Al-Alif. Génesis del pensamiento islámico

Suele decirse que el islam es muy sencillo, y que esa es la clave de su ‘éxito’, de su difusión en todo el mundo. En este texto me gustaría transmitir algo de esta sencillez, apuntando a toda la complejidad latente en ella. Lo que me propongo es dar la mínima información y el máximo contenido. Voy a tratar de contestar a la pregunta más simple: ¿qué es el islam? A partir de ahí se podrá entender como se plantea la posibilidad de una filosofía y una ciencia dentro del islam, esto es: de cual es el lugar dado a la razón y al pensamiento científico dentro de una religión revelada como es el islam, centrada en un Libro considerado sagrado por sus seguidores.

Voy a evitar una exposición narrativa o meramente discursiva. No creo que se logre transmitir nada del islam a través de una descripción del tipo: “el islam es una religión monoteísta, revelada al profeta Muhámmad en la Arabia del siglo VII, centrada en cinco pilares, los musulmanes creen en un Dios Único, en sus ángeles, en sus enviados y en la resurrección de los muertos en el Paraíso y el Infierno”, etc., etc. Considero que esta forma de describir el islam es inoperante, y que en realidad se limita a enumerar una serie de datos (algunos dudosos) cuyo sentido no revela. ¿Por qué? Por el simple hecho de que no se puede describir de forma narrativa una cosmovisión que es en esencia anti-narrativa y a-histórica. Y este carácter a-histórico niega la afirmación de que el islam sea una religión iniciada en el siglo VII de la era cristiana. En realidad el islam se presenta como la religión de Adán, la religión primigenia de la humanidad, y fechar su inicio en un momento histórico no es sino una muestra de ignorancia.

Para evitar caer en lo meramente narrativo, voy a partir de un símbolo, el alif, la primera letra del alfabeto árabe. Iniciar esta exposición a través de un símbolo no es algo gratuito, y ya nos remite al universo propio del islam, al interior de la cosmovisión coránica.

1. al-Alif, la letra del comienzo

El alif es la primera letra del alifato, el alfabeto árabe. También es la primera letra del Nombre Al-lâh, la Realidad Única. Se escribe de forma parecida al número uno, y simboliza la Unicidad divina. Es una de las letras árabes que no se une con las otras, lo cual evoca la incomparabilidad de Al-lâh, su trascendencia. El alif es un eje alrededor del cual gira todo lo visible, y está relacionado con la frase la ilaha ila Al-lâh, no hay dios salvo Al-lâh. El primer verso revelado del Corán se inicia con un alif. Es la letra matriz. Los calígrafos musulmanes dicen que de los distintos movimientos del alif se generan el resto de las letras, hasta un total de 28. Esta es la medida del mes lunar, compuesto de cuatro semanas de siete días. Esto nos remite a la visión rítmica del mundo desarrollada en el Corán, donde Al-lâh nos dice que todo ha sido creado según una medida.

El alif no es un simple palo, sino que tiene su propia caligrafía. En la parte de arriba, la mano del calígrafo ha trazado un gesto ascendente, un movimiento de muñeca a partir del cual se inicia un movimiento suave de descenso. La parte superior del alif representa el punto inicial a partir del cual se inicia su descenso. En el comienzo, dice una tradición, Al-lâh creó un punto de luz. Miró el punto y a partir de ahí formó el alif, como si la luz contenida en ese punto fuera tinta, que se derrama en mundo.

Este descenso curvo del alif evoca el descenso de la lluvia curvada por el viento. La palabra árabe para descenso es tançil, una de las palabras con la que se nombra en el Corán a la Revelación: descenso de la Palabra de Al-lâh al corazón del hombre que se abre a Él. Al mismo tiempo, el descenso del alif es como la lluvia que cae para fertilizar la tierra muerta, evocando de este modo la Resurrección. Nos encontramos con una serie de metáforas e imágenes enlazadas y ya indisociables las unas de las otras, exponiendo ante nuestra conciencia la idea de mundos enlazados, unidos por su origen en lo incondicionado.

2. ¿Qué es el islam?

