Trabaja la palabra

septiembre 30, 2006

Aunque la nieve caiga en racimos maduros
nadie sacude ramas allá arriba

el árbol de la luz no da frutos de nieve.
Octavio Paz, Semillas para un himno

Animales porosos, de espanto a
la deriva. Jardines invisibles y un
cielo concentrado
en un punto
infinito.

Infinita la sed en este
día, el aroma de ausencia, la
voz naciendo a espaldas de
la hora, hacia la
lejanía, alud, enredadera,
liana, abismo, mar
enmascarado.

Animal la palabra, porosa,
visitada por duendes y
esperanza, visitada por una vieja estrella
en un ciclo de
muerte.

La palabra se estrella,
envenenada flecha hacia un horizonte
de fuego, hacia un fracaso o
verde porcelana
rota en fragmentos, contra la palabra.

Oh sed, oh lejanía, vocal
llagada, manos en la masa, la
eterna profusión de números trabaja
en las tripas del
mundo submarino.

Oh sed, oh lejanía,
la palabra trabaja los músculos del
fuego, tensa la luz y
alcanza la avenida
del cielo azul como
humo que se eleva.

Animales cruzando, del
vientre a la corona, del fuego
a la alegría.

Cruzando y recibiendo a la
palabra, encendiendo
las manos de la nada, acariciando
el viento tu futuro.

Oh fuego azul, trabaja la palabra.

Se encuentra con la máscara arrojada
por un ángel cruzándote la
lengua, signos y antojos de un
destino anterior a tu
propio nacimiento.

Devoración, orientación, sosiego,
la palabra trabaja en lo invisible,
abre canales, canaliza el
fuego, lo concentra y
eleva hacia el vacío, hacia
el encuentro de la marioneta
con pájaros de vidrio.

Oh cielo cristalino, encuentro
vertical, nido de
asombro, asombrosa
presencia del poema.

Encuentro, simulacro, enredadera,
la almendra de
esta mano o el nicho de
este día.

Luz vertical segrega la
noticia, la voz que no
ilumina rompe acaso
el horizonte y hunde su
secreto en una musical
sentencia sin sentido.

Devoración, ocultación que abre
un canal en el
sacro, un hueso en la
conciencia, un número en la
risa.

Oh cenital
deslinde, aparición del agua en una nube,
pasión que se evapora.

Árbol quemado, sueña tu
memoria los frutos en el
cielo.

Árbol de fuego engendra la
semilla, vuela y acoge el vuelo de la
nieve.


Todas las islas la isla

septiembre 28, 2006

“En el paraíso he apuntado a una isla
idéntica a ti y a una casa en el mar”.

Odysseas Elytis

“Ningún hombre es una isla”.
John Donne


Ningún hombre es una isla, que se sepa. Todo está conectado, que se sepa. Todas las madres son la madre, todas las islas son la isla.

En esta tierra, en el umbral, a modo de interregno o espacio dado a la más oscura molécula resuena la nada que nos mide y nos congrega. En esta misma oscuridad visible, entre las líneas de una mano grande, más grande que el deseo, que se sepa encontrar la primigenia.

Todo es cuestión de tiempo, que se eleva, la medida inspirada en su corona, en la imagen impresa, en la impresión que cede y se concede. Todo es cuestión de imágenes-destino, de ángeles-barquero y en la orilla de la columna vertebral se eleva la misma podredumbre transmutada. Todo es cuestión, todo es pregunta, todo se conjuga y nos inquiere, demanda una respuesta, que al darse al corazón se eleva.

Reconocer la isla que contienes, volviendo a recorrer lo consanguíneo, la misma cualidad salina en todo lo visible, el reino de los peces dándose al secreto, las algas en la mano más grande que la noche. Todos el mismo frío, el mismo anhelo. Si supiese, si pudiese arrancar, abrir mi pecho, si conociese al otro en su morada, si se rompiese el molde y lo sabido sufriese su infinito.

Si conversase, tranquilamente, con las presencias de la noche, con una oscura mano en la muralla, si rompiese los límites y el ángel trajese la pregunta, si pudiese. Si al elevarse diera la isla a su ventura, su desventura acaso, si en la mano un estremecimiento de algas, de peces, de destino.

Las ruedas, los escombros, la lucha de repente, la infinita manera de arder, lo consanguíneo, lo consabido en esta isla acaso. Manera de estar en el centro, en este reino indivisible. La mano y la corona, los peces y las penas, la más acústica víscera increada, la más rotunda voz o escombro de este día. Legítima extrañeza, vocálica medida sin medida, la mano que en la luz se ha suicidado, con panes y con peces, con música y con ángeles-susurro, con una sola imagen por fin ilimitada, con una voz visible, con algas en la mano.

La más rotunda voz y una aureola, en esta isla nadie parecía, nace a lo semejante ahora rompiendo la tiniebla. Cipreses, abedules, amante la mirada recorre cuanto ama, reconoce el traspiés de su llegada, reconoce el porque de la muralla. Una aureola, amante por siempre congregada, en una isla acaso que es centro de otra tierra, el mismo centro acaso de todo lo visible.

Ningún hombre es una isla, dice el poeta y danza su corazón abierto, su víscera estrellada, su sangre se evapora. Nada lo mide, nada lo condena, el mismo impulso acaso liberado en cada corazón se orienta hacia el Amado. Su rostro en la isla, la isla que orienta hacia otro, el otro es el mismo, la misma certeza recorre los mundos y posa su mano en mi pecho.


Poemas todavía

septiembre 10, 2006

Ya no se dice oh rosa, ni

apenas rosa sino con vergüenza.
Gonzalo Rojas, Adiós a Holderlin.

Todavía las rosas nos
dicen todavía,
todavía desnudas como
piedras olorosas y lindas
todavía y nosotros
callamos, no sabemos
cantarlas,
cúmulos de vileza,
de vergüenza al temblor de versos
todavía.

No sé porque han
salido las
rosas este año.

Los poetas no dicen oh
rosas, solo
dicen serpientes, negrura o avioneta,
nos dicen que este nuevo siglo
se quema y el incendio del
Reichstag continúa.

Ilumina ese fuego
sus versos de estiércol
y gemido, mientras rosas al sol
se incendian de belleza.

Hay que escoger, decrepitud
sublime en su extrañeza
o eterna lozanía de
versos todavía.

Así de simple: el mundo me
ha hechizado, su influjo me
convoca más allá de las formas
a ver la recurrencia
de un deseo que arrastra
tras si todo deseo.

Flautista de Hamelín, el cielo
nos convoca, nos arrastra
a la nube del no saber
y estalla en tormentas de
versos todavía.

Así pues, ¡a cantar, a
fornicar, a
darse al ciclo de la espiga,
a la resurrección como destino!

¡A comenzar
de nuevo! ¡A nacer y a crecer
de pétalos rodeado! ¡A combatir
el tedio del incendio! ¡A conciliar
el sueño del desierto con el sueño del mar
bebiendo vino! ¡A contar
granos de arena! ¡A contar
gotas de agua!

Ni el cielo ni
la tierra han renunciado,
siguen ahí, su hechizo
nos convoca, sus círculos
de mirra tocan el
cuerpo, se abren en tu
entraña.

Loco de
amor, de todavía,
en lo anterior y posterior
a todo, loco de olor de
rosas todavía.

¿Y para qué poetas?

El decir del
olor a cielo nos provoca
un vómito de amor en esta hora
donde
el mar y el azul se
dan la mano, donde
el verde del tallo nos
conduce al estallido
en rojo de la rosa, al coronarse
de la marioneta con cánticos y
danzas todavía.

A la manera de los
antiguos, primitivamente
primitivo, como sabía el druida y el
aeda andino.

Volverá a hablarse
etrusco sobre todas las
playas, volverán las
oscuras golondrinas
a la gran risotada de este día.

Tímidamente asoma una
palabra, se
pierde el humo del incendio
y una risa de nueces nos
dice oh rosas, oh poema
oh cielo azul de
versos todavía.


Cinco influencias de Gonzalo Rojas

junio 1, 2004

Cinco influencias de Gonzalo Rojas

Lo cierto es que llueve. Pensamiento o
liturgia, lo cierto es que llueve.
Gonzalo Rojas, El alumbrado

 
1ª. Corro el peligro de perderme,
madre, en un laberinto con-
céntrica ranura.

Corro el peligro, madre,
de verte desnuda de hijo
y andar boca
abajo, sin cuerpo, sin
dudas, sin pechos, sin
manos, sin
todo el azar de un abrazo.

Corro el peligro de perder-
me, y andar boca
abajo, sin cuerpo en lo oscuro
unitivo.

El centro es mi origen, la lucha
felina me impulsa al furor
desnacido.

¡Como me atrae, madre, lo
anterior a mi propio nacimiento!

2ª. Nacido el reniño se adelanta
y mira, ya
encantado el abismo, ya sesudo
de exactitud al asombrarse ahora.

Mira la oscuridad, como gravitan
los pies y la cintura
tuya después de mía, turbia
después de clara.

Mira y mira que miras
parado como el mulo de Lezama.

O te lanzas o
pudres el ardor, no hay testimonio
andante sino eso, o
te abisma el eléctrico
frenesí
despoblado
de músculos
ahora
o te quedas maldito en tu cuerpo podrido.

Quedarte ahí parado en la
higuera maldita, te
saldrá caro, anémona gaseada,
siempre espécimen, racimo
de estiércol
sin árbol
ni entraña.

Quedarte ahí es olvidar tu
origen, la límpida
manera de comenzar el día
y otro día
y otro camino cada orgasmo,
cada vez que te caes
de bruces en lo oscuro.

3ª. ¡No me dejes tensa-
do, maldita comezón que cabecea!
¡No me dejes podrido
mirarte en un
espejo! Rota y rota, traslada,
manumisa centella,
traslada de la cáscara al
meollo, de la médula
exacta al meridiano cero.

Y a empezar que te
empiezo a recorrer y a
comenzar de nuevo.

Que te empiezo a
querer y cabeceo
siluetas sin nombre.

Que te empiezo y
empieza el saboreo,
manumisa centella.

4ª. Rotación, traslación, sonámbula fijeza
que sabe a mar y sube
tu espinazo, semilla, de tuétanos desnuda
en constante trasiego, respira
y te atragantas
en el rítmico mármol de pétalos
deseoso.

Deseosa de arder, de acallar la rabieta
del psíquico desliz se abre
al macho tenue, al complejo titán
de sus sueños y teje
y desteje y contrae la expansiva tiniebla
dando paso al aullido, oh felino
el ahora.

Mismísimo dislate, abierta y encontrada
se traslada del mundo a la naturaleza,
¿otro mundo tu espalda? otro
zarpazo acaso zanjando la tiniebla.

Así hay que estar, que
ver, que vivir
perfumado, glorioso, telúrico, entregado,
así hay que arder, del
sudor al sopor de la
belleza, trasladando el placer de la nada
a la cosa, de la cosa a la nube.

Así fue y así sea, gast-
ando, regal-
ando, vaci-
ando el vacío.

5ª. Así pues Gonzalo
Rojas, si está es la contra-
danza, hijo del minero, si esta
es la otra historia
del carbón, su resplandor
hialino, si estuviste loco,
si te metiste en tiesto milenario,
en ánfora horadada
y te estriaste como
flor mapuche, si estuviste aquí,
y hendiste y liberaste numinoso
en algas y en raíces, la médula
ósea, el esqueleto,
el prana y el apana de Gonzalo
que explotó en poema y
en coito y en meteoro
fabuloso, ¿cómo no
hermano
hermanarse, como no
encontrarse, reflejo
tras reflejo, donde el verso diga?

Por eso se repite
el espejeo, la rota-
ción, el desarrollo,
la máscara y meollo
del tiempo a tientas de
su gran trabajo.

Por eso se contagia
el ritmo meretriz y el
meteoro, por eso se concilia
lo distante en un súbito fornicio.

Por eso, por eso, por Gonzalo.


El emboscado

enero 14, 2004
  1. Mortal de necesidad, el emboscado hiere sus pasos y avanza sin camino, hasta un claro en el bosque, hacia un lugar inaccesible. Ese lugar —llegado sin camino— le estaba reservado, es un recóndito paraje jamás hollado por el hombre.
  2. En ese lugar no puede ver su límite, solo dar la señal, dejar aparecer los márgenes, exponerse a la mirada de las bestias. Exponerse a la ofensa, a ser derrotado. Querer ser derrotado, batirse en retirada, a un repliegue esencial de la palabra.
  3. Caminos al bosque, lugar sombrío, abierto a lo que sea, cerrado a lo sabido. Sin límites, sin verbo ni doctrina, guiado por la fuerza que acontece, por el puro estallar de la materia en formas y animales. El reino vegetal, el animal, el reino de la luz, el reino de la pura transparencia. Son nubes en el cielo, árboles que se mecen, la sangre por tu cuello.
  4. Toda una fauna expresa lo viviente. Toda una fauna, un límite o fricción que te estremece. Los dientes como un gato en medio de la noche, los pies como una araña. Ojos brillantes nos escrutan, son los ojos de la animalidad más transparente. El animal no muere, queda expectante desde la madriguera. Brillo animal de la palabra, potencia agazapada.
  5. Es la muerte del otro, la muerte era lo otro, el saber que confiesa sus culpas y se entrega. Rondando una tiniebla libre y fiera. El saber geológico perfora la tiniebla, pregunta lo indecible, que no tiene respuesta.
  6. Relación impensada, la muerte y el lenguaje. La voz de una recóndita manera, a la manera de los antiguos, de un modo transparente, sin dobleces, un repliegue esencial de la palabra.
  7. Un modo de entrar del lenguaje en lo otro, de romper con el límite sabido, de proponer murallas en lo oscuro. Solo una mano palpa la muralla, la mano blanca del suicida. La fuerza de lo negativo, potencia sinuosa.
  8. Resistencia y entrega de lo mortal a la muerte: toda respiración propone un reino.
  9. La experiencia del bosque, la elección de tu límite fuera de los límites, en un espacio vivo, caótico y sombrío. La nuda vida, desnuda de cultura. Afirmarse en lo eterno negativo. Orientar tu deseo hacia la piedra negra, al corazón de la materia. Orientarse a la ausencia de objetivos, al ser ahí de la potencia. Hacer de las pulsiones un magma indescifrable, hacer de los sentidos un círculo de fuego.
  10. Romper la línea que unía la cosa a la avaricia, las manos a la mesa. Tocar las cosas más allá de ellas mismas, la luz que está en su seno. Abrirse a la potencia ilimitada, a la capacidad de transformarse de lo ente. Entonar el adiós a todo eso, a todo lo que es fuerza sin memoria, potencia sin vacío, deseo sin recuerdo de lo uno. Entonar el adiós, el cántico estremece las piedras y retorna a su morada.
  11. El modo decisivo de estar y penetrar lo oscuro, siempre en lo otro, siempre a la deriva. Amanecer en cada despedida. Hablar y morir, vivir y dar la mano. Acercarse a la fuente impensada, a los lamentos de la piedra, al crepitar de la madera.
  12. Lenguaje instalado en el centro, en la estancia intocada de lo mismo, de lo que se repite eternamente. De lo indistinto ahora que has negado tu esencia separada. Callar y vivir, morir y dar la lengua. Biología del lenguaje, pliegue y repliegue de la palabra abrasadora.
  13. Biología del lenguaje, genealogía de los cuerpos, se reconstruye el mundo desde cero. El bosque crece como un espacio abierto para el emboscado. Cada paso adelante es un sendero en el bosque, proceso de vida donde el sol no penetra. Cada palabra acota, define y multiplica. Cada palabra tala un árbol y crea un claro, una claridad inaccesible.
  14. Todo lo que no es uno es muerte, todo lo otro es sombra de lo uno. No hay otro, no hay testigo, no hay testimonio de este estar fugado, entre los árboles de fuego.
  15. La semejanza se abre en la respiración, el reino de este día. Toda respiración en toda semejanza, toda impresión en toda compañía. Si ya no hay otro, ¿dónde está lo uno?
  16. La voz es un decir sin contenido, sin intención ni voto. No participa de la fiesta oficial, no enloquece. Hace su fiesta separada, en un claro en el bosque, rodeado de ardillas, de fieras y alimañas.
  17. Sonido esencial de la materia, canto del animal o canto de la piedra. No se deja gastar, se abisma y enloquece. Enunciados que enfrentan sus velos, se van al fondo y hunden sus raíces en un repliegue esencial de la palabra. Lugar sin fundamento, ahora compartido. Lugar sin lugar, tiniebla y utopía. Lugar sin lugar, mi límite increado.
  18. Toda repetición es una ofensa. Amanece en el bosque húmedo de pureza. Un grito de silencio, recobrar la medida de nuestro nacimiento. Acto de adoración, silencio decisivo. Sonido de humedad, de madriguera, murmullos o palabras ausentes, sin objeto, sin ojos, sin creencia…
  19. Allí estoy y allí estuve. Aunque parezca estar aquí, entre estos muebles y este juego. Aunque parezca hablar y dar la mano, besar y escribir y luchar y todo eso. Aunque parezca que estoy vivo, aquí estoy y aquí estuve.

La unión de los contrarios

noviembre 11, 2003

La sorpresa fue grande cuando alguien leyó en un
libro inglés que según Sidi Ali al-Jamal, maestro Darqawi,
la cumbre de la experiencia mística era definida como

“jest”, palabra que el diccionario traduce como “burla”.

Lo activo y lo pasivo,
lo propio y lo impropio,
se encuentran al final de todo buen viaje.
Dejan de ser opuestos, se entretejen
y buscan encauzar un modo
de penetrar lo extenso-transparente.
Conciliación de los contrarios,
la unión es el modo y precipita
los cuerpos hacia el fuego.
El fuego o la risa, la pausa o la prosa
porosa que esconde la mágica quimera.
La unidad de lo falso con lo auténtico,
el buen humor de toda buena estrella.
Mirad como se ríen en el cielo,
como surgen los peces de la nada,
como el lago contempla a la laguna.
En el mar viven las cabras
y en el monte las sardinas.
La falsedad de la verdad y lo
verdadero de lo falso,
la autenticidad de lo impropio
y lo impropio de toda identidad.

Súbito el paisaje resplandece y mira
el horizonte al hombre que lo mira.
Yo soy el otro, la música callada,
la paradoja ungénita al amado.
La alabanza teje su traje de seda
y el cuerpo se viste de pura transparencia.
Oh amor, lugar que todo lo concentra,
centro de los anhelos que gravita
en torno a la tiniebla.
Luz sin fanal, conjuros enamora
y aumenta su furor de un aura cristalina.
Un deseo de gloria trasiega la palabra
hacia la fuente del deseo.
Esta es la estrategia del poeta,
la simpleza que debe vivenciarse.
Ahora es un secreto a voces, una voz
que quiere el premio Nóbel,
que participa, sonámbula en la risa,
de su contrario: oh fingidor juicioso,
funámbulo traspiés de la poesía.

La unión de los contrarios:
este es el meteoro fabuloso
que todo cuerpo habita,
y es habitado por su opuesto.
Es niebla y es coito,
fruición divina, espejo que nos mira,
que nos devuelve imagen por mirada.
La rendición advierte al sinuoso
de su recta inmortal, como un poseso
el sinuoso en la espiral se esfera.
Son coaliciones, química sin tedio,
loca substancia al borde del abismo.
Control y descontrol del mundo,
ciencia de las transformaciones,
caos y cosmos sin medida
en la balanza que todo lo aniquila.
Oh el movimiento ahora,
la suave quietud fluyendo como vela,
velando su secreto.
La suave tempestad de la materia,
furiosa contradanza de números, se eleva
la majestad de lo creado pariendo la belleza.
Es un más y es un menos,
un claudicar y un comenzar de cero,
es un poco de niebla, la embriaguez decisiva
que todo instante sobrio necesita
para penetrar en lo continuo.

Secreto sutil resplandece el motivo,
el elemento transmisor, la correa
concreta que siembra y espejea.
Digamos el objeto, la palabra,
digamos el motivo:
una ferviente máscara atrapada
entre el amor finito y lo infinito,
que va de lo uno a lo otro,
sin apenas distancia ni energía, como un
paciente quieto en la semilla de su acto.
Esto está ahí, enfrente de ti mismo,
en cada espasmo, en cada recoveco.
No puedes ver una cosa sin su opuesto,
ni ver lo opuesto sin despertar al deseo de la unión.
No puedes pensar sin dividirte, tocar sin dividirte.
No puedes decir sin hacer de lo dicho
un espejo fugaz al borde del suicidio.
Esto está ahí, en cada relación,
en cada encuentro el hombre se divide.
La unión es división, la confusión el modo
de arder y la muerte todo lo congrega.

¡Que sentido del humor,
genial el Creador, genial la maravilla
constante de un mundo que crea en cuanto muere,
que muere al ser creado!
¡Oh burla burlando al punto de la entrega!
Estrellas que estallan, sonidos sin eco,
veloces momentos de fiesta increada,
latiendo la sed aliterada,
rompiendo lo roto al claudicar su ego.
Con una cadencia de ruina se eleva la risa. 
Estar y no estar, vaciando vaciando,
se crece y se crece.
Más lejos y más cerca, la noche
es la luz de la nada.

¡Quien lo iba a decir!
El hombre perfecto actúa sin actuar,
dice sin decir,
consigue sin conseguir,
muere sin morir.
¡Quien lo iba a decir!
La cumbre era la risa,
sin prisa, sin prisa,
pero ya.


El ángel de la muerte

septiembre 15, 2003

El ángel de la muerte es el lenguaje
Giorgio Agamben

 

Que Dios cante contigo,
que en la recitación del Libro seas preso
y el ángel de la muerte te visite.
Que seas convocado
a un repliegue esencial de la palabra.

Esta es la llave de la palabra oscura,
inmerecida ambigüedad del tiempo,
del acordarse de la criatura.
No se trata de versos ni de ideas,
se trata de un decir intempestivo,
excluido de las conversaciones cotidianas.
La palabra que abisma, que busca sus raíces,
sus ecos en el cielo.

El ángel de la muerte es el lenguaje.
Se anuncia silenciosamente,
la buena manera de morir, la destrucción del mundo.
Liberación de la palabra
hacia su propio centro inexplicable,
la fuga incontrolada hacia un hogar oscuro,
inhabitable por el hombre.

Topamos con el verbo desgajado,
con la palabra a salvo de todos los objetos.
Topamos con el más allá de lo existente,
con un decir que nada dice.
La pura inmediatez de lo increado
que anida en la criatura.

Anunciación de un tiempo sin gloria, sin palabra,
de una anterioridad que espera a su enemigo,
que reconoce tu mirada.
La enemistad secreta del ego y el rostro
del hombre ilumina el camino de la muerte.
Anunciación del pliegue y el repliegue,
del replegarse en si del lenguaje
hasta la inmediatez más escondida,
hasta el presente más eterno.

El ángel de la muerte se revela,
nos dice y nos revela.
Destrucción de los órdenes creados por el hombre
que nos revierte a lo inmediato.
Revelación de lo más allá del ser,
de la anarquía del Infinito,
de lo completamente otro, sin espacio,
sin normas ni testigo.
Oscura nube del no saber que sabe
de las gentes que no tienen ojos
ni mano ni secretos,
que todo lo entregaron a su tiempo.

El lenguaje en la raíz del cielo
trabaja sin figura.
Llegar hasta el punto sin retorno,
allí donde los átomos del alma
se vuelven átomos del tiempo,
allí en la muerte nadie te acompaña.
Testigo de tu propia ausencia, testigo sin testigo,
dirás la conexión de tus actos con el todo,
con la balanza y la medida,
con el peso de los actos acordándose del peso
de los astros congregándose en tu pecho.

La revelación se realiza por aquel que la recibe,
por el sujeto inspirado por la correspondencia,
por la unión de la muerte y la palabra.
Inversión del orden: el caos es la puerta,
la nada es la palabra realizada,
el mundo conciliado por la analogía.
Revelación que anhela su límite en la forma,
que se inclina y se vierte en una paradoja,
que encauza las palabras hacia el mundo.

Palabra creadora de una exterioridad
acorde con lo que era,
que une y afronta la herida,
que encuentra la mano de luz en la mano de plomo,
que ve la mirada del cielo en la faz enemiga.

Recobramos un rostro y una mano
que ha destruido el ego para darse al Otro.
Mirada que encuentra y revela la Faz decisiva.
Una exterioridad que es núcleo,
la propia palabra jardín en la boca,
la mano que mece la cuna,
que une el espacio de la imaginación
con el espacio de la casa,
que deja que el misterio circule por los dos espacios,
de lo uno a lo otro, indistintamente,
según la señal recibida.

Analogía, oh sol de la inocencia
del decir y el crecer de las plantas y de las palabras,
de los átomos que son letras,
de las letras que son lluvia.
Descubrir la inocencia de la muerte
aprender a morir, a ver como nos vela
la palabra.


Manchas en el Silencio. Homenaje a Samuel Beckett

julio 21, 2003

“Existen las condiciones eternas de la vida. Y existe su coste.
Maldición a quienes los distingan.”

Samuel Beckett, El mundo y el pantalón.

 
Ni esto ni lo otro.
Solo una voz, murmullo indescifrado
que no se sabe y dígase el silencio.
Caricatura de si mismo el hombre
imagina su ser, a modo de esperanza.
Solo una voz se configura,
tiende al discurso y sálvese el que pueda.
Traición del humanismo,
discurso que se impone al trueno,
que quiere dar sentido donde el trueno
tan solo da un sonido de luz acompasada.
Pero el trueno se vuelve murmullo indescifrable
en la profunda ciénaga viscosa.
Sin rostro sin camisa sin perfume
Sin sin sin sin sin sin sin sin.
Viscosidad latente en todos los discursos,
amorfa sinrazón del agua de la vida.

¿Qué hacer con este tiempo
de adoración y manos sucias?
¿La santidad? Sufíes y charlatanes
han agotado el molde y la hojarasca
de la bondad se vuele jerarquía
de santos,
pirámide de momias sin bóveda estrellada.

Oh desamparo, perfección de nada,
completa unión sin otro,
sin éxtasis ni nada,
sin ambiciones espirituales…
¿Cómo se pueden tener ambiciones espirituales?
¿Cómo podrías tú medirte si en la nada
no hay pecador ni santo ni estructura?
La jerarquía es signo de un trasiego
de hormonas. Caricaturas de la nada.
Aspiración siempre frustrada
que finge ser eterna
frente a las condiciones eternas de la vida.
Traedme carne fresca.

El coste es la renuncia,
la nuda vida, sin ser ni identidad,
sin nombre ni camino ni bandera,
sin sueños de barba ni túnica y tabaco,
sin las ficciones de la diferencia,
sin escuelas ni velos dando por el culo.
¡Que los santos se queden en su nube!
¡Que los jueces sometan sus juicios al silencio
y dejen de ser infalibles los sabios del pasado!

No hay tiempo para eso.
Lo cotidiano a tientas de más vida
reclama la atención del niño que gatea.
La nada cotidiana donde el trueno
explota sin quererlo ni saberlo
y busca el pecho de la madre.
A ras de suelo donde el viento sopla.

Bailar bailar bailar
Cegados y cegados y cegados.
Mecerse en el vacío, rendirse ante el sonido
del viento traspasándote de arena.

Oh palpitar de imágenes, caída
desde lo humano al ritmo acompasado,
la superficie brilla
en la profunda oscuridad marina.
Oh adoración, te abres a la entraña,
respondes con pulsiones y latidos,
con números que el hombre no sabría
decir y que ya estaban junto a él
cuando rasgo la tela inexplicada.
Antes que él encima está debajo.
Oh espasmo y danza de la jerigonza,
puertas al campo,
rumbo más allá del rumbo,
provisión anterior y posterior y alada
imantación del pecho de la madre.

¿Condiciones eternas de la vida?
Lo dicho y lo no dicho
Lo visto y lo no visto
Ni tu ni yo ni nadie
Ni musulmán ni ateo ni poeta
Ni nada ni nada ni nada ni nada
Los hombres no son seres humanos,
por mucho que lo diga el diccionario.
También son otra cosa:
manchas en el silencio.


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