiosincrasia y su lenguaje. Desde los años 70 del siglo pasado existe una creciente conciencia de la islamicidad como hecho diferencial, frente al control por parte del ejército (ley marcial de 1972). Diferentes guerrillas musulmanas lucharon por la auto-determinación del Bangsmoro o Nación Musulmana en Mindanao. El año 1996 se firmó un acuerdo de paz que todavía está en proceso de ser completado. El Frente Moro Islámico de Liberación y el Frente Moro de Liberación Nacional trabajan por el reconocimiento de los derechos históricos y de la cultura de los Moros y de los Lumadnon (tribus nativas no musulmanas), convertidas hoy en “culturas minoritarias”. Actualmente, se calcula que tan solo el 5% de los filipinos son musulmanes, unos 4 millones de personas. La mitad de ellos viven en la llamada Región Autónoma del Mindanao Musulmán, creada tras un referéndum en la única región del archipiélago donde los musulmanes son la población mayoritaria, hasta el 90%. Los musulmanes de Mindanao tienen su propia historia, sus lenguas, sus tradiciones y referencias culturales, y luchan por su preservación.

Danza tradicional musulmana en Mindanao

Tailandia

Existen otros países —como China, Tailandia o Birmania—, donde se viven situaciones de persecución abierta del islam y falta de reconocimiento de los derechos de los musulmanes. Muchos de estos conflictos son el resultado de las fronteras arbitrarias legadas por la colonización, y de las dificultades de encajar una zona étnica, cultural y religiosamente muy diversa en un modelo de Estado-nación de tipo occidental.

En Pattani, al sur de Tailandia, se ha tratado durante años de imponer el budismo (un budismo concebido como religión de Estado, no el enseñado por el profeta Buda, que la paz y las bendiciones de Al-lâh sean sobre él) por la fuerza. Los enfrentamientos entre grupos separatistas y el ejército tailandés han sido constantes desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Durante años, se prohibió todo signo externo que pudiese pasar por islámico, como llevar barba, el uso de turbantes o el hiyab. Se prohibieron las escuelas coránicas y los dialectos propios (de origen malayo), en los cuales está escrita la literatura de los musulmanes de Pattani. A pesar de siglos de dominio militar e imposición cultural tailandesa, los habitantes de Pattani permanecen fieles a sus tradiciones. Al igual que sucede con el budismo tailandés, estas aparecen muy imbricadas con prácticas animistas. En los años ochenta se calcula que había más de 2000 mezquitas en las 38 provincias tailandesas, la inmensa mayoría de ellas en el sur. Los musulmanes tailandeses son mayoritariamente de etnias malayas, pero también proceden de Pakistán, China, Camboya, en el norte. En mayo del 2004, cuando murieron más de cien jóvenes musulmanes que protestaban por la represión de sus creencias. Los jóvenes, en su mayoría adolescentes, se refugiaron en la histórica mezquita de Krue Se, construida en el siglo XVI, que fue tiroteada por el ejército de ocupación con fuego de ametralladoras y mortero. Según la “prensa libre”, se trataba de fundamentalistas islámicos que habían asaltado un arsenal de armas. Sin embargo, tal y como narró el corresponsal de The Angeles Times, entre las víctimas de la masacre (la mayoría adolescentes) no se encontraron más que machetes y pistolas.

El ejército tailandés custodia a cientos de detenidos, 2004

India

La situación de los musulmanes es trágica en muchas zonas de la India. En este gigantesco país se calcula que viven 150 millones de musulmanes, entre ellos decenas de millones de niños no contabilizados por el censo. Superan el 15% de la totalidad de la población, y la inmensa mayoría se ha quedado en la cuneta del despegue económico que experimentó el país en el último lustro. Si el atraso es palpable en el campo, en las ciudades la marginación de los musulmanes se hace más lacerante. Viven amontonados entre montañas de basura de barrios semiderruidos o nunca acabados de construir, sin apenas servicios públicos.

Al dividirse India y Pakistán, el porcentaje de musulmanes que quedó bajo control de Nueva Delhi apenas llegaba al 12% de la población, pero ahora se acerca al 15%. En el distrito de Rampur (40 % de población musulmana), la media de las familias es de cinco hijos. Los niños suelen ir a la escuela hasta los 9 o 10 años, cuando muchos la abandonan para trabajar. Las niñas a esa edad hace ya tiempo que se dedican a cuidar a sus hermanos menores, mientras la madre trabaja en el campo. Pocas son las que acuden a la escuela. El analfabetismo entre musulmanes dobla al de los hindúes, y en zonas rurales supera el 60%.

Hablamos de la construcción de los Estados-nación modernos. Este problema es especialmente dramático en países del llamado tercer mundo, donde no existían hasta la colonización unas estructuras de Estado centrales a través de las cuales construir esa “nación homogénea y gobernable”. En esta tesitura, el Partido fundamentalista hindú BNJ representa un intento de cohesión social bajo la bandera de la religión, una de las más peligrosas en un contexto tradicionalmente abierto, plural, abigarrado. Este intento de homogenización lo sufren especialmente los musulmanes. La construcción de la historia nacional los excluye. Se habla del islam como de una religión extranjera, presente en el subcontinente asiático a raíz de feroces invasiones. El hinduismo es presentado como la religión autóctona, lo propio de los indios. Los musulmanes son, por tanto, unos renegados. Este tipo de planteamientos están presentes en muchos otros países del mundo. En España, sin ir más lejos, se ha tratado de construir una historia nacional en oposición al islam, tratando de inculcar a generaciones la absurda idea de que los musulmanes españoles entre los siglos VII y XVI eran todos árabes y extranjeros.

En los últimos años, la violencia contra los musulmanes ha estallado con una crueldad a veces increíble. Turbas de fundamentalistas hindús asesinando a hombres, mujeres y niños, en pogromos perfectamente calculados desde las instancias del poder. Un caso extremo fue la matanza de Gujarat. El año 2001, fueron asesinados más de dos mil musulmanes, y ciento cincuenta mil musulmanes tuvieron que huir, abandonando sus hogares, sus tierras ancestrales. El escritor indio Arundhati Roy definió lo sucedido del siguiente modo:

“El pasado marzo [del 2001], en la India, en Gujarat, turbas hinduistas de la derecha asesinaron a dos mil musulmanes en una orgía de violencia, haciendo gala de una destreza espeluznante. Tras violar de forma multitudinaria a las mujeres, las quemaron vivas. Arrasaron tumbas y altares musulmanes. Más de ciento cincuenta mil musulmanes han tenido que abandonar sus hogares. La base económica de la comunidad fue destruida. Informes de testigos y de comisiones investigadoras acusaron al gobierno estatal y a la policía de colusión con los actos de violencia. Yo estuve presente en una reunión donde un grupo de víctimas clamaba: Por favor, ¡sálvenos de la policía! Es todo lo que pedimos…”

Pogromo anti-musulmán en Gujarat

Cachemira

Dentro de la India, Cachemira es una de las regiones más ricas del mundo, donde se encuentran grandes yacimientos de oro, esmeraldas y rubíes, localizada en una zona montañosa entre el Himalaya y la cordillera de Pin Panjal. El conflicto se inició en 1947, cuando el marajá de Cachemira, Hari Singh, un gobernante hindú apoyado por los británicos en un Estado con un 90% de población musulmana, decidió arbitrariamente la incorporación de su territorio a la India, para impedir el triunfo de los movimientos populares a favor de la anexión a Pakistán. Desde entonces, tanto Pakistán como la ONU han exigido en varias ocasiones un referéndum sobre el estatuto de Cachemira, nunca celebrado. La negativa India fue el detonante de una primera guerra, entre 1947 y 1948. En 1965 hubo una segunda secuencia de fuertes enfrentamientos. En 1971 se produjo la guerra que llevó a la independencia de Bangladesh. Tras casi tres décadas de frecuentes escaramuzas comenzó la escalada nuclear. Pero no se trata tan solo de un asunto entre Estados por apoderarse de una rica tierra: al margen de los partidos indio y pakistaní, en Cachemira se ha desarrollado un fuerte movimiento separatista autóctono. Los grupos de liberación que operan en Cachemira se dividen en dos grandes tendencias: la favorable a la independencia de Cachemira y a la unificación de las zonas que están actualmente en poder de la India y de Pakistán, y la que busca una unión a Pakistán de la Cachemira India. El problema no puede tener otra solución satisfactoria que una consulta democrática sobre la autodeterminación.