La palabra árabe islam viene de istislam, rendición. El hombre que se ha rendido —al Sustentador de todos los Mundos, al Creador de todo lo existente— es el musulmán. Otro modo de denominarlo es decir que es un ‘siervo de Al-lâh’, ‘abd Al-lâh, un hombre conscientemente sometido a los ciclos y ritmos de una Creación de la cual no es más que una criatura. La expresión ‘someterse a Al-lâh’ significa abandonar todo egocentrismo y entregarse a aquello anterior a nosotros que nos ha hecho existir. Es tomar conciencia de nuestra pequeñez de seres humanos creados y acabables, y sumergirse en una Creación que nos desborda.

El primer acto que caracteriza al musulmán es el suyud, llevar la frente al suelo. Postrarse es reconocer la inmensidad como algo que está fuera del alcance del hombre, desmoronarse ante la presencia del Creador, darse cuenta de que estamos ante Él a cada instante. No hay nada sublime en ello, sino un desmoronamiento, la respuesta a la conmoción que representa ser conscientes de que estamos vivos, de que pertenecemos al propio estar haciéndose del mundo. Se trata de asumir una situación vertiginosa, romper con todas las idolatrías y apegos mundanos, entregarse a la infinidad directamente, y renunciar a todos los agarraderos, a toda mediación.

La postración puede verse desde fuera como un acto forzado. En realidad es un acto instintivo para todos aquellos que aún son capaces de maravillarse ante la Majestad y la Belleza del mundo, tal y como nos ha sido dado y podemos saborear en la experiencia. La postración es la respuesta del cuerpo a la conciencia de que formamos parte de la Creación. La postración es la única respuesta posible cuando el milagro de la naturaleza aparece ante nosotros con toda su fuerza, cuando intuimos la Majestad de Al-lâh a través de Su Belleza.

La imagen de cientos de musulmanes juntos poniendo la frente sobre el suelo es impactante, y difícilmente comprensible desde fuera. En un primer momento puede parecer un gesto de masificación y de renuncia a la propia individualidad, pero debemos tener en cuenta que dicho gesto no se realiza ante nada humano, ante ningún símbolo codificable, manipulable por el hombre. Siendo así, la postración se convierte en un acto por el cual los musulmanes afirman su voluntad de independencia frente a cualquier forma de poder externo. Lo que aparece a simple vista como un acto de servidumbre es un acto de liberación por el cual cada musulmán afirma su pertenencia al Único infinito, a una inmensidad no codificable.

Al-lâh ha inscrito la necesidad de postrarse en el corazón del hombre sometido, y en el Corán nos dice: “Póstrate y acércate”, con lo cual afirma la postración como un modo de cercanía a la fuerza Matriz de la existencia. El Profeta Muhámmad —que la paz y la salat de Al-lâh sean sobre él—dijo: “Con nada se acerca el hombre a Al-lâh que sea mejor que un Suyud secreto”. Y también: “Lo más cerca que un hombre puede estar de Al-lâh, lo está durante el Suyud”. Estas tradiciones se refieren a la postración espontánea como un acto de intimidad y de recogimiento, intimidad con la divinidad. Eso significa que nadie puede sustituir la experiencia de la cercanía que cada uno alcanza con respecto a su Sustentador. La rendición, el islam, es un acercamiento a Dios, al Creador de los cielos y la tierra.

3. La shahada


Esta rendición a Al-lâh conduce naturalmente a aceptar una vía, una práctica de adoración. Esto es muy importante, pues sino nos mantendríamos en el terreno de la pura teoría, o de la experiencia mística inefable. Pero el islam se afirma como una práctica cotidiana que es compartida por millones de hombres y mujeres a lo largo del planeta, y que nos capacita para mantener presente este asombro primero, hacerlo cotidiano y permitir que oriente todos nuestros actos.

El primer pilar del islam es la Shahada o testimonio, que hace que un hombre sea reconocido por los musulmanes como miembro de su comunidad. Para ser musulmán basta con decir delante de dos musulmanes:

Ashadu ala il-lâha ila Al-lâh
Ashadu anna Muhámmadun Rasulu Al-lâh

Que podríamos traducir como: “testifico que no existe nada real aparte de Al-lâh, y testifico que Muhámmad es Mensajero Suyo”. El original árabe no dice “su mensajero”, como suele traducirse, implicando una exclusividad que no se corresponde con las enseñanzas del Corán. Más bien, dice: es uno de sus mensajeros.

La Shahada es el testimonio consciente de que la Realidad es Una, y de la transmisión profética como la posibilidad de lo múltiple de unificarse con lo Uno. Esta es la puerta del islam, que ya nos remite a la relación entre el hombre y lo divino, entre lo múltiple y lo Uno. De ahí que se divida en dos partes claramente situadas una ante la otra.

