El fraude universal de los derechos humanos

Junio 19, 2008

La proclamación universal de los derechos humanos nunca ha sido ni será aplicada. Su único objetivo es dar al actual orden de cosas una apariencia civilizada. Se proclaman derechos sin que exista manera de verificar que los Estados cumplan los derechos, y sin que les pase nada a los que los incumplen. La declaración universal de los derechos humanos es un fraude, y así ha sido desde sus orígenes. En el momento de votarse, en los EEUU se practicaba el apartheid y muchos países europeos tenían colonias en el mundo. Uno podría esperar que al día siguiente de votar a favor de la declaración iniciarían, motu propio, el proceso de descolonización. Pero no fue así, y los países del tercer mundo tuvieron que pelear hasta la muerte para conseguir su independencia, que solo llegó cuando se apuntalaron las dependencias económicas.

Desde 1948 los países occidentales no han dejado de proclamar con orgullo ser la patria de los derechos humanos. Unos derechos que nunca han aplicado, ni piensan tomar ninguna medida que conduzca a implementarlos. Los únicos derechos humanos logrados lo han sido por la presión de los trabajadores y de la sociedad civil. Porque, en nuestra ingenuidad, los ciudadanos nos creímos que los derechos humanos fueron proclamados para ser cumplidos. Creímos de veras que se trataba de derechos, en el sentido pleno del término. No comprendimos que en la Declaración la palabra derechos funciona como un eufemismo, que no se trata de derechos en sentido jurídico, sino en un sentido apenas metafísico.

Los derechos humanos nunca han sido pensados para ser aplicados como una ley que tengan la obligación de respetar los Estados, y la actualidad nos lo demuestra. El día 18 de junio, 367 eurodiputados europeos votaron a favor de la posibilidad de internar en campos de concentración a los millones de inmigrantes sin papeles que viven en Europa. Dieciocho meses de cárcel por emigrar, incluidos niños. ¿Qué le podemos decir a Alberto, un chaval argentino de 21 años que se pasó tres años trabajando en negro para un empresario de la construcción, quien lo dejó en la calle hace unas semanas, y que ahora está amenazado por la cárcel? ¿Qué le podemos decir a Rashida, quien ha trabajado como mujer de la limpieza sin contrato hasta hace una semana, y que ahora descubre que es tratada como una delincuente?

La cuestión es bien simple: se dejó entrar en Europa a millones de personas porque el capital necesitaba mano de obra barata. Se regularizaron los que hacían falta, y se dejaron sin regularizar el resto para que trabajasen como esclavos. Mucha gente se ha forrado, pero estos no son ni serán perseguidos. Mientras la economía estaba boyante, la especulación disparó el precio del ladrillo y con el boom inmobiliario nos endeudamos todos. Ha caído en picado el nivel de vida de las masas, para beneficio de bancos, políticos, constructores y recalificadores de terrenos. Y son precisamente estos quienes nos quieren hacer creer que la culpa de la actual crisis es de los inmigrantes. Ahora el capital ya no los necesita: patada y se acabó.

Los gobiernos europeos no gobiernan para el pueblo, ni tienen los mínimos criterios morales. Son instrumentos de un capital despiadado, para el cual las personas son meras fuerzas de trabajo, que una vez exprimidas pueden tirarse a la basura. La democracia en Europa ya no tiene nada que ver los ideales que le dieron nacimiento. Ha quedado reducida a una mera fórmula externa, que nada tiene que ver con la consecución de una sociedad más humana y más igualitaria. Un sistema político que es compatible con la injusticia y con el hambre, es un sistema que debe ser denunciado como inhumano. Es un sistema que debe renovarse, no en un sentido reaccionario, sino en un sentido de progreso.

El día 18 de junio el proyecto político de la Unión Europea se ha mostrado en toda su crudeza. La directiva de la vergüenza ha puesto de manifiesto que el concepto de ciudadanía genera nuevas desigualdades y formas de explotación. Hace años que Giorgio Agamben nos avisó de que el campo de concentración sería el paradigma político del siglo XXI. También señaló que debíamos hacer política sin referencia alguna a los derechos humanos, ya que estos apuntalan el concepto de ciudadanía como regla de exclusión. El Estado se sitúa por encima del bien y del mal, una especia de divinidad que tiene el Poder Absoluto de decidir quien es y quien no es un ciudadano.

Si los derechos humanos fueran realmente universales, no podrían ser limitados por el concepto de ciudadanía, y éste no quedaría al arbitrio del Estado. Los derechos, sea cuales sean, deben ser iguales para todas las personas que viven en una sociedad, sea cual sea su procedencia, raza, religión o sexo. En otro caso los derechos humanos no son más que un enunciado de poder, una coartada a través de la cual otros poderes nos controlan. Si los derechos humanos fueran de verdad derechos, irían a la cárcel todos los eurodiputados que han votado a favor de esta directiva. Porque en una sociedad humana, quien vulnera los derechos de otras personas es un delincuente.


El hiyab en la sociedad del espectáculo (En respuesta a las mujeres de at-Tayba)

Junio 14, 2008

Antes de nada, quiero pediros disculpas por el tono excesivamente agresivo de mi escrito “Mentiras con pañuelo”, y agradeceros vuestra respuesta. Reconozco haberlo escrito de modo apasionado, proyectando algunas consideraciones previas en vosotras, astagfirul-lâh. Especialmente injusto ha sido el decir que vuestra actitud conduce hacia la segregación. Revisandolo, reconozco que no hay nada en el documental que justifique eso.

La crítica que realizo podría haberse expresado de otro modo, sin necesidad de alusiones personales. Al principio del documental una de vosotras habla de “las chicas del grupo”, así que no pensé estar siendo despectivo al llamaros “chicas”, cuando salta a la vista que sois “mujeres con pañuelo”.

Quiero aclarar también que no dudo de vuestras buenas intenciones, pero también creo necesario que seáis conscientes de que algunas de las opiniones que se expresan en el documental han resultado ofensivas para otras personas. Creo que la difusión del documental ha sido negativa para el islam en España, y que se sitúa en la línea del refuerzo de los estereotipos, además de ser una auto-afirmación de la cultura de la imagen.

1. Sobre mentir

Reconozco que el título de mi artículo es excesivamente duro, pero más duro es escuchar una voz en of afirmando que “el Corán nos pide a las mujeres cubrirnos todo menos las manos y la cara”, y eso mientras unas manos colocan un velo sobre una barbie (perversidad o broma del realizador). Decís que la voz en of no es de ninguna de vosotras, cosa que entiendo como un rechazo del contenido de esa frase, lo cual me alegra. El problema es que el documental presenta esa voz como de una de vosotras:

“En el Corán Al-lâh nos pide a las mujeres que nos tapemos, que solo dejemos al descubierto las manos y la cara. En Europa las mujeres musulmanas nos estamos aferrando más a nuestra religión. Cada vez somos más las mujeres con pañuelo. (En este momento aparecen en pantalla vuestros rostros). Un grupo de amigas hemos decidido romper el silencio que rodea a las mujeres con pañuelo y contar a la gente como somos”.

En el caso de que esa voz sea de una no musulmana que no tenga nada que ver con vosotras, me sorprende que no os hayáis quejado de semejante manipulación por parte de Documentos TV, que habría puesto en vuestra boca algo que el Corán no dice. Resulta difícil aceptar que os hayan sometido a una manipulación de este calibre, y si ha sido así creo que deberíais denunciarlo. El tema es importante, pues este es justo el núcleo de la falsedad de la que debemos ser conscientes: no es cierto que el Corán pida a las mujeres que se cubran todo menos las manos y la cara.

2. El Corán

Es necesario volver, una vez más, a lo que dice el Corán al respecto:

“Di a los creyentes que bajen la mirada y que guarden sus partes privadas: esto conviene más a la pureza –[y,] ciertamente, Dios está bien informado de lo que hacen. Y di a las creyentes que bajen la mirada y que guarden su castidad, y no muestren de sus atractivos [en público] sino lo que de ellos sea aparente [con decencia]; así pues, que se cubran el escote con el velo (jimar).” (24: 30-31)

Cito el comentario de Muhámmad Asad:

“Mi interpolación de la expresión ‘con decencia’ refleja la interpretación que hacen de la frase il•la ma dahara minha varios de los primeros juristas islámicos, y en particular Al-Qiffal (citado por Rasi), en el sentido de “lo que un ser humano puede mostrar en público según la costumbre dominante (al-aada al-yária)”. Aunque los expositores tradicionales de la Ley Islámica se han inclinado durante siglos a restringir la definición de “lo que de ellos sea aparente [con decencia]” al rostro de la mujer, sus manos y pies –y algunas veces aún menos– podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el significado de il•la ma dahara minha es mucho más amplio, y que la imprecisión deliberada de esta frase pretende tomar en consideración aquellos cambios ligados al paso del tiempo, que son necesarios para el desarrollo moral y social del hombre. La frase central de la susodicha orden es la exigencia, dirigida en idénticos términos a hombres y a mujeres, de que “bajen su mirada y guarden su castidad”: y esto determina el grado de lo que en un momento dado, puede considerarse legítimamente –e.d., en consonancia con los principios coránicos de moralidad social– como “decente” o “indecente” en el aspecto externo de una persona. El nombre jimar (del que jumur es el plural) denota el tocado usual de las mujeres árabes antes y después de la llegada del Islam. Según la mayoría de los comentaristas clásicos, en los tiempos pre-islámicos se llevaba más o menos como adorno, dejando que cayera suelto sobre la espalda; y como, según la moda imperante en aquel tiempo, la parte superior de la túnica de la mujer tenía una amplia abertura por delante, sus senos quedaban al descubierto. De ahí, que la orden de cubrir el escote con el jimar (un término muy familiar a los contemporáneos del Profeta) no tenga necesariamente que ver con el uso en sí del jimar, sino que, más bien, quiere dejar claro que los senos de la mujer no están incluidos en “lo que sea aparente [con decencia]” de su cuerpo y no deberían, por tanto, mostrarse.
(Ver El Significado del Quran).

