La soberbia y la humildad

Este tema debería ser central en la meditación de todos aquellos que tenemos la osadía de dedicarnos a tareas intelectuales, y aún más relacionadas con la religión. Tengo la sospecha de que el simple hecho de escribir sobre el islam es ya una muestra manifiesta de soberbia: ¿Quién soy yo para hablar de pensamiento islámico y aún más para interpretar la Palabra de Dios? ¡Incluso citar el hadiz en el cual el profeta Muhámmad dijo que “la cualidad innata del islam es la humildad” ya me parece una muestra de soberbia! Al mismo tiempo, me digo a mi mismo que la consciencia de mi propia soberbia ya es un signo de humildad… Desde el momento en que sé que no soy nada, mi pensamiento fluye, deja de pesarme y me arranca una sonrisa.

Con esto quiero introducir una cierta complejidad al tema demasiado plano de las virtudes y los vicios. Esta claro que nos alejamos de los vicios por medio de las virtudes, y que estas tienen por meta acercarnos más a Dios. Pero a veces hay hombres de religión que me resultan insoportables de tan piadosos, de tan vivir la religión como un estar a salvo, en un universo de seguridades infalibles. Siento que esta religiosidad que, con afectada humildad, se aparta del mundo implica una renuncia a una parte de nuestra humanidad, y por ello puede llegar a ser malsana. No: debemos poner en juego todo nuestro potencial, desarrollar las capacidades que Al-lâh ha depositado en cada uno de nosotros. Somos criaturas capaces de Dios, capaces de amor y trascendencia, de influir en nuestro entorno, de hacernos transmisores de la rahma de Al-lâh. Y tenemos la obligación de hacerlo humildemente, sin endiosar nuestras acciones.

Desde la cosmovisión islámica, todo ser humano es un califa de Al-lâh sobre la tierra, todos nosotros tenemos una relación directa con la divinidad, somos responsables de la mejora de nuestro entorno y de las relaciones con nuestros semejantes… Y aquí viene la pregunta: si Dios nos ha hechos sus califas en la tierra, ¿cómo no ser soberbios, como se puede ser califa y humilde al mismo tiempo? ¿No es esto pretencioso?

Creo que la clave es tener plena consciencia de que no somos nada al margen de Al-lâh y del resto de las criaturas, de que estamos sometidos a Al-lâh y que todo aquello que vivimos esta sujeto a las condiciones eternas de la vida, a unas condiciones anteriores a nosotros mismos, que no podemos modificar en lo más mínimo. Ser conscientes de que venimos de Al-lâh y que hacia Él es el retorno, y dejar que esta conciencia impregne todos nuestros actos. En otra palabra: vivir orientados hacia la Realidad Única implica una liberación de todas las metas ridículas con las que nos ocupamos, y esto es justamente lo que nos permite acometer las tareas que nos han sido asignadas. Lo que sale es por que Al-lâh lo quiere, pero en realidad la forma es secundaria. No importa si nos dedicamos a la literatura, al comercio, a la política, a la familia o a cuidar nuestro jardín. Lo importante es ser conscientes de Al-lâh en aquello en lo que ocupamos nuestro tiempo, sea lo que sea. Y esto implica ser conscientes de que los objetivos reales de cada acto van más allá de lo aparente. No endiosamos nuestros objetivos personales, que son tan solo una sombra que nos vela.

El musulmán es consciente de que todo átomo de bien que haga es gracias a Al-lâh. Todo átomo de mal es obra nuestra. Esto quiere decir: cuando intentamos controlar e imponernos actuamos desde el ego, desde nuestro orgullo, desde nuestras pretensiones de ser y de dominio. Cuando nos dejamos llevar por Dios, fluimos y nos convertimos en co-participes de la Creación. Creo que esta es la paradoja apuntada por Jesús en el Evangelio de Mateo 23,12: los que más se humillan subirán más alto. El ser más pasivo acaba siendo el más activo, participando de una actividad que va más allá de sus pretensiones personales.

En el plano del pensamiento, la humildad pasa por reconocer que todo saber humano es relativo. Existe una expresión árabe con la que los sabios musulmanes suelen terminar sus obras: wa Al-lâhu ‘alam: pero solo Dios sabe. Ser conscientes de esto nos capacita para pensar y actuar sin la soberbia del que se cree en posesión de la Verdad. Un auténtico pensador lo es porque sabe que esta errado, que toda interpretación humana es subjetiva, que la Verdad absoluta solo pertenece a Dios. Y una vez más esto es lo que nos habilita para pensar y hablar y comunicarnos nuestros pensamientos, no como dogmas o doctrinas, sino como cenizas de una Verdad que nunca podremos alcanzar, excepto si Al-lâh quiere.

La soberbia del teólogo es la peor de las soberbias. En el plano interreligioso, esta humildad pasa por reconocer que la nuestra no es la única religión verdadera, que no es mejor una religión que otra. La idea de la superioridad de una religión, raza, nación o sexo es pura soberbia. Pero yo añadiría algo más: ¿acaso no implica la elaboración de dogmas ya un punto de soberbia? Todavía me sorprende ver a gente de religión tratando de demostrar la existencia de Dios. Existe una anécdota muy graciosa en la cual un filósofo se acerca al gran místico Abu Yazid al-Bistami y le dice “he demostrado la existencia de Dios”. “Entonces”, contesta Abu Yazid, “lo único que has demostrado es tu propia inexistencia.”

Dijo el profeta Muhámmad: “quien guarde un grano de soberbia en su corazón no accederá al paraíso.” ¡A uno le cogen calores tan solo con pensarlo! Lo único que puedo hacer es postrarme: poner mi cabeza sobre el suelo como signo de mi conciencia de estar absolutamente entregado a la Realidad Única. Solo en Él confío y sólo a Él pido que arranque de mi corazón toda soberbia… por muy difícil que yo se lo ponga.

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