La primera parte de la shahada —Ashadu ala il-lâha ila Al-lâh— es el reconocimiento de la Unicidad de la existencia, de lo que en árabe se llama Tawhid, y que es el centro del pensamiento islámico: todos somos uno, todos provenimos de la misma fuente. Someterse a Al-lâh implica reconocer que la Realidad es Una, que todos somos en el fondo parte de lo mismo, más allá de nuestras diferencias de formas o costumbres, más allá de la apariencia y de las ilusiones (debería decir cenizas) de realidad con las que nos vestimos.

Ashadu la ilaha illa Al-lâh: reconozco que no existen dioses sino Al-lâh, la Realidad Única. Se trata de una alianza por la cual toda criatura reconoce su dependencia ontológica del Creador de los cielos y la tierra, se reconoce dependiente de las condiciones eternas de la vida, reconoce que no es algo desgajado del Todo donde se desarrolla su existencia, reconoce que no es una criatura aparte de la Realidad, reconoce que esta vinculado al resto de las criaturas por un lazo invisible pero sólido, incluso material, que llamamos Rahma: misericordia creadora, compasión, pasión compartida entre el Creador y las criaturas.

La segunda de la shahada es el reconocimiento del hecho decisivo de la Profecía. Reconocer y aceptar el fenómeno universal de la Profecía es enfrentarse al mundo como signo, saber que todo es una manifestación de Al-lâh. La revelación es la posibilidad de las criaturas de recibir una comunicación de Dios, es el signo de una comunicación interior entre el Creador y las criaturas, que se manifiesta en signo. Nos remite a la situación del hombre sobre la tierra, a la busca de un sentido que solo puede revelarse en cuanto se orienta plenamente hacia lo Uno, desapegándose del mundo de la multiplicidad, abriéndose al sentido.

4. Revelación

Llegamos así a la revelación, de la cual el alif es un signo, evocando su caligrafía el descenso de la Palabra desde el Creador hasta las criaturas. Durante el mes de Ramadán, el profeta Muhámmad (que la paz y la salat de Al-lâh sean sobre él) solía retirarse a ayunar y meditar a la cueva de Hira, situada en un monte a las afueras de la Meca. Un hombre que tiene por costumbre retirarse a una cueva de un monte para pasar la noche en vela meditando, después de un día de ayuno, no es un hombre cualquiera, sino alguien con una fuerte vocación espiritual, con un deseo ferviente de trascendencia. Y es a partir de esta predisposición a lo divino que la revelación sucede, como el hombre se hace capaz de Al-lâh, de recibir en su corazón el alif que desciende. Esto es lo que sucedió cuando Muhámmad tenía cuarenta años. Durante uno de estos retiros, la tradición nos explica como le vino al encuentro el Ángel Gabriel y le dijo: “¡Lee!”. Muhámmad contestó: “¡No se leer!”. Después, según la narración del Profeta:

“El Ángel me agarró y me oprimió con su abrazo. Cuando había llegado al límite de mi resistencia, me soltó y me dijo de nuevo: “¡Lee!” y yo volví a decir: “No se leer”. Entonces, por tercera vez me oprimió como antes, luego me soltó y me dijo:

“¡Lee!
¡En el nombre de Tu Sustentador, el que ha creado!
Ha creado al hombre de un coágulo.
¡Lee! Y tu Sustentador es el más Generoso,
El que ha enseñando con el Cálamo,
ha enseñado al hombre lo que no sabía”.

(Sura del Coágulo 1-5)

Esta es la revelación con la que se inicia el descenso del Sagrado Corán, los primeros versículos que fueron revelados del Corán. En ella ya encontramos claros signos de la vocación del islam hacia el conocimiento: la idea del universo como escritura divina, la idea del Cálamo como medio del conocimiento, la orden dada al hombre de leer la Creación, de estudiarla, de tratar de comprender sus misterios.

Sobre esta primera revelación, dijo el profeta Muhámmad: “Fue como si estas palabras hubieran sido escritas en mi corazón” (Ibn Ishaq, 153). Fijaos que lo primero que se le revela al profeta es la palabra “lee”, algo curioso para un analfabeto. Y esto nos remite al otro simbolismo de al-alif: el cálamo, al-qalam, la pluma con la cual Al-lâh escribe la revelación en los corazones de sus siervos. Cuando le preguntaron al Profeta sobre el Cálamo, respondió: “La primera cosa que Al-lâh creó fue el Cálamo. Creó la Tabla y le dijo al Cálamo: “¡Escribe!”. Y el Cálamo respondió: “¿Qué escribo?”. Al-lâh dijo: “Escribe Mi conocimiento y Mi creación hasta el Día de la Resurrección”.

La letra alif tiene la forma de un cálamo, con el cual los calígrafos trazan los signos sobre el papel en blanco. Del mismo modo, Al-lâh es el Calígrafo Supremo, el Escriba que crea a partir de la nada. Todo en la Creación es escritura, signos trazados por Al-lâh en los horizontes, en las miradas y los gestos. Desde el punto de vista de la Unicidad divina, todo está conectado. Todo tiene su origen en Al-lâh, y a Él es el retorno. Las criaturas que habitamos este mundo somos también signos para otras criaturas. Nuestra presencia simboliza, significa, tiene sentido para los demás. Como dijo el Shaij al-Alawi: “Todo es alif”.

5. Razón

En el Corán se afirma que el deber del musulmán es tratar de comprender la revelación a través del intelecto, reflexionando sobre la Creación de Al-lâh desde una postura de reverencia y de respeto, no desde el afán de manipulación y de dominio. Existen numerosos versículos que nos hablan del papel de la razón dentro de la cosmovisión islámica:

Ciertamente, en la creación de los cielos y de la tierra,

en la sucesión de la noche y el día:

en las naves que surcan el mar con lo que es de provecho para el hombre:

y en las aguas que Al-lâh hace descender del cielo,

dando vida con ellas a la tierra, antes muerta,

y haciendo que se multipliquen en ella toda clase de criaturas:

en la variación de los vientos,

en las nubes sujetas a su curso entre el cielo y la tierra:

en todo eso hay mensajes claros para gentes que usan su razón.

(Qurán, al-baqara 164)

En la creación de los cielos y de la tierra,
y en la alternación de la noche y el Día,
hay signos para los dotados de intelecto.
Aquellos que recuerdan a Al-lâh parados, sentados y acostados,
y reflexionan acerca de la creación de los cielos y de la tierra (diciendo)
‘¡Señor nuestro! No has creado esto en vano.
(Corán 3:190-191)

Y aquí nos encontramos con una nueva manifestación de alif, de la razón como poder fecundante, de la lluvia que desciende del cielo para dar vida a la tierra, produciendo toda clase de alimentos. El uso de la razón es esencial al islam. Esto es así hasta el punto de que, según el dicho del Profeta Muhámmad: “Sólo se comprende todo el bien con el intelecto. No hay modo de vida (o religión genuina) para quien no tiene intelecto” (De Tuhaful Uqul, pag. 44). Otro hadices sobre el tema es: “La búsqueda del conocimiento es una obligación para todo musulmán, pues Al-lâh ama al buscador del Conocimiento” (Al Kafi, tomo I, pag. 30).

En el islam, la búsqueda del conocimiento es un acto de culto, una forma de adoración a Dios, situada por encima de todas. Se valora más el estudio que no la devoción mediante ritos. Existe un hadiz sobre esto. El Mensajero de Al-lâh llegó a la mezquita en la cual habían dos reuniones: una de estudio y otra de alabanzas y súplicas a Al-lâh. Entonces dijo: “Las dos reuniones son buenas. En ésta suplican a Al-lâh y en la otra aprenden y enseñan a quien no sabe. Pero aquella es mejor. Para enseñar he sido enviado”. Luego se sentó con ellos (con los que estudiaban).” (Muniatul Murid, pag 13)

Tal vez mi preferido sea este: “Para cada cosa hay una herramienta y un instrumento; la herramienta del creyente y su instrumento es la razón. Para cada cosa hay un medio de transporte; la montura del hombre es su razón. Para cada cosa existe un objetivo; el objetivo de la devoción es la razón. Para cada pueblo hay un pastor (jefe o conductor); el pastor de los devotos es la razón. Para cada comerciante existe una mercadería; la mercadería de los sabios es la razón. Por cada demolición hay una construcción; el constructor del otro mundo es la razón. Y para cada viaje hay una tienda de campaña donde refugiarse; y la tienda de campaña de los musulmanes es la razón”. (De Al Bahar, tomo I, pag. 95).

6. Ciencia


Con todo esto, se comprende el impresionante desarrollo de todas las ciencias durante los tres siglos posteriores a la revelación coránica. Es increíble que un pueblo del cual hasta ese momento apenas se conocen aportaciones al saber universal, a partir de la experiencia espiritual de un hombre se lanzara de manera tan apasionada a la aventura del saber. Las aportaciones de los sabios musulmanes en todas las materias son extraordinarias:

Filología y arte: codificación del árabe, estudios gramaticales, hermenéutica, literatura, poesía, caligrafía, arquitectura.

Ciencias religiosas: comentarios coránicos, codificación del saber religioso y ‘cierre canónico’. Debates sobre la Creación, la dualidad entre fe y razón, el destino y el libre albedrío, los Atributos de Al-lâh, la naturaleza del Corán…

Jurisprudencia: elaboración de una jurisprudencia que es considerada una de las grandes construcciones jurídicas de la humanidad, incluyendo capítulos sobre derecho internacional.

Ciencias sociales: historiografía, política, geografía, urbanismo, religiones comparadas.

Pero sin duda el campo donde los musulmanes destacaron por encima de sus contemporáneos fue el de la ciencia: medicina, física, química, botánica, zoología, astronomía, matemáticas…

Ahí van algunos datos (de los libros ‘Islam para todos’, de Ziauddin Sardar, y ‘Lo que Europa debe al islam’ de Juan Vernet). En el siglo IX, al-Juzarimi inventó los logaritmos y el álgebra. A él le debemos la invención del cero, mi número preferido. En el siglo X, Abul Wafa desarrolló la trigonometría y la geometría esférica, presentó tablas de senos y tangentes y descubrió variaciones en el movimiento de la luna. Omar Jayyam resolvió de cuarto grado a partir de secciones cónicas. Quinientos años antes de Galileo al-Biruni describió la rotación de la tierra sobre su eje, y al-Battani midió la circunferencia de la tierra. Al-Battani era tan preciso que solo erró en 24 segundos la duración del año solar. Ibn al-Haytam escribió el ‘Tesauro de óptica’, en el cual describió con precisión el funcionamiento de la vista, descubrió las leyes de la reflexión y la refracción, y llegó a explicar el motivo del aparente crecimiento del tamaño de las estrellas cerca del cenit. En el siglo IX, el famoso químico Yabir ibn Hayyan inventó todo tipo de instrumentos de laboratorio, introdujo el método de la destilación del agua, identificó numerosos ácidos y sales, preparó ácido sulfúrico, ácido nitroclorhídrico y sosa líquida para deshacer metales, y descubrió el mercurio. Al-Razi clasificó las sustancias químicas en categorías minerales, vegetales y animales, y mostró que todas las funciones del cuerpo humano se basaban en complejas reacciones químicas. Al-Mayrity demostró el principio de conservación química de la masa 900 años de que este descubrimiento fuese atribuido a Lavoisier. En el siglo IX, Al-Yahiz escribió el primer estudio de zoología general. En el siglo XI, Al-Jazini desarrolló diversas teorías: una teoría sobre el comportamiento de los sólidos, otra sobre las palancas, y otra sobre la existencia de una fuerza central universal dirigida hacia el centro de la tierra, una prefiguración medieval de la teoría de la gravitación universal de Newton. Los sabios musulmanes también se adelantaron varios siglos a la ‘revolución copernicana’. Ya Averroes, en el siglo XII, sometió a crítica el sistema planetario aristotélico-ptolemaico. Copérnico conocía su trabajo, así como los del astrónomo andalusí Azarquiel (siglo XI), uno de los mayores astrónomos de todos los tiempos, que planteó nuevos modelos planetarios. También en la época se desarrollaron tecnologías para extraer aceites y grasas vegetales, preparar jabón y cristal, cerámica, tinta, pegamentos, tintes y papel. La historia de la energía hidráulica, incluida la construcción de presas y molinos de viento, empieza con la civilización islámica. Por cierto, que el primer molino de viento del que se tiene noticia fue erigido en Tarragona. Tal vez la medicina sea la ciencia que más fue desarrollada por los musulmanes. Al-Razi escribió una gran enciclopedia de medicina, en 24 volúmenes, en la que clasificó miles de enfermedades y sus tratamientos, localizó enfermedades heredadas y oculares, creo la obstetricia y la ginecología, y documentó por primera vez la viruela y el sarampión. El Cánon de medicina de Ibn Sina (Avicena) fue el libro de medicina oficial en occidente durante siete siglos. Trata de las enfermedades, su clasificación, descripción y causas, de terapias y descripciones medicamentos simples y compuestos, de normas de higiene y de las funciones del cuerpo humano. Ibn Sina describió y trató la tuberculosis, mostrando que era contagiosa. También describió los síntomas de la diabetes. Avenzoar (1092-1161), autor del célebre “Taysir”, manual de terapéutica y profilaxis: describe por primera vez el absceso de pericardio, recomienda la traqueotomía, la alimentación artificial a través del esófago o del recto. Abulcasis (Córdoba, siglo X): inventó el fórceps y el catéter de plata, y describió sus amputaciones, operaciones de fístula, hernia, trepanaciones, uso del cauterio… Y fue un precursor de Lavoisier en su enunciado de la conservación de la materia. Según el arabista Juan Vernet, Europa copió de la medicina árabe la institución de los manicomios. En España hubo ya manicomios antes del siglo XIII, y desde aquí se extendieron hacia el resto de Europa. Ibn Sirin (siglo VIII) interrogaba a sus pacientes al estilo de Freud, e interpretaba sus sueños. Los árabes cultivaron la oneirología (ciencia de los sueños): tenían colecciones de sueños escritas para interpretarlos. La medicina islámica destaca por la búsqueda de aplicarla al mayor número de personas. El primer hospital organizado como tal fue construido en Damasco para tratar a leprosos. En el siglo IX, todas las ciudades importantes bajo dominio islámico tenían su hospital. Y estamos hablando de ciudades donde antes no existían instituciones de este tipo: en Arabia, Siria, Irán, Egipto, el Magrib, sin olvidar la España musulmana. En un momento determinado de la historia, Bagdad llegó a tener 70 hospitales, más de los que existían en toda Europa. Estos hospitales tenían sus salas para enfermos residentes y para pacientes externos, salas de operaciones, farmacias y bibliotecas para formar a los estudiantes.