Decís que en la Arabia del Profeta (saws) las mujeres iban con pañuelo, lo cual debe matizarse. Si leéis el comentario de Muhámmad Asad, veréis que la aleya en cuestión descendió para pedir a las mujeres musulmanas que no mostrasen sus pechos. Lo cual quiere decir que antes los mostraban, por lo menos algunas. Y es importante saber que la surat an-Nur (donde está este versículo) fue revelada en el año 5º o 6º de la hégira, solo cuatro años antes de la muerte del Mensajero de Al-lâh, que la paz y la salat de Al-lâh sean sobre él. La construcción de toda la jurisprudencia sobre el código de vestimenta es muy posterior a la revelación coránica, además de mucho más restrictiva para las mujeres. Este sería un tema largo de tratar, que podemos dejar para otro día.

En todo caso, esta claro que el Corán no ordena el cubrirse el pelo con un velo, ni habla de cubrirse todo excepto las manos y la cara. Siempre he respetado a las mujeres musulmanas que piensan que poniéndose el hiyab están cumpliendo con lo que Al-lâh quiere de ellas. Pero no a costa de despreciar a las que no lo hacen. Tengo muy claro que las mujeres musulmanas que visten con modestia, según el concepto de modestia imperante en nuestra sociedad, están cumpliendo perfectamente el mandato del Corán, con valentía y sin exhibicionismo.

3. Sobre ofender

Siento haberos ofendido, pero debéis saber que mi escrito da voz a la indignación que algunos musulmanes, hombres y mujeres, han sentido con el contenido del documental. De hecho varias de las frases que os han molestado más de mi escrito ni siquiera son mías: han sido tomadas de e-mails recibidos de varias amigas musulmanas. Con esto quiero haceros notar que el documental es visto como ofensivo para otros, cosa que tal vez consideréis injusta, e incluso lamentéis, pero que no podéis pasar por alto.

En primer lugar, el documental ha sido considerado como insultante por algunas mujeres musulmanas sin pañuelo. Al afirmar de forma tajante que “el hiyab es obligatorio” y que “el Corán lo ordena” se está diciendo que las mujeres musulmanas que no llevan hiyab no cumplen con un precepto del islam. Las buenas musulmanas serían las que han tenido la valentía de cubrirse, y las otras serían “menos musulmanas”, o musulmanas acobardadas por la islamofobia reinante en nuestra sociedad. Desde mi punto de vista, esto es algo implícito en vuestro discurso.

En el foro generado por mi artículo podéis ver varias muestras de la indignación que el documental ha generado. Y este es para mí uno de los centros de la cuestión, que vosotras no afrontáis en vuestra réplica. Citáis el hecho de que una de vosotras sale con su hermana, que no lleva pañuelo, como ejemplo de que “una mujer que lleva velo quiere y entiende a una que no lo lleva”. Pero este ejemplo es engañoso, ya que precisamente en esta secuencia se muestra a la mujer que no lleva velo como una joven “no preparada todavía para dar el paso”, frente a la otra que ha tomado conciencia plena de su islamicidad, y por tanto se ha puesto el hiyab. Es decir: la mujer sin pañuelo que aparece es una mujer que no duda que sea una obligación del islam llevar pañuelo, y que incluso acepta como un signo de su debilidad el no llevarlo, con lo cual la otra aparece como moralmente superior. No se trata de una mujer musulmana que no lleva velo porque considera que esto no es un precepto obligatorio del islam, como es el caso de muchas mujeres musulmanas. Y son precisamente estas mujeres las que pueden sentirse molestas.

Trataré de explicarlo con un ejemplo, de la forma más gráfica posible, pues es algo que parece que cuesta de entender. Si una mujer musulmana saliese en la TV diciendo que el Corán prohíbe a las mujeres cubrirse el cabello con un velo, y que las que llevan hiyab es porque todavía no están preparadas para no llevarlo, ¿acaso no os molestaría? Por lo mismo se pude molestar una mujer musulmana cuando os oye decir que el hiyab es obligatorio. En vuestra noble tarea de defender el hiyab os recomiendo la moderación, no vayáis a caer en el desprecio de otras hermanas que son tan o más valientes que vosotras. Pues la valentía no está en ponerse o no ponerse un velo, sino en tratar de vivir según los valores del islam, aquí y ahora. Valores trascendentes que el hiyab en absoluto representa.

Creo que todo esto podría aclararse de la forma más senzilla, si Al-lâh quiere. Os sugiero que hagáis un comunicado explicando que consideráis que no cubrirse con hiyab es una manera lícita de entender el mandato del Corán, y que una mujer que viste con modestia según las costumbres de la sociedad en la que vive está cumpliendo de forma honorable y con valentía con los preceptos del islam. Esto serviría para demostrar que, como decís, “todos somos hermanos en el islam”, y que esto es lo que debe prevalecer, insha Al-lâh.

Otro tema es que algunos de los comentarios que realizáis resultan insultantes hacia la dignidad de los hombres, musulmanes o no, que aparecen como “depredadores sexuales” ante los cuales las mujeres musulmanas deben protegerse. Esto también es ofensivo, y creo que merecería por lo menos una aclaración.

4. Sobre la M-30, el wahabismo y las generalizaciones

En ningún momento he dicho que seáis wahabies. Sé lo que es el wahabismo, y por suerte vosotras no podéis ser calificadas de wahabies en absoluto. Si leéis mi artículo, veréis que hablo de “el modo como entienden el islam determinadas mujeres vinculadas al wahabismo y su visión puritana del islam”. Vosotras habéis querido ocultaros de la crítica diciendo que no sois wahabies, pero en realidad lo que se ataca es una visión puritana del islam, que en el documental se muestra a través de las palabras de algunas de vosotras. Por puritanismo entiendo, por ejemplo, el considerar pecaminoso el dar la mano a un hombre. También en todo esto hay una especie de complejo de superioridad respecto a otras mujeres. Os respeto pero tengo la obligación de deciros que es algo malsano, que no tiene nada que ver con el islam. Por puritanismo entiendo la obsesión con las normas.

Por lo demás, vosotras mismas os presentáis como un grupo de mujeres musulmanas que se han conocido en la M-30, lugar que tomáis como punto de partida del viaje, y donde una de vosotras aparece realizando la salat (por cierto, si queréis seguir fielmente la Sunna del Profeta (saws), debéis saber que en la mezquita de Medina hombres y mujeres rezaban juntos en la misma sala, sin ninguna separación). Además, me consta que algunas seguís cursos sobre el islam en la mezquita de la M-30, lugar de propagación del wahabismo en España. Y con esto no estoy diciendo que sean wahabies todos los que acuden a la M-30, simplemente estoy señalando un vínculo real, la existencia de una determinada relación. Si os indigna que os asocien a la mezquita de la M-30, creo que hubiera sido mejor no mostrar esta vinculación tan abiertamente.

Os quejáis de que achaco todas las opiniones vertidas individualmente en el documental a todas vosotras como grupo. Pero lo cierto es que en el documental os presentáis como un grupo, y habéis enviado este comunicado como grupo, y formáis entre todas una entidad llamada at-Tayba (un nombre muy hermoso, por cierto).

5. El idilio entre el hiyab y los medios

Por vuestra respuesta, constato que ni siquiera os habéis dado cuenta del sentido de mi crítica. En ningún caso ésta va dirigida al hiyab en sí, cuyo uso he defendido públicamente, tanto en televisión como en la prensa (podéis leer mi escrito ‘El hiyab y la libertad amenazada’). Pretender que mi artículo ataca el hiyab es simplemente tratar de ocultar el sentido de mi crítica. Lo que denuncio es el hecho de que vuestra reivindicación del hiyab no me parece una forma de rebeldía contra los valores dominantes en nuestra sociedad, ni un rechazo del culto a la imagen, sino todo lo contrario: se trata de una auto-reafirmación de la cultura de la imagen.

Esta claro que las mujeres están en su perfecto derecho a llevar hiyab. Y también está claro que la moda de la cual son esclavas millones de mujeres es parte de la sociedad del espectáculo. Pero este retorno al hiyab como símbolo de identitad puede ser una forma de alienación, que no nos ayuda en nada en el proyecto de transformar la sociedad. No trato de juzgar vuestras intenciones ni lo que hay en vuestros corazones, solo Al-lâh sabe, y que Al-lâh me perdone. Lo que hago es basarme en lo que decís en el reportaje y leerlo desde una perspectiva crítica, no con vosotras, sino con el conjunto de la sociedad.

