El Corán, aquí y ahora

Recibir el Corán

El Corán nos inserta en un universo donde todo significa, en la medida en que revela a Al-lâh, la Unidad que está en el origen de lo múltiple. Todo es signo de Al-lâh, y a través de todo lo creado Al-lâh se nos revela. Por ello la situación del hombre sobre la tierra es hermenéutica. Conocernos a nosotros mismos pasa por interpretar los signos de la Creación, pasa por compasionarnos con todo lo creado, por sentir el simpathos divino. Y, como dice el hadiz qudsi: “quien se conoce a si mismo, conoce a su Señor”. Conocerse, conocer la naturaleza y conocer a Al-lâh son partes del mismo proceso de desvelamiento, del mismo ascenso desde el estado de dispersión al estado de conciencia y compromiso con Dios/a y con el mundo. A este proceso lo llamamos apertura del corazón, hacia Al-lâh y hacia el resto de la creación. El ser humano debe hacerse transparente, pulir su corazón para poder reflejar/recibir la Palabra revelada, si Al-lâh quiere.

Existe un hadiz qudsi, en el cual Al-lâh habla de si mismo en primera persona: “No me abarcan ni los cielos ni la tierra, pero me abarca el corazón del que se confía a mí”. Este hadiz resume perfectamente la paradoja de una Realidad inabarcable y sin embargo en una relación íntima e inmediata con las criaturas, situando el corazón (qalb) como órgano de comprensión por excelencia. En el Corán (y en la lengua árabe), el corazón (qalb) es el centro (qalb) del ser humano. La trilítera q-l-b relaciona el corazón-centro con las palabras cisterna (qalîb), pozo (qulîb), cambio perpetuo, acción de volverse, volcar (qalaba), vuelco (qalbatun), transformación, reverso, imágenes invertidas (como en un espejo: taqallub), palmito (qulb). Dice Imâm Abû Hâmid al-Gazâli:

“El corazón es lo que Al-lâh acepta cuando está libre de lo que no es Al-lâh, y es lo ciego en el hombre cuando se sumerge en lo que no es Al-lâh. Es lo buscado por Al-lâh en el hombre, a lo que Él se dirige, con lo que Él entra en una relación de confidencia. El corazón humano es lo que se desborda de gozo cuando conquista ese saber, y es lo que se sume en la frustración cuando ese saber se le escapa.”

Lo que no puede ser percibido de un modo completo por la mente, que trabaja a base de categorías y polaridades, puede ser captado de un modo inmediato por el corazón cambiante y fluctuante, uniendo en el latido sístole y diástole. Pero se trata de una comprensión no discursiva, y que por tanto no puede abandonar el ámbito de la relación directa y “personal” entre el Creador y la criatura. No es pues una cuestión de buenas o malas interpretaciones. No existe un sentido objetivo del Corán, pues el propio amor (la propia relación) es el sentido.

Entramos en el Universo de los signos, donde todo manifiesta a Al-lâh y es susceptible de despertar en nosotros el sentido. La revelación no se reduce a los Libros revelados, sino que se extiende a todo lo creado. La Creación no es sino una forma de la Revelación, y viceversa. En el Universo de Al-lâh, Sustentador de todos los mundos, todo está conectado. Todo puede ser revelación, en el sentido en que A-lâh puede revelarse a través de todo. Pero no todo es, estrictamente hablando, revelación. El hombre es ciego y sordo, no es capaz de recibir el Mensaje que Al-lâh le envía mendiante signos naturales. Olvida su origen increado, y se dispone a vivir en el mundo sin conciencia: se hace cruel, egoísta, insolidario. Por ello han sido necesarios los Rasul Al-lâh, los mensajeros de Al-lâh, quienes trajeron una Risala, un mensaje en forma de palabra. Los mensajeros de Al-lâh nos recuerdan que todos somos uno, nos traen una guía que nos permite vivir como seres humanos conscientes del vínculo interior que nos une con la Realidad única, el mundo compartido. La revelación se traslada del signo natural al signo lingüístico, pero sin anular el signo natural como quintaesencia de lo revelado.

La cuestión del árabe

En numerosas ocasiones nos hemos remitido a palabras árabes para interpretar algunos pasajes del Corán. Recomendaremos la recitación del Corán en árabe como experiencia gustativa (dzawq), modo de entrañamiento del Corán más allá de la referencia a una doctrina, pero también como modo de acceder a la Palabra de Al-lâh, más allá del Corán como texto escrito fijado desde el poder político. Recurrimos al original árabe para destacar significados anulados en las traducciones castellanas habituales, poniendo de manifiesto la polisemia y los juegos de cadencias, las aliteraciones y relaciones que se establecen entre algunos signos del Corán.

Sin embargo, debemos estar prevenidos sobre la idolatría de la lengua árabe, considerada como único vehículo de expresión posible del mensaje del Corán. El árabe (considerado como “idioma del islam”) puede ser el instrumento de una ideología: la identificación entre lo árabe y lo islámico, donde “lo árabe” es definido con unos caracteres inamovibles. Con ello, se ha encontrado un método de control en una religión que se presumía abierta. Confundir un elemento cultural o racial (histórico) con principios eternos, es el tipo de operación está en la base de cualquier ideología reaccionaria. Este intento ha sido capitaneado por Arabia Saudí a lo largo del siglo XX: divulgar una versión árabo-primitiva del islam, bajo el argumento del “retorno a la pureza”. Se trata de un nuevo arcaísmo, un arcaísmo moderno, inventado a partir de lo que se desea que hubiese sido el supuesto arcaísmo de Muhámmad (paz y bendiciones). No importa que nada tenga que ver con el islam ni con la Sunna, lo que importa es que es “puramente árabe” y, por tanto, auténtico. En este discurso, como en tantos otros, coinciden los arabistas y aquellos que dominan la enseñanza del árabe y los centros de saber, que pretenden monopolizar el islam, desarticularlo como fuerza planetaria.

Con esto, se quiere poner en una situación secundaria a los no-árabes, hacerlos dependientes de unos centros de saber y de unas fuentes a las que no tiene acceso. Dado que la revelación es central en el islam, se supone que todo aquel que se reconoce musulmán debe aprender árabe o estará en una situación deficitaria para entender el Corán. Si aceptamos esto, debemos admitir que todo lo que los musulmanes han escrito en otros idiomas (cientos de idiomas) quedará como “literatura secundaria”, al margen de la calidad o de la profundidad de las obras en si mismas. Para comprender el islam ya no es posible recurrir a lo que digan o sientan los musulmanes de Malasia, de Nigeria o de Noruega. Estos quedan como una periferia en torno al “núcleo de autenticidad” que lo árabe representa, bien resguardado por los nómadas de Arabia. Unos nómadas que hoy en día compiten en la construcción de grandes edificios.


Sin embargo, ¿qué pasa con los millones de iraníes, o de indonesios, o de senegaleses, qué nunca han hablado árabe, y que sólo conocen el Corán en sus idiomas? ¿Qué pasa con los turcos? No olvidemos que el turco fue el idioma oficial (el idioma de la administración) del califato Otomano. Actualmente, se calcula que apenas el 15 % de los musulmanes son árabes, y de ellos la mayoría no domina la lengua del Corán. Los que conocen a fondo el árabe coránico son pocos, y en ningún caso podemos asegurar que el sentido de las palabras haya permanecido inalterable.


Interpretaciones


Hablamos de “interpretaciones”, una mirada subjetiva y por tanto limitada sobre la Palabra de Al-lâh. Se citan fragmentos del Corán y se realiza un intento de comprensión, se apunta hacia el sentido que dichas palabras puedan tener para nosotros. Pero nosotros no reivindicamos como un derecho la libertad de interpretar el Corán. Somos conscientes de que las interpretaciones personales pueden ser un velo que nuestro ego tiende sobre la palabra revelada. Por ello consideramos como un ideal la no-interpretación, como posibilidad de escapar de la reducción del Corán a un texto fijo y puesto al servicio de nuestros intereses. No interpretar significaría la posibilidad de recibir directamente el signo, prestarse a una donación de sentido sin intervención alguna por parte del sujeto.

Y sin embargo, esta no es la propuesta del Corán. El Corán nos dice que ninguna interpretación humana es la Verdad, pero eso no quiere decir que una lectura del Corán no pueda ser auténtica, en la medida en que se ha realizado desde el sometimiento consciente a la Verdad. Someterse a una Verdad inasible significa no pretender encerrar esa Verdad en un discurso humano. Significa renunciar a todo dogma, a la fijación de la Verdad en una fórmula. El dogma es asociar a Al-lâh nuestras interpretaciones, pretendiendo que son una mera traslación objetiva de un sentido unívoco del texto. Pero someterse a una Verdad inasible solo puede consistir en abrirse, más allá del sujeto y del objeto, a lo desconocido: preservar el no saber. Lo cual implica evitar (incluso combatir) las pretensiones de absoluto del saber.

El Saber de Al-lâh es la mentira de las pretensiones del saber humano, es el desenmascaramiento del saber como regla, de la ley, de la moral… El Corán, entendido como revelación, y no meramente como un texto fijado por escribas, anula la pretensión de moralidad de la norma humana e instaura una ética basada en la simpatía universal, la compasión o pasión compartida entre el Creador y las criaturas. Dice el Corán que Al-lâh se ha impuesto a si mismo la rahma como norma, y esta es la clave de comprensión que nos anima. Pero también nos enseña que el sentido del Corán puede ser realizado por aquel que se somete a él. Realizar el sentido del Corán pasa por la obediencia a Al-lâh, que implica no-obediencia a nada más que a Al-lâh, principio de anarquía.

Ambas premisas parecen contradictorias: la primera relativiza la participación del ser humano en tanto que sujeto separado, la segunda sitúa en el centro la agencia humana en relación a la Palabra revelada. Pero ambas premisas dejan de ser contradictorias desde la separación de recepción e interpretación. Interpretar es deducir mediante el pensamiento lo que Al-lâh nos dice, volcarlo en un saber y ponerlo a la disposición del hombre. Por recepción entendemos el dejarse activar por la Palabra. Recibir el Corán es relacionarse con Al-lâh, ser su califa y confidente. El Corán es realizado por quien osa hacer de su interpretación una no-interpretación, acatar el Corán sin extraer de él dogmas y doctrinas. En este caso somos activos, los agentes que vivencian la revelación, y no nos limitamos a utilizarla para un fin inconfesable. Pero somos activos tan solo en la medida en que somos pasivos como sujeto que interpreta, nos entregamos y nos dejamos activar por Al-lâh.

En este punto hay que ser consciente de que la no-interpretación es imposible. El ego se proyecta sobre el texto, desde unas coordenadas espacio-temporales, desde una problemática concreta, no necesariamente para confirmarse en sus pequeñas miserias y saberes, sino para abrirse y superarse, supeditando lo sabido a un Saber que siempre lo rebasa. Por todo ello, antes que de interpretaciones preferimos hablar de vivencias coránicas: todo lo que este libro contiene se relaciona con una experiencia del Corán, y no con un deseo de encontrar un hipotético sentido objetivo a los versículos coránicos. Un sentido que sabemos corresponde exclusivamente a Al-lâh, Quien nunca es objetivo, en la medida en que no puede ser objetivado. Nosotros solo podemos alcanzar a experimentar aquello que Al-lâh nos comunica, que no es sino una parte minúscula de su Sabiduría. Pero es justamente esa parte la que nos estaba destinada.

Experiencias

Las pretensiones de objetividad de algunas lecturas del Corán nos sobrecogen: ¿cómo puede pretenderse fijar el sentido objetivo de lo que se presenta como un océano infinito? Defender que el saber es objetivo (realismo absoluto) resulta candoroso, y conduce a cerrar los ojos sobre su uso. Esto no quiere decir que no se pueda alcanzar un cierto grado de objetividad, a partir de un trabajo filológico y arqueológico preciso. Pero debemos ser conscientes de que todo pensamiento surge vinculado a un determinado mandato social, que puede degenerar en un mandato de poder. “El poder produce saber”, dijo Foucault. Esto es aplicable a gran parte de los tafsires del Corán que hemos heredado, y aún más a gran parte del “saber religioso” producido en los países mal llamados musulmanes. Si un tafsir ha llegado hasta nosotros como parte de un determinado canon no es necesariamente por sus excelencias, sino porque ha sido aceptado por los elaboradores de dicho canon. Miramos pues con sospecha al cierra canónico realizado en el periodo clásico, bajo un concepto autoritario del saber. La pretensión de que en los comentarios clásicos podemos encontrar “la interpretación correcta” del Corán nos hace sonreír. Cuando el Corán desciende, todas las interpretaciones se muestran como motas de polvo o espejismo, un quehacer ridículo y humano.

Frente a las lecturas del Corán realizadas desde el poder, la nuestra es un acercamiento realizado por un musulmán cualquiera que vive en occidente, abierto a la palabra revelada, aquí y ahora. Nos orientamos a aquellos aspectos del Corán que han quedado relegados a un segundo plano dentro de una tradición jurídica o política, incluso por parte de aquella tradición teológica que pretendió domesticar el Corán y hacerlo comprensible a la masa de los musulmanes. El Corán no es un libro de leyes, no es un catecismo, no nos interesa como libro de doctrina. Pretender que el Corán tenga respuestas para todo es ilusorio. No hallamos en el Corán un manual de respuestas a preguntas ya sabidas.

El Corán es en primer lugar la conmoción vivida por Sidna Muhámmad, una vibración de luz capaz de traspasar la densidad de las edades. Numerosos pasajes del Corán dan cuenta de la relación íntima entre el Mensajero de Al-lâh y su Señor, en aspectos concretos de su vida cotidiana. En segundo lugar, refleja la experiencia de la comunidad profética ante el descenso de la Palabra revelada: muchos versículos y pasajes son reflejo de lo acaecido en un tiempo histórico preciso. Experiencia individual y colectiva, encuentro en el desierto y en la lucha. En tercer lugar, el Corán es un mensaje atemporal, que puede ser vivenciado en los contextos más dispares, siempre que seamos capaces de ir de lo anecdótico a lo fundamental, hacia el corazón del Corán, que se abre en el silencio en forma de palabra luminosa.

El Corán usa el lenguaje de las alusiones (ishara), una lengua transparente, que genera más preguntas que respuestas. Surge de una experiencia humana, y nos conmina a una experiencia. La experiencia es, por definición, irrefutable. No se trata pues de buenas o malas interpretaciones, sino de buenas o malas experiencias, unas mejores que las otras pero todas ellas significativas. En este caso la compasión, y no únicamente la comprensión, es el criterio. Solo aquellos que comparten el simpathos de la palabra descendida podrán entender de qué se trata. Nuestra aproximación al Corán se sitúa pues en la línea de la democratización del conocimiento religioso y el rechazo de los discursos generados desde los centros de construcción del saber religioso.

4 respuestas a El Corán, aquí y ahora

  1. Javier Gálvez Martínez dice:

    La aleya 41:45 está relacionada en mi opinión con el tema que comentas:
    “Y si hubiesemos hecho un Corán en idioma extranjero, ciertamente habrían dicho: ¿Por qué sus versículos no han sido hechos con claridad?. ¡Cómo!, ¿una escritura en lengua extranjera y un profeta árabe?. Diles, “es una curación y una guía para los creyentes”. Mas, en cuanto a los que no creen, hay sordera en sus oídos y es ceguera para ellos. Es como si estuvieran siendo llamados desde lejos.”

    Se puede deducir:
    -El Corán es revelado en árabe para el pueblo árabe con el único objetivo de buscar la claridad.
    -Para los creyentes, sea en el idioma que sea, es una guía y una cura para sus corazones.
    – Para los que no creen o estan ofuscados por sus dogmas personales da igual que sea en la lengua original, no creerán.
    – Ser el mayor experto de árabe coránico del mundo no te sirve de nada si tienes el corazón muerto.
    – No saber nada de árabe pero que tu corazón sienta el peso y verdad del Corán resulta ciertamente beneficioso.
    – En mi opinión, lo ideal es enriquecer tu comprensión en tu idioma del Corán con todo aquello que la polisemia árabe te pueda sugerir y confirmarlo (o no)con lo que ha dicho sobre ello la gente de conocimiento. Este camino combina esfuerzo, sensibilidad, sinceridad y respeto por los sabios del pasado, alejándonos de los peligros de la imitación ciega y el ritualismo hipertrofiado. Un saludo, Javier.

  2. said dice:

    No me gusta para nada el coran ni vuestra palabreria para justificarlo todo. La mayoria de los musulmanes hubieran negado que el coran secontradice asi mismo. Por fin encuentro uno que lo admite, pero entonces lo justifica diciendo que eso pasa en todas las religiones, y ademas el coran da las respuestas y las soluciones no lo voy a negar , ni digo que si , ni que no. Pero el Coran que presume, de que es infalible e inalterable en el tiempo, ¿Como puede decir una cosa y despues decir lo contrario?
    es muy sencillo la falsedad de Muhammad y su coran son evidentes.

  3. said dice:

    Ademas el coran dice cosas que un Dios justo, sabio, poderoso, perdonador y magnanimo jamas diria, ni dejaria la justicis en manos de corruptos y pecadores, ni permitiria torturar o ajustciar a nadie en su nombre, por verdugos que dan vergüenza.

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