Esta es la revolución que el islam trajo a la humanidad entre los siglos VII y XIII de la era cristiana, periodo en el cual los sabios musulmanes estuvieron al frente de prácticamente todas las ciencias. Todo esto hubiera sido imposible sin un espíritu de investigación y experimentación empírica, que rebasó el carácter eminentemente teórico de la ciencia griega. El desarrollo del saber tiene unas bases espirituales. El sabio musulmán no da la espalda a la naturaleza, no la rechaza como un ‘valle de lágrimas’. Por el contrario: reconoce la naturaleza como manifestación de Al-lâh. Todos los hallazgos de la civilización islámica clásica aparecen como el resultado de una actitud fundamental, inspirada en el Corán. Desde el interior de la cosmovisión coránica resulta claro como el desarrollo de las ciencias está enraizado en una actitud fundamental ante la vida, una actitud que los musulmanes llamamos islam, sometimiento consciente al Creador de los cielos y la tierra, adoración activa que nos lleva al cuidado del mundo, a desarrollar todas nuestras capacidades innatas, como califas de la Creación.

7. Sólo Al-lâh sabe

Una de las claves de un pensamiento verdaderamente islámico es la humildad. Esta es una virtud típicamente religiosa que redunda en beneficio de la investigación científica. La humildad no es un mero recurso retórico. Ser humildes ante el conocimiento implica dudar siempre del alcance de nuestras investigaciones. Lo que desde una óptica atea se llama ‘duda metódica’ o incluso ‘pensamiento crítico’ en términos religiosos lo llamamos humildad.

De ahí la costumbre de los más grandes sabios del islam de terminar sus escritos con la frase wa al-lâhu alim: pero solo Al-lâh sabe. Esta frase expresa la conciencia de que la verdadera Sabiduría sólo corresponde a Al-lâh. Dijo Muhammad: “Cada dîn tiene su carácter innato, y el carácter innato del islâm es la humildad (tadarru’)”. Toda reflexión (fikr) realizada desde el sometimiento a la Realidad (islam) debe ser humilde, pues en el fondo de todo lo creado anida la misma vulnerabilidad, la misma dependencia del Creador de los cielos y la tierra. El reconocimiento de la precariedad humana (fakir) está en la base de cualquier forma de sabiduría. Sólo Al-lâh es al-Hakim, el verdaderamente Sabio, quien posee toda la sabiduría, en su grado absoluto. Por el contrario, el sabio reconoce que toda palabra o saber humano está limitado por una visión, unas intenciones y un contexto. De ahí que digamos que el relativismo es la actitud verdaderamente religiosa frente al conocimiento. Todo saber humano es relativo.

La razón es un animal extraño, capaz de lo más noble y de lo más horrible. Los filósofos nos han hablado de una ‘razón individual’ y de una ‘razón colectiva’. Existe también una razón instrumental que ha sido situada (por Adorno y Horkheimer, entre otros) en el origen de las diversas formas de barbarie del siglo XX —Auschwitz, el Gulag o Hiroshima. Todos los grandes movimientos del terror del siglo XX reivindicaron una racionalidad al servicio del progreso. La razón de Estado es perversa porque parte de la tiranía del concepto y del positivismo con los que el ser humano pretende dominar la naturaleza de una forma impulsiva y totalitaria y, en definitiva, dominar al hombre.

Frente a esta razón totalitaria, lo que el Corán nos propone es usar nuestra razón para comprender aquello que nos rodea, desde la humildad y con consciencia de los límites en los que el hombre se mueve. Nuestra razón no puede ser un instrumento de dominio, sino de comprensión y de mejora de nuestro entorno. No es sólo un instrumento, pues un instrumento puede ser usado para otros fines que los que la razón propugna: puede usarse la razón al servicio de un afán de lucro, de un desequilibrio que nada tiene de racional. La razón es un camino para comprender lo que es anterior a ella: los procesos del día y de la noche, el movimiento de los astros, el latido interno de las cosas. Todo ello nos invita al desarrollo de las ciencias de la naturaleza, a la investigación sobre los resortes de la Creación. Para acceder a esa comprensión hay que comenzar reconociendo que nuestro saber es siempre limitado, que la recta razón nos abre, no nos protege en un saber cerrado, sino que nos conmina a mirar a lo desconocido de lo que formamos parte.

Esto se expresa con claridad en la frase ‘solo Al-lâh sabe’ (wa Al-lâhu ‘alim), con la cual los sabios del islam terminan sus obras. La humildad es conciencia de que nuestro saber es limitado, y es lo que nos impulsa hacia el consenso (iÿma), a dejar de lado nuestras interpretaciones caprichosas en beneficio de una visión compartida de las cosas. Esto explica que el saber jugase un papel tan importante en la construcción de la civilización islámica en los primeros siglos. La humildad de sus sabios es lo que impide al islam construir una dogmática o una ortodoxia en la que todos deben creer, so pena de ser excomulgados. Los verdaderos sabios no endiosan sus conclusiones ni sus filosofías, no se creen poseedores de una verdad propia, pues Al-lâh es al Hakim, el Único que sabe. Ningún ser humano es infalible, ni puede pretender poseer la Verdad en la tierra.

De ahí que la razón sea la primera en reconocer sus límites intrínsecos. Resulta del todo irracional el pretender que la razón pueda darnos las respuestas a aquellas cuestiones que la razón no alcanza. Resulta del todo irracional pretender negar la realidad a todo un campo de sentimientos o sensaciones por el simple hecho de que la razón no es capaz de atarlas, de clasificarlas, de dominarlas. Así, la razón no es un límite, sino un instrumento que nos ayuda a desarrollar todo un potencial ilimitado.

8. Resurrección

El islam no se erige en explicación de lo que es por esencia inexplicable. La razón no puede penetrar en lo increado, ir más allá de sus límites. La razón se orienta entonces hacia los signos a través de los cuales Al-lâh se manifiesta, se orienta a lo creado. Vemos como las nubes llegan cargadas de lluvia y como el agua desciende para hacer brotar plantas y frutos con los que nos alimentamos. Una serie de ciclos que se repiten y de los que somos parte: nacimiento-vida-muerte-resurrección. Este es el esquema de lo que sucede a nuestro alrededor constantemente, un esquema al cual tratamos de acompasarnos de una manera consciente, indagando sobre sus mecanismos, tratando de encontrar las causas de las enfermedades, de comprender el funcionamiento interno de la naturaleza. Pero esta comprensión guarda un secreto, no es un saber externo, sino que nos ayuda a comprender nuestro destino.

