Las aleyas del agua

Siempre que hablamos del lenguaje coránico debemos referirnos a una multiplicidad de aspectos imposibles de fijar y transformar en un discurso humano. No podía ser de otra manera tratándose de Kalam Al-lâh, Palabra que nace de la Realidad directamente, pues lo que Él abarca no lo abarcan todos los sabios de la tierra. Desde el mismo momento que tomamos el Qur’án desistimos de todo intento de sacar una conclusión unidireccional, pues nuestra tarea no es domesticarlo, ni nos está permitido. Incluso una palabra tan inmediatamente comprensible como es la palabra “agua” acaba mostrando una multiplicidad de sentidos. Aunque nos vemos enfrentados a la tentación de clasificar esos sentidos, rápidamente vemos como dicha clasificación es, en último término, imposible. El Qur’án no se deja manipular como texto y nos requiere una lectura creativa, una meditación fluida y una humildad completa. Las palabras sobre el agua nos enseñan esa humildad y hacen evidente nuestra dependencia de lo anterior a nosotros: sin el largo, inmenso proceso de la vida, sin su despliegue pausado desde los tiempos remotos la insignificancia que somos no estaría aquí. El agua es testimonio de nuestro origen más lejano y en su interior reside la posibilidad de nuevas formas, de una nueva abundancia. Resulta evidente la importancia del agua para el curso de la vida, para su desarrollo y el establecimiento de la sociedad humana. Ese aspecto ha sido reconocido por todas las culturas, pues el hombre depende del agua de un modo casi obsesivo. Ella hace posible tanto la ganadería como la agricultura, y también engalana y embellece la tierra. Mediante el agua el hombre mejora su hábitat, crea jardines, da de beber al ganado, riega los campos, se limpia y sacia su sed. El agua es madre de la diversidad y el esplendor de lo aparente.

¿No ves cómo hace Al-lâh bajar agua del cielo y la tierra verdea?
(Qur’án 22.63)

En un primer momento el Qur’án nos habla el lenguaje simple de la vida tal y como podemos percibirla de un modo inmediato. En ese sentido no nos depara sorpresas: constatamos que el agua es agua de vida y que de ella surge toda forma y especie, que el agua vivifica la tierra y sacia la sed del hombre. Pero esa agua no tarda en deslizarse y presentar un aspecto siniestro: el agua “hedionda” y “muy caliente” del Yahannam. Existen, además, dos clases de aguas: “una potable, dulce y agradable de beber y otra salobre y amarga” (35:12). El profeta Musa, aleihi salam, partió en busca del lugar donde “las dos masas de agua confluyen” para encontrar allí al Jidr, el misterioso Profeta Verde que se constituye en el depositario de la Ciencia de Al-lâh. Se nos habla del agua pura, del agua engañosa, del agua del diluvio, y de la deliciosa “agua de Tasnin” (83:27). También vemos como el agua no únicamente desciende: también brota de la piedra. Con sólo lo que hemos dicho ya se ve que no nos será posible abarcar la temática del agua en todas sus dimensiones. No hemos pretendido hacer más que una meditación y cumplir con nuestro recorrido un rito, una ablución que ha de prepararnos para otras empresas. Nos hemos dejado llevar por esa agua, parándonos donde ella se para y fluyendo donde fluye. Los recorridos del agua son múltiples: derivan y se esconden. Nuestro texto, aunque vertebrado en torno a unos motivos fundamentales, se desvía del mismo modo y se estanca a veces perniciosamente. Se trata de callejones sin salida, auténticas lagunas en el texto. No pretendemos agotar lo inagotable sino realizar una invitación a gustar esa agua fecundante, pero también devastadora y ciega.