En este caso se trata de entender que el reivindicar el hiyab en una sociedad capitalista tiene unas connotaciones específicas. El hiyab en nuestro contexto tiene muy poco que ver con el islam tradicional, se trata más bien de un producto de la modernidad. No creo que sea un signo de valentía el ponerse el velo en nuestra sociedad, no más que cualquier otro signo o ritual de paso que usan las bandas urbanas para distinguirse. No es el hecho del hiyab lo que critico, sino la moda consistente en cifrar la propia identidad en una imagen, la construcción de una “identidad islámica europea” diferenciada de otras identidades. Se trata de una forma externa de rebelión, carente de contenido, y que la sociedad acaba asimilando como un producto de consumo.

Cuando hablo de sociedad del espectáculo me refiero a la reducción de los contenidos trascendentes a productos de consumo. La hiyab fashion no es más que eso, la oferta de una identidad musulmana perfectamente codificada y acotada, que genera una sensación gratificante de pertenencia a un grupo. No por casualidad el hiyab despierta tanto el interés mediático, pues realiza esa reducción de manera particularmente efectiva. Y el documental que analizamos no es sino una muestra más de la mutua atracción entre el hiyab y los medios, un idilio que tiene muy poco que ver con la potencialidad revolucionaria del islam, y mucho con los aspectos alienantes de la religión.

Tal vez mi visión sobre el tema sea demasiado política para que podamos entendernos. En todo caso solo os diré que para mí en el centro del Mandato coránico pasa por romper con la cultura de la imagen, con la conexión entre los contenidos y su representación. El hiyab no es un símbolo del islam, porque el sometimiento a la Realidad Única no acepta ser representado. En términos coránicos, se trata de la lucha contra la idolatría. Eso si es una obligación para todo musulmán y musulmana.

Pero solo Al-lâh sabe.


Mentiras con pañuelo

Junio 11, 2008

El programa Documentos TV de TVE emitió el martes 10 de junio un reportaje con el título ‘Mujeres con pañuelo’, en el cual siete jovenes musulmanas, vinculadas a la mezquita saudí de la M-30, emprenden un viaje a La Alhambra de Granada. El documental nos muestra el modo como entienden el islam determinadas mujeres vinculadas al wahabismo y su visión puritana del islam. Tiene la virtud de dejar hablar a las mujeres en cuestión, poniendo en evidencia la existencia de una mentalidad patriarcal, que en realidad poco tiene que ver con el islam, pero que lo utiliza para justificarse.

En los primeros minutos aparece la primera mentira. Mientras unas manos cubren a una barbie con un velo, una voz en of afirma: “en el Corán Al-lâh nos pide que nos tapemos, que solo dejemos al descubierto las manos y la cara”. Eso es, simple y llanamente, falso. ¿Por qué esta joven musulmana engaña a los espectadores y se engaña a sí misma sobre algo que es tan evidente que no merecería ni siquiera comentarse? No hablamos aquí de diferencias de interpretación, que son siempre legítimas, sino de algo evidentemente falso.

Poco a poco las declaraciones absurdas se suceden: “La cercanía que existe hoy en día entre hombres y mujeres en los países occidentales no se puede aplicar a nosotros”, dice una chica. “El pañuelo me protege de las miradas lascivas de los hombres”, dice otra. “Yo tengo que evitar las situaciones en las que me encuentre a solas con un chico. Cuando saludo a un chico tengo que evitar darle dos besos o ni siquiera la mano, porque esto puede llevar a otras cosas”, dice otra.

Ante semejantes frases, uno se queda atónito. ¿Dar dos besos o dar la mano conduce al desenfreno sexual? Hay que estar muy obsesionado con el sexo para pensar así. ¿Son las miradas de los hombres necesariamente lujuriosas? Como hombre me siento insultado por esta idea, en la cual los hombres quedamos reducidos a depredadores sexuales, posiblemente una proyección de sus deseos más inconfesables.

Uno no puede sino preguntarse: ¿de dónde sacan estas chicas que no dar la mano y no juntarse en los mismos espacios con hombres tenga nada que ver con el islam? ¿Acaso han leído esto en el Corán? Evidentemente, éstas jovenes no saben que en la comunidad profética de Medina hombres y mujeres participaban juntos en todos los ámbitos de la sociedad, sin ninguna clase de segregación o roles asignados según sexo. Creen estar siguiendo unos preceptos islámicos, pero en realidad están adoptando costumbres culturales extrañas al islam. ¡Y se creen más y mejor musulmanas por ello!

Las contradicciones saltan a la vista: “Quiero evitar ese culto a la imagen” dice una joven. Pero es ella misma la que está cayendo justamente en el culto a la imagen al vincular el islam con el hiyab, al basar su islamicidad en su imagen exterior. “Este pedazo de tela me da una identidad que España no me da”, dice otra. Algo que las caracteriza es la importancia de pertenecer a un grupo, a un colectivo. El tema del hiyab es lo que las une, una seña de su identidad. Afirman que el hiyab es un signo de modestia, pero la ostentación que hacen de él es justo lo contrario. En realidad el hiyab, tal y como lo llevan estas chicas, ni es modesto (atrae la atención hacía ellas, lo cual parece encantarles) ni sirve como protección (al exponerlas a las miradas, exclusión, xenofobia, etc).

“Dejé de salir con chicas con minifalda”, dice una de ellas. Y otra: “Una minifalda busca a los hombres, yo busco a Al-lâh”. Con esto se traza una barrera mental entre dos arquetipos: la chica-con-hiyab-musulmana-pudorosa y la chica-con-minifalda-no-musulmana-impúdica… ¿Nos quejamos los musulmanes de los estereotipos? Pues aquí tenemos la representación de siete mujeres musulmanas aferrandose a un estereotipo, luchando por vivir de acuerdo con un estereotipo que desde mi perspectiva es más bien patético.

Muestran con orgullo una mentalidad represiva cuya única salida es la segregación, anular toda naturalidad en el trato con los otros, moverse por la ciudad como extrañas, con la mente puesta en no cometer determinadas transgresiones: “Si una persona a mi lado está comiendo cerdo, ¿cómo voy a sentarme a su lado?”. Comer cerdo o usar minifalda son presentados como signos de impureza, y no solo debe evitarse hacerlo, sino incluso mezclarse con gentes que lo hagan. Así una puede sentirse a sí misma ‘pura, inmaculada’.

Ni que decir tiene que la inmensa mayoría de los musulmanes no tienen nada que ver con estas actitudes. De hecho estas jóvenes no son ni siquiera representativas de las mujeres musulmanas ‘normales’ con hiyab. Son el signo de una obsesión muy moderna con la propia imagen; muy poco tradicional. No nos engañemos: todo esto tiene muy poco que ver con el islam. No es más que una moda identitaria: hiyab fashion, lo llaman los sociólogos.

Las jovenes retratadas muestran una y otra vez como toda su religiosidad gira en torno a la adopción de normas externas. El hiyab juega el papel de una bandera y barrera identitaria, ofrece la ilusión de una religiosidad que nada tiene que ver con su crecimiento intelectual o su desarrollo humano, sino únicamente con el control de su sexualidad. Oculta una carencia y la necesidad de unas normas precisas que las aparten de la sociedad en la que viven. Hablan de modestia, pero se visten de forma que todo el mundo las mire por la calle. Se sienten ‘musulmanas resistentes’ frente a la sociedad española lasciva y degenerada, y por eso se creen heroínas. Se sienten especiales, pero no son más que un producto de consumo dentro de la sociedad del espectáculo.

Pero Al-lâh sabe más.


La utopía interreligiosa

Junio 7, 2008

Tarragona, 31 de mayo 2008
Jornadas sobre diversidad religiosa organizadas por Cruz Roja

A Juan José Tamayo, con afecto


Diálogo interreligioso, ¿utopía o realidad? El titulo de esta mesa redonda resulta sugerente. ¿En que medida el diálogo interreligioso constituye una realidad, en que medida constituye una utopía? De entrada, constatamos que el diálogo interreligioso es una realidad emergente, uno de los paradigmas de nuestro tiempo. En los últimos años hemos asistido en España a la proliferación de encuentros interreligiosos. En Cataluña tenemos la Red UNESCO para el diálogo interreligioso, formada ya por 19 grupos locales diferentes, y promotora del Parlamento Catalán de las religiones, del cual se han realizado ya tres ediciones. Estas actividades nos ayudan a los que participamos en ellas a visualizar la variedad de religiones de nuestra sociedad, como una realidad consolidada.

Sin embargo, debemos ser conscientes de que estas actividades son algo minoritario, y que se producen justo en el momento en el cual se manifiestan de forma cada vez más estridente las resistencias al pluralismo, la islamofobia, así como las discriminaciones de las minorías religiosas. El desarrollo de la libertad religiosa en España es muy pobre, de modo que vivimos en un país donde ser católico quiere decir tener todos los derechos religiosos garantizados, y no serlo quiere decir tener que luchar para poder practicar la propia religión.

En Cataluña se ha desarrollado una intensa labor de diálogo interreligioso, pero al mismo tiempo constatamos que de los 24 casos registrados desde el año 2000 en España de oposición violenta de vecinos a la apertura de mezquitas, 18 han tenido lugar en Cataluña. Como dato significativo, recordar que Barcelona es una de las pocas grandes ciudades europeas en las cuales no ha sido construida una mezquita de nueva planta. Y eso a pesar de que fue la misma Barcelona la que albergó la Declaración de la Unesco sobre el rol de la religión en la promoción de una cultura de la paz, el año 1994. Así pues, parece que el diálogo interreligioso se desarrolla de espaldas a la sociedad, sin que pueda detectarse en qué haya podido mejorar la convivencia, ni ha servido para sensibilizar a las instituciones a que promocionen de forma activa la libertad religiosa. Como ya hemos señalado en numerosas ocasiones, parece fácil enunciar y apoyar sobre el papel grandes ideas, como es la igualdad entre las religiones, pero a la hora de ponerlas en práctica en la vida cotidiana los poderes públicos tienden a inhibirse.

Esta situación nos lleva a una primera conclusión: si bien el diálogo interreligioso es una realidad, se trata de una realidad minoritaria e incapaz de hacer frente a los problemas cotidianos. Dicho de otro modo: el diálogo ha sido enunciado como un proyecto de futuro, pero los objetivos que persigue este diálogo están muy lejos de lograrse. Los objetivos del diálogo interreligioso constituyen hoy en día una utopía, una visión que a duras penas logra abrirse paso entre los propios adictos del diálogo interreligioso. Las religiones siguen siendo percibidas por muchos ciudadanos como compartimentos estancos que separan a los seres humanos en categorías (los musulmanes, los budistas, los cristianos), velando la humanidad de los creyentes mediante estereotipos. Las jerarquías católicas siguen esgrimiendo derechos históricos para justificar sus privilegios, mientras los seguidores de las religiones minoritarias tienen muchas dificultades para desarrollar derechos básicos como son el derecho a abrir lugares de culto o a ser enterrado según sus convicciones. La utilización política de la religión para conseguir poder mundano es una constante, tanto en oriente como en occidente, en el norte o en el sur.

Es necesario pues hablar del diálogo interreligioso como de una utopía, y seguir meditando sobre sus implicaciones más profundas. ¿En qué sentido el diálogo interreligioso constituye una utopía? La palabra utopía es fuerte, tiene una carga inmensa de futuro. La utopía nos remite a algo que anhelamos, que sabemos que nos falta y cuya consecución constituye un bien para el conjunto de la humanidad. Y al hacerlo pone en evidencia las carencias del presente, los obstáculos que impiden la realización de la utopía.

¿Qué es pues lo que nos falta? No señalaremos aquí a los grandes problemas de nuestro tiempo, sino a aquellas actitudes que nos impiden avanzar hacia el paradigma interreligioso. En primer lugar nos falta respeto y mutuo reconocimiento. Como tal, entiendo el pleno reconocimiento de las tradiciones sagradas de la humanidad como vías de salvación legítimas, emanadas de la misma Fuente de todo lo creado. El paradigma interreligioso implica aceptar e incluso diría creer de todo corazón que cualquier persona que siga rectamente una tradición será salvado, o puede alcanzar la plenitud espiritual, o la auténtica liberación, o el nirvana, o como queramos llamarlo. Por respeto entiendo también la no jerarquización entre las religiones, el abandono de cualquier pretensión de superioridad de una religión sobre las otras. Es decir, que todas las tradiciones religiosas son iguales en dignidad, en el sentido de que contienen todos los elementos necesarios para lograr la plenitud espiritual del ser humano.

Junto a lo que nos falta, podemos destacar lo que nos sobra, lo que impide que el paradigma interreligioso se consolide como lo que es, una necesidad interna de las sociedades del siglo XXI. ¿Y qué es lo que nos sobra? Nos sobra el proselitismo. La idea de tratar de convertir al otro no es sino una ofensa, que transparenta una mentalidad totalitaria y prepotente. Nos sobra competitividad, ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Criticar las dificultades de los coptos en Egipto y negar el derecho de los musulmanes a abrir una mezquita en nuestro barrio. Demonizar el régimen islámico de las minorías y tratar de justificar la Inquisición. Criticar el antisemitismo y no denunciar la islamofobia, y viceversa. Criticar la situación de los budistas en el Tibet y no decir nada de lo que se hace, en nombre del budismo, contra los musulmanes y cristianos en Camboya o en Birmania. No comprendo como desde el judaísmo se puede criticar la confesionalidad del estado español y dar por buena la del estado de Israel. Tampoco comprendo que un musulmán español critique la participación de políticos en ejercicio de sus funciones en actos religiosos, y no rechace que un jefe de estado del mundo islámico presida una oración públicamente, sea en Arabia Saudí, en Libia o en Irán. Estas actitudes son muy comunes, casi diría cotidianas. Creo que debemos exigir un mínimo de coherencia en los planteamientos de los creyentes de las distintas confesiones. Si se defiende el laicismo debe defenderse en todo sitio, y si se defienden los derechos de las minorías religiosas debe aplicarse este principio de forma universal.

A nivel teológico, nos sobra dogmatismo, el cierre conceptual en torno a unos dogmas excluyentes, que bajo la apariencia de doctrinas teológicas venerables que responden un mandato político y de dominio. Citaré alguna de estas ideas, en la teología islámica: la idea de que el Corán es la palabra de Dios increada, o la de que el Corán ha abrogado las revelaciones anteriores. Otras son de sobras conocidas, y sus implicaciones políticas ya no pueden ocultarse: la idea del Pueblo escogido en exclusiva por Dios para sellar un pacto, o la idea del Dios encarnado en un hombre concreto en un momento histórico concreto, cuyo magisterio es mantenido en exclusiva por una determinada institución. No podemos seguir sosteniendo dogmas semejantes por más tiempo, ni pretender que se trata tan solo de doctrinas venerables. Si estas ideas han sido consideradas como dogmas de fe no es por responder al anhelo de liberación espiritual del ser humano, sino porque responden al deseo narcisista de poseer las claves de la salvación en exclusiva. Frente a los dogmas y doctrinas, que apenas ocultan su carácter político, nos falta espiritualidad, trabajo interior, desapego de los conceptos, superación del mundo de las dualidades y de los conceptos, vacío de ma mente para que Dios se nos revele, aquí y ahora.

A nivel político, nos sobra la connivencia de los hombres de religión con los poderes de este mundo. El auténtico mal que amenaza a las religiones no son el laicismo o el ateísmo, sino su transformación en un instrumento de control ideológico, en una religión de estado. Por desgracia, muchos hombres de religión parecen demasiado preocupados por defender sus pequeñas parcelas de poder.

Cuando hablamos de sectarismo, jerarquización, dogmatismo, falta de coherencia, debemos ser conscientes de que se trata de actitudes que tienen una plasmación concreta en políticas y legislaciones discriminatorias, que sitúan a unos creyentes por encima de los otros y mantienen vigentes paradigmas que podríamos calificar como tribales. Siguiendo a Popper, entiendo como tribalismo la defensa de una supuesta identidad nacional inalterable basada en conceptos como raza o religión. En el contexto del siglo XXI, caracterizado por los flujos migratorios provenientes de contextos culturales y religiosos muy diversos, rechazar el paradigma interreligioso implica el rechazo del progreso. No existen ya países racialmente o religiosamente unitarios, si es que alguna vez han existido. Reivindicar una identidad nacional basada en la religión mayoritaria es una forma de totalitarismo que choca con las realidades sociales del siglo XXI. Quien rechaza el paradigma interreligioso se queda fuera del mundo en el que vive. Vive en una sociedad que ya no existe, en un paisaje inexistente. El problema es cuando trata de forzar la permanencia de este mundo inexistente, de modo que los que no participan de su concepción identitaria se ven forzados en mayor o menor medida a asimilarse a dicho modelo identitario. Es aquí cuando vemos claramente que la resistencia al paradigma interreligioso es una opción política, uno de los pilares del pensamiento reaccionario en nuestro tiempo.

Siendo así, no podemos obviar que el diálogo interreligioso tiene también una dimensión política. Juan José Tamayo lo sitúa como contrapartida al choque de civilizaciones, la ideología neocón que sustenta las políticas imperialistas de los EEUU, tanto como su tratamiento de la nueva inmigración. El pensador indio Asghar Ali Engineer se refiere a tres niveles del diálogo interreligioso: el intelectual, el político y el religioso. En el nivel político, señala el trabajo conjunto en contra de las políticas confesionales, y señala la necesidad de desarrollar una alianza interreligiosa en contra del fundamentalismo religioso. La dimensión política del diálogo interreligioso es precisamente la de responder a las pretensiones de hegemonía de la religión mayoritaria. Y esto debe ser así tanto en España como en Israel, en el Tibet o en Arabia. La vinculación entre religión, territorio y sistema político no tiene una base espiritual, no esta enraizada en el núcleo de ninguna fe. Se trata de vínculos arbitrarios, digamos que contingentes e históricos, pero no esenciales. Lo mismo podríamos decir de la relación entre religión y raza, o entre raza y territorio, o entre religión y lengua. Todos estos elementos son definidores de nuestra identidad, pero ¿en que medida son asimilables, en que medida pueden constituirse en vertebradores de las identidades nacionales?

