El ángel de la muerte

El ángel de la muerte es el lenguaje
Giorgio Agamben

 

Que Dios cante contigo,
que en la recitación del Libro seas preso
y el ángel de la muerte te visite.
Que seas convocado
a un repliegue esencial de la palabra.

Esta es la llave de la palabra oscura,
inmerecida ambigüedad del tiempo,
del acordarse de la criatura.
No se trata de versos ni de ideas,
se trata de un decir intempestivo,
excluido de las conversaciones cotidianas.
La palabra que abisma, que busca sus raíces,
sus ecos en el cielo.

El ángel de la muerte es el lenguaje.
Se anuncia silenciosamente,
la buena manera de morir, la destrucción del mundo.
Liberación de la palabra
hacia su propio centro inexplicable,
la fuga incontrolada hacia un hogar oscuro,
inhabitable por el hombre.

Topamos con el verbo desgajado,
con la palabra a salvo de todos los objetos.
Topamos con el más allá de lo existente,
con un decir que nada dice.
La pura inmediatez de lo increado
que anida en la criatura.

Anunciación de un tiempo sin gloria, sin palabra,
de una anterioridad que espera a su enemigo,
que reconoce tu mirada.
La enemistad secreta del ego y el rostro
del hombre ilumina el camino de la muerte.
Anunciación del pliegue y el repliegue,
del replegarse en si del lenguaje
hasta la inmediatez más escondida,
hasta el presente más eterno.

El ángel de la muerte se revela,
nos dice y nos revela.
Destrucción de los órdenes creados por el hombre
que nos revierte a lo inmediato.
Revelación de lo más allá del ser,
de la anarquía del Infinito,
de lo completamente otro, sin espacio,
sin normas ni testigo.
Oscura nube del no saber que sabe
de las gentes que no tienen ojos
ni mano ni secretos,
que todo lo entregaron a su tiempo.

El lenguaje en la raíz del cielo
trabaja sin figura.
Llegar hasta el punto sin retorno,
allí donde los átomos del alma
se vuelven átomos del tiempo,
allí en la muerte nadie te acompaña.
Testigo de tu propia ausencia, testigo sin testigo,
dirás la conexión de tus actos con el todo,
con la balanza y la medida,
con el peso de los actos acordándose del peso
de los astros congregándose en tu pecho.

La revelación se realiza por aquel que la recibe,
por el sujeto inspirado por la correspondencia,
por la unión de la muerte y la palabra.
Inversión del orden: el caos es la puerta,
la nada es la palabra realizada,
el mundo conciliado por la analogía.
Revelación que anhela su límite en la forma,
que se inclina y se vierte en una paradoja,
que encauza las palabras hacia el mundo.

Palabra creadora de una exterioridad
acorde con lo que era,
que une y afronta la herida,
que encuentra la mano de luz en la mano de plomo,
que ve la mirada del cielo en la faz enemiga.

Recobramos un rostro y una mano
que ha destruido el ego para darse al Otro.
Mirada que encuentra y revela la Faz decisiva.
Una exterioridad que es núcleo,
la propia palabra jardín en la boca,
la mano que mece la cuna,
que une el espacio de la imaginación
con el espacio de la casa,
que deja que el misterio circule por los dos espacios,
de lo uno a lo otro, indistintamente,
según la señal recibida.

Analogía, oh sol de la inocencia
del decir y el crecer de las plantas y de las palabras,
de los átomos que son letras,
de las letras que son lluvia.
Descubrir la inocencia de la muerte
aprender a morir, a ver como nos vela
la palabra.

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