Los Nombres de Al-lâh

Dice el Qur’án: todo lo creamos por pares. En el mundo de las formas, todo es dual: femenino-masculino, húmedo-seco, alto-bajo, oscuro-luminoso, etc. Toda cualidad tiene otra que se le opone, y con la que busca estar en equilibrio. Cuando el frío aprieta, buscamos el calor. Cuando nos elevamos demasiado sentimos el vértigo de las alturas. Lo único que podemos oponer a la destrucción son nuevas creaciones, la luz a la oscuridad y el amor al odio. Devolver miseria por miseria es no encontrar el equilibrio, no devolver las cosas a su sitio. La Realidad Única es lo único que no está sujeto a estas polaridades, es el “lugar” de origen y polo de orientación de todo lo creado. En la cosmología coránica, Dios es un principio indual e indiferenciado. En Él todo está perfectamente equilibrado, han cesado completamente las oposiciones y todo se ha conciliado en Uno, está pacificado-equilibrado. De ahí que en el Qur’án Al-lâh sea llamado al-Yâmi’ (el Reunidor), y as-Salam (el Pacificador) y al-‘Adl (el Justo), y diga que Al-lâh ha establecido la Balanza: al-Miçan.

En el Qur’án, la Realidad Única recibe muchos Nombres, a través de los cuales podemos conocerLa, y participar (de algún modo) de sus cualidades. Son los Más Bellos Nombres de Al-lâh (al-asmâ’ al-husnà), de los que damos algunos: al-Qâdir (el Capacitador), al-Hakim (el Sabio), Al-Wâlî (el Protector), al-Wâsi’ (el Inmenso), al-Hafiz (el Preservador), etc. La tradición nos ofrece diferentes clasificaciones de estos Nombres. Aunque generalmente se habla de “cien Nombres”, en realidad los Nombres de Al-lâh son infinitos, ya que Él está detrás de todo lo creado. En este momento, podría decir que Al-lâh es “El que hace que estas palabras aparezcan sobre el papel en blanco”, o “El que hace que la ventana a mi derecha esté abierta”, y también “El que hace correr la brisa esta mañana”. Los Nombres de Al-lâh son infinitos, como son infinitos los modos mediante los cuales Al-lâh se manifiesta. Sus cualidades penetran todo lo creado, en todo espacio y toda circunstancia.

Entre los Más Bellos Nombres de Al-lâh, también se dan polaridades, significando la vida intradivina. El concepto Coránico de la divinidad no corresponde con la idea del Motor inmóvil de Aristóteles, ni del Big Bang de los físicos, un principio Creador situado en lo remoto de los tiempos y cuya actividad continúa tan solo por inercia. Por el contrario, en el Qur’án Al-lâh es al-Hayy (el Viviente), una Realidad absolutamente dinámica y omniabarcante, que no cesa de crear, y no tiene necesidad de descansar, pues no se cansa. Esto quiere decir que la Creación está siempre en su comienzo, que todo es nuevo para aquel que es capaz de una mirada renovada sobre el mundo. Entre los Nombres “polares” de Al-lâh hay algunos evidentes, pues el propio Qur’án los da juntos: al-Jâfid al-Râfi’ (el Abatidor-Elevador), al-Mu’izz al-Mudhill (el Ennoblecedor-Envilecedor), al-Muqaddim al-Mu’ajjir (el Adelantador-Retardador), al-Awwal al-Âjir (el Primero-Último), al-Zâhir al-Bâtin (el Manifiesto-Oculto). Otro tipo de polaridades se dan entre diferentes Nombres, tales como al-Muhyî (el Vivificador, que da la vida) y al-Mumît (el Mortificador, que quita la vida), o al-Muntaqim (el Castigador) y al-‘Afû (el Indulgente).

Observando los diferentes Nombres de Al-lâh que aparecen en el Qur’án, los sabios del islam han señalado la preeminencia de dos tipos de Nombres, a modo de clasificación, y a través de la cual podemos conocer algo de Al-lâh, en la medida de nuestras posibilidades. Se constata la existencia de Nombres de Majestad (asmâ al-Yalâl) y de Nombres de Belleza (asmâ al-Yamâl). Los de Majestad son mayoritarios: al-Malik (el Rey), al-‘Azîz (el Poderoso), al-Ÿabbâr (el Dominador), al-Mutakabbir (el Altivo), al-Quddús (el Insondable), al-Qahhâr (el Subyugador), al-‘Alî (el Altísimo), al-Kabir (el Grande), al-Ÿalil (el Majestuoso), etc. Son Nombres que infunden temor, porque hablan de Su grandeza y la insignificancia del hombre, criatura constantemente expuesta al dolor y a la alegría, criatura dependiente, necesitada de alimentos y ternura. Como Nombres de Belleza, señalar al-Rahmân (el Misericordioso o Matricial), al-Rahîm (el Compasivo o Matriciante), al-Halîm (el Manso), as-Salam (la Paz) y al-Wadûd (el Cariñoso), entre otros. Son Nombres que nos invitan a confiar en Él y a amarle, pues a través de ellos Al-lâh se muestra Compasivo, Cercano, Tierno.