En el Corán, como en la misma Creación, una metáfora privilegiada del descenso del alif y del descenso de la revelación es la lluvia, el agua descendida del cuelo para vivificar la tierra muerta. Ya hemos dicho que la caligrafía del alif evoca el descenso de la lluvia curvada por el viento. El agua es un regalo de Al-lâh para las criaturas. Ella hace posible tanto la ganadería como la agricultura, y también engalana y embellece la tierra. Mediante el agua el hombre mejora su hábitat, crea jardines, da de beber al ganado, riega los campos, se limpia y sacia su sed. El agua es madre de la diversidad y el esplendor de lo aparente.

El primer sentido evidente del agua descendida es su poder fertilizante. El descenso del alif significa la llegada de la misericordia creadora a la tierra muerta, el contacto vivificante de Al-lâh para con las cosas. Así actúa la Palabra de Al-lâh en nuestros corazones. En el lenguaje Coránico la lluvia constituye un signo de la presencia de Al-lâh y una metáfora de la revelación. De este modo el cálamo escribe incesantemente sobre el mundo. La lluvia es el alif y el agua es la tinta:

“Di: si fuera el mar tinta para las palabras de mi Señor,
se agotaría el mar antes de que se agotaran las palabras de mi Señor,
aún si añadiéramos otro mar de tinta.”

(Corán 18:109)

La revelación es inagotable. No se limita a los libros sagrados: todo es revelación, todo en la Realidad es reflejo de Al-lâh, una puerta a lo divino, a la Unidad que subyace tras la apariencia de multiplicidad en que vivimos. La abundancia del agua se equipara a la exhuberancia de la vida, de una Creación siempre renovada. El Corán dice: “Todo viene del agua”. Siendo así, el agua es lo originario, es capaz de devolver la vida a lo que está muerto. Por esto mismo el descenso del agua es una metáfora y un anuncio del Día de la Resurrección. Dice el Corán:

“Es el quién envía los vientos
como anuncio que precede a su Misericordia.
Cuando están cargados de nubes pesadas
las empujamos a un país muerto
y hacemos que llueva en él
y que salgan gracias a su agua frutos de todas clases.
Así haremos salir a los muertos.”
(Corán 7:57)

La acción de Al-lâh es aquella que reverdece, que nos otorga de nuevo la abundancia, es el medio por el cual hace pasar las cosas de la muerte a la vida. El alif es un cálamo con el cual Al-lâh escribe la Creación: nubes, vientos, árboles, átomos, criaturas. A partir del alif se despliega todo el alifato.

Como vemos, estamos en un Universo donde todo es escritura, donde todo tiene sentido, donde todo simboliza. Todo se relaciona con todo: el alif es el cálamo, y el cálamo hace llover las letras para vivificar esa tierra árida que es nuestra conciencia. Así forma Al-lâh nuestro intelecto, y así comprendemos que el conocimiento y la resurrección son aspectos de lo mismo: tal y como Al-lâh suscita el conocimiento en aquellos que se abren a sus signos, resucitará a los muertos en el Día del Juicio. Esta es la metáfora primera y la última. La metáfora fundamental que unifica los mundos, que une el aquí y el más allá a través de la escritura divina, de la revelación. Una revelación que debemos comprender mediante nuestra razón, y que nos incita a la búsqueda del conocimiento en todos los terrenos. La importancia de esto es tal que el Mensajero de Al-lâh dijo: “A quien emprenda un camino buscando el conocimiento, Al-lâh le facilitará el camino del Paraíso”. Y en el Corán, varias aleyas sitúan en el Infierno a aquellos que no usan la razón:

No seáis como aquellos que sostienen: ‘¡Escuchamos!’,
mientras que no oyen. En verdad, las peores criaturas ante Al-lâh
son las sordas y mudas, aquellas que no razonan.

(Corán 8:21-2)

Dirán: ‘Si hubiéramos oído o razonado,
no estaríamos entre los compañeros del Fuego.’

(Corán 67:10)

La razón es un instrumento dado por Dios para la salvación del hombre. Quien no ha entendido esto no ha entendido nada en absoluto.

Pero solo Al-lâh sabe.

Una respuesta a Al-Alif. Génesis del pensamiento islámico

  1. […] Al-Alif. Génesis del pensamiento islámico […]

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