La situación de violencia continua se ceba sobre los civiles. Según Human Rights Watch (HRW), en las zonas de Cachemira controladas por la India, se producen habituales violaciones a los derechos humanos, tanto por parte de los rebeldes que luchan por la independencia, como por parte de las fuerzas de seguridad indias y sus grupos paramilitares. Las acusaciones son concretas, e incluyen casos documentados de ejecuciones sumarias, violaciones, tortura y desapariciones. El 90 % de la población de Cachemira, de 4 millones de habitantes, es musulmana. Para controlarles, se ha establecido un contingente permanente de 700.000 soldados indios. Entre 1990 y 1999, fueron asesinados en “operaciones de limpieza” 65.000 cachemires, incluyendo mujeres y niños. Una media de 20 personas mueren diariamente y los hospitales y las escuelas están siendo bombardeados.

A principios de los años 90, la persecución de musulmanes se recrudeció; el gobierno indio emprendió una brutal política de “hiduización” de Cachemira, acompañada de una represión despiadada contra la población: cierre de los centros de educación islámicos, encarcelamientos masivos, incendio de viviendas, prohibición de los medios de comunicación de orientación musulmana, etc. En Octubre de 1993, en Srinagar, capital de Cachemira, se realizó una operación terrorista a gran escala para eliminar a supuestos activistas musulmanes radicales. Durante la celebración del Namaz (plegaria de los Viernes), se puso cerco a todos los que estaban reunidos en la mezquita de Hazrabtal, ya que las autoridades consideraban esta mezquita como cuartel general de los extremistas musulmanes. El asedio se mantuvo durante un mes y como resultado del mismo, alrededor de 100 personas fueron asesinadas y otras 300 fueron enviadas a prisión sin ningún cargo. Al clima de violencia generalizada contribuye el discurso oficial de las autoridades indias. El Ministro Farooq Abdullah declaró públicamente que las áreas en las que existe presencia islamista deben ser “saneadas”. Para que no queden dudas, el 15 de enero del año 2003 explicó que se debe matar a los islamistas “ya que no hay espacio suficiente en las cárceles”.

Protesta callejera en Cachemira

Palestina

El caso de Palestina es uno de los casos más flagrantes de genocidio en marcha en estos momentos en el mundo. Asistimos a la colonización, subordinación y guetización de los habitantes de un país, con la intención de desplazarlos y ocupar su territorio. La ideología en la cual se apoya esta política es conocida: una forma extrema de nacionalismo que combina lo racial con lo religioso: el sionismo. El conflicto palestino-israelí es político antes que religioso. Tiene que ver con la pervivencia del colonialismo y con políticas de Estado. Para comprender la naturaleza de Israel, varios modelos similares pueden mencionarse: la España inquisitorial, la colonización americana y el exterminio de los indios, el apartheid sudáfricano, además del caso de la Alemania nazi, tantas veces evocado para describir la situación de Palestina. La principal diferencia es que el caso de la limpieza étnica en Palestina está teniendo lugar en el siglo XXI, a los ojos del mundo entero, en la era de las telecomunicaciones, y en un período en el cual ya casi nadie evoca el derecho de los occidentales a colonizar (y mucho menos a exterminar) a los salvajes. Todo lo contrario: en un tiempo histórico en el cual a los mismos políticos que permiten el genocidio se les llena la boca con el discurso de los derechos humanos, la democracia, la libertad, la modernidad occidental, como panaceas universales que deben ser impuestas. Es más: para realizar el genocidio cuenta con el apoyo incondicional de los EEUU, que se manifiesta tanto a nivel político (bloqueo de resoluciones en el Consejo de Seguridad de la ONU) como en ayuda económica, que según un informe del Congressional Research Service ha alcanzado en la década 2000-2010 la increíble cifra de 28,9 billones de dólares, utilizados por Israel para reforzar su poderío militar. Y cuenta con el apoyo masivo de los medios de comunicación y de centenares de mercenarios de la pluma, que se hacen pasar por analistas políticos y justifican abiertamente los crímenes más abominables ante las opiniones públicas occidentales.

Aunque el inicio de la colonización se dio bajo el amparo del mandato británico, el inicio de la limpieza étnica en Palestina puede fecharse en el año 1948, el año de la Nakba (catástrofe). Tras la independencia, y ante la resistencia de los palestinos, Israel mató a 13.000 palestinos y forzó el éxodo de otros 750.000 de sus ciudades y de sus pueblos. Cerca de 400 pueblos palestinos fueron arrasados. La ONU adoptó la Resolución 194 donde pide a Israel que permita el retorno de los refugiados. Seis décadas después, Israel sigue ignorando la resolución. Los expatriados se han convertido ya en cuatro millones. El segundo gran momento de expansión fue el año 1967, durante la guerra de los Seis Días, con la ocupación israelí del resto de la Palestina histórica (Cisjordania, Gaza, Jerusalén-Este), el Sinaí egipcio y el Golán sirio. La Resolución 242 de Naciones Unidas exigió la retirada de las tropas israelíes de los territorios ocupados. Israel ha ignorado la resolución, con la implantación de un sistema de control militar cada vez más violento en los territorios ocupados. Desde entonces, la ONU ha ido condenando a Israel, resolución tras resolución, sin que esto afectase en lo más mínimo al desarrollo de sus planes. La política israelí ha sido la de colonizar las tierras palestinas mediante asentamientos ilegales ferozmente armados, con licencia para matar, sitiando a los legítimos habitantes en guetos, destruyendo sus casas para crear asentamientos de colonos y ahogándolos día tras día para forzar su exilio. Cualquier atisbo de resistencia es calificado como “terrorismo” y es aprovechado para realizar castigos colectivos sobre la población civil.

Israel es un Estado no-democrático sino etno-crático, regido por leyes étnicas que otorgan precedencia a los judíos en todos los ámbitos, un Estado racista creado al amparo del colonialismo. Los dirigentes israelíes están llevando a cabo su plan de genocidio de forma sistemática desde su fundación, con total impunidad. Las atrocidades cometidas por Israel en los últimos 60 años sobrepasan lo imaginable. El objetivo último del Estado israelí es expulsar al pueblo palestino de su tierra y construir el Gran Israel, una utopía política fascista. De hecho, los propios líderes israelíes no han ocultado su proyecto: “Tenemos que expulsar a los árabes y ocupar su lugar” (David Ben Gurión); “La partición de Palestina no es justa. Nunca la aceptaremos. Eretz Israel será restituido al pueblo de Israel. Todo él y para siempre” (Menahem Beguin); “No existe nada que se pueda considerar un Estado palestino. Nosotros podemos llegar, echarlos y ocupar el país” (Golda Meir); “No puede haber sionismo, colonización ni Estado judío sin la expulsión de los árabes y la expropiación de sus tierras” (Ariel Sharon a la Agencia France Press, el 15 de noviembre de 1998); “He creído siempre en el eterno e histórico derecho de nuestro pueblo a toda esta tierra” (Ehud Olmert, ante al Congreso de Estados Unidos el 30 de junio de 2006).

Las últimas matanzas perpetradas por Israel se fechan en los años 2006 (bombardeo del Líbano) y en el 2009 (bombardeo del gueto de Gaza). Las autoridades israelíes hablan de “guerra contra Hezbollah” y “guerra contra Hamas”, pero en realidad no hay ninguna guerra, sino la continuación de una política iniciada mucho antes de que Hamas o Hezbollah existieran. Hamas y Hezbollah son calificados como grupos terroristas, tan solo por oponerse al genocidio de sus pueblos. La resistencia armada ha sido convertida por Israel en la única opción posible, de forma perfectamente calculada. Lo que quiere Israel es que haya atentados y una resistencia que se llame a si misma “islámica”, aprovechándose de la islamofobia dominante en occidente para justificar ante la opinión pública occidental (especialmente en los EEUU) la continuación del genocidio. Estos planes son básicamente los mismos desde antes de la existencia de Hamas y Hezbollah. Esta es la lógica del opresor: oprímeles hasta lo insoportable, mata a unos cuantos niños para que otros padres y madres lleguen a la conclusión de que es mejor marcharse o se decanten por la lucha armada, de forma que se pueda seguir matando impunemente, con la excusa del “derecho de Israel a defenderse”. Y mientras, se continúa con la repoblación de territorios con colonos étnicamente puros, lo cual implica traer extranjeros judíos de todo el mundo para ocupar las tierras de los palestinos desplazados.

