Susurro en la maleza

Cielo cubierto a espaldas del abismo, cuerpo santo en la tierra, bosque sagrado abarca cuanto veo y en la cima del tiempo la nada cae al fin como una guillotina. 

Tus manos en las manos del decoro. La inmensidad no significa nada.

De los conejos a su madriguera, de las cerezas al cerezo, de la mano a la tumba, del sexo a la caricia, un abismo secreto se extiende sin malicia.

Todo está separado y en la cueva del no saber resiste lo sabido, la pesada esperanza de estar vivo.

Hay que esperar, silencio. Contra viento y marea se espaciaba tu mano hasta el gatillo.

Pasa el rato, pasan las notas de una melodía. Es el viento velando su secreto, es la caricia estéril de la nada. Expansión-contracción: la sístole y diástole conjuga su canto invertebrado.

A través de una espera prodigiosa, de un asma a bocajarro, de una espiral autónoma encelada en el claro del bosque despierta la maleza.

Van los minutos como locos en busca de su centro, en torno a la corona de espinas del instante donde el cuerpo es relámpago unitivo.

Relámpago en la tierra del deseo sonámbulo atraviesa la materia. Lo mucho con lo poco, lo alto con lo bajo, lo claro con lo oscuro, lo limpio con lo sucio. 

Hay un rumor de alas que acontece, muy lentamente acaso tú estés vivo, lector en el espejo dual de la conciencia.

No fuerces la mirada, son cosas sin suceso. Cosas sin cosas son de esta maleza.

Los ojos son de noche, los días son de plomo. La intensidad lo significa todo.

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