Premio Nobel de la paz para Shirin Ebadi, defensora de la shar’îa

1) Un Nobel para una alfaquí

La iraní Shirin Ebadi, alfaquí de 56 años, ha sido galardonada con el premio Nobel de la Paz. En su comunicado, el Comité Noruego ha destacado su papel de mujer musulmana y defensora de los derechos humanos: “Es un placer para nosotros conceder el premio de la Paz a una mujer que es parte del mundo musulmán, y de la que este mundo puede sentirse orgulloso”.

Tras conocer la noticia, la galardonada expresó a la televisión pública de Noruega NRK su alegría: “Estoy muy contenta y orgullosa. Es muy bueno para mi, muy bueno para los derechos humanos en Irán, bueno para la democracia en Irán, y especialmente para los derechos de los niños en Irán”.

Se trata tanto del primer ciudadano/a iraní como de la primera mujer musulmana en recibir el Nobel. A nadie se le escapa que el premio constituye un apoyo a las reformas del presidente Jatami, movimiento con el cual Shirin Ebadi ha estado vinculada.

A pesar de lo desprestigiado que el Nobel pueda estar en el mundo, la figura de Shirin Ebadi merece destacarse. Al margen de su trabajo como abogada y de sus simpatías y actividades políticas, queremos hablar de su dedicación al fiqh y a la defensa de la Shar’îa. En particular, sus esfuerzos se han centrado en el estatuto legal de las mujeres y los niños, abogando por el retorno a las fuentes tradicionales islámicas como garantía de justicia. Como veremos, esta mujer es una combatiente, empeñada en lograr que en su país se apliquen los principios del islam correctamente.

2) Trayectoria

Nacida en 1947, Shirin Ebadi vive y trabaja en Teherán como abogada. A los veintiséis años se convirtió en la primera mujer en ejercer de juez en la historia reciente de su país. Entre 1975 y 1979 presidió el Tribunal de Primera Instancia de la ciudad de Teherán. Tras la Revolución fue obligada a dimitir, pasando a trabajar como abogada y profesora de jurisprudencia islámica en la Universidad. Es autora de una docena de libros sobre fiqh y derechos humanos: “Historia documental de los derechos humanos en Irán”, “Los derechos de los niños”, “Los derechos de los refugiados” y “Tradición y modernismo en la Ley iraní”, entre otros.

A pesar de su rechazo a entrar en política, en los últimos años se ha visto vinculada al partido del presidente Jatami, aunque como independiente. Durante la campaña electoral de 1997 jugó un papel activo a favor de los reformistas, lo cual no le ha impedido ser crítica con ellos en caso de considerarlo necesario. En una entrevista concedida este mismo año a The Guardian, se declaró “muy decepcionada” por el estancamiento del proceso de reformas. Es una figura muy conocida en su país, a causa de sus escritos críticos con el sistema judicial y su defensa en los tribunales de causas célebres.

En más de una ocasión ha sido encarcelada. La última, el miércoles 28 de junio del 2000, cuando fue arrestada junto a Mohsen Rahami, a causa del envío de un vídeo al diputado Mostafa Tajzadeh, con una nota donde le advertía de una posible conspiración en contra suya. Dicho video contenía amenazas contra miembros del partido de Jatami. Tajzadeh notificó las amenazas al Ministerio del Interior, con lo cual acabó provocando el encarcelamiento de sus advertidores. Junto con Mohsen Rahami, fueron acusados de “perturbar a la opinión pública” y de distribuir videos de propaganda contra el islam. Permaneció en prisión durante 25 días, hasta que pudo salir bajo fianza. El 27 de septiembre, en un juicio a puerta cerrada, fue sentenciada a quince meses de cárcel, además de una suspensión de sus derechos civiles durante cinco años. La sentencia no se ha hecho efectiva, y tampoco se le ha retirado el pasaporte ni impedido seguir con sus actividades. Actualmente la sentencia “pende como una espada de Damocles sobre mi cabeza”.

Otro caso célebre es el de Daryush y Parvaneh Faruhar, un líder estudiantil y su mujer asesinados en 1999, como parte de los llamados “asesinatos en serie” que aterrorizaron a la intelectualidad reformista. En las investigaciones del caso, agentes de inteligencia gubernamentales fueron implicados en el crimen, lo cual puede darnos una idea de la peligrosidad de sus actuaciones. 

Es fundadora de la Asociación de Apoyo a los Derechos de los Niños en Irán, y miembro de diversas asociaciones internacionales de derechos humanos, así como del Komite-vos el az de Defa’ Hoquq-e Qorbanian-e Qatle-ha-vos Zanjire’i (Comité para la defensa de derechos de las víctimas de los asesinatos en serie).

Su obra ha tenido un amplio reconocimiento internacional, ratificado ahora por el Nobel de la Paz. En 1996 fue galardonada por Human Rights Watch, y el 2001, recibió en Noruega el Premio de los Derechos Humanos Tholof Rafto, por su defensa ante los tribunales iraníes de mujeres, en causas de divorcio y de tutela de los hijos. Por su significación en estos tiempos, señalar su lucha a favor de los derechos de los refugiados. En todos estos campos, Shirin Ebadi lucha por lo que considera una aplicación correcta de la Shar’îa

3) Musulmana practicante

El presidente del Comité Nobel, Ole Danbolt Mjos, dijo que con este premio quieren “señalar que la gente tiene derecho a que se respeten los derechos humanos vivan donde vivan, en el mundo musulmán y en todos los demás países donde la lucha por los derechos humanos necesita inspiración y apoyo”. La prensa dice el resto: se trata de un espaldarazo a un “islam moderado y democrático”, a “todos aquellos que luchan por hacer compatible el islam con los derechos humanos”.

En algunos periódicos éstas ideas se expresan de una forma poco convincente. En Le Monde, una columna se titula Para esta mujer musulmana, el islam es compatible con la dignidad humana”, lo cual nos hace pensar que el periodista en cuestión piensa que otras mujeres musulmanas creen que el islam no es compatible con la dignidad humana. Algo similar dice El País en su editorial del día 11. Sin duda, se trata de periodistas mal informados.

La prensa parece sugerir que ella combate en contra de un régimen islámico. Nada más falso. Cuando Shirin Ebadi habla de la ley en Irán, utiliza la expresión “en nuestro sistema legal…”. Esta mujer se halla implicada en la actual legislación islámica, a la cual critica desde dentro. No se posiciona a favor de la abolición de la Shar’îa, sino contra las injusticias que se puedan cometer en su nombre, es decir: aquellas prácticas que considera desviadas de la enseñanza genuina del islam.

En un artículo de Le Monde, Michel Bôle-Richard y Mouna Naïm se preguntan: «¿Es practicante? Rechaza responder a esta cuestión, contentándose con afirmarse “musulmana” [entre comillas]». Este no es el único lugar en el que se sugiere que su “islam” es una estrategia, adoptado para poder defender los derechos de las mujeres frente a los mullahs. Otra falsedad. En una conferencia ofrecida el 9 de mayo del 2001 en Estocolmo sobre las “condiciones y obstáculos para la libertad de las mujeres en el Irán actual”, y ante un agresivo auditorio de feministas occidentales, se presentó como musulmana practicante. En el debate posterior, donde fue objeto de duros ataques, afirmó su convicción de que sólo desde el islam se podía mejorar la situación de las mujeres iraníes.

En una entrevista realizada por Michael Theodoulou y publicada en The Cristian Monitor, Shirin Ebadi se mostraba enfurecida contra aquellos que afirman que su trabajo servía a la “arrogancia global” (istikbar-i jahani, sobrenombre con el cual el Ayatol-lâh Jomeini se refería a los EEUU): “Soy iraní. Estoy orgullosa de ser iraní, y viviré en mi país mientras pueda”.

4) En el nombre de la Shar’îa

La necesidad de revisar las actuales leyes de su país en función de las fuentes del islam es una idea que se repite en sus escritos. Por ejemplo, en el caso de la lapidación, alega que esta práctica fue abolida por Al-lâh en el Qur’án, y que no hay nada en las fuentes que justifique mantenerla. Esta tesis fue defendida por un grupo de parlamentarias iraníes, logrando a principios de enero del 2003 que el jefe del Poder Judicial, Ayatol-lâh Mahmud Shahrudi, ordenase el fin de las lapidaciones.  

La misma referencia al Qur’án como principio de jurisprudencia es alegada en el caso del pago del dîyeh, conocido (abusivamente) como “dinero de sangre”. Ebadi considera injusta la actual legislación, según la cual la mujer debe cobrar la mitad que el hombre por las violaciones de sus derechos. Más allá de la discusión sobre la naturaleza y alcance del dîyeh (*), la crítica se centra en su aplicación. Un ejemplo puede aclarar la naturaleza de sus reivindicaciones.

El Artículo 209 del Código Penal Iraní estipula que si un hombre musulmán mata deliberadamente a una mujer musulmana, la familia de la mujer asesinada puede exigir la muerte del hombre (ley del qisas o equivalencia entre el delito y el castigo). Sin embargo, y dado que el dîyeh del hombre es considerado el doble del de la mujer, hay que pagar la diferencia… Así pues, para que el qisas se produzca, la familia de la mujer asesinada tiene que pagar la mitad de la compensación establecida por la muerte del hombre (lo que vale la mujer) a la familia del asesino. Si no hay dinero, el crimen queda impune.

Todo lo referente a las leyes iraníes del dîyeh es sumamente oscuro, con lo que se ofrecen subterfugios para salir impune de un delito, o pagar una simple multa por un asesinato. El volumen cuarto del Código Penal se detiene en extraños cálculos y equivalencias entre distintos órganos genitales, ojos de hombre frente a ojos de mujer, etc. Toda una casuística en ocasiones absurda, sacada de la “excesiva dedicación” de algunos alfaquíes.

En un texto de 1998, habla de la discriminación hacia los no-musulmanes en el Código Penal Iraní, en flagrante contradicción con el Qur’án y la Sunna del Profeta: “Si un musulmán mata a un zoroastriano, no se consideran sus vidas equivalentes, y por tanto basta con que pague el dîyeh a la familia del asesinado… Por tanto, si tenemos dinero suficiente, podemos matar a todos los zoroastrianos y cristianos que queramos sin enfrentarnos al qisas… ¿Es esto correcto? ¿Es esto compatible con el concepto de justicia en el islam?”.

En una entrevista reciente, Shirin Ebadi mostraba su satisfacción ante las declaraciones de un importante clérigo, quien opinaba que la igualdad de la compensación por muerte del hombre y la mujer estaba prescrita en el Qur’án: “Como sabe, el Ayatol-lâh Sânei anunció en una entrevista que hay casos en que el dîyeh depende de una comprensión personal, pero que el dîyeh del hombre y el de la mujer ha sido establecido como igual en el Qur’án.”

En la misma entrevista se refiere a la confusión imperante en torno a la ley islámica: “Hay gente que piensa que estos temas son parte de la Shar’îa, mientras que yo creo que nos hemos desviado mucho de la Shar’îa”. En estas circunstancias, se comprende el rechazo existente a estas supuestas “leyes islámicas” en muchos ciudadanos. Siendo así, el trabajo de gente como Shirin Ebani en defensa de la Shar’îa es tan necesario como digno de elogio.

Otros puntos polémicos de la legislación iraní son puestos de manifiesto a lo largo de sus obras. Por ejemplo, el hecho de que una mujer está obligada a obtener la autorización de su padre o tutor para su primer matrimonio. Esto hace que en el Irán actual se den casos absurdos, como el de una mujer de cuarenta años y profesora universitaria, que tenga que solicitar dicha autorización paterna.

Otros temas denunciados son el hecho de que para algunos crímenes las mujeres no sean consideradas testigos válidos; o la prohibición de ejercer de juez que pesa sobre las mujeres, por considerar que son “demasiado emotivas”. Este último argumento (sin ningún fundamento en el Qur’án o la Sunna) ha sido reconsiderado últimamente por algún eminente Ayatol-lâh, con lo cual existe la posibilidad de que Shirin Ebani vuelva a la magistratura.

Al hablar de su lucha en favor de los derechos de los niños en Irán, se expresa del siguiente modo: “Nuestra petición al Parlamento es la de encontrar la ayuda de un muÿtahed [interprete autorizado en materia de jurisprudencia] que conozca las necesidades de los tiempos para proclamar que el islam es el guardián de los derechos de los niños. Lo que ha sido establecido por las leyes islámicas en defensa de los niños es mucho más prolífico que los principios publicados de la Convención de Derechos de los Niños [de la ONU]. Nuestro requerimiento al Parlamento es clarificar los puntos apropiados y declararlos leyes”.

En este tema, como en tantos otros, los musulmanes sólo tienen que dirigirse a su propia tradición para descubrir los elementos de una jurisprudencia más avanzada que cualquier declaración formal de derechos, establecida por los organismos internacionales. Eso está ahí, como patrimonio de todos los musulmanes, pero al recuperarlo hay que atreverse a denunciar una tradición jurídica manipulada y que padece de “esclerosis múltiple”. Hay que reconstruir el fiqh desde cero, tomando como ejemplo los principios (usul) y la actitud noble y desinteresada de los grandes alfaquíes del pasado.

No podemos siquiera hacer una mención a todos los temas destacados por esta luchadora: la pena por apostasía; la ley del hiyab; la libertad de expresión; la ausencia de derechos de los nacidos fuera de un matrimonio legalizado; los castigos corporales, etc… Más que explicitar cada tema, lo cual sería arduo, queremos destacar su visión de la Shar’îa como un “camino fácil” y un servicio para el conjunto de la sociedad, antes que un mecanismo de control del cuerpo y las conciencias.

Para Shirin Ebani, “si los derechos humanos no son respetados en algunos países musulmanes, es a causa de que cierta gente está realizando una interpretación completamente errónea de las leyes del islam”.

Este es el yihâd lento y trabajoso emprendido por Shirin Enani: tratar de argumentar, influenciar y presionar a los Guardianes de la Revolución para que las leyes que considera contrarias al islam sean abolidas del Código Penal Iraní.

Nota sobre el dîyeh

(*) No podemos entrar a fondo en esta discusión. Para información de los lectores, nos limitamos a explicar que según las más conocidas escuelas sunníes de jurisprudencia, el “precio de sangre” de la mujer es la mitad del hombre. Esto se justifica en un hadiz, transmitido por Mu‘adh ibn Ÿabal, según el cual el Mensajero de Al-lâh (saaws) habría dicho: “El dîyeh de la mujer es la mitad que el del hombre”. La explicación es la siguiente: el “precio de sangre” tiene por objeto resarcir a la familia de la pérdida económica sufrida por la muerte de uno de sus miembros. No es el precio de una persona (que es incalculable), sino una compensación económica para que la familia afectada pueda sobrevivir. Dado que lo habitual en una sociedad tradicional es que el hombre mantenga a la familia, parece lógico que la compensación en caso de muerte accidental de un hombre sea mayor que en el caso de la muerte de su mujer. En la práctica, el hecho de que el dîyeh del hombre sea el doble, quiere decir que su viuda cobrará el doble en caso de muerte accidental de su marido. De hecho, algo similar sucede en los países occidentales: la pensión de viudedad se mide por los ingresos del cónyuge fallecido. Como sucede siempre que miramos las leyes del islam de cerca, nos damos cuenta de lo absurdo de las alegaciones de “discriminación contra la mujer”. Por otro lado, la mayoría de los alfaquíes sostienen que sólo existe dîyeh en caso de accidente o asesinato involuntarios. Esto se sostiene, por ejemplo, en la Bidayat Al-Mujtahid de Ibn Rushd. El problema del caso iraní, sin embargo, es más complejo, ya que el dîyeh parece aplicarse de forma indiscriminada y bastante oscura. ¡Pero sólo Al-lâh sabe!

Una respuesta a Premio Nobel de la paz para Shirin Ebadi, defensora de la shar’îa

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