Toda la política de Israel desde su fundación ha girado entre dos posibilidades: o la expulsión en masa de los palestinos o su concentración en guetos, reservas tribales. Y ha ido moviéndose de un polo al otro según las ocasiones, según los vaivenes de la política internacional. En los intermedios, como táctica de distracción, se emprenden “negociaciones de paz”, como un modo de dar tiempo a la política de hechos consumados. Pero Israel nunca ha querido la paz, ya que la guerra le ofrece el único marco posible para ejecutar sus planes. Cuando se habla de “negociaciones de paz”, se pasa por alto la naturaleza de Israel: se trata de un Estado étnico-religioso en el cual los no-judíos no tienen los mismos derechos que el resto, y son sujetos a todo tipo de arbitrariedades.

A pesar de que existen otros conflictos incluso más graves (Congo o Birmania, por ejemplo), la causa palestina está en el centro de la política internacional. Ha generado una simpatía en todo el mundo, incluidos judíos partidarios de los derechos humanos, que consideran como una infamia la manipulación que el Estado de Israel hace de su tradición milenaria, y que han dejado claro que Israel no es solo la antítesis del judaísmo, sino su peor enemigo actualmente. El Estado de Israel es una afrenta a todos los judíos perseguidos a lo largo de la historia, una afrenta a sus tradiciones y a sus sabios, a sus gentes y a su legado milenario. La causa palestina es hoy considerada en los cinco continentes como la causa de la humanidad, de los derechos humanos, de la supervivencia del hombre en tanto criatura solidaria, de todos aquellos que siguen pensando que los seres humanos pueden reunirse en torno a valores compartidos, más allá de la religión o de la raza, y fundar comunidades respetuosas con la diferencia. Todos somos palestinos.

Víctimas del terror israelí

Birmania

Tal vez el caso más trágico que padecen los musulmanes en el mundo actual sea el de Birmania (o Myanmar). El islam está presente en Birmania desde el siglo IX, a causa de la llegada de mercaderes, marinos y otros viajeros, venidos especialmente del subcontinente indio, pero también de Persia y de Anatolia. A lo largo de los siglos se han ido mezclando con las poblaciones locales, creando una cultura específica, claramente diferenciada de otras poblaciones musulmanas de Asia. A consecuencia del terror inherente a la colonización británica se produjeron desplazamientos masivos de población desde la India a algunas zonas de Birmania, donde los musulmanes son mayoritarios.

Desde el golpe de Estado de 1988 la situación de los derechos de estos colectivos es crítica. Organizaciones internacionales denuncian la práctica habitual de asesinatos extrajudiciales, la tortura, las relocaciones forzadas de poblaciones enteras, la confiscación de tierras, la destrucción de viviendas, los trabajos forzados, el tráfico de seres humanos y la persecución de toda oposición a la Junta Militar gobernante. Las comunidades musulmanas y cristianas han sufrido todos estos abusos, además de otros específicamente anti-religiosos, debidas a que el Estado considera la etnia birmana y la religión budista como elementos vertebradores de la identidad nacional. Una vez más nos situamos ante una manipulación de la religión, utilizada como signo de una identidad nacional refractaria al pluralismo.

Musulmanes y cristianos se enfrenten a graves dificultades a la hora de practicar su religión. La adscripción religiosa de los ciudadanos figura en la carta oficial de identidad, que éstos están obligados a llevar permanentemente. La literatura racista y difamatoria contra el cristianismo y el islam es distribuida ampliamente. La presencia de musulmanes es presentada reiteradamente como una amenaza para la supremacía del budismo y de la raza birmana. En los últimos años han sido documentados casos de asesinatos de líderes religiosos, confiscación de escuelas coránicas y destrucción de templos. Estos crímenes son tolerados e incluso realizados por el propio Ejército. Existe una fuerte censura y restricciones a la edición o entrada en el país de literatura religiosa no budista, hasta el punto de que está prohibida la traducción de la Biblia a las lenguas locales. Resulta muy difícil conseguir permisos para realizar la peregrinación a Meka.

Existen zonas donde se prohíbe la construcción de mezquitas, e incluso se deniega el permiso a reparar las mezquitas existentes. En algunas zonas, los musulmanes son forzados a pagar impuestos especiales, que son destinados a la construcción de pagodas budistas. En ocasiones, éstas son levantadas mediante el trabajo forzado de los propios musulmanes, al lado de las mezquitas en estado ruinoso, y eso en poblaciones sin apenas presencia de población budista. Desde 1983 algunos pueblos han sido declarados como “zonas libres de musulmanes”, y en otros se ha prohibido la ubicación de nuevos residentes musulmanes.

Al margen de la política del Estado, se repiten los pogromos anti-musulmanes. El año 1997 monjes budistas asaltaron una mezquita, armados con palos, y realizaron destrozos de consideración. El 2001 en Taungoo, cerca de 20 musulmanes que rezaban en la mezquita de Ha Tha fueron asesinados. La mezquita fue demolida a petición de monjes budistas locales, en retaliación por la destrucción de los Budas de Bamiyan, en el Afganistán de los talibanes. En casos como este, los musulmanes denuncian la pasividad del ejército, que solo aparece tras dos o tres días de violencia.

La situación se agrava en los distritos de Shan y de Arakan, donde viven importantes poblaciones musulmanas. Los musulmanes de etnia Rohingya, en el distrito de Arakan, no comparten los dos elementos principales de la ideología del Estado: la religión budista y la etnia birmana. El Estado les niega la ciudadanía, lo cual implica restricciones a la libertad de movimiento, la prohibición de realizar determinadas actividades económicas, y la denegación del acceso a servicios públicos básicos, incluidos sanitarios y educativos. El ejército ha realizado confiscaciones masivas de tierras, quemas de pueblos, destrucción de mezquitas, relocaciones forzadas de poblaciones y violaciones sistemáticas. Existen sectores de la población sometidos a trabajos forzados en granjas del Estado, bajo la custodia del Ejército. Estas prácticas han provocado el éxodo de miles de personas, 250.000 de los cuales malviven en campos de refugiados en la frontera con Bangla Desh, mientras unos 110.000 lo hacen en la frontera con Tailandia. La inmensa mayoría de estos refugiados son musulmanes.

Monjes budistas liderando el ataque contra una mezquita

Musulmanes contra musulmanes

Hay que mencionar las persecuciones sufridas por musulmanes/as en países de mayoría musulmana, tales como Sudán, Marruecos, Uzbekistán o Turquía.

Uzbekistán es un caso típico de Estado con mayoría de población musulmana donde el islam es cruentamente perseguido. Por supuesto, no se puede encarcelar a todos los musulmanes en un país con el 80 % de población musulmana, pero la represión hacia todas las manifestaciones islámicas que se consideran fuera del “islam oficial” es rigurosa. Existen leyes que establecen horarios estrictos para la asistencia a las mezquitas, y que prohíben cualquier reunión de carácter islámico “fuera de programa”. La descripción de la represión realizada por Steve Crawshaw, director en Londres de Human Rigths Watch, es muy gráfica:

“La policía en Uzbekistán lleva a cabo descargas eléctricas, palizas y violaciones con el fin de lograr ‘confesiones’ de los detenidos. Los miembros de los servicios de seguridad asfixian a los detenidos con bolsas de plástico, les hacen respirar cloro y les cuelgan de sus muñecas o tobillos en las celdas. El pasado año, unos médicos extranjeros descubrieron que el cuerpo de un preso, que había muerto en custodia, había sido sumergido en agua hirviendo. Sus manos no tenían uñas. Éste es el estilo del régimen de Karimov”.