En cierto sentido, esta clasificación es arbitraria: todos los Nombres de Al-lâh son al mismo tiempo de Majestad y de Belleza, pues no cabe establecer una separación en lo que es Uno. Esta dualidad corresponde a los modos como los seres creados captamos la Presencia de Al-lâh, y tiene realidad en la medida en que el Qur’án permite establecerla, como un modo de acercamiento a lo Insondable. Por un lado, Al-lâh se nos presenta como una Realidad inabarcable para el ser humano, que está más allá de todo cuanto podamos decir, pensar o concebir. Este aspecto de Al-lâh se expresa en la exclamación “Al-lâhu Akbar”, constantemente en boca de los musulmanes: Al-lâh es más grande. Por otro lado, Al-lâh es algo íntimo al hombre, quien puede captar su Presencia, un soplo de misericordia que todo lo recorre. Dice el Qur’án: “Al-lâh está más cerca del hombre que su vena yugular”, y “Miréis donde miréis, ahí está la Faz de Al-lâh”. Los Nombres de Majestad corresponden a la trascendencia de Al-lâh, al hecho de que Él es incomparable. Los Nombres de Belleza corresponden a Su cercanía, a la inmanencia de Al-lâh en las cosas.

Así pues, Al-lâh es al mismo tiempo cercano e inasible, trascendente e inmanente. Es visible en todo lo creado, pero no puede ser fijado en nada, ni comparado con nada, ni representado. El Qur’án dice que allí donde miremos está la faz de Al-lâh, y sin embargo, si yo digo de algo “esto es Al-lâh” estoy cometiendo shirk, asociando algo a Al-lâh, la peor de las transgresiones que puede cometer un ser humano. Para comprender esta paradoja, debemos entender que se trata de las dificultades de nuestra mente dual para captar a Al-lâh en si mismo, lo que no es criatura sino anterior a toda criatura, y por tanto no está sometido a las mismas condiciones espacio-temporales que nosotros. En este sentido, se ha hablado de la divinidad como un círculo infinito, lo cual puede decirse, pero es imposible de ser comprendido, visualizado o representado. Con esto rompemos con las reglas de la lógica, sin que ello signifique caer en la irracionalidad. Se trata, más bien, de tener conciencia de las limitaciones de la mente humana, que no es sino un órgano físico, parte de un ser vivo que se desarrolla en un medio muy determinado. De ahí que la tradición advierta sobre la imposibilidad de comprensión última del tawhîd, la Unicidad de todo lo creado, la Unidad sin número del Uno. En palabras del célebre maestro de Bagdad Abû Bakr al-Shiblî (m. 334/945):

“Aquel que define el tawhîd de una manera explícita es un apóstata, aquel que alude a él es un bi-teísta, aquel que lo evoca es un idólatra, aquel que discute sobre él es un inconsciente, aquel que guarda silencio sobre él es un ignorante, aquel que se cree cerca está lejos, aquel que realiza el éxtasis es deficiente; todo eso que vosotros distinguís por vuestra imaginación y aquello que discernís por vuestra inteligencia, todo ello es rechazado, os es retornado, pues es contingente y creado como vosotros mismos”.

Desde nuestro universo conceptual, donde se establecen las dualidades y las categorías, no puede fijarse la Realidad Única en su esencia, aunque si podemos acceder a ella de algún modo: mediante los actos de culto, la oración, la recitación, la meditación, la contemplación, la alabanza, el recuerdo. Mediante la práctica de adoración (‘ibada) entramos en contacto con el Uno, superamos las oposiciones y nos sumergimos en la Realidad Única de la que nunca fuimos desgajados. Comprendemos (siquiera brevemente) que el mundo de las formas es una manifestación del Uno, no algo separado. Aprendemos a amar la Realidad en si misma, a desapegarnos de todos los señuelos, de todo sueño de saber o de dominio, y nos remitimos al principio generador de vida y de muerte que hay detrás de todo lo aparente. Vamos desde las apariencias a la Fuente, pues sólo allí vislumbramos una solución de nuestra situación de seres contingentes, limitados por el espacio-tiempo. Una forma especial de ‘ibada, muy practicada por los musulmanes, es la recitación de los Más Bellos Nombres de Al-lâh. A través de la interiorización y repetición mecánica de un determinado Nombre entramos en contacto con esta cualidad en lo más profundo de nosotros mismos. La tradición ofrece centenares de fórmulas, basadas en el conocimiento de los estados psíquicos y espirituales del hombre. La repetición de determinado Nombre puede ofrecernos una clave de curación o de conocimiento.

Pero Al-lâh sabe más.

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