Hay que aprender a habitar el mundo como lugar de los fluidos, de las apariciones y las corrientes de luz, de torbellinos de átomos configurando las presencias, dando forma a aquello que se hace directamente tocable, masticable para el hombre. Se trata de una lluvia de átomos en permanente movimiento, un trasiego imposible de parar, de encerrar en una identidad fija. Se trata de un mundo donde lo único que permanece como idéntico a si mismo es “nada” y el espacio que media entre esa “nada” y la existencia es nuestro propio abismo de criatura, aquello que subsiste si nos despojamos de todo lo accidental con lo que nos identificamos. Observar los movimientos del agua puede clarificar las corrientes subterráneas de nuestra propia vida, lo que sucede bajo la piel y asoma en los momentos de máxima importancia. La metáfora del río ha gozado siempre de gran predicación entre los metafísicos del cambio: todo fluye y nada permanece, pero dicha metafísica no nos deja apreciar la consistencia de ese fluir que todo lo transporta. Se trata de la rahma de Al-lâh, de Su Misericordia Creadora. El torbellino funda un camino de viento para los hombres que nacen cada instante, pero también un camino de desesperación para aquellos que no saben adaptarse al fluir incesante, a las constelaciones repentinas que se abren detrás de cada esquina en la espiral del torbellino. Ya no es entonces la materia quien fluye sino la propia vida, la propia sustancia anterior a la materia, y una y otra quedan divididas. Si pensamos, en cambio, en que dicho fluir del río como de un constante estar haciéndose del río (del mundo) a través de una materia que es siempre cambiante pero idéntica a si misma en su conjunto. La permanencia es un resplandor constantemente haciéndose a si mismo, un brillo que se hace y se deshace no en la zona siniestra del engaño (donde el Shaytán domina) sino en el interior del torbellino (donde nos dejamos llevar por la rahma). La ausencia de algo es inimaginable para el hombre, pues el propio hecho de imaginar segrega una sustancia, pero la posibilidad de darle nombre (decir: “nada”) es el resorte desde el cual el “fiat lux” de la existencia se nos hace accesible. En el pensamiento atomista esa nada revierte siempre en formas y en imágenes que vierten simulacros, porciones de si mismos que asaltan a los hombres desde su propio organismo. Se trata también del circular de la sangre, de la segregación de la saliva, del intercambio de baraka: todo lo que en nuestra naturaleza se abre a la baraka pertenece a lo fluido, incluso el aniquilamiento. No existe lenguaje científico más apropiado para expresar las afecciones del alma que el de la meteorología, por ello el Qur’án ha usado ese lenguaje. Se trata de tormentas, de temperatura ambiente, de nubes cargadas de misericordia empujadas por el viento. Se trata de lo líquido y lo sólido, de las relaciones entre el movimiento y la fijeza. El intercambio entre lo sólido y lo fluido y entre la luz y el cuerpo no sólo no es imposible, sino que constituye algo esencial a la naturaleza, y por tanto de una “ciencia de la naturaleza” que quiera abarcar el movimiento interno a toda cosa, aquello que lo conforma y configura, que nos hace al mismo tiempo sólidos y etéreos, carnales y acuosos…

Existe una determinada expresión mediante la que se nos presenta el agua como un regalo de Al-lâh a las criaturas. Esta expresión es [Al-lâh] ha hecho bajar agua del cielo —con pequeñas variantes— y aparece en el Qur’án numerosas veces: (2:22) (2:164) (6:99) (7:57) (10:24) (13:17) (14:32) (15:22) (16:10) (16:65) (20:53) (22:5) (22:63) (23:18) (25:48) (27:60) (29:63) (30:24) (31:10) (32:27) (35:27) (39:21) (43:11) (50:9) (78:14) (79:31). Se trata de un número importante de aleyas, en las que se expresa la generosidad fecundante de Al-lâh. Es esa agua posibilitadora de otros desarrollos destaca inmediatamente a la conciencia como el origen de la vida: “Todo lo creamos de agua”. Mediante esa agua que desciende, Al-lâh

… ha sacado frutos para sustentaros. (2: 22)

… toda clase de plantas y follaje… (6.99)

… los cereales de que se alimentan ellos y sus rebaños. (32.27)

… de la que os damos a beber. (15.22)

… hacemos que crezcan jardines y el grano de la cosecha… (50.9)

… sacó de ella el agua y los pastos… (79.31)

… hacemos crecer primorosos jardines… (27:60)

… y crecer en ella toda especie generosa. (31.10)

… vivificando con ella la tierra. (2:164)

El primer sentido evidente del agua en el Qur’án (en la Realidad) es su poder fertilizante, donadora de formas. Ese carácter fertilizante tiene por objeto servir al hombre para su sustento y como creadora de belleza. Los adjetivos que cualifican el agua que baja del cielo, son bendita, abundante, generosa, vivificadora… En el lenguaje Coránico la lluvia es en si misma un signo de la presencia de Al-lâh. La abundancia del agua se equipara a la exhuberancia de la vida. Ella es el mismo origen, y siendo así es capaz de devolver la vida a lo que está muerto. En este sentido se nos anuncia la Quiyama, resurrección o levantamiento para la Última Vida. Es por eso que el poder que Al-lâh ha otorgado al agua es tal que es capaz de devolver a la vida una tierra muerta:

… vivificando con ella la tierra después de muerta.
(Qur’án 16.65)

Aquí podemos decir que Al-lâh es Az-Zahir, el Evidente. Ninguna ideología, ninguna filosofía, ninguna teología superan en eficacia a las aguas que descienden y dan vida a la hora de mostrarnos a Al-lâh. Es necesario que realicemos una aceleración del pensamiento e imaginemos el ciclo completo de la vida en un instante. La más precisa descripción de la vida y el destino de todo lo existente se resume en tres palabras: nacimiento, muerte, resurrección. Eso es algo inscrito en el interior de cada criatura y en todos los signos de la naturaleza. Si en el Qur’án los vientos son los anunciadores de Su rahma, las lluvias son los signos del Dador de vida:

Es el quién envía los vientos
como anuncio que precede a su misericordia.
Cuando están cargados de nubes pesadas
las empujamos a un país muerto
y hacemos que llueva en él
y que salgan gracias a su agua frutos de todas clases.
Así haremos salir a los muertos.
Quizás así os dejéis conducir.

(Qur’án 7:57)

Aunque en este aspecto el agua no nos resulta problemática no deja de enviarnos señales, dardos del sentido. Existe una profundidad que nos arrebata cuando gustamos la palabra como revelación, y nosotros hemos visto en estas aleyas los símbolos de los dones de la Vía. Las Palabras del Libro son de agua o de fuego, son átomos que se mueven en la nube primordial para caer configurándose en Mensaje que hace germinar lo que el hombre ha depositado en la meditación y en la plegaria. Todavía la lluvia libera intuiciones y hace brillar las hojas, tiene un efecto de suavidad, de frescor que limpia. Frente al fuego purificador de otros ritos más densos la lluvia aparece como la suavidad que trae la abundancia. El aire y el agua poseen una fluidez perfecta, pero el aire apenas si reposa. Ambos son capaces de adquirir las más diversas formas. El aire se concentra en nubes y se concentra aún más en la lluvia. Donde hay concentraciones de viento hay lluvias, por eso las lluvias son esa rahma que ellas anuncian. Las nubes son matriz de viento, son la densidad necesaria dada al viento para que el viento sea madre, para que la rahma se coagule y venza la distancia que separa la muerte de la vida. El agua es el instrumento a través del cual Al-lâh impone el dominio de la Naturaleza sobre todo lo creado. El modo de adorar a Su Señor del agua produce el crecimiento de la planta. Pedimos a Al-lâh que haga nuestros actos de adoración tan eficaces como el agua, capaz de hacer despertar la semilla que Él ha depositado en nuestro corazón purificado. 

La dependencia del hombre respecto del agua hace que nos demos cuenta de su maravillosa presencia. El agua es un signo evidente para aquellos que tienen ojos y un corazón atento. Se trata de algo que nos facilita la vida y que nos es entregado de un modo natural sin que tengamos que realizar grandes esfuerzos para conseguirla. Así la palabra descenso, tan importante en el Qur’án, cobra toda su potencia: se trata de un auténtico don que nos llega directamente de lo alto. De ese mismo modo descendió la Palabra y de ese mismo modo seremos rescatados en la muerte. Dicho signo se refiere a la misma estructura del mundo como un edificio. Las aguas que descienden son como las columnas invisibles que sostienen la tierra.

 

Os ha hecho de la tierra lecho y del cielo edificio.

Ha hecho bajar agua del cielo,

mediante la cual ha sacado frutos para sustentaros.

No atribuyáis iguales a Al-lâh a sabiendas.
(Qur’án 2; 22)

La única manera de mantener el agua quieta es posándola sobre algo sólido, dándole un recipiente cóncavo donde pueda hallar reposo. El carácter matricial de Al-lâh, su rahma, consiste no únicamente en ser generador de la existencia sino también en ser soporte. La concavidad del mundo posibilita la existencia, permite que lo líquido repose, pero su carácter convexo hace que ese mismo líquido se eleve, se evapore y vuelva al aire de donde procede. Existe una cantidad de energía en el agua que se queda en la tierra para alimentarla, mientras otra realiza su ciclo y resucita. Así mismo sucede con el hombre en todos sus aspectos. El hombre es una solidez ficticia, hecho en gran medida de agua a la que le ha sido dado un recipiente. El mundo es el lugar del reposo de la Palabra y su consumación en obras. El reposo del agua está en la simiente que se activa hacia la planta.

… haciéndose circular entre ellos un cáliz de agua viva.
(Qur’án 37.45)

El cáliz es el corazón del creyente, el vientre de la madre. Al mismo tiempo que la tierra recibe el agua primordial el hombre eleva su alabanza. Del mismo modo que la tierra germina el creyente realiza el acto de recepción de la Palabra. La abundancia del Mensaje nos desborda, nos deja parados y pasivos como madres ante la gestación de la criatura. Los gemidos de la madre son resultado del roce de la Rahma que se acumula y se desborda rompiendo las barreras, pasando por la oscuridad del vientre hasta la boca. Todo es matriz: todo contiene una potencia genésica que se extiende sobre la superficie de la tierra, o que se eleva a tientas. Nosotros somos, en gran medida, agua. La solidez posibilita que tengamos una identidad y un rostro. Nuestro rostro en el agua primordial refleja las mil caras cambiantes del transito. A pesar de la aparente permanencia de nuestras ficciones estamos constantemente fluyendo. Es Su rahma la que nos otorga consistencia.
 

Él es quien ha creado del agua un ser humano,

haciendo de él el parentesco por consanguinidad o por afinidad.

Tu Señor es omnipotente.

(Qur’án 25.54)

El agua es lo que nos une: es lo consanguíneo. Al enfrentarnos cara a cara al otro es el agua misma quien se mira. En la mirada del hombre anida el signo de su misma pertenencia al agua primigenia. El mar es inmenso, pero no es lo terrorífico inmenso sino el dominio del Majestuoso. El mar es inmenso porque es símbolo de Su Grandeza. La naturaleza circula sin definirse, existe sin fijarse, sin ser. El hombre tiene la capacidad de fijarse, de experimentar la fijeza… es incluso necesario que realice esa experiencia del vacío, pero prefiere asirse a una apariencia determinada como símbolo de su identidad. Ceder a una identidad es poner lo sólido por encima de lo fluido, es olvidar el agua que nos constituye.

Epílogo

“Inventar la historia líquida y las edades de las aguas”.
(Michel Serres: El nacimiento de la física)

Si nos es necesario recalcar la importancia de la fluidez del hombre es únicamente desde el momento en que esta se ve amenazada por una física concebida únicamente como “dinámica de sólidos”. Pero hay que decir que en un contexto natural espíritu y materia son equivalentes, e insistir en que la concepción del espíritu como superior a la carne no es más que un desvarío, un desequilibrio más en un mundo que ha perdido la medida. No debemos hablar de espíritu y materia como opuestos sino de los diversos estados de una única sustancia. Si bien la ciencia moderna partió de la erradicación de la superioridad del espíritu sobre la materia, reivindicando la materia, hace ya mucho tiempo que ha superado ese complejo (anti-religioso) de sus inicios para volcarse en el estudio experimental de lo que sucede en el interior de las cosas. Dichas concepciones, sin embargo, han quedado encerradas en el ámbito específico de la ciencia, no llegando a influenciar a las grandes construcciones mentales de los siglos pasados. La historia sigue siendo explicada como historia de lo sólido: edad de oro, edad de plata, edad de bronce, edad de hierro. La prehistoria del hombre se divide según su aprendizaje y manejo de lo sólido. El desarrollo de la concepción mecanicista es el de la preponderancia de dinámica sobre la ciencia de los líquidos y de los fluidos. Con anterioridad al Renacimiento, en los tratados de física se dedicaban tantas páginas a la hidráulica como a la mecánica. A partir de un momento la hidráulica se convierte en un apéndice de la física, y al final casi desaparece. El olvido del agua está en el origen de la modernidad. Se trata de un olvido de una dimensión esencial de la materia surgida en el seno de una sociedad que se ha visto abocada a la guerra como realidad ineludible. La historia de los sólidos es la historia de las máquinas, de los mecanismos que nos permiten lanzar un proyectil a la distancia necesaria. Estamos acostumbrados a pensar la física como referida a los objetos sólidos, a pensar la materia como algo que se puede golpear, pero la materia no es únicamente sólida, es también fluida. Este es el pensamiento simple que queremos recuperar ahora. Cuando hablamos de “dolor físico” o de “mundo físico” el lenguaje muestra una fractura, una separación del mundo elemental a favor de lo cuantificable, pero ¿qué es entonces un dolor anímico? El físico mecanicista es incapaz de localizarlo, y quedará relegado como un vestigio del pasado. La ciencia no se ocupa ya más que de lo sólido, ha desterrado el agua de si misma. Asistimos así al nacimiento de la locura. El carácter fluido de la vida ha sido doblemente traicionado. Primero por una concepción religiosa que opone la materia y el espíritu, y después por una física que se concibe como dinámica de sólidos. Esa doble traición se muestra en todas nuestras construcciones, en las explicaciones que realizamos sobre los acontecimientos. Parece como si en la historia sólo actuase lo sólido, como si tan solo lo que es consistente al tacto tuviese un poder o una fuerza para destruirnos. La historia de lo sólido es la historia del poder y de las guerras, de lo que es susceptible de ser construido y destruido por el hombre. Al afirmar la historia como dinámica de sólidos el hombre pretende afianzar su poder sobre la naturaleza, rechazar la consideración de aquellos planos donde su actuación se muestra estéril. No se puede bombardear el mar, tirar tiros al aire. No se puede detener un huracán, parar una tormenta. La guerra es el lugar donde se pone en práctica todo lo aprendido en las lecciones de dinámica. Por eso en los tratados de física del Renacimiento sólo vemos máquinas de guerra, inventos para traspasar la solidez del mundo. Frente a esa cultura de lo sólido el Qur’án nos ofrece una concepción del mundo como el lugar de los fluidos. Esta concepción tiene un reflejo en nuestro modo de concebir la historia. Ni las ideas ni los pueblos pueden desaparecer ni perecer bajo la presión de lo sólido, sino que se transforman y renacen con otros nombres, en otras latitudes. El agua es la generatriz en su aspecto informe, en su aspecto fluido. El agua se filtra bajo las piedras y configura nuevos ríos en nuevos horizontes. La cultura del agua es una cultura del encuentro. El encuentro de las aguas conduce a la simbiosis. El encuentro que se produce entre dos sólidos es, por el contrario, un choque, o un mantenerse distanciado. Nosotros estamos formados en mayor medida de agua que de cualquier otro elemento, y sin embargo la historia que hemos inventariado es la de los choques, de los enfrentamientos definidos por una dinámica de sólidos. Historia de las aguas significa: cuando el ejército griego avanzaba hacia Persia, las crónicas nos hablan de la victoria de uno u otro bando… pero nuestra historia, aquello que en verdad puede afectarnos en nuestra condición fluida, es la historia de un encuentro en el ámbito de las ideas. Dicho encuentro tiene su signo en el hecho de que Plotino y Manes se hallaban implicados en la guerra, de que avanzaban en uno y otro ejército no como guerreros sino a la búsqueda del conocimiento. El encuentro entre Persia y el Helenismo en el pensamiento de Manes y Plotino toma como soporte la forma de los ejércitos que avanzan. El neoplatonismo y el maniqueísmo son el resultado de ese avance, de esos intercambios de energías. Cuando se habla del islam y occidente, el islam es el agua. Se filtra como el agua, actúa como el agua. No se puede detener la rahma, acotar la misericordia que todo lo recorre. Ese encuentro entre los mares es personificado en el Qur’án por el profeta Musa, que la paz sea con él, en su búsqueda del conocimiento verdadero, de la ciencia de Al-lâh. La verdad de un acontecimiento solo puede encontrarse en la superación de la lectura de la historia como dinámica de sólidos. Cada hombre tiene su historia personal dentro del ejército, dentro de lo sólido. La movilización total nos pone a todos al servicio del aparato bélico, con lo cual pertenecemos, lo queramos o no, a uno de los ejércitos en lidia. Pero dicha pertenencia no es esencial desde el punto de vista de la totalidad de nuestra naturaleza. Pensar la historia desde la perspectiva de las aguas es superar la historia: realizar el encuentro en uno mismo.

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