Esta brutal represión tiene lugar con la complacencia del gobierno de EEUU y otros países occidentales, que han estado ayudando económicamente al régimen, reforzando su ejército en nombre de la “lucha contra el terrorismo”. El régimen recibió 500 millones de dólares de ayudas económicas el año 2003. En un documento dado a conocer en mayo del 2004, el Departamento de Estado de EEUU señalaba que Uzbekistán estaba haciendo “sustanciales y continuados progresos” en lo referente a los estándares sobre derechos humanos y la democracia.

Tal vez el caso más extremo de represión y violencia del islam ejercida por otros (supuestos) musulmanes se está viviendo en Sudán, en la región de Darfur. Las milicias árabes llamados janjaweed irrumpen en las aldeas incendiando casas y matando a todos aquellos que se les oponen. En un informe elaborado por Human Rights Watch se documenta la destrucción de mezquitas, el asesinado de imames y líderes religiosos y la profanación de ejemplares del generoso Corán (aunque resulta difícil de creer, se cagan sobre ellos). En una escuela, los janjaweed violaron a 41 alumnas delante de sus padres. Se habla de ejecuciones sumarias, incendios de pueblos y de aldeas, de la hégira forzada de cientos de miles de personas ante la connivencia del ejército.

Mujeres musulmanas refugiadas en Darfur

Islamofobia

Dentro de la creciente persecución del islam en el mundo hay que situar el auge de la islamofobia, la demonización del islam y el acoso en el que viven las comunidades musulmanas en occidente, en el marco de la llamada “guerra contra el terrorismo”. Sucesivos informes de la ONU, la UE y la OSCE vienen alertando sobre el auge de la islamofobia en occidente.

No podemos obviar que la islamofobia ocupa un lugar destacado en la política contemporánea. No se trata tan sólo del rechazo irracional de un sector de la población, sino de una fobia social inducida desde determinados centros de poder para justificar la suspensión del habeas corpus y el mayor control de los individuos por parte del Estado. La demonización de los musulmanes es parte fundamental de la geopolítica energética de Occidente, y se sitúa entre los mecanismos económicos y políticos que caracterizan el Nuevo Orden Mundial. Existe además una conexión entre la islamofobia y la ocupación israelí de Palestina, actuando la demonización del islam como ideología legitimadora de la colonización y la represión sin límites de la resistencia palestina. Se trata de la ideología marco mediante la cual se genera consentimiento respecto a actuaciones militares (a nivel global) y policiales (a nivel local) que en una situación normal no serían aceptadas.

Esta dimensión ideológica goza hoy en día de gran aceptación en círculos académicos y políticos, y se sitúa en consonancia con las políticas neoliberales de la globalización corporativa. La dimensión ideológica de la islamofobia la vincula con el orientalismo y con el antisemitismo clásico europeo. La islamofobia es un fenómeno con una larga historia, pudiéndose trazar una continuidad desde la Edad Media hasta nuestros días. La demonización del Islam como una religión opuesta a los valores de la cristiandad occidental fue forjada en un momento en el cual los diferentes países (en el contexto de la emergencia del Estado-nación) se configuraban en relación con una religión determinada. Es en algunos sectores del mundo académico y universitario donde se forjan y se mantienen en pie algunos de los mitos más divulgados sobre el Islam.

La aceptación e incluso respetabilidad de la islamofobia en amplios sectores del mundo intelectual y académico occidental resulta significativa, y la diferencia de otras formas de rechazo hacia otros colectivos. Es inimaginable hoy en día encontrar discursos racistas contra negros, judíos o gitanos entre la intelectualidad europea, y sin embargo se constata que numerosos intelectuales aceptan de forma acrítica todos los estereotipos característicos del discurso islamófobo.

Todo ello conduce a las crecientes dificultades que los musulmanes tienen a la hora de practicar su religión (abrir mezquitas, ser enterrados según sus ritos, acceso a la alimentación halal, enseñar su religión, etc.), así como a los cada vez más numerosos casos de ataques a mezquitas, profanación de cementerios y violencia física contra individuos. La islamofobia justifica ante la opinión pública la ausencia de derechos de los musulmanes y los miles de encarcelados sin cargos presos en cárceles de los EEUU, de Francia, de España, de Inglaterra… En todos estos países se reproduce la farsa de las detenciones arbitrarias de supuestas células terroristas, mediante la cual se trata de mostrar a la opinión pública la eficacia de los servicios de seguridad, dar ‘realidad’ a la amenaza terrorista y justificar políticas securitarias frente a las políticas sociales.

Manifestación anti-mezquita en España

Guerra contra el terrorismo

En paralelo al crecimiento de la islamofobia se sitúa la construcción del “terrorismo islámico”, como instrumento del imperio. No nos detendremos en este tema, pues es suficientemente conocido. Bajo el paraguas mediático de la “guerra contra el terrorismo” se esconden intereses financieros y de geo-estrategia internacional. Más allá de si atentados como el 11-S son obra de “yihadistas musulmanes” o de auto-atentados, no cabe duda de que sirven a los intereses de las grandes multinacionales de occidente. Por un lado, justifican intervenciones militares y apoyo a dictaduras, que garantizan el control de las economías y del petróleo y el gas natural de los países musulmanes. Y por otro, sirve para deslegitimar a movimientos de resistencia, como los de Palestina, Chechenia, Cachemira o Mindanao.

En estos y otros casos, los musulmanes sufren la ocupación violenta y la tiranía, y su lucha está plenamente legitimada por los convenios internacionales, incluida la propia Carta de los Derechos Humanos de Naciones Unidas. Se trata de movimientos de liberación idénticos a los movimientos anti-colonialistas del siglo XX. Piden elecciones libres, un referéndum controlado por observadores internacionales que decida su futuro. Sin embargo, la paranoia global sobre el peligro del islam y su carácter expansionista sirve para demonizar estos movimientos. En todas partes donde existe un movimiento legítimo de liberación que choca contra los intereses de las multinacionales, aparece necesariamente el terrorismo, para justificar lo injustificable. La creación de estos grupos y la proliferación de acciones criminales contra la población civil constituyen la excusa perfecta para aplastarlos. Son calificados como “grupos terroristas”, para justificar el envío de tropas y apoyo financiero a regímenes corruptos. Se pretende cortar con la solidaridad tradicional de los musulmanes con los oprimidos. Al mismo tiempo, ofrece la excusa perfecta para aumentar el control policial sobre la población civil, llevando a cabo recortes en los derechos civiles de los ciudadanos. Estos son los que siempre pierden: quienes sufren la violencia terrorista a raíz de la cual se les recortan sus derechos. Para combatir el sentido igualitario del islam, se trata de crear “Estados-nación islámicos” que impongan el “islam moderado” (y muy reaccionario) que interesa a las multinacionales de occidente. Todo ello responde a una lógica perversa, la de los Estados totalitarios que se amparan indistintamente (e incluso alternativamente) en el islam o en los derechos humanos y la democracia, siempre como cobertura de los intereses de las grandes multinacionales.

La destrucción y colonización de Irak y Afganistán se sitúan dentro de esta lógica perversa. Como antaño se utilizaba el discurso de la evangelización de los infieles, hoy en día se apela a su democratización. Tal y como dijo Nietzsche sobre las Cruzadas, se trata tan solo de “piratería a gran escala”. No hemos cambiado tanto, al fin y al cabo.

Irak y Afganistán: guerras de rapiña


El islam aborda los asuntos contemporáneos, de Ali Ünal

junio 7, 2010

La editorial La Fuente nos regala una nueva traducción de un libro de Ali Ünal al castellano, tras su excelente traducción comentada del Corán (La Fuente 2009). Miembro del movimiento de renovación liderado por Fethullah Güllen, Ünal es uno de los pensadores turcos más incisivos del presente. En El islam aborda los asuntos contemporáneos nos proporciona una visión islámica de temas controvertidos como son la naturaleza de la ciencia, la relación entre religión y ciencia, la concepción del ser humano, y las filosofías occidentales e islámica de la historia.