Este es uno de los nudos que el diálogo interreligioso viene a deshacer. Frente a las identidades colectivas basadas en la religión, el paradigma interreligioso implica la aceptación de nuestras identidades múltiples, tanto a nivel individual como colectivo. Implica la aceptación gozosa del carácter abierto y permeable de todo ser humano, implica la ruptura con los límites conceptuales e ideológicos trazados entre las distintas religiones, y también la ruptura con el confesionalismo y los amalgamas entre religión, raza, lengua y territorio. Implica en definitiva la superación de los atavismos y los restos de tribalismo presentes en nuestras sociedades. Un tribalismo más presente en nuestra civilizada Europa de lo que nos gustaría reconocer, tanto en la sociedad como en la política y en la academia. Este tribalismo europeo tira por tierra el mito de la superioridad de una cultura occidental supuestamente basada en la racionalidad y en la ciencia, que se abría emancipado de formas de cohesión social propias de culturas calificadas como primitivas o inferiores. En el momento en que Europa se ve enfrentada al verdadero pluralismo, el mito salta por los aires y se revela que bajo la capa de civilización siguen latiendo las mismas pulsiones primitivas, las consideraciones raciales y religiosas como base identitaria.

Mencionar las carencias del presente implica ya señalar hacia otros horizontes, señalar en dirección a la utopía. A estas actitudes sectarias y tribales oponemos el paradigma interreligioso. Deseamos ver desaparecer las actitudes sectarias para hacer posible este nuevo paradigma. El paradigma interreligioso es hoy por hoy una utopía sobre la que dialogamos. El diálogo apunta a la superación de las barreras conceptuales que las religiones trazan unas frente a otras. Esta destrucción de las barreras ha de liberar una fuerza desconocida, posibilitando nuevas creaciones. Por diálogo interreligioso entiendo pues algo más que el diálogo que entablan los creyentes de diversas tradiciones, en pos de mejorar o posibilitar la convivencia, y poner los recursos espirituales, humanos y materiales en la mejora de nuestras sociedades. El propio título de estas jornadas hace referencia a los derechos humanos y la cultura de la paz, un concepto muy hermoso que engloba valores como el respeto a la dignidad de la persona, la no discriminación, la no violencia, el respeto a la diversidad cultural, el consumo responsable y en general los valores sociales y ecológicos.

Para hacer posible este paradigma, no basta con dialogar sobre las religiones. Lo que debemos hacer es colaborar en las causas comunes a todos los hombres de buena voluntad, saber priorizar y orientar nuestras fuerzas hacia el bien y la belleza. Nos falta trabajo compartido contra la cultura de la guerra, contra el hambre en el mundo, contra la depredación capitalista, a favor de los desfavorecidos, a favor de la igualdad económica y de la justicia social. Nos falta también autocrítica, capacidad de actualización de nuestra tradición a las realidades del siglo XXI. Sentimos demasiado apego por las formas, por las cáscaras que hace tiempo dejaron de proteger el fruto.

La utopía interreligiosa es al mismo tiempo hinduísta, cristiana, judía, budista o musulmana. Se desvanecen las barreras ideológicas entre ‘lo cristiano’, ‘lo budista’, ‘lo hindú’, ‘lo islámico o ‘lo judío’. Dichas categorías dejan de ser compartimentos estancos cerrados en torno a unos dogmas excluyentes, y pasan a ser definidores de valores compartidos. Lo islámico coincide con lo cristiano en mayor medida en que se diferencia. Es islámico ayudar a los que pasan hambre, la igualdad, la paz y la justicia son valores esenciales al islam, no un añadido, sino su misma esencia, su razón de ser. Y precisamente por ser valores inherentes al islam lo son también al cristianismo. Ser un buen musulmán es ser un buen cristiano. Esta es también una utopía que los creyentes podemos compartir con los ateos. Es la utopía de la unidad en la diversidad. Valores que están en la base de nuestra propia humanidad, valores consustanciales a nuestra humanidad, que el vínculo con una tradición espiritual no lesiona ni recorta, sino que fortalece.

El paradigma interreligioso nos remite al origen común de todas las religiones en el Uno, por encima de toda diferencia. Lo esencial es lo que nos une, lo diferente es circunstancial. No un mero accidente, sino un recipiente necesario. Es a partir de los valores compartidos donde se fundamenta el entendimiento, la colaboración entre los seguidores de diferentes religiones. Toda religión aboga por la sinceridad, la hospitalidad, la generosidad, la paciencia, la no violencia, la justicia, la igualdad, el amor y la compasión. No creo que ningún seguidor de ninguna religión rechace o considere ajenos a su religión estos valores.

Junto a los valores y los rituales, existe un tercer elemento en el cual se da espacio para la discordia: las doctrinas. Es en este punto donde se producen las disputas, sobre la naturaleza de Cristo, de Buda o del Corán. Lo que el diálogo interreligioso exige es no idolatrar ninguna doctrina, es decir: superar las concepciones dogmáticas de nuestra tradición. Las doctrinas no son algo que se puedan tirar por la ventana: forman parte esencial de todo camino espiritual. Lo que podemos esperar de los creyentes es que sepan relativizar esas doctrinas, como intelectualizaciones de una verdad trascendente, que sobrepasa los conceptos.

Como puntualiza Juan José Tamayo, ni las religiones ni los dogmas nos conducen a la salvación. Las religiones son mediaciones, nos ofrecen instrumentos, pautas, valores, nos trazan un camino que puede guiar al ser humano en su despertar y evolución espiritual. El fin de las religiones es liberar al ser humano, elevarlo y hacerlo más humano, más generoso, más compasivo, más hospitalario. Los medios que ofrecen las religiones son distintos, pero los fines parecidos, cuando no idénticos. Poner el acento sobre los fines y los valores compartidos implica relativizar los medios. No anularlos, sino tener plena conciencia de que no son sino medios, y por tanto otra persona puede acceder a su liberación sin necesidad de aceptar las mediaciones que una religión particular le ofrece. Esta es la base de la libertad de los creyentes aún dentro de sus propias tradiciones, la única base posible para el diálogo interreligioso.

La utopía interreligiosa requiere de una actitud consciente. Requiere de un trabajo sobre nosotros mismos, un trabajo que también es intrarreligioso. Requiere de una actitud pro-activa. Requiere pasar del diálogo en si a un diálogo enfocado a la consecución de los propios objetivos del diálogo. El diálogo interreligioso no puede limitarse a los encuentros e intercambios secretos de determinados grupos, como la multiculturalidad no se manifiesta a través de esas fiestas de la diversidad organizadas por los ayuntamientos, en los cuales ciudadanos de cada color o procedencia se exhiben para regocijo de los usuarios, para satisfacer la mala conciencia del ciudadano medio. Festivales tras los cuales cada uno vuelve a su gueto, a sufrir las discriminaciones cotidianas.

El diálogo interreligioso no es un fin en si mismo, no se agota con el diálogo. El diálogo interreligioso señala hacia otro horizonte, hacia una apertura del corazón y hacia la consecución de sociedades realmente plurales, en las cuales las tensiones entre religiones hayan desaparecido, dando paso a la colaboración entre creyentes, entre personas unidas por un deseo de espiritualidad y trascendencia, que sin duda debe, o más bien debería, conducirlos hacia posturas de solidaridad y entendimiento, a dejar de lado el egoísmo y a poner la compasión como criterio de todos sus actos. No dialogamos para conocer otras personas o tradiciones religiosas. Buscamos ese conocimiento para romper con un estado de cosas que sabemos defectuoso.

Personalmente, el diálogo para conocernos y mostrar lo tolerantes que somos no me interesa. Y esta es la paradoja catalana. Como he dicho antes, Cataluña es la comunidad del estado español donde más se ha desarrollado el diálogo interreligioso en los últimos años. Y sin embargo, es también la comunidad autónoma donde más dificultades tenemos los musulmanes para abrir mezquitas. De los 24 casos de oposiciones vecinales violentas a la apertura de mezquitas que se han dado en España en los últimos años, 18 han tenido lugar en Cataluña. Es la hora de que nos preguntemos por las causas de esta contradicción, que nos planteemos porque el desarrollo del diálogo interreligioso y las mil y una actividades realizadas no han logrado transformar en lo más mínimo nuestra sociedad. Es por ello imperioso el clarificar cuales son los objetivos de este diálogo, no vaya a ser que lo acabemos convirtiendo en un fin en si mismo, algo auto referencial y sin la menor conexión con las realidades sociales en las que vivimos.

Si el diálogo interreligioso no tiene nada que ver con apoyar la apertura de templos de los Testigos de Jehová, iglesias evangélicas, sinagogas y mezquitas, creo que llegará un momento en que deberemos denunciarlo como una impostura. Si el diálogo interreligioso no nos ayuda en el objetivo común de lograr una sociedad más respetuosa con el pluralismo, sin privilegios para ninguna confesión, entonces no sirve para nada. Si el diálogo interreligioso no nos implica en la lucha contra la islamofobia o contra la judeofobia, entonces deberemos concluir que es algo superfluo. Si el diálogo interreligioso no está basado en el rechazo explícito del proselitismo, entonces no es auténtico diálogo sino mera hipocresía. Una vez más: ¿cómo se puede hablar de diálogo con la Iglesia católica mientras sus más altas jerarquías expresan públicamente como un deber de todo cristiano el convertir a los demás al cristianismo, con el objetivo manifiesto de que desaparezca el pluralismo?

Debemos ser conscientes de la situación en que vivimos para que la utopía cobre fuerza, para que pueda manifestarse con toda transparencia. Solo unos pocos parecen darse cuenta de que el diálogo interreligioso es uno de los paradigmas decisivos del presente, destinado a transformar el mundo. Esperamos que este paradigma acabe llegando a la mayoría de nuestros conciudadanos, y pedimos a Al-lâh que nos ayude en la inmensa tarea de construcción de una sociedad civil a escala planetaria, basada en valores compartidos y no en mediaciones excluyentes. Insha Al-lâh.


Sobre dar cobertura a los tiranos: a propósito de una noticia publicada en Webislam

Mayo 30, 2008
Ante la noticia publicada originalmente en ABC, y reeditada en portada de webislam el día 29/5/2008, bajo el título ‘Abdulá expone al Rey su versión de la Alianza de Civilizaciones’, me siento en la obligación de hacer público el siguiente comentario.

En primer lugar, expresar mi repugnancia por el contenido de la noticia. Repugnancia por el hecho de que sitúa al Rey de Arabia Saudí como representante del islam, cuando no es más que un tirano que debe todo su poder al dinero del petróleo y al apoyo militar norteamericano, y cuyo título de Custodio de las Dos Mezquitas no solo no tiene el más mínimo fundamento en los principios del islam sino que constituye un insulto a todo musulmán y musulmana.

Sobre la idea de que el rey saudí haya presentado al Rey de España “la versión islámica de la Alianza de Civilizaciones”, quisiera recordar que el tercer punto del Decálogo de Córdoba por la Alianza de Civilizaciones dice lo siguiente: “Exigir a los países que hayan suscrito la Alianza de Civilizaciones una coherencia en lo relativo a la libertad religiosa, respeto a las minorías y políticas migratorias justas.” Desde esta perspectiva, salta a la vista que el soberano absoluto de un país que discrimina de manera brutal a las mujeres y niega la libertad de culto a las minorías religiosas no tiene el menor derecho moral para proponer nada en relación a la Alianza de Civilizaciones. Por el contrario, constituye un impedimento evidente de la misma.

Segundo, manifestar mi desconcierto ante el hecho de que Webislam transmita acríticamente dicha noticia, considerando como algo positivo el dar cobertura a las pretensiones de este tirano, sin darse cuenta de que la Alianza de Civilizaciones queda desacreditada, e incluso es ridiculizada en la noticia. Para alguien que ha sido director de Webislam durante cuatro años, y que se dejó la piel en el intento de divulgar un islam democrático y progresista, plenamente enraizado en el Mensaje del Corán, la divulgación de una noticia de este tipo en la portada de Webislam genera contradicciones insalvables. El Rey de Arabia Saudí no solo está en las antípodas de los valores que Webislam defiende, sino que constituye el ejemplo más claro de un gobernante al servicio del neoliberalismo, que utiliza el islam para justificar la tiranía y la opresión social, la discriminación de las mujeres y de las minorías religiosas.

Quiero alertar públicamente a la dirección de Webislam sobre el peligro de reproducir sin comentarios noticias como ésta, que chocan de forma radical con los valores que han sustentado la web desde su fundación. En los últimos meses han aparecido de forma reiterada noticias de este tipo, en las cuales tiranos del mundo árabe aparecen como representantes del islam: Hosni Mubarak llamando a la unidad de los musulmanes o Gadaffi pronunciando una jutba y dirigiendo la oración. La reproducción de esta clase de noticias tiene por objeto el situar a estos tiranos como representaciones mediáticas del islam, en detrimento de todos aquellos líderes espirituales, activistas e intelectuales que trabajan por la causa del islam y la justicia. La intención manifiesta es la de cubrir el verdadero rostro del islam, vinculándolo a regímenes dictatoriales, adaptando sus representaciones a los estereotipos dominantes. Invocar la pluralidad de Webislam para justificar la inclusión de esta clase de noticias es un argumento ingenuo y muy poco convincente, especialmente por lo escaso de las noticias alternativas ofrecidas.


Carta al Abad de Montserrat

Marzo 2, 2008

Estimado Abad Sr. Josep Maria Soler

Escribo esta carta para mostrarle mi agradecimiento. Agradecimiento por el recibimiento con el que fui agasajado en mi visita a Montserrat, el pasado 20 de enero. La imagen benévola del Pare Píus vuelve a mi memoria como un recuerdo venturoso. Como también la comida que tuve el honor de compartir con el resto de los monjes, la conversación en la sala capitular, la visita a la biblioteca o a los jardines interiores. Jardines en los cuales la serenidad habita y nos invade, brotando del silencio una plegaria. Desde mi condición de musulmán cada vez me siento más cerca de ese cristianismo culto, hospitalario, sereno y lleno de belleza que la Abadía de Montserrat conserva como su tesoro más preciado.

Quisiera aprovechar para mostrarle mi gratitud por sus valientes declaraciones del pasado 3 de febrero, en la cual se desmarca de la nota de la Conferencia Episcopal Española sobre las próximas elecciones. Frente a esta nota, muchos han sido los creyentes que han respondido, sintiéndose ofendidos por el hecho de que la CEE se manifieste de forma tan partidaria ante las elecciones generales, sin tener en cuenta la diversidad de sensibilidades en el seno de la Iglesia. De todas estas respuestas, la suya merece destacarse por la conciencia que la anima, recordando que ningún proyecto político puede pretender tener la exclusividad de representar al Evangelio, que la Iglesia católica ha de renunciar a tener cualquier monopolio y que sus propuestas han de alejarse de las imposiciones y de la confrontación.

También los musulmanes compartimos estas inquietudes, como ciudadanos que trabajamos por el reconocimiento del pluralismo en la España del siglo XXI. Así pues, comprendo y apoyo su manifiesto a favor del pluralismo político, su respeto a los diferentes modos a través de los cuales la ética cristiana puede influir en la sociedad, no como una ideología más que lucha por imponerse, sino como una inspiración para aquellos que quieran adoptarla. Lo mismo afirmo desde mi condición de musulmán: mi rechazo a la instrumentalización de la religión en beneficio de un proyecto política reaccionario, en el sentido de que niega todo progreso a los creyentes, su derecho a decidir según sus necesidades vitales.

Es cierto que la política y la religión no deben mezclarse. Pero también es cierto que la política sin ética nos conduce a la destrucción. Por ello es tan importante que la ética de las grandes religiones de la humanidad se ponga al servicio de las gentes, más allá de toda confesionalidad, como un tesoro compartido. En este punto los creyentes debemos ser sumamente claros, rechazar la confesionalidad del estado y recordar que la dogmática y la política no son buenas compañeras. La democracia implica relativismo, búsqueda del consenso entre diferentes opiniones, desde la convicción de que todas ellas son igualmente legítimas. Negar el relativismo de toda posición política implica caer en el fundamentalismo, en la idolatría de una ideología considerada como religiosamente correcta, frente a la diversidad de vivencias de la propia tradición.

Por todo ello, quisiera agradecerle su postura sensata y conciliadora. Resulta reconfortante para la ciudadanía oír voces como la suya, en un tiempo en el cual existen gentes empeñadas en sembrar la crispación para recoger dividendos del mensaje del miedo y del enfrentamiento. Miedo al pluralismo cultural y religioso, miedo a la inmigración, a la presencia de personas venidas de otras latitudes en busca de sustento y una vida digna. Un miedo agitado por políticos ávidos de poder, incluso por algunos que se denominan demócrata-cristianos.

Ante estas voces de la discordia, su discurso conciliador aparece como un bálsamo, que nos hace recobrar la fe en las potencialidades integradoras del humanismo cristiano. Para los musulmanes que vivimos en España es sumamente importante escuchar voces autorizadas como la suya, mostrar que existen visiones pluralistas dentro del cristianismo, que apuestan por la convivencia, que no tratan de imponer su moral a toda la ciudadanía y son respetuosas con el pluralismo.

La acogida de la cual fui objeto en mi visita a Montserrat no es sino un signo de ese cristianismo hospitalario y culto, de ese cristianismo que los musulmanes vemos como una religión hermana. De todo corazón, gracias.

Abdennur Prado
Presidente de la Junta Islámica Catalana

 


Ni radical ni progresista: musulmán a secas

Febrero 10, 2008

Varios lectores me han felicitado por mi llamamiento Por un islam democrático en España, pero otros me han criticado por utilizar el tópico de una fractura entre los ‘musulmanes radicales’ y los ‘musulmanes progresistas’. Esto merece una aclaración, ya que en otra ocasión escribí un artículo titulado Contra la expresión ‘musulmanes moderados’, por considerarla una trampa: “el uso de este calificativo es engañoso, ya que presenta las posiciones ‘moderadas’ como algo minoritario dentro de un mar de fanatismo. Crea una fractura artificial dentro de una comunidad caracterizada desde siempre por su diversidad.”

Lo mismo podría aplicarse a la expresión ‘musulmanes progresistas’, aunque existe una importante diferencia: por ‘musulmanes moderados’ el sistema entiende a todos aquellos sumisos a su voluntad, y es aceptada con agrado por numerosos clérigos al servicio del estado. A estos clérigos les gusta manifestarse contra el terrorismo, contra el radicalismo, incluso piden tímidamente reformas en las monarquías de oriente, y no dejan de repetir, como un estribillo, que “el islam es paz” y que “el islam dignifica a la mujer”. Luego pasan el cepillo, sin preocuparse en lo más mínimo por el progreso de la ummah.

La expresión ‘musulmanes progresistas’, por el contrario, implica una crítica del sistema, del militarismo y de los abusos de la economía de mercado, así como la reivindicación de los derechos sociales y civiles de los musulmanes, en cualquier contexto: derecho a la vivienda y a un trabajo digno, a la justicia social, a la igualdad de género, a la propia sexualidad, a la plena libertad de expresión y de conciencia. La expresión ‘musulmanes moderados’ ha sido promovida por los propios estados occidentales y algunos arabistas que no ocultan su odio hacia el islam. La expresión ‘musulmanes progresistas’ surge por contra de las propias comunidades musulmanas, en lucha por su liberación del fundamentalismo religioso y de las opresiones económicas.

Aún así, se trata de una expresión con la que no me siento cómodo, y sólo la utilizo a modo de expresión, no como una etiqueta con la que identificarme. También en mi libro ‘El islam anterior al Islam‘ (ed. Oozebap) he escrito que soy muy escéptico hacia expresiones de este tipo, y me he declarado como un ‘musulmán a secas’, ni chiíta ni sunní, ni radical ni progresista, ni fundamentalista ni sufí. Como me recuerda Ndeye Andújar, la expresión ‘islam progresista’ no es más que una redundancia. Siendo el islam en esencia democrático, hablar de un islam democrático parace indicar que existe un islam no democrático, lo cual es falso… en teoría. En realidad, cuando hablamos de ‘musulmanes progresistas’ o de ‘islam democrático’ nos referimos al islam en sí: ser musulmán implica situarse en la vanguardia de la civilización, luchar por la justicia social y por el progreso de la humanidad. Del mismo modo, la expresión ‘musulmanes fanáticos’ o ‘radicales’ es un contrasentido: el islam excluye el fanatismo. Por desgracia, existen muchos musulmanes que no están por el progreso, sino por el atraso, el cierre identitario, la segregación de la mujer y el oscurantismo. Si descendemos de la teoría a los hechos, no podemos sino reconocer la existencia de musulmanes que por sus hechos y palabras no pueden ser sino calificados como fanáticos.

Todo esto hace necesario aclarar el sentido de esta fractura entre los ‘musulmanes progresistas’ y los ‘radicales’, como algo real más allá de los calificativos. Hace años un musulmán de Malawi nos contaba como en todo el continente africano existen dos visiones enfrentadas del islam: el wahabismo y el islam tradicional. Por islam tradicional no entiendo tradicionalismo, sino el islam entendido como un camino espiritual y una forma de vida. Tradición no implica inmovilismo, sino apertura a la Fuente de todo lo creado y contextualización de un Mensaje eterno en una realidad concreta. Una tradición es necesariamente anti-dogmática, no necesita ser fijada por ninguna estructura de poder. En el momento en que es fijada hemos salido de la tradición y nos hemos abocado al tradicionalismo: la cosificación de la religión en dogmas y doctrinas.

Esto fue expresado ya hace siglos por Iman al-Gazali: “No hay esperanza de volver a una fe tradicional una vez que se la ha abandonado, pues es condición esencial del que profesa una fe tradicional el que no sepa que es un tradicionalista”. Esto es justamente el salafismo, la pretensión de volver a la fe pura de los antepasados, cuando en realidad lo que hace es inventar una ‘tradición artificial’, que pretende imponerse como la única forma correcta de entender el islam.

Frente al salafismo, el islam tradicional es muy diverso. El islam no puede ser reducido a una eterminada cultura: existen musulmanes que viven en culturas diferentes, tomando elementos de una cultura y otra, y creando nuevas formas mestizas de cultura. La clave está en comprender que los diferentes pueblos de la tierra han hecho suyo el mensaje del Corán según sus circunstancias, conduciendo a situaciones de mestizaje y sincretismo. Esto es debido a que en el islam no existen jerarquías religiosas y por tanto no existe ninguna institución que tenga derecho a establecer una ortodoxia, ni tan sólo una ortopraxis. Existen consensos locales y globales, pero estos son flexibles. Un consenso debe basarse en la recepción de la revelación, en una lectura consciente del Corán y de la tradición, aquí y ahora. Existen unas bases compartidas: los cinco pilares del islam, los seis pilares del imam, la búsqueda del ihsan. Pero en el resto el consenso debe ser renovado por cada comunidad local, según sus propias necesidades, y no en base a una ideología ni en una legislación externa, dictada por ninguna institución extranjera.

Frente a este islam tradicional sumamente diverso, desde el siglo XX nos encontramos con la propagación de una ideología extraña en el seno de la ummah, el llamado wahabismo, y su hermano: el salafismo. No se trata propiamente de islam, sino de una ideología totalitaria basada superficialmente en el islam, y que pretende imponerse a toda la ummah desde el núcleo del pensamiento árabe reaccionario. El salafismo pretende que todos los musulmanes del mundo deben vivir el islam del mismo modo, vestirse de la misma forma y adoptar las mismas costumbres. Frente al islam tradicional, propone la uniformización de las culturas. Pone su acento en el cumplimiento estricto de unas normas, de una supuesta ‘ley islámica’ que ahoga la vida de los creyentes y los convierte en maniáticos de lo correcto (halal) y lo incorrecto (haram). Se trata de una forma de imperialismo cultural panarabista, que desarraiga a los pueblos musulmanes de sus tradiciones, de su modo tradicional (y por tanto abierto) de entender el islam.

Esta ideología totalitaria ha logrado propagarse gracias al poder del dinero del petróleo y al apoyo occidental. En el siglo pasado fue utilizado por los EEUU en su lucha contra el comunismo, para contrarrestar la simpatía que el internacionalismo de izquierdas despierta de modo natural entre los musulmanes. El salafismo no implica una amenaza para los intereses de las grandes corporaciones financieras de occidente, de ahí que se haya establecido una alianza a escala planetaria. Salafismo y neoliberalismo son primos y aliados, como lo son las familias Bush y los banu Saud y otras dictaduras del Oriente medio.

La fractura es pues entre el islam (incluido el sufismo) y el salafismo (wahabismo, fundamentalismo, salafismo, islam reaccionario, o como queramos llamarlo). La fractura es entre el mensaje del Sagrado Corán y el islam institucionalizado al servicio del estado (y de las potencias occidentales). Las instituciones reaccionarias a las que critico no forman parte del islam tradicional: son un producto malsano de la modernidad. Y esto es aplicable al funcionamiento actual de la Universidad de al-Azhar o de las grandes instituciones religiosas de Arabia Saudí.

En todos los lugares donde vemos al estado apropiarse del islam, nos encontramos con la destrucción del islam como tradición y como camino espiritual, y su transformación en una ideología conservadora. Y esto es algo que está sucediendo en la España del siglo XXI, donde el estado (supuestamente aconfesional) se ha rodeado de unos clérigos reaccionarios y los ha erigido en ‘representantes del islam’, imponiendo a los musulmanes formas ajenas a su tradición, como puedan ser los consejos de imames o de ulemas. De esta imposición son culpables tanto los partidos políticos de izquierdas como de derechas. Ante esta imposición creo que los musulmanes debemos rebelarnos.

Una lectora me acusa de ‘tratar de complacer a occidente’, y de tratar de ‘derogar la ley divina’. Esta acusación resulta extraña, pues soy y siempre he sido un defensor de la Sharia. Pero creo que la Sharia debe ser defendida también de sus tergiversaciones, de la transformación del Mensaje libertario del Corán en un instrumento represivo. A lo que me opongo con todas mis fuerzas es a la aceptación ciega y descontextualizada del fiqh medieval, de unos códigos de jurisprudencia creados por hombres (en sentido estricto: por varones, con exclusión de las mujeres).

No creo que por ser musulmanes debamos aceptar la esclavitud, ni la segregación de la mujer, ni la lapidación, ni la existencia de un delito de apostasía, ni la discriminación de los homosexuales o las minorías religiosas… Estar contra esto no es ir contra lo establecido por Al-lâh, sino todo lo contrario. Estas leyes no son divinas, sino humanas. Demasiado humanas, que diría Nietszche. La pretensión de que unas normas creadas por el hombre son ‘leyes divinas’ es llana y simplemente idolatría. Audu bil-lâhi min ash-Shaytani ar-raÿim.

Respecto a ‘complacer a occidente’, resulta curiosa esta frase cuando he sido siempre sumamente crítico con la depredación capitalista y la deriva de la democracia. Creo que nos situamos en el umbral de una nueva forma de esclavitud globalizada, con el poder del dinero sustituyendo a las cadenas del pasado. No trato de complacer a occidente, pues no conozco a nadie que se llame occidente. Trato de complacer a Al-lâh en todas mis acciones, desde lo que soy, desde la conciencia de mi precariedad de criatura. Soy occidental, un ciudadano culturalmente europeo, y estoy orgulloso de ello. Creo que la cultura europea (en sentido amplio) ha dado algunos de los más grandes genios de la humanidad: filósofos, poteas, músicos, científicos y artistas. Nunca he pensado que reconocerme musulmán podía implicar renegar de este legado. Y puedo asegurar que occidente es de lo más variado, incluyendo el legado andalusí. La frase ‘complacer a occidente’ carece de sentido, revela una mentalidad dualista y fratricida.

Lo único que pretendo es poder vivir mi religión en paz, en total imbricación con mi contexto, relacionándome libremente con la sociedad a la que pertenezco. Es decir: vivir el islam como una tradición sagrada desde mi cultura catalana y europea. Llegué al islam a través de la poesía y del pensamiento filosófico de la modernidad, y muchos valores en esa iniciación me sirven para comprender y vivir el islam en mi contexto. No existe una separación entre lo laico y el islam, ya que los musulmanes somos en muchos sentidos laicos: no tenemos iglesia, ni jerarquías religiosas, ni autoridad dogmática. Nuestra entrega es debida únicamente a Al-lâh, el Creador de los cielos y la tierra, la misericordia creadora que mueve el universo. Se aprende más sobre Al-lâh mirando al firmamento que no acudiendo a una mezquita, pues “Mires donde mires, ahí está la faz de Al-lâh”. Siento alergia hacia el islam institucionalizado, ya que la mayoría de las veces nos encontramos con una cosificación del mensaje del Corán.

El islam no es una doctrina, ni una teología, sino algo interior al ser humano. Debemos reconocer ese vínculo interior con Al-lâh dentro de nosotros. El Corán afirma que ha sido revelado como una Guía para aquellos que usan la razón. Por tanto, no es para aquellos que no tratan de comprender la revelación mediante su intelecto. Se trata de un Recordatorio de algo que está grabado en nuestro corazón desde el principio de los tiempos. Eso que cada uno de nosotros somos en nuestro yo profundo, y que ningún poder en esta tierra podrá nunca arrancarnos, pues es inmortal y está ya junto a Al-lâh. Es a partir de este descubrimiento del vínculo interior con Al-lâh que el islam se nos desvela como algo propio, como parte de nuestra naturaleza. No es ya una religión externa, ni una cultura ajena, sino un estado de conciencia y de postración ante el Señor del Universo, Sustentador de todos los mundos. Reconocer la Majestad y la Belleza de todo lo creado, reconocer que somos criaturas contingentes, seres creados y acabables. Reconocer nuestra precariedad de criaturas y nuestro vínculo interior con la fuerza que mueve el universo.

Esta es la base del islam, la base de nuestro sometimiento al Creador de los cielos y la tierra. A partir de ahí el musulmán establece los ritos, los cinco pilares del islam, como una forma de adoración al Único. Y se trata de crecer en armonía, desarrollar nuestras potencialidades innatas para complacer a Al-lâh. El musulmán trata de desarrollar sus más nobles cualidades, trata de vivir en la conciencia de Al-lâh, de complacer a Al-lâh en todos sus actos. Y eso solo puede lograrse mediante la confianza en Al-lâh y la paciencia ante las adversidades, siempre confiando en la Justicia de Al-lâh, confiando en que todo aquello que nos sucede (lo bueno y lo malo) ha sido decretado, y que la recompensa del Jardín será para aquellos que han perseverado. Si Al-lâh quiere.

¿Islam progresista, islam moderado, fundamentalismo islámico, salafismo, islam andalusí, islam radical, feminismo islámico…? Todo eso no significa nada, nada más que conceptos a través de las cuales tratamos de expresar nuestras espectativas en el camino libre del islam. Pero no sustituímos la experiencia íntima de nuestra entrega por ningún concepto, por hermoso o apropiado que parezca. Por eso sigo afirmándome como un ‘musulmán a secas’, uno de los más de mil quinientos millones de personas que, según las estadísticas, son considerados ‘musulmanes’.


El voto de la mujer en los países musulmanes

Julio 20, 2007

Publicado en El País, 20/07/2007

En su magnífico artículo ‘Mujer y política en países de tradición islámica’ (El País 16-07-2007), Francisca Sauquillo afirma que “Entre los países de tradición islámica, fue Líbano, en 1952, el primero en reconocer el derecho que tenía la mujer a elegir y a ser elegida.” Si nos remitimos a la tabla de Wikipedia sobre el voto femenino, este dato no es correcto. El derecho de la mujer a elegir y ser elegida fue reconocido por Azerbaiján en 1919, Tayikistán en 1924, Turkmenistán en 1927, Turquía en 1930, Uzbekistán en 1938, Senegal e Indonesia en 1935, Pakistán e Iraq en 1948 y Siria en 1949. Argelia no reconoció este derecho a las mujeres hasta el año 1963, el mismo año que Irán y que Marruecos.

Existen otros países de población musulmana en los cuales todavía no se les concede este derecho a las mujeres: Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahrein, Kuwait… aunque ante esta lista, parece absurdo reivindicar el sufragio femenino, ya que se trata de monarquías absolutistas, en los cuales tampoco los hombres tienen derecho a elegir a sus gobernantes. Es lamentable darse cuenta de que todos ellos son aliados de los EEUU, y pilares del sistema financiero internacional. Por cierto que si sumamos las poblaciones totales de estos países apenas son el 0,5 % de los musulmanes del planeta.

Ante estos datos, es preciso reconocer que cada país tiene su propia historia, y es difícil hacer generalizaciones sobre el derecho a voto en los países de tradición islámica. Sin embargo, se pueden hacer algunas consideraciones:

En líneas generales, parece evidente que la religión no es el único factor a tener en cuenta a la hora de analizar este fenómeno. Los primeros países de mayoría musulmana en reconocer los derechos de las mujeres lo hicieron en el contexto del comunismo soviético, bajo un régimen de partido único. Al mismo tiempo, existen países que se autoproclaman como “república islámica” en el cual el derecho a voto de las mujeres está garantizado. En Pakistán este derecho fue reconocido en la Constitución de 1947, sin que el hecho de ser una República Islámica significase ningún impedimento. Una mujer -Benazir Bhutto- fue elegida dos veces presidenta por sufragio universal (en 1988 y 1993). En Irán, por el contrario, las mujeres sufren limitaciones a la hora de presentase como candidatas (de hecho también los hombres), y no parece que vayamos a tener pronto una Guía Suprema de la revolución.

También destaca el hecho de que las mujeres de algunos países de población musulmana consiguieron el derecho a elegir y ser elegida antes que países europeos como Francia, Yugoslavia, Hungría, Bélgica, Rumania (todos ellos entre el 1945 y 1946), Italia (194 8) o Grecia (1952). Y antes que la mayoría de los países latinoamericanos: Venezuela (1945), Guatemala (1946), Argentina (1947), Chile (1949), Bolivia (1952), México (1953), Colombia (1954), Nicaragua (1955) y Perú (1955). Mención aparte merece el caso de Suiza: el Cantón de Appenzell Innerrhoden fue forzado por la Corte Suprema a aceptar el sufragio femenino… en 1990.

Un factor determinante sobre la situación de la mujer en el Tercer Mundo sigue siendo la herencia de la colonización. Algunos países de población musulmana reconocieron el sufragio femenino durante la colonización, pero otros tuvieron que esperar a independizarse. El caso de Argelia es significativo: mientras fue colonia francesa las mujeres no tuvieron reconocido este derecho, que fue establecido tras la independencia. También Irak, Siria y Egipto tuvieron que esperar a su independencia.

Es interesante notar que en el país con mayor población musulmana del mundo (Indonesia) las mujeres tuvieron garantizado este derecho en fecha tan temprana como 1935, siendo reafirmado en la Constitución de 1945, tras la independencia. El Movimiento de Mujeres de Indonesia (Gerakan Wanita Indonesia) se formó en 1950, y en 1957 tenía 650.000 afiliadas, cuando fue prohibido y reprimido duramente por la dictadura (pro-occidental, por cierto) de Suharto. La incorporación de la mujer a la política es un hecho, y una mujer – Megawati Setiawati Sukarnoputri- fue elegida presidenta del país el año 2001.

A la hora de tratar sobre la situación de la mujer en los países de población musulmana, hay que evitar pensar en términos exclusivamente religiosos, ya que la visión del islam dominante en estos países también está condicionada por factores históricos, políticos, sociales y económicos. Por ejemplo: los procesos de colonización-descolonización, la deriva de los regímenes laicos hacia el totalitarismo, las finanzas internacionales y el precio del petróleo. Reducirlo todo a la religión es engañoso, aunque es indudable que históricamente la religión ha sido utilizada para justificar la sumisión de la mujer.

Un error habitual es el de reducir ‘lo islámico’ a ‘lo árabe’, con lo cual se olvida de la inmensa mayoría de las mujeres musulmanas del planeta: apenas el 15% de las musulmanas del mundo son árabes. En relación al artículo de Francisca Sauquillo mencionado al principio, creo que un título más apropiado hubiera sido: ‘Mujer y política en los países árabes’. Precisamente ahí es donde reside el núcleo del problema. No porque los árabes sean más misóginos que cualquier otro pueblo, sino por un doble factor: 1) el peso que el panarabismo wahabita y su versión oscurantista del islam, y 2) la tutela que de estos regímenes absolutistas hace los EEUU, con el objeto de mantener controlado las fuentes del petróