Al-lâh en el Corán

Al-lâh es el Creador y el Soberano de cuanto hay en los cielos y en la tierra, el Sustentador de todos los Mundos, sentado en un Trono de magnificencia que reposa sobre las aguas. Ha creado el mundo en seis eras y tiene poder de crear cualquier cosa. No puede ser reducido a un parámetro humano de racionalidad y puede crear cosas que están más allá de la capacidad del entendimiento humano. Ha creado al ser humano de arcilla, le ha enseñado lo que no sabía y le ha dado la elocuencia. Ha creado a Satán, a los genios y a todas las criaturas de lo visible y lo invisible, criaturas que le están sometidas y cumplen fielmente su Mandato. Ha elevado el cielo y ha formado la tierra, en la que ha puesto montañas, frutas y palmeras, cereales de vaina y plantas. Ha dejado que fluyan los dos mares, que se encuentran sin mezclarse. Todo en la Creación revela a Al-lâh, si miramos con atención, con el ojo del corazón:

Mires a donde mires, ahí está la Faz de Al-lâh.
(Corán 2: 115)

Al-lâh es Uno y Único, no ha engendrado ni ha sido engendrado, no tiene hijos ni es miembro de ninguna trinidad, y ninguna criatura participa de su divinidad. Al-lâh ha hecho descender el Corán para hacer feliz al ser humano, se revela a través de las Escrituras entregadas a todos los profetas y también a través de los signos de la Naturaleza. Está más allá de toda definición, es inalcanzable para las criaturas y no puede ser asociado a nada. Al-lâh tiene ego: dice “Yo”. Tiene alma o hálito: el Corán habla de la nafs de Al-lâh. Al-lâh hace la salat (oración ritual) y tiene manos y rostro, sea esto lo que sea. Pero no es un Dios personal: Él es la Realidad, la Paz, la Justicia, la Luz de los cielos y la tierra. Las categorías “personal” e “impersonal” (y por tanto la dualidad monoteismo-panteismo) quedan trascendidas en Al-lâh. Al-lâh está a la vez en todas partes y en ninguna.

Al-lâh es Uno y Único, pero no es una persona: su Unidad no es numérica. Está siempre presente en todos los lugares, está más cerca de todo ser humano que su propia vena yugular, conoce nuestros secretos y está presente en las conversaciones, todo lo ve y todo lo oye, y tiene conocimiento de todas las cosas. Es el dueño del Decreto, guía hacia su Luz a quien Él quiere, y a quien Él quiere lo deja en las Tinieblas. Él/Ella/Ello es quien causa el llanto y la risa, da la vida y da la muerte, y tanto el bien como el mal proceden de Al-lâh. El es el propietario de todo, el único Soberano al cual las criaturas deben obediencia. Es el mejor de los jueces, es Generoso y Paciente, ama a los que siguen al profeta Muhámmad, paz y bendiciones, es amigo de los que se confían a Él, está con los perseguidos y con los que sufren, es severo al castigar, y resucitará a los muertos tras el Día del Juicio…

¿Por qué Al-lâh?

Podemos situarnos en el mundo como mundo revelado, entender el universo como significante y establecer una conexión cósmica (o cómica) con el Todo sin necesidad de “creer en Dios”, y de hecho así lo hacemos: un Dios en el cual se puede creer o no creer no tiene nada que ver con el principio creador al que llamamos al-Haqq, la Realidad. ¿Por qué Al-lâh? Hablamos de la Nada o del Origen, de la Realidad Única y del Creador de los cielos y la tierra, pero ninguna de estas expresiones nos conmueve. No podemos seguir avanzando por este camino de tedio. Es necesario nombrar y vivenciar esa Realidad como un/a Amado/a, sentirla como una entidad con la cual comunicarse, que nos está otorgando su fuerza y sus sustento, y nos esta acunando como una madre infinitamente nutriente y generosa.

Al-lâhu akbar, Dios es más grande: la grandeza de Al-lâh supera todas las imágenes, pensamientos o percepciones que tengamos de Él-Ella-Ello. Al-lâh está por encima de lo que se le atribuye, y no hay discurso humano que pueda definirLo.Al-lâhu akbar: esta fórmula se llama takbir y alude a la fuerza potencial, capaz de todo y exclusiva de Al-lâh. La pronunciación del takbir se produce ante lo que nos sobrepasa, y donde percibimos la Presencia de Al-lâh, como algo que nos desborda y pone en evidencia nuestra pequeñez y contingencia. Expresa la superación de la idolatría, de nuestro apego a lo creado. Al-lâh está más allá de todo lo aparente, es más Grande, Poderoso, Justo, Sabio, Bello, etc., que nada visible, concebible o imaginable. En la medida en que encontramos algo concreto y lo identificamos con Al-lâh, éste deja de ser automáticamente “más grande” que lo que podamos concebir, y por ello debemos descartarlo, destruirlo como una imagen proyectada por el ego. El ser humano sometido a la Realidad no se queda en la maravilla de las cosas ni de las ideas, se abisma en el origen de todo lo creado y renuncia a las referencias controlables como meta. Verdaderamente, no puede haber algo más grande que “lo más grande”. Sólo a esa Inmensidad estamos sometidos.

Pero el takbir no significa la sumisión a un Dios únicamente trascendente. La imposibilidad de atrapar a Al-lâh quiere decir que no puede ser limitado a criterios y categorías meramente humanos, quiere decir también que trasciende todo dualismo, para aparecer como fuente de vida en la conciencia, en el amanecer que siempre nos propone. El takbir no indica trascendencia, sino también trascendencia de la trascendencia, e incluso trascendencia de la trascendencia de la trascendencia… y así hasta el infinito agotamiento del cogito humano. Lo mismo lo aplicamos a la inmanencia: Al-lâh es inmanente, pero está más allá de todas las cosas, siendo este más allá algo inmanente a lo creado, una coseidad más profunda que las apariencias, una materialidad más material aún que la materia. Al-lâh es inmanente a lo inmanente, lo ente de lo ente.

Al-lâh. Este es el Nombre más hermoso dado a lo sin nombre, a la unidad sin fin de la materia, de todas las realidades irreales e irrealidades reales, a lo que está más allá de todo entendimiento, de toda posibilidad de ser definido, cerrado y enterrado en el discurso humano. Al-lâh es un Nombre revelado, una sonoridad que despierta una reminiscencia, un sonido de las profundidades, del origen autónomo del mundo, y de los universos y la nada. Al-lâh es lo real, pero no únicamente. Al-lâh es insondable, pero no únicamente. Al-lâh en lo inmediato como en la lejanía, es Él que da y Él que quita, Dador de la vida y de la muerte, Quien se muestra y se sustrae a toda codificación, a toda determinación, a toda medición humana… pero puede ser nombrado, puede ser invocado, puede ser amado, es objeto de nuestra orientación, de aspiración y de recuerdo, de búsqueda incesante.

Al-lâh es un Nombre que nos libra de perseguir quimeras, de ir tras lo mundano. Nos libra de toda tiranía y nos convierte en puros recipientes de Su propia rahma en expansión. Nos da un horizonte de búsqueda que no puede pararse en lo posible, una dimensión desconocida pero realizable, incapturable por la mente, pero verificable en la presencia. Al-lâh mo es el fundamento de ninguna moral, sino la garantía de una donación incesante, de la supremacía de lo creativo sobre lo destructivo, un potencial creador que nos arrastra. Al-lâh no es el justificante de las religiones, no está en las religiones. Tal y como se nos revela en el Corán, Al-lâh es aquello que se nos revela. Tautología que preserva la renovación incesante de la revelación, el rechazo a su reducción dogmática. Al-lâh se relaciona con los seres humanos a través de la visión, del intelecto y del deseo, un deseo que no niega el intelecto, una intelección que no niega la visión, que hace del deseo un signo, proyecta lo material en lo divino, relación pasional y llena de promesas, el amor en su estado pletórico responde a una necesidad de cosmos en lo humano. No a la teología, no al control de un sentido aún no revelado. No a la anticipación a lo cualsea. Atónito ante el trueno, el corazón responde de lo que ve, sumisamente acata cuanto llega desde el fondo impensado de lo mismo.

Al-lâh nos abre a la promesa de Su Jardín como una realidad en la conciencia, una presencia que acaricia todos los instantes, impregnando la cotidianidad de cielo. Al-lâh es Uno, pero no únicamente: se trata de un Uno no numérico, que no limita con el dos sino lo abarca, que no limita con el tres sino que lo comprende. Se trata de un Uno que es cuatro y más de cuatro: se trata de un Uno capaz de desplegarse, capaz de sumarse eternamente a si mismo sin dejar por ello de ser Uno. Él es el anudarse de las cosas, la existencia en sus múltiples facetas, un abismo, una cumbre, la plenitud y lo vacío, la resonancia del origen en nuestro corazón aniquilado, lo que se muestra a la sinceridad del siervo, y se oculta a quien lo fija, al que trata de dominarlo, de encerrarlo en unos límites precisos.

Él está en todo, pero en el mismo momento en que señalas un objeto, una religión o una doctrina diciendo: “allí está Al-lâh”, Al-lâh desaparece de ese objeto, de esa religión, de esa doctrina, y te deja postrado, burlado en tu estúpido intento de atraparlo. Si decís que “Al-lâh es la Realidad”, Él se escapará para estallar contra el discurso, dejará de hacerse evidente a vuestro corazón y os vendrá a buscar desde la sombra de los sueños, desde el silencio de la luz oscura. Os daréis cuenta entonces de que la palabra “realidad” no dice nada, es tan sólo un reflejo de vuestras fantasías, hasta que retorne como Amado. Si decís que Al-lâh es la Conciencia, Él se sumergirá en la vida, quedará inalcanzable al puro estar del hombre dormido en el sueño de su respiración acompasada: desaparecerá de la conciencia, hasta que retorne como Amado. Si decís que Él es únicamente Uno, separado del mundo, completamente trascendente, os mostrará que la dualidad invade vuestra vida, pues si Él es diferente de lo dado, ya somos más de dos en este juego. No digáis que Él está en las cosas, porque se oculta hasta del mismísimo latido de la ola, y permanece por siempre incomparable. Pero tampoco digáis que Él es espíritu, porque es en la inmanencia de las cosas donde amanece el canto de la entrega. Si creéis que Él es invisible os volverá invisible lo visible, vaciará vuestra mirada de ternura, y no habitará vuestros hogares. Dejará de aparecer aquí y ahora para volver como horizonte inmediato al cabo de los años, con la tristeza de la muerte… ¡Compáralo con todo, con todas las criaturas, con todo lo que viene a tu cabeza! Así destacará Su dimensión eterna, Su verdadera forma sin forma, substancia sin substancia. Podrás verificar que toda comparación se queda en nada, que se deshacen las palabras y las imágenes en tedio. Podrás verificar la verdad de la Vía, del más allá del Nombre. Todo es Él pero nada es Al-lâh, todo lo nombra, proclama Su Nombre y canta Su alabanza, pero nada es capaz de decir nada sobre Él: es Al-lâh quien dice a través de las cosas un sentido, un resplandor de permanencia y una Vía, Él es quien nos conduce a través de lo aparente luminoso, al corazón de la piedra y a escuchar el adzan de lo increado. Él es quien dice en el instante a través de las cosas, y en Su Decir te desintegra, te convierte en acción germinativa, en puro dar y acontecer donando a los instantes su dimensión de eternidad ahora, una capacidad de abrirse, crecer y florecer al ritmo de la postración universal.

Al-lâh es Majestuoso; Antiguo; Omnisapiente; Afable; Sabio; Generoso. Él es Quien responde a las súplicas; el Dueño de las buenas acciones; el Perdonador de los errores; el Conocedor de las cosas ocultas; el Dispensador de los obsequios; Quien sustenta a la humanidad; Quien satisface los anhelos; Quien escucha los lamentos; el Mejor de los auxiliadores. Al-lâh es Aquel a quien pertenecen la majestad y la belleza; el Originador de las cargadas nubes; Quien es inflexible al devastar; Quien es rápido en el cómputo; Quien es severo en el castigo; Quien brinda la mejor recompensa; Quien posee la matriz del Libro. Al-lâh pone a prueba a los humanos, a través de la riqueza y la pobreza; es Protección ante la dificultad; Esperanza ante la desgracia; Acompañante en la soledad; Compañero en la lejanía; Auxiliador en la aflicción; Guía en el desconcierto; Riqueza en la pobreza; Refugio en el apremio.

Al-lâh es Quien cambia los corazones; Quien ilumina los corazones; Quien intima con los corazones. Al-lâh es el Señor de todas las cosas; el Hacedor de todas las cosas; es Anterior a todas las cosas; es Posterior a todas las cosas; es Conocedor de todas las cosas; es Poderoso sobre todas las cosas; es Aquel que facilita las cosas; Aquel que posibilita; Aquel que engalana y que anuncia y que separa; Aquel cuya Misericordia abarca todas las cosas; Aquel cuya Misericordia precede a Su castigo. Al-lâh es Aquel cuyos signos están en los horizontes; Aquel en cuyas pruebas se hallan Sus signos; Aquel cuya advertencia está en las tumbas; Aquel cuyo reino se hará manifiesto en la Resurrección; Aquel cuya recompensa se brindará en el paraíso; Aquel cuyo castigo se impartirá en el fuego.

Al-lâh es la Alegría de los gnósticos; la Esperanza de los apasionados; el Amante de los enamorados; la Compañía de los adoradores; el Amigo de los arrepentidos; el Sustentador de los desprovistos; la Esperanza de los transgresores; la Luz de los ojos de los adoradores; Quien da alegría a los entristecidos; el Señor de los primeros y de los últimos.

Al-lâh es el Sí latente en toda cosa, el Sí del No y el mundo destruido, reconstruido en el mismo momento de su muerte. Es un camino sin camino, un camino de luz y una morada para los que se vinculan al asombro, para los que viven postrados, para aquellos que se abren a los Signos, a aquello que las órdenes angélicas designan. Al-lâh es el No del sí del hombre, su límite increado, su desaparecer en el instante de la muerte, el No absoluto a las pretensiones de inmortalidad del ego, de permanencia más allá de lo asignado, de los límites vitales, de la inclemencia del camino. Al-lâh es el vínculo de todo consigo mismo, con su propia potencia milenaria, es el anudamiento que no cede, que permanece siempre abierto, al margen de cualquier doctrina o tentación identitaria. Él tiene Manos y Rostro, tiene Ego y se viste de poema para sentarse sobre el Trono. Él es el Rey, el Señor de los Mundos, de todas las creencias y miradas. Al-lâh pasa Su mano sobre el mundo, con una suavidad de viento que congrega. Tiene orejas y ojos, dos ojos con que mira a cada criatura al mismo tiempo. Su mirada es una noche oscura, antimateria y perfección sellada, conciliación del día con la noche.

Él es el Receptor, el que habrá de acogernos si nos sumergimos en la recitación de Sus más Bellos Nombres, el que habrá de recibirnos si caemos en la pura presencia del recuerdo para nacer al tacto de la entrega. La hendidura de la lluvia en la tierra germinada, la espesura del bosque y el incendio del sol y las salinas, el desmoronamiento de los sueños, es el acabamiento, el reposo en la muerte de las ficciones y latidos del barro que nos forma. Él es el Subsistente, que siempre responde a tu llamado, que destruye la muerte y te ha creado no de la nada sino de la materia luminosa que se asienta en el Mar de la Misericordia, como extensión vital de Su Belleza. La percepción, la fuente, la constancia, el tacto y el olor más embriagante, amanecer y estar, tocar el mundo como la pura iridiscencia de Su Fuerza creadora, en todos los planetas y las plantas, en todos los sabores y sonidos. La pura eternidad del Nombre permanece activa entre los labios del que asume la servidumbre y la respira. ¡Recita Su Nombre! Desea que descienda como Amado.

En el Nombre de Al-lâh, el Matricial, el Matriciante:

Di: “Él es Al-lâh Único:
“Al-lâh, el Eterno, la Causa Primera de Todo Cuanto Existe”
“No engendra, ni ha sido engendrado;
“y nada hay que pueda ser comparado con Él.

(Corán 112)

Al-lâh –no hay deidad sino Él, el Viviente, el Subsistente.
Ni la somnolencia ni el sueño se apoderan de Él.
Suyo es cuanto hay en los cielos y cuanto hay en la tierra.
¿Quien puede interceder ante Él, si no es con Su permiso?
Conoce lo manifiesto ante los hombres y lo que les está oculto,
mientras que ellos no abarcan de Su conocimiento
excepto lo que Él quiere [que abarquen].
Su trono se extiende sobre los cielos y sobre la tierra,
y el mantenimiento de estos no le fatiga.
Y Él es el altísimo, el grandioso.

(Corán 2: 255)

¡Oh hombre!
No hemos hecho descender este Corán sobre ti para hacerte desgraciado,
sino como exhortación para todos los que tiene conciencia [de Al-lâh]:
una revelación de Aquel que ha creado los cielos y la tierra –
el Más Misericordioso, asentado sobre el trono de Su omnipotencia.
De Él es cuanto hay en los cielos y cuanto hay en la tierra,
y también cuanto hay entre ambos y cuanto hay bajo la tierra.
Y si dices algo en voz alta, [Él lo oye –]
pues, ciertamente, conoce los secretos
y también cuanto es aún más recóndito.
¡ Al-lâh –no hay deidad sino Él;
Suyos son los más Bellos Nombres!

(Corán 20: 1-8)

Él es Al-lâh, aparte del cual no existe deidad:
Aquel que conoce lo oculto y lo aparente.
Él es el Más Misericordioso, el Dispensador de Gracia.
Él es Al-lâh, aparte del cual no existe deidad:
¡el Soberano, el Santo, la Paz,
el Dador de Fe, Aquel que determina qué es verdadero o falso,
el Todopoderoso, Aquel que sojuzga el mal y restaura el bien,
Aquel a quien pertenece toda grandeza!
¡Absolutamente distante esta Él, en Su infinita gloria,
de todo a lo que los hombres atribuyen parte en Su divinidad!
¡Él es Al-lâh, el Creador, el Hacedor que modela todas las formas y apariencias!
¡Suyos son los Más Bellos Nombres!
¡Todo cuanto hay en los cielos y en la tierra proclama Su infinita gloria:
pues sólo Él es Todopoderoso, el Sabio!

(Corán 59: 22-24)

Al-lâh es quien ha hecho para vosotros la noche,
para que descanséis en ella, y el día, para haceros ver.
Ciertamente, Al-lâh es en verdad sumamente generoso con el hombre
–pero la mayoría de los hombres son ingratos.
Ese es Al-lâh, vuestro Sustentador, el Creador de todo cuanto existe:
no hay mas deidad que Él.
¡Qué deformadas están vuestras mentes!
[Pues] así es: deformadas están las mentes
de los que rechazan los mensajes de Al-lâh.
Al-lâh es quien ha hecho de la tierra un lugar de descanso para vosotros
y el cielo como bóveda, y os ha formado –y ha perfeccionado vuestra forma
–y os da sustento de las cosas buenas de la vida.
Ese es Al-lâh, vuestro Sustentador:
¡bendito es Al-lâh, el Sustentador de todos los mundos!
Él es el Viviente; no hay más deidad que Él:
invocadle, pues [a Él solo], sinceros en vuestra fe en Él.
¡La alabanza es debida por entero a Al-lâh,
el Sustentador de todos los mundos!
Di: “¡Se me prohíbe adorar a esos seres a los que invocáis en vez de Al-lâh,
por haberme llegado de mi Sustentador las pruebas claras de la verdad;
y se me ordena someterme al Sustentador de todos los mundos!”
Él es quien os crea de tierra, luego de una gota de esperma,
luego de una célula germen; y luego os hace salir como niños;
y luego [ordena] que alcancéis la madurez, y luego que lleguéis a la vejez
–aunque [hace que] algunos de vosotros mueran antes–:
y [Él ordena todo esto] para que alcancéis un plazo fijado
y para que [aprendáis a] usar vuestra razón.
Él es quien da la vida y da la muerte;
y cuando dispone la existencia de algo, le dice tan sólo: “Sé” –y es.

(Corán 40: 61-68)

¡Todo cuanto hay en los cielos y en la tierra
proclama la infinita gloria de Al-lâh:
pues sólo Él es todopoderoso, realmente sabio!
Suyo es el dominio sobre los cielos y la tierra;
da la vida y da la muerte; y tiene poder para disponer cualquier cosa.
Él es el Primero y el Último, el Manifiesto y el Oculto:
y tiene pleno conocimiento de todo.
Él es quien ha creado los cielos y la tierra en seis eras,
y está asentado sobre el trono de Su omnipotencia.
Conoce todo lo que penetra en la tierra, y todo lo que sale de ella,
así como todo lo que desciende del cielo, y todo lo que asciende a él.
Y está con vosotros dondequiera que estéis;
y Al-lâh ve todo lo que hacéis.
Suyo es el dominio sobre los cielos y la tierra;
y todas las cosas retornan a Al-lâh.
Alarga la noche acortando el día,
y alarga el día acortando la noche;
y tiene pleno conocimiento de lo que hay en los corazones.

(Corán 57: 1-6)

Al-lâh es la Luz de los cielos y de la tierra.
La parábola de luz es una hornacina que contiene una lámpara;
la lámpara está dentro de un cristal,
el cristal [brilla] como una estrella radiante.
Se enciende gracias a un árbol bendito
–un olivo que no es de Oriente ni de Occidente –
cuyo aceite casi alumbra [por sí solo]
aunque no haya sido tocado por el fuego:
¡luz sobre luz!
Al-lâh guía hacia Su luz a quien quiere.
Al-lâh plantea parábolas a los hombres,
y Él es el Conocedor de todas las cosas.

(Corán 24: 35)

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