Se trata de un libro audaz, que demuestra la vitalidad del pensamiento islámico en la Turquía actual, capaz de pensar el islam sin caer en anacronismos ni en la imitación del pasado. El pensamiento de Ünal esta fuertemente enraizado en el Corán, y ese aliento recorre cuanto escribe. Pues el Corán no es un manual que solo habla de lo que (literalmente) se encuentra en el texto del Corán. El Corán es mucho más: una revelación que proporciona una mirada nueva sobre el mundo. Así, al hablar de historia o antropología, Ünal trasciende dichas categorías como ciencias separadas, y sabe verlas con los ojos de la revelación.

En el primer capítulo, el autor nos muestra su metodología, señalando la necesidad del “pensar correcto”, como único modo de superar las meras teorías, hacia una comprensión sólida y fundamentada. Para ello, señala la necesidad de distinguir entre verdades relativas y verdades universales. Las ciencias humanas nos ofrecen un cúmulo de verdades relativas, sujetas a la revisión y al cambio constante. El islam no niega dichas verdades, sino que las enmarca en una perspectiva más amplia: más allá de lo circunstancial, existe una verdad universal.

Para acceder a esta verdad universal es necesaria una determinada actitud. En primer lugar, purificar la intención y superar el egoísmo, algo que se logra mediante la educación en valores y el trabajo interior. En segundo lugar, el conocimiento preciso derivado de la revelación. En tercer lugar, el saber escapar de las restricciones espacio-temporales, mediante un conocimiento apropiado del contexto.

En definitiva, es la revelación lo que nos proporciona el acceso a la verdad en si. Esta se relaciona con los Nombres o Atributos de Dios, como modo de manifestarse de Dios en la creación. Esta verdad universal es esencialmente no particular, de ahí que a su vez esté sujeta a la interpretación y pueda ser aplicada en cada momento histórico de un modo diferente. El autor defiende de forma elocuente el pluralismo interpretativo, y cita como ejemplo el sultanato, válido en su momento para proporcionar un determinado orden y estabilidad social, pero no aplicable a todos los contextos.

Ünal dedica páginas magníficas al concepto de religión y a la crítica secularista (Frazer, Weber, Comte…). Al tratar de explicar la religión mediante teorías creadas por ellos mismos, estos autores se hacen incapaces de explicar el hecho religioso, basado en una donación de sentido y en una experiencia de encuentro con lo divino. ¿Cómo se puede explicar lo universal desde lo particular? Solo a costa de ignorar su naturaleza. Pero en verdad lo único que se ha hecho es imponer un criterio meramente humano, que no responde a la naturaleza de la materia de estudio.

El abandono de un criterio moral elevado ha conducido a numerosas destrucciones. A despecho de la visión positiva (yo diría narcisista) que la modernidad proyecta de si misma, es un hecho que se han cometido más crímenes en nombre del progreso y de la razón instrumental que de cualquier otra ideología a lo largo de la historia. Los aportes de la ciencia, tan beneficiosos para la humanidad, son a menudo usados para la destrucción y para satisfacer la avaricia de unos pocos. Sin el criterio pacificador y equilibrado del islam, la humanidad no logrará sobrevivir por mucho tiempo…

Con esto damos paso al segundo capítulo del libro, centrado en las perspectivas islámica y occidental de la ciencia. El autor explica la dualidad entre ciencia y religión en occidente, provocada por la oposición de la Iglesia a los avances científicos durante el Renacimiento y los albores de la modernidad. Frente a este falso dualismo, nos recuerda cual debe ser la actitud fundamental del musulmán hacia la ciencia, basada en la conciencia de la Creación como el lugar en el cual Dios manifiesta sus Atributos. Aquí debemos mencionar la teoría clásica de la identidad entre el Libro de la Revelación y el Libro del Universo: existe una correlación entre el contenido del Corán y las verdades científicas. Por ello no existe una fractura entre ciencias sagradas y profanas, y la propia investigación científica debe ser considerada una forma de aproximarse a Dios.

En este punto, es importante diferenciar la reflexión de Ünal de la de aquellos que “pretenden encontrar cualquier teoría científica en el Corán”. Frente a esta actitud, nos advierte de los peligros de reducir el Corán al plano de conocimiento relativo. No: lo que el Corán nos ofrece no es un manual científico ni una ciencia exacta, sino una serie de indicaciones sobre el funcionamiento general del Universo, así como señales de los caminos que puede recorrer la mente humana en busca de las leyes de la Creación. El Corán nos proporciona el arquetipo eterno de toda forma de conocimiento, la llave que conduce a una comprensión profunda de todo lo que ocurre en la naturaleza y en la vida, es el mapa sagrado de este y del otro mundo, una guía para los dotados de razón. La tarea propiamente humana es la de reflexionar sobre el mensaje revelado y desentrañar las leyes del Universo. Esta tarea constituye una forma de adorar a Dios.

Pero existe otro elemento esencial que caracteriza la aproximación islámica a la ciencia. El Corán considera la creación como un medio para conocer al Creador, mientras la ciencia considera la creación para su provecho. El Corán guía a toda la humanidad, pero la ciencia solo a los especialistas. Todo esto nos lleva a la siguiente conclusión: el islam ofrece el marco ético ideal para el desarrollo de una ciencia puesta al servicio de las gentes. Es por ello urgente el recuperar la actitud de apertura a los descubrimientos características del mejor pensamiento islámico, una tarea de la cual el propio libro que comentamos constituye un buen ejemplo.

Los capítulos tercero y cuarto están dedicados a la antropología y a comparar la concepción islámica y occidental de la historia. Ali Ünal despliega su saber de modo convincente. Un mérito añadido es que la comparación no es maniquea. No rechaza de plano las perspectivas sociológica o histórica, sino que esboza una sociología y una historiografía desde la concepción islámica. No considera a occidente como un bloque monolítico y opuesto a lo islámico, sino que tiene en cuenta diversas corrientes de pensamiento de oriente y de occidente, y sabe encontrar espacios de coincidencia entre unos y otros.

Llega el momento de las preguntas esenciales. ¿Servir a Dios o al ego? ¿Cuál es el propósito del ser humano en esta vida? La reflexión se eleva. Notamos el aliento vivificador de Said Nursi, uno de los claros referentes del autor, cuyas obras cita ampliamente. Y no duda en utilizar parábolas y cuentos breves para ilustrar su pensamiento, en el más puro estilo turcomano.

Releo lo escrito y me doy cuenta de que no da cuenta de la riqueza de planteamientos y matices. Ali Ünal es un musulmán que reflexiona, y eso se contagia. No considera el Corán como algo cerrado y destinado a la Arabia del siglo VII, sino como un mensaje universal cuyos valores y preceptos tienen una aplicación particular en todas las edades y contextos. Pero para evitar toda aplicación anacrónica y descontextualizada, es necesario conocer el marco donde el mensaje debe ser aplicado. Así, la reflexión sobre los asuntos contemporáneos se revela como una tarea tan necesaria como decisiva.


Relaciones entre el islam y la Unión Europea. Propuestas para la presidencia española

abril 27, 2010

Abdennur Prado
Presidente de la Junta Islàmica Catalana

Seminario “Estados y Sociedad civil en la Unión Europea: Un proyecto común”, organizado por la Federación de Asociaciones de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos-España.
Madrid, 29-30 de octubre del 2009

Las relaciones entre el islam y las instituciones europeas se basan en una necesidad mutua. Como sabemos, el islam es una religión europea, se calcula que hay unos 16 millones de musulmanes en la Unión Europea. Por parte de las comunidades musulmanas, como parte integrante pero minoritaria de la ciudadanía europea, necesitan de canales de interlocución con las instituciones europeas para tratar de solucionar los graves problemas que los afectan: discriminaciones, dificultades a la hora de practicar su religión, islamofobia. Suele pasar que lo que preocupa a las instituciones no es lo que preocupa a las comunidades musulmanas, y al revés. Por parte de las instituciones, los musulmanes son una parte de la ciudadanía, con unas problemáticas concretas que demandan una atención creciente. En el contexto post 11-S, la presencia del islam es a menudo representada como una amenaza, deja de ser una opción de vida más en un contexto de pluralismo, y es tratada como una cuestión que requiere ser vigilada y controlada. Una perspectiva que (siendo comprensible) ha sido denunciada como insuficiente (véase el informe de la Comisión parlamentaria española tras el 11-M).

En esta pequeña intervención plantearé el tema desde la perspectiva de las comunidades musulmanas, con el objetivo de realizar una serie de recomendaciones para la presidencia española de la UE. Brevemente, diré que la situación de las comunidades musulmanas en Europa se define por la precariedad social e incluso la marginalidad de centenares de miles de musulmanes, la mayoría de origen inmigrante, las dificultades por practicar su religión y ver reconocidos sus derechos religiosos, y el aumento de la islamofobia y del racismo anti-musulmán.

Nos remitimos a las conclusiones del informe elaborado por el Observatorio Europeo del Racismo y la Xenofobia (EUMC, actualmente Oficina de Derechos Fundamentales de la Unión Europea) el 2007, titulado: “Musulmanas en la Unión Europea: discriminación e islamofobia”:

  1. Con independencia de su origen étnico o su manera de enfocar la religión, muchos musulmanes europeos sufren discriminación en el empleo, la educación y la vivienda.
  2. La discriminación contra los musulmanes puede atribuirse a actitudes islamófobas, así como a resentimientos racistas y xenófobos, elementos que suelen ir unidos. Por tanto, la hostilidad contra los musulmanes tiene que situarse en el contexto más general de la xenofobia y el racismo contra emigrantes y minorías.
  3. Es evidente que los musulmanes están sufriendo actos islamófobos que van desde amenazas verbales hasta agresiones físicas, a pesar de la poca información que se recaba sobre los incidentes agravados por motivos religiosos.
  4. Los datos disponibles sobre las víctimas de la discriminación indican que los musulmanes europeos suelen estar desproporcionadamente representados en zonas con peores condiciones de vivienda, mientras que sus logros académicos están por debajo de la media y sus tasas de desempleo por encima de la media. Los musulmanes suelen ocupar puestos de trabajo que requieren una menor cualificación. Como grupo, están desproporcionadamente representados en los sectores menos remunerados de la economía.
  5. Muchos musulmanes europeos, sobre todos los jóvenes, se encuentran con barreras que les impiden avanzar en la escala social, lo cual puede generarles un sentimiento de desesperanza y exclusión social.

La existencia de una opinión pública contraria a una determinada religión conduce, inevitablemente, a estallidos aislados de violencia. Según el informe anual para 2007 de la ODIHR (Oficina para los Derechos Humanos de la OSCE), titulado “Crímenes de odio en la región de la OSCE: incidentes y las respuestas” (6 de octubre de 2008):

Durante el 2007, el odio y la intolerancia hacia los musulmanes se expresó a través de violentas agresiones físicas contra personas; incendios provocados y vandalismo contra mezquitas, escuelas islámicas y cementerios; acoso verbal y amenazas, y la petición de que los musulmanes sean deportados o expulsados de Europa. Los crímenes y los incidentes contra los musulmanes fueron alimentados por una combinación de racismo, hostilidad hacia el Islam y sus adeptos, el sentimiento anti-inmigrante, y la asociación de los musulmanes y el islam con el terrorismo. Individuos identificables visualmente como musulmanes, como mujeres musulmanas con velo e imanes usando vestimenta religiosa, así como mezquitas, centros islámicos, y escuelas musulmanas, fueron los principales objetivos de los ataques anti-musulmán en toda la región de la OSCE. Además, 2007 fue testigo de la aparición de organizaciones de base y de redes paneuropeas que han manifestado su rechazo de la presencia de los musulmanes y su cultura en Europa a través de diversas protestas, en particular centrándose en la construcción de mezquitas. En muchos casos, las manifestaciones violentas de odio contra los musulmanes tuvieron lugar en un clima social de intolerancia general.

En los últimos años han sido recogidos numerosos casos de incidentes y violencia anti-musulmana en toda la Unión Europea. Sólo en Francia, durante el año 2004, fueron reportadas 182 agresiones, según el Observatorio de la Islamofobia. Existe el problema de la falta de organismos encargados de su monitorización, ya de por sí significativa. Tan sólo los gobiernos de los EE. UU. y del Reino Unido documentan sistemáticamente los casos de violencia anti-musulmana[1].

Otro nivel de discriminación que preocupa a los musulmanes es el incumplimiento de sus derechos religiosos a muchos lugares de Europa. Esta carencia de desarrollo se manifiesta en las dificultades por abrir mezquitas, en la negación del derecho a ser sepulto según el ritos islámico, dificultades por acceder a la alimentación halal, asistencia religiosa a prisiones…

En este contexto surge la necesidad imperiosa por parte de las comunidades de organizarse y de luchar por mejor la situación. Las dificultades son enormes, debidas tanto a la propia precariedad social, como las injerencias extranjeras o la inmensa diversidad interna. Sólo en el Reino Unido la comunidad musulmana proviene de 65 nacionalidades diferentes y habla más de 100 lenguas aparte del inglés. Con miras a paliar esta situación y de llevar ante las instituciones europeas las reivindicaciones de los musulmanes, en los últimos años se ha producido la emergencia de diferentes grupos de presión (también denominados grupos de interés), organizaciones y activistas que luchan por los derechos de los musulmanes, tanto a nivel nacional como europeo. A menudo, estos grupos han tratado de presionar a sus gobiernos –generalmente poco receptivos- a través de las instituciones europeas.

La necesidad de elaborar un discurso reivindicativo eficaz conduce inevitablemente a plantear este discurso en clave europea, en términos de derechos humanos y valores democráticos, y a defender el islam como parte de la identidad europea. Se trata de buscar puntos de encuentro, tanto en el plano histórico –la influencia del islam en la formación de Europa- como en el plano de los valores –compatibilidad entre el islam y la democracia, la libertad de conciencia, la justicia social, e incluso la igualdad de género. Lo que puede ser una mera estrategia, tiene unos efectos en la formación de un discurso islámico europeo sobre el islam en Europa, diferenciado de los discursos islámicos no europeos y de los discursos no-islámicos europeos, pero que puede coincidir con ellos en determinados puntos. Las relaciones establecidas pueden ser un instrumento para facilitar la contextualización[2]. Insistencia en una serie de claves:

  • El islam es parte de la identidad europea: necesidad de recuperar la memoria de al-Andalus y de dar a conocer las aportaciones de la civilización islámica clásica en la formación de Europa.
  • El islam es plenamente compatible con los valores básicos de las sociedades europeas, como serían los derechos humanos, la democracia, la libertad de conciencia o la justicia social.
  • Desvincular los principios religiosos de las culturas de origen, insistiendo en que muchas prácticas que se dan entre los musulmanes no son propiamente hablando islámicas, sino propias de las culturas en las cuales el islam ha arraigado.
  • Los musulmanes europeos quieren ser tratados como ciudadanos de pleno derecho, y no como extranjeros. Y denuncian las discriminaciones que sufren los musulmanes como contrarias a los valores que dan sentido a la Unión Europea.
  • Los musulmanes quieren participar en la construcción de sus sociedades y en la construcción europea, desde sus convicciones, consideran que desde sus valores y desde su fe tienen muchas cosas a decir sobre materias diversas, y esto implica el derecho a la crítica de las patologías de la modernidad: la destrucción del medio ambiente, el racismo estructural de las sociedades occidentales, el neoliberalismo, la transformación del ser humano en un consumidor-productor…

Asistimos pues a la emergencia de un discurso islámico europeo, al mismo tiempo reivindicativo pero no cerrado en sí mismo ni comunitarista, sino abierto al resto de la sociedad y que se presenta como interlocutor de las instituciones, un discurso plenamente europeo por su estilo y por su lenguaje, y al mismo tiempo plenamente islámico por los valores que defiende. Todo hace que las organizaciones que defienden los derechos de los musulmanes se decanten hacia estas posturas, conduciendo a la emergencia del denominado euro-islam. Por euro-islam entendemos un islam contextualizado a la realidad europea del siglo XXI. Otros autores prefieren hablar de un “islam de las luces”, que no seria sino una actualización del mensaje del islam, centrado en la ética y en la espiritualidad antes de que no en los aspectos jurídicos o normativos.

Esta tendencia es inevitable, se da incluso entre sujetos no conscientes de ello. No es el momento de desarrollar el tema, pero quiero hacer referencia a las investigaciones de Serge Moscovici sobre el papel de las minorías activas y sus relaciones con la mayoría obediente: “Los sujetos que se hayan ante puntos de vista incompatibles respecto a un objeto de juicio único emprenderán un proceso de negociación tácita a fin de reducir o eliminar el desacuerdo y reestablecer el consenso social”. (Psicología social, I, Paidós 1985, p.86). El euro-islam correspondería al “estilo de comportamiento flexible de las minorías”, el cual, según los autores, es el más capaz de influir y modificar la situación previa. Pero junto al euro-islam o discurso flexible y contextualista, encontramos el salafismo y su discurso rígido. De ahí la imperiosa necesidad de atender a aquellos sectores que abogan por el euro-islam, como discurso integrador, como mejor antídoto a aquellos discursos intra-islámicos que tienden a crear una fractura con el resto de la sociedad.

Se puede decir que actualmente centenares de líderes musulmanes en Europa han interiorizado el discurso de los derechos humanos. Pero justo en este momento nos encontramos que la respuesta negativa a las reivindicaciones de los musulmanes se plantea no en términos de derechos y deberes, sino en términos culturalistas y de identidades nacionales. La vinculación entre musulmán y extranjero traza una frontera entre el islam y la cultura autóctona, de forma que los musulmanes quedarían necesariamente excluidos de la misma. Se considera que el islam es esencialmente contrario a los valores encarnados por la cultura dominante. Se da una dialéctica y también una práctica centro/periferia, en la cual, por ejemplo, las mezquitas son expulsadas del centro urbano hacia polígonos industriales inaccesibles. Los musulmanes deben aceptar su marginación en una Europa todavía anclada en un concepto de Estado-nación decimonónico. La situación es paradójica. En el momento en el cual los musulmanes se remiten al Estado de derecho, son rechazados con argumentos culturalistas e identitarios. Se apela a una identidad nacional de la cual el islam estaría excluida, tanto por sus valores como por cuestiones históricas.

Se comprende pues que la UE constituya una “tabla de salvación” para los musulmanes europeos. El musulmán puede identificarse más fácilmente con una identidad europea transnacional en construcción, basada en valores y en derechos iguales para todos. Pero difícilmente se sentirá partícipe de una identidad nacional basada en mitos nacionales fundacionales que se remontan a la Edad Media, y en los cuales el cristianismo biológico suele ser determinante (el nacional-catolicismo español sería un buen ejemplo). De ahí la importancia de recuperar las “raíces islámicas de Europa”, entendiendo como tales todos aquellos elementos culturales y científicos que pasaron desde el mundo islámico a Europa, como uno de los elementos que dieron lugar a la emergencia de la Europa moderna. Entre las muchas citas al respecto, basten dos como muestra:

John Davenport, un destacado científico, escribió: “Debe reconocerse que todo el conocimiento –sea en física, astronomía, filosofía o matemáticas– que floreció en la Europa del siglo XX fue derivado de las escuelas árabes, y que la España musulmana puede ser vista como el padre de la filosofía europea”. Y Robert Briffault, reconoce en su obra La formación de la humanidad: “Es sumamente probable que si no fuera por los árabes, la civilización europea moderna nunca hubiera asumido ese carácter que le ha permitido superar todas las fases anteriores de su evolución. Ya que, aunque no haya ni un aspecto de crecimiento humano en el que la influencia decisiva de la cultura islámica no sea detectable, en ninguna parte es tan clara y trascendental como en la génesis de aquel poder que constituye la fuerza suprema distintiva del mundo moderno y la base suprema de su victoria –las ciencias naturales y el espíritu científico”.

Como conclusión, consideramos urgente y necesario un cambio de perspectiva por parte de las instituciones europeas en su interlocución con los musulmanes. Escuchar a aquellas voces reivindicativas y trabajar por el desarrollo de los derechos religiosos de los musulmanes, en la lucha contra la islamofobia y en la disminución de las discriminaciones que sufren los musulmanes en Europa. Es esto lo que favorecerá el surgimiento de un islam europeo, concebido como una opción espiritual más en un espacio laico compartido, y respetuoso de los valores que están en la base de la construcción europea. Un euro-islam que habla el lenguaje reivindicativo de los derechos civiles, pero que precisamente por el hecho de ser reivindicativo y crítico del status quo, es más europeo.

Propuestas de Junta Islámica Catalana para la presidencia española de la Unión Europea (2010), en relación a los derechos humanos de los musulmanes europeos:

  • Tener en cuenta la dimensión islámica en cualquier reflexión o acción en torno a la identidad europea.
  • Realizar una campaña o serie de actividades que de a conocer las “raíces islámicas de Europa”, con especial incidencia en el legado andalusí y en el legado científico del periodo clásico del islam. España está en una posisión privilegiada: reivindicar el pasado islámico de Europa es poner el foco en el “paradigma andalusí”, un momento de la historia en el cual España estaba en la vanguardia de la civilización.
  • Promover la realización de un plan europeo contra la islamofobia, tendente a concienciar a la ciudadanía sobre la naturaleza de la islamofobia y el peligro que representa para una Europa basada en los derechos humanos.
  • Urgir a los estados miembros a implementar las leyes y protocolos europeos sobre no discriminación en el acceso a la vivienda y al empleo, con especial atención a las discriminaciones que sufren las minorías étnicas y religiosas.
  • Realizar encuestas nacionales entre los musulmanes europeos, con el objetivo de conocer cuales son sus preocupaciones, reivindicaciones y espectativas en relación a la UE, y con el objetivo de tener en cuenta dichas espectativas de cara a las políticas europeas respecto a dicho colectivo.

Anexo:

Propuestas incluidas en el informe elaborado por un grupo de expertos para el Parlamento Europeo, titulado Study: Islam in the European Union: What’s at stake in the future? (May 2007):

  • To take the Muslim dimension into consideration in any reflection upon a European identity (as much in respect of the state of things at present as in respect of the question of the rootedness of identity in the past).
  • To find an equilibrium between principles of equity and innovation in the political management of the reality of European Islam (meaning equity with regard to the Muslim faithful in relation to the faithful of other religions); the desire for integration in general must involve the integration of Muslims into European space, and also the education of non-Muslim European citizens as regards Muslim reality. For all citizens of the European Union, there should be an emphasis on education about citizenship and democratic foundations (which are often taken for granted) and a pluridisciplinary investigation concerning the place of the religious dimension in public space.
  • To avoid reducing questions about European Islam that arises to stock patterns of encounter and dialogue between religions.
  • To avoid getting stuck in situations that are, on the institutional level, responses to current expectations, expectations that may not yet have stabilized. Here, we need to be aware that some Muslim organisations consider themselves as the representatives of European Muslims and attempt to function, sometimes improperly, as their spokespersons. In this context, it is important to find out what the expectations of the great silent majority are, as these are sometimes situated quite far from the concerns of their “representatives”.
  • To promote, with great caution and prudence, the development of tolerant and open Islam through activities of elaboration and circulation of ideas (translations and communication).
  • To promote profound debates which do not hesitate to evoke themes that may make people angry. They must be conducted in a spirit of openness and freedom to speak, without limitation, in an atmosphere of mutual respect, reciprocity, and “reciprocal co- inclusion”. It is a question of going beyond a relatively passive cohabitation in order to reinvent and render actively operational the promotion of interculturalism in the city, now often confined to expressive forms, cultural forms, or even the folkloric.

Notas


[1] Para obtener más datos de más agresiones a individuos, ataques a mezquitas, etc., pueden consultarse los siguientes informes del “European Monitoring Centre on Racism and Xenophobia” (EUMC): Racism and Xenophobia in the EU Member States – Trends, developments and good practices, Annual Report 2005http://fra.europa.eu/fra/material/pub/ar05/AR05_p2_EN.pdf. Y EUMC (2006): The Annual Report on the Situation regarding Racism and Xenophobia in the Member States of the EU, Vienna 2006. http://fra.europa.eu/fra/material/pub/ar06/AR06-P2-EN.pdf

[2] Esta es la tesis de Melissa Anne Parker: The Europeanization of Islam: The Role of the Multi-Level Structure of the European Union.


¿Es el hiyab un símbolo de discriminación de la mujer?

abril 21, 2010

[Publicado en El País, 21/04/2010]

El caso de Najwa Malha ha reabierto el debate sobre el hiyab. Oímos incluso voces que reclaman la prohibición total del velo, con el argumento de que “es discriminatorio hacia las mujeres”. Resulta curioso como la extrema derecha se apropia de los valores democráticos para lograr sus objetivos, siempre con el ideario de la defensa de la identidad nacional como bandera. Y en esta lucha han encontrado un aliado inesperado: lo que las feministas del tercer mundo califican como feminismo eurocéntrico o colonial favorece sin duda el discurso identitario, la mirada paternalista y represora hacia las minorías.

Entre las declaraciones que hemos escuchado estos días, tal vez la más chirriante ha sido la de Rosa Díaz, líder del partido españolista UPyD. Según Díaz, habría que prohibir el velo islámico en los espacios públicos. Una vez más la confusión entre la obligada neutralidad de las instituciones y la libertad de las personas a profesar sus convicciones. En este caso a la libertad de imagen. Alguien debería impartirle a Rosa Díez un curso de urgencia sobre laicismo y derechos fundamentales.

Desde la Junta Islámica Catalana hemos criticado la imposición del hiyab allí donde suceda. Hemos defendido la libertad individual de las mujeres (aunque, ¿qué libertad tienen las adolescentes sometidas a la tiranía de la moda?). En el caso de la escolarización, defendemos el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que establece precisamente del derecho a manifestar la religión “individual y colectivamente, tanto en público como en privado”. También defendemos el artículo 10 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, los artículos 13 y 14 de la Convención sobre los Derechos del Niño. Llamamos a respetar el artículo quinto de la Declaración Universal de la UNESCO sobre la diversidad cultural: “toda persona tiene derecho a una educación y una formación de calidad que respete plenamente su identidad cultural”. Y nos preguntamos: ¿puede el reglamento de un centro escolar estar en contra de todas estas normas internacionales de rango superior?

Pero más allá de la cuestión de derecho, que es sumamente clara, lo que nos proponemos con este artículo es contestar a la pregunta sobre si el hiyab es o no es discriminatorio. De entrada, desafío a todos aquellos que insisten en que el hiyab es un símbolo machista, a citar una sola fuente de referencia para los musulmanes (esto es: el Corán y los dichos del Profeta) en la cual se establezca el hiyab como signo de sumisión de la mujer al hombre. Ya les adelanto que no lo encontrarán. Al contrario que en la tradición cristiana (ver la famosa Carta de San Pablo a los Corintios), no existe en los orígenes del hiyab un componente sexista ni discriminatorio.

En su libro ‘El harén político’, la feminista marroquí Fatima Mernissi ha analizado las circunstancias de la revelación del versículo coránico que muchas musulmanas interpretan como una obligación de cubrirse la cabeza con un velo. En la comunidad de Medina las mujeres que salían de sus casas por las noches eran objeto de acoso sexual, y en ese momento se reveló el versículo en cuestión (Corán 33:59), como un signo de protección. En palabras de Mernissi: “el hiyab es una respuesta a la agresión sexual”.

Posteriormente, en los códigos de familia elaborados a partir del siglo IX, en el  contexto de sociedades machistas y patriarcales, se estableció la obligatoriedad del hiyab, como una prenda que indica la modestia y sumisión de la mujer. Muchas han sido las mujeres que desde entonces se han rebelado contra esta imposición, reivindicando su libertad, desde su condición de mujeres musulmanas, mucho antes de que en occidente oyésemos hablar de feminismo.

Sin embargo, de esta deriva histórica no se puede inferir que el uso del hiyab sea necesariamente discriminatorio. En la actualidad, si nos remitimos a las prácticas culturales, nos vemos abocados a la pluralidad de las mismas. Existen mujeres que usan hiyab por creer que se trata de un requisito de su religión, o por afirmar la tradición, o como signo de su espiritualidad, o por imposición de sus familias, o como signo de su pertenencia a una comunidad, o simplemente por coquetería. O por otra cosa, o por todo ello al mismo tiempo.

Con la llegada de la colonización, en determinados contextos el hiyab pasó a tener un significado político. Los franceses organizaron quemas públicas de velos en Argelia, convertido en un signo de resistencia anti-imperialista. Ante las prohibiciones realizadas por tiranos pro-occidentales como el Shah de Persia, hubo una reacción pro-hiyab, vinculada a la defensa de las propias tradiciones. Actualmente, las teocracias iraní y saudí imponen códigos de vestimenta que coartan la libertad y el derecho de las mujeres a su propia imagen, lo cual ha venido a reforzar los estereotipos sobre el tema.

Por si fuera poco, existe una tendencia llamada ‘hiyab fashion’, arraigada entre la alta burguesía de Oriente Medio, con sus desfiles de modelos, con toda la parafernalia que envuelve a un producto de consumo. En este caso sí podrías considerarse como discriminatorio, tanto como pueda serlo un pañuelo de Hermes.

El significado del hiyab varía según las circunstancias, lugares y personas. Es por tanto algo subjetivo. Existen mujeres de zonas rurales del Magreb que lo usan por costumbre, con una dignidad envidiable. Pero también existen brillantes intelectuales musulmanas con hiyab, con un discurso antipatriarcal que haría palidecer a nuestras feministas oficiales. Como anécdota curiosa, durante el II Congreso Internacional de Feminismo Islámico, la líder de una organización británica de musulmanas lesbianas me presentó a su novia: una chica indonesia con hiyab. ¿También el hiyab que llevaba esta mujer es un símbolo de la opresión machista?

La conclusión es evidente: el uso del hiyab no es necesariamente una práctica discriminatoria. Y esto es algo evidente para cualquiera que esté dispuesto a superar el racismo en el cual los europeos somos educados. Lástima que numerosos políticos y creadores de opinión prefieran aferrarse a sus pre-juicios, que los conducen a una actitud de arrogante superioridad frente a las ‘culturas inferiores’. Una postura que va contra las libertades individuales, favorece el avance de la extrema derecha y refuerza a aquellos sectores dentro de las comunidades musulmanas que aconsejan a los musulmanes el no mezclarse con una sociedad que los rechaza. Entramos así en un círculo vicioso, tendente a provocar una fractura en el seno de nuestra sociedad. Esta es en el fondo el discurso contra el hiyab: el linchamiento de las minorías como estrategia política. ¡Una fiesta para Le Pen!

NOTAS:

Artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos:

Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.

Artículo 10 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea:

Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Este derecho implica la libertad de cambiar de religión o de convicciones, así como la libertad de manifestar su religión o sus convicciones individual o colectivamente, en público o en privado, a través del culto, la enseñanza, las prácticas y la obser vancia de los ritos.

Artículo 14 de la Convención sobre los Derechos del Niño:

1. Los Estados Partes respetarán el derecho del niño a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión.
2. Los Estados Partes respetarán los derechos y deberes de los padres y, en su caso, de los representantes legales, de guiar al niño en el ejercicio de su derecho de modo conforme a la evolución de sus facultades.
3. La libertad de profesar la propia religión o las propias creencias estará sujeta únicamente a las limitaciones prescritas por la ley que sean necesarias para proteger la seguridad, el orden, la moral o la salud públicos o los derechos y libertades fundamentales de los demás.

Artículo 5 de la Declaración Universal de la UNESCO sobre la diversidad cultural:

Los derechos culturales son parte integrante de los derechos humanos, que son universales, indisociables e interdependientes. El desarrollo de una diversidad creativa exige la plena realización de los derechos culturales, tal como los definen el Artículo 27 de la Declaración Universal de Derechos Humanos y los Artículos 13 y 15 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Toda persona debe tener la posibilidad de expresarse, crear y difundir sus obras en la lengua que desee y en particular en su lengua materna; toda persona tiene derecho a una educación y una formación de calidad que respeten plenamente su identidad cultural; toda persona debe tener la posibilidad de participar en la vida cultural que elija y conformarse a las prácticas de su propia cultura, dentro de los límites que impone el respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales.