Siete respiraciones

Febrero 2, 2008

Muy lentamente ahora me entristece la esperanza colgando de la rueda. Muy lenta la memoria me entristece como una marioneta. Desolada cabeza, recuerdo de las telas encogidas, de la frescura atragantada. Las seis en punto y el cogote abierto al palacio de plata, ciegamente, mirando la esperanza como cae desde su quemazón de terciopelo. Muy lentamente acaso la memoria deconstruye el lugar y me ilumina la rueda pordiosera. El encuentro del otro con su trapo, de sombra a sombra avanza por la rueda, su gris cabeza acorde con la nube.

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Atrapado el instante del agua se evapora. Se evade dulcemente la marea, la mundana carrera de sol a sol cerrada. Las sillas en su sitio, la quietud del instante reduce todo a un punto. La blanca negritud de lo sin suelo. Sin cielo y sin camisa. Sin manos ni futuro. Atrapado en un beso sin cabeza, en un beso sin labios, en un abrazo sin brazos, en un amor sin cuerpo. Atrapado en la historia decidida, en la desolación de lo infinito. ¿Cómo tocar sin manos la alegría del mar donando espuma a la mirada? Tan solo la pregunta reconduce la luz del sol en la marea inscrita.

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Apúrate, no tardes, ya llegan los veloces corceles de la forma perseguida, los trazos transparentes de azul te van regando, te van donando la paloma loca, la mano congeniada con su vena, la sangre con su cielo. No tardes que la lluvia te espejea, y en las húmedas costas de Oriente la marea te alcanza y te aniquila. No tardes ya que el muerto está entregado, donado a sus infiernos como arena de sol saliente a sol poniente amado. No tardes ya, no tardes, oh destino.

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La libertad no araña, no traduce. La libertad no gusta si en la bruma de los años te encuentra la gaviota. No gusta de su beso postrero donde el yugo desconoce. No gusta el saboreo de esta feria de pies dolientes en la arena rota. La libertad no gusta, no conoce, no reconoce el arquetipo. No se sabe reflejo de aquella tumba aquella marioneta. Los pares, la estructura, la palabra. Lo que vendrá y te sigue, lo que precede y danza en tu mirada. La lluvia como luz desciende y fertiliza la tierra muerta, el árbol de este sueño. El esqueleto enorme de la vida.

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Ahora dulcemente reconoce, acorde con lo que era. Ya la marea es tiempo y es palabra. La mirada es el signo del paisaje. Entre la mano manca y el secreto de todo despertar esta enterrado el sol de medianoche. Reconoce el instante, la estructura inmortal en este ahora de espasmos a las puertas de la nube. El agua que transportan las nubes como un grito de luz en la conciencia. Recuerdo sin recuerdo, memoria sin palabra, la imagen sin imagen del sol en la mirada. Cadena de la muerte, condena de la nada. Escucha sin oídos y alégrate en tu vuelo de paloma soñado en la esperanza de la rueda.

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Tienes que renunciar a otra alegría, saber cerrado el mundo a tu mirada. Tienes que comenzar por ver tu muerte como una maravilla, por ver el mar llorando tu mirada. Y el sol redondo y seco, como una marioneta reconoce el porque de la alegría. La inmediatez entrega su brillo inexplorado. Un día y otro día y otro día. Siempre el porque infinito de los huesos del hombre. Siempre entregando el ritmo de tu aliento a un aliento infinito. Siempre saliendo de ti mismo, muriendo de ti mismo, fluyendo de ti mismo. Sin ti mismo.

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Sin poder ya salir de este lenguaje que aspira a la alegría. Respira la alegría de no poder salir de esta alquería que inspira la palabra. Sin poder terminar respira todo. Los huesos, las hormigas, la mirada. Un día y otro día y otro día. Hasta hacer cotidiano este milagro de sol saliente a sol poniente acaso.


Termidor (Baudelaire siglo XXI)

Diciembre 15, 2007

¿Cómo se produjo la ruptura? Hay que pensar que Dios estaba ahí, instalado en los intestinos, susurrando al suicida que cediese. Cualquier cosa puede ser un desencadenante, provocador del vértigo y la náusea. Hay que pensar en la necesidad innata, en la sed de desierto a la cual nos vemos abocados. Todo en la modernidad tiene cara de abismo. La moda se interpone entre la hoz y el martillo, dando vida al terror como una marioneta.

Hay que saber que todo ha sido escrito, la ruptura sin forma pugnando por salir. Hay que pensar raíles, canales donde fluye el tedio. Pensar en las nubes violentas como una comadrona, como una ramera, como una domadora, como una pordiosera, como una donadora de aliento de bilis de metralla.

Anestesiado el ojo conmemora la caída del muro de Berlín, de las Torres Gemelas, de Hiroshima. Desnudo el ojo huele a catarata, a ceguera inmortal como el cuchillo cortando la retina. Aprender a mirar como el vacío nos impulsa a matar y a dar la mano, a amar y a odiar a tanto hermano lobo, a amar y a producir y a estar de moda, y a castigar al pobre con una poesía.

Hay que intuir el mito de Termidor, de esta excrescencia institucionalizada. Hay que aprender a odiar tanta justicia, tanta libertad, tanta democracia. Hay que aprender a odiar el sueño de este tiempo pisado por caníbales de seda. Parlamento y lamento, risa que resquebraja la mentira. La representación y el tedio de las masas, la cacería del sentido, el sinsentido de este orden carcelario.

Hay que aprender a amar y a dar la mano. Aprender a aplaudir como se aplaude en los entierros a las víctimas del terrorismo. Hay que devaluar el euro, ver volar a la gaviota, ver arañar al gato las cortinas de seda. Hay que romper la vajilla de plata, hecha añicos la vida, hecha migas la nada.

Muerte lenta o destino, en las nubes cargadas de tiniebla. Hay que matar a dios como a una prostituta, dulcemente entregada a la moneda. Pensar en la ruptura, cortar con el deseo del payaso por verse contenido por fin en una carcajada. Como un grito sin alma, como un estercolero donde el hombre se reconoce al fin como una huella.

Vestigios, signos, rostros, desvarío. Una visión dorada del ojo a la gaviota, un viaje al no tiempo, a la antesala de tanta podredumbre.

Y así desde algún extraño rincón o meteoro, debe llegar de nuevo la noticia, la extremada manera del sol quemado, del tiempo atemperado. Oh catarsis del iris rompedora. Mirar en el espejo del tedio inmortaliza, fija la esencia y clava la retina. Mirar de la ruptura, del intestino grueso donde nace la voluntad del cubo de basura.

¡Termina, oh Termidor, termina tu trabajo!


Conciencia del latido

Agosto 29, 2007

Habitamos en el espejo de nuestra mansedumbre, en la secreta cámara remota de donde surge el puente que atraviesa, que nos permite cruzar este río de fuego. Habitantes de la imagen, de la plegaria que desciende para encender la luz de nuestro anhelo, de la palabra que nos muestra tal y como somos, sin otro secreto que el sí primigenio, que el estar ahí de la materia.

Habitantes del mundo que aparece a cada instante renovado, sed intensiva vuelve a su morada, se fija en la recóndita plegaria, para abrazar, oír y ver la tierra amada, la pérdida del cielo posesivo. Habitantes del sí primigenio, de la sístole y diástole, del útero infinito, del no cesar jamás de amar de la apariencia, del no cesar de arder de la palabra.

Hablamos del amor y del sometimiento, del reconocimiento gozoso de nuestra condición humana. Dijimos sí a la vida sin saberlo, nacimos sin saberlo. Cruzamos de la potencia al acto, del molde a la medida. No podemos revocar ese sí primigenio, permanece como fundamento inescrutado de todos nuestros actos.

El sí primigenio es un aliento, un principio orgánico anterior a lo orgánico. Buscamos en el momento de la muerte captar esa intimidad con lo anterior a todo desarrollo, el mínimo aliento que separa la muerte de la vida. El grado mínimo de la existencia, cuya imagen es la del moribundo que exhala su último suspiro. Todos somos ese moribundo, nos buscamos en él como un amigo.

La negatividad no alcanza, no logra descifrar el signo. La experiencia de la negatividad es la experiencia de la imposibilidad del no por alcanzar el fundamento. Estoy rodeado de muerte, de no existencia, y sin embargo vivo. Hay algo que escapa a este binomio muerte-vida, una vida anterior a la vida, una vida que no se opone a la muerte, sino que es superación de toda oposición.

La experiencia de la negatividad conduce, irremediablemente, a un apoderamiento de ese sí anterior a la conciencia. La negatividad es en si misma un signo del sí primigenio, del sí que perdura más allá de nuestras quimeras de criatura.

No es la conciencia (ni el yo) quien decidió la vida, quien pronunció ese si anterior a si misma. La conciencia entonces deja de verse como el fundamento, se abre a lo anterior a ella. Antes que el yo, antes que toda pretensión de ser y de dominio, hay que situar el puro hecho de la vida biológica como fundamento.

Estamos abocados a la nuda vida. Materialismo extremo, la máscara que no se queda quieta. Volvemos a nuestra estructura celular, a captar cada átomo que nos conforma como un ente vivo, a escuchar el sí anterior a la vida en cada partícula del universo.

La expresión de esa voluntad ciega y afirmativa anterior a la conciencia se muestra en el instinto sexual y en el hambre. Frente al fundamento lingüístico ha emergido el fundamento biológico, cuyo signo encontramos en la unión amorosa. El sí de la criatura impulsó a la madre y al padre a la unión amorosa. El sí primigenio se muestra como una quemazón en nuestro vientre. Entonces, lo fundamental es comer y aparearse, idea insoportable para una conciencia enamorada.

El nexo entre el ser lingüístico y la nuda vida se da en la sexualidad, pero también en la revelación. La revelación es el despertar de una conciencia abarcadora, que se abre a lo otro que si desde la nuda vida. Es conciencia de la nuda vida en todo, de que todo esta transitado por ese sí anterior a la conciencia. Conciencia de que cada una de las células que me componen están diciendo sí constantemente, están afirmando lo anterior a nosotros qye nos ha dado nacimiento.

Ciencia del corazón, conciencia enamorada. Cada latido nos devuelve a un mundo que ha sido transmutado. La creación no surge de la nada, de lo completamente otro. La creación es el despliegue de una semejanza: todo parte de la nube, del embrión indivisible.

Al-lâh se nos revela. El Único se le revela al hombre unificado, que no fragmenta el mundo. Una revelación existe para cada uno: la de su propia unidad en medio de la muerte, la de su conexión con todo lo visible, la del recuerdo de su origen increado.

Creación es aparición, teofanía, manifestación de algo que ya estaba. El modo de estar de la criatura antes de su manifestación se capta en el latido, en el centro infinito del latido.

Pararse a respirar el tiempo, fijarse en el latido de la muerte.

Revelación no consiste en eliminar el velo, sino en reconocer el velo como algo que debe ser interpretado. Lo mundano es la ausencia de revelación, la ausencia de sentido. El sentido no es un añadido, sino que emana de la propia creatividad del tiempo al proyectarse sobre el signo. El sentido esta siendo constantemente interpretado, esta siendo creado a cada instante.

La renovación de lo aparente es el modo mediante el cual Al-lâh reinterpreta lo creado. Interpretar: reconducir el signo a lo aparente, reencuentro del signo con la cosa.

Interpretar es no interpretar, devolver la revelación al lugar desde el cual nos fue entregada, tal y como nos fue comunicada, sin añadirle nada, sin sabor, sin color, sin accidente, sin interponerle nuestras quimeras de criatura.

Habitar el latido. Estar en este mundo revelado.


Susurro en la maleza

Agosto 10, 2007

Cielo cubierto a espaldas del abismo, cuerpo santo en la tierra, bosque sagrado abarca cuanto veo y en la cima del tiempo la nada cae al fin como una guillotina. 

Tus manos en las manos del decoro. La inmensidad no significa nada.

De los conejos a su madriguera, de las cerezas al cerezo, de la mano a la tumba, del sexo a la caricia, un abismo secreto se extiende sin malicia.

Todo está separado y en la cueva del no saber resiste lo sabido, la pesada esperanza de estar vivo.

Hay que esperar, silencio. Contra viento y marea se espaciaba tu mano hasta el gatillo.

Pasa el rato, pasan las notas de una melodía. Es el viento velando su secreto, es la caricia estéril de la nada. Expansión-contracción: la sístole y diástole conjuga su canto invertebrado.

A través de una espera prodigiosa, de un asma a bocajarro, de una espiral autónoma encelada en el claro del bosque despierta la maleza.

Van los minutos como locos en busca de su centro, en torno a la corona de espinas del instante donde el cuerpo es relámpago unitivo.

Relámpago en la tierra del deseo sonámbulo atraviesa la materia. Lo mucho con lo poco, lo alto con lo bajo, lo claro con lo oscuro, lo limpio con lo sucio. 

Hay un rumor de alas que acontece, muy lentamente acaso tú estés vivo, lector en el espejo dual de la conciencia.

No fuerces la mirada, son cosas sin suceso. Cosas sin cosas son de esta maleza.

Los ojos son de noche, los días son de plomo. La intensidad lo significa todo.


Desde el sometimiento

Abril 4, 2007

Desde el sometimiento al tiempo,
desde el sometimiento a la derrota,
desde la fulgurante constancia de la ola,
desde el decir partido del hambriento,
cómo una caracola de noche de repente
llama a muerte el volar de la gaviota.

Todo al revés desde la caracola
sabe a mar en tremendo maremoto.
Todo al revés del mar en esta sola
tensión del pez pisado por la ola.

Una tras otra vence a la derrota,
vence al mar y a la mano,
al mundo y al espejo,
vence a tientas la noche derretida…
¡se derrota a si misma la derrota!

Y entonces se repite la marea.
Una vez más la ola,
una vez más la mano,
una vez más escucha a la gaviota,
y ama y se atraganta,
y canta y se derrama.

Se nace y se renace y entre tanto
ya ha pasado otro día y un diluvio
de instantes nos define.

Desde aquí, desde ahora,
desde el trágico instante en que naciste
ya estabas decidido.

El ángel sopló en ti la marioneta,
escribió tu destino con un hierro
candente de memoria.

El ángel-diafragma sopló la marioneta,
el ángel que es travieso como un ave
de luz atravesando la memoria.

Y ahora en este dulce laberinto
solo queda un fluir de tiempo como rito,
un rito-desparpajo,
un rito de tremenda caracola,
de canciones y gritos, de amores a destajo,

Un rito pordiosero que es memoria
de un proceloso mar de porcelana,
memoria de la moira pordiosera,
de la era tendera,
de la más tierna forma conseguida.

¡Cómo se ríe entonces la gaviota,
cómo cae el gusano en mariposa,
cómo el estambre de la luna guía
al marinero hacia su propia noche!

Y suena el corazón batiendo palmas,
sometido al eterno meridiano.

¡Oh pasión de las tripas y el secreto,
pasión de la mirada a lo divino!
¡Oh compasión del uno frente al todo!

Lo múltiple y lo uno como un rito
de amor-sometimiento a la deriva
de las olas al viento como abrazo,
de las alas al tiempo como cuna.

Y los niños y el arte de la nada,
y la mujer y el hombre y la gaviota
y las hormigas en su precipicio
y la cocina y el dulce trasiego
del árbol a la nube, del hombre a lo divino.

Todo está sometido.
Todo es poema ahora.
Todo es instante al fin de esta plegaria.


Los Poetas Etruscos

Enero 18, 2007

No pensaremos en inglés como dijo Darío, leeremos
otra vez a los griegos, volverá a hablarse etrusco
en todas las playas del Mundo, a la altura de la cuarta
década se unirán los continentes…
Gonzalo Rojas, Carta a Huidobro

Los poetas etruscos
recorren y desnacen entre
tientas las ruinas de un
reino submarino. Son
recuerdos feroces de
ultratumba
aquí y ahora a tientas de un
mundo no mundano.

Son poetas sin fiesta sesuda y
sin tormento, pura
gravitación de versos toda-
vía. Son electricidad que
se concentra en
el centro nupcial del torbellino.
Son poetas sin tiempo, sin
máscara, que estallan
como una mar-
iposa, perfecta cuando surge del
gusano.

Siempre la noche siempre a contrapelo
de un decir con-
sagrado, con-
sabido, entregando
todo lo que se puede decir a la guarida
del lenguaje.

¿Quiénes son los poetas
etruscos? Juan Eduardo Cirlot, Lezama
Lima, Gonzalo Rojas, el que murió en París
con aguacero, también Vitier, Cintio Vitier
que venció a la misa. Y Gerard
de Nerval,
el desdichado, quien se entregó a la
horca de su estrella. Y Osip
Mandelstam, que descendió al
infierno lentamente, tan lentamente acaso
que encontró a su doble. Y Vladimir Holan, que
conversó con Hamlet para
que su mano no temblase. Y Robert
Graves, que era escocés, griego, celta y
judío además de etrusco. ¡Incluso Octavio
Paz, la diplomacia, es un poco etrusco,
y Rilke lo es completamente!

Los griegos, todos
los poetas griegos son etruscos, a pesar
de la apariencia: Elytis, Seferis, Ristos,
y todos los demás, los griegos son
etruscos por refracción, por
que el recuerdo de la
luz nos llama
con un clamor de diapasón marino.

Son muchos, muchos más los
poetas, etruscos o fenicios,
acadios o sumerios, enterrados
en Ur de los caldeos o en
Tarquinia, con toda la pompa
del silencio, con una mano
tocando el cuerpo de la amada y la otra mano
tocando la mano de Dios.

Los etruscos son al
mismo tiempo ateos y creyentes, a su
manera creen en la balanza, en la
alquimia, en la confluencia de los mares. Todos
ellos prefieren el sabor
a la sabiduría, y dan gran importancia a la
saliva como transmisora de conocimiento.

Su religión, la Poesía, es el
sometimiento
a la analogía, al ritmo, a la centella, la
rendición
del más allá del cuerpo al sabor de la marea, al
ir y venir de los alientos
dando vida, tejiendo y des-
tejiendo, saliendo y penetrando, de
ascética manera. Salud es
salvación al borde de otra vida.

Una liturgia antigua, que
perdió su camino, una presencia
telúrica responde a la mirada
del fiero ser que arroja
su mundo
a los leones.

A los leones, al juego del fornicio
y pirueta, a la consagración
de la medida inmensa, inabarcable, del ritmo
sinuoso, de un fósforo que abre
al corazón la lumbre, y al cuerpo
la tiniebla.

Allí la Palabra, allí
el corazón des-
cubre su víscera perversa y
se lava en el mar de la plegaria, de la
inducción del más allá en
descenso
diamantino.

Cifrar es des-
cifrar sin pensamiento, conciliar el decir
del hombre con el decir de las
nubes y el sabor de la luz
que se transforma en agua para
hendir la tierra, para donar
los gestos de ternura, los
árboles frutales y el delirio
de todo lo que sube y lo que cae.

Oh oscuridad, oh hermético desliz
de lluvia apasionada, oh
rotación
de números que encuentran lo infinito,
de acordes sin medida,
de atípica manera
de ver y andar y transmutar la nada.

Oh la potens etrusca que nos dio la vida,
que nos cegó para vencer
al espectáculo atroz de
la usura, con sus templos
y sus adi-
posos adi-
vinos.

La potencia absoluta
que nos cegó y regala
la mirada oblicua, la entrada
en la caverna de Platón
donde el cuerpo y el alma son
sombras del mundo unificado.

Oh nupcial mordedura. Lo
ancestro que desnuda y nos expone
al sigiloso aliento desnacido.


Trabaja la palabra

Septiembre 30, 2006

Aunque la nieve caiga en racimos maduros
nadie sacude ramas allá arriba

el árbol de la luz no da frutos de nieve.
Octavio Paz, Semillas para un himno

Animales porosos, de espanto a
la deriva. Jardines invisibles y un
cielo concentrado
en un punto
infinito.

Infinita la sed en este
día, el aroma de ausencia, la
voz naciendo a espaldas de
la hora, hacia la
lejanía, alud, enredadera,
liana, abismo, mar
enmascarado.

Animal la palabra, porosa,
visitada por duendes y
esperanza, visitada por una vieja estrella
en un ciclo de
muerte.

La palabra se estrella,
envenenada flecha hacia un horizonte
de fuego, hacia un fracaso o
verde porcelana
rota en fragmentos, contra la palabra.

Oh sed, oh lejanía, vocal
llagada, manos en la masa, la
eterna profusión de números trabaja
en las tripas del
mundo submarino.

Oh sed, oh lejanía,
la palabra trabaja los músculos del
fuego, tensa la luz y
alcanza la avenida
del cielo azul como
humo que se eleva.

Animales cruzando, del
vientre a la corona, del fuego
a la alegría.

Cruzando y recibiendo a la
palabra, encendiendo
las manos de la nada, acariciando
el viento tu futuro.

Oh fuego azul, trabaja la palabra.

Se encuentra con la máscara arrojada
por un ángel cruzándote la
lengua, signos y antojos de un
destino anterior a tu
propio nacimiento.

Devoración, orientación, sosiego,
la palabra trabaja en lo invisible,
abre canales, canaliza el
fuego, lo concentra y
eleva hacia el vacío, hacia
el encuentro de la marioneta
con pájaros de vidrio.

Oh cielo cristalino, encuentro
vertical, nido de
asombro, asombrosa
presencia del poema.

Encuentro, simulacro, enredadera,
la almendra de
esta mano o el nicho de
este día.

Luz vertical segrega la
noticia, la voz que no
ilumina rompe acaso
el horizonte y hunde su
secreto en una musical
sentencia sin sentido.

Devoración, ocultación que abre
un canal en el
sacro, un hueso en la
conciencia, un número en la
risa.

Oh cenital
deslinde, aparición del agua en una nube,
pasión que se evapora.

Árbol quemado, sueña tu
memoria los frutos en el
cielo.

Árbol de fuego engendra la
semilla, vuela y acoge el vuelo de la
nieve.


Todas las islas la isla

Septiembre 28, 2006

“En el paraíso he apuntado a una isla
idéntica a ti y a una casa en el mar”.

Odysseas Elytis

“Ningún hombre es una isla”.
John Donne


Ningún hombre es una isla, que se sepa. Todo está conectado, que se sepa. Todas las madres son la madre, todas las islas son la isla.

En esta tierra, en el umbral, a modo de interregno o espacio dado a la más oscura molécula resuena la nada que nos mide y nos congrega. En esta misma oscuridad visible, entre las líneas de una mano grande, más grande que el deseo, que se sepa encontrar la primigenia.

Todo es cuestión de tiempo, que se eleva, la medida inspirada en su corona, en la imagen impresa, en la impresión que cede y se concede. Todo es cuestión de imágenes-destino, de ángeles-barquero y en la orilla de la columna vertebral se eleva la misma podredumbre transmutada. Todo es cuestión, todo es pregunta, todo se conjuga y nos inquiere, demanda una respuesta, que al darse al corazón se eleva.

Reconocer la isla que contienes, volviendo a recorrer lo consanguíneo, la misma cualidad salina en todo lo visible, el reino de los peces dándose al secreto, las algas en la mano más grande que la noche. Todos el mismo frío, el mismo anhelo. Si supiese, si pudiese arrancar, abrir mi pecho, si conociese al otro en su morada, si se rompiese el molde y lo sabido sufriese su infinito.

Si conversase, tranquilamente, con las presencias de la noche, con una oscura mano en la muralla, si rompiese los límites y el ángel trajese la pregunta, si pudiese. Si al elevarse diera la isla a su ventura, su desventura acaso, si en la mano un estremecimiento de algas, de peces, de destino.

Las ruedas, los escombros, la lucha de repente, la infinita manera de arder, lo consanguíneo, lo consabido en esta isla acaso. Manera de estar en el centro, en este reino indivisible. La mano y la corona, los peces y las penas, la más acústica víscera increada, la más rotunda voz o escombro de este día. Legítima extrañeza, vocálica medida sin medida, la mano que en la luz se ha suicidado, con panes y con peces, con música y con ángeles-susurro, con una sola imagen por fin ilimitada, con una voz visible, con algas en la mano.

La más rotunda voz y una aureola, en esta isla nadie parecía, nace a lo semejante ahora rompiendo la tiniebla. Cipreses, abedules, amante la mirada recorre cuanto ama, reconoce el traspiés de su llegada, reconoce el porque de la muralla. Una aureola, amante por siempre congregada, en una isla acaso que es centro de otra tierra, el mismo centro acaso de todo lo visible.

Ningún hombre es una isla, dice el poeta y danza su corazón abierto, su víscera estrellada, su sangre se evapora. Nada lo mide, nada lo condena, el mismo impulso acaso liberado en cada corazón se orienta hacia el Amado. Su rostro en la isla, la isla que orienta hacia otro, el otro es el mismo, la misma certeza recorre los mundos y posa su mano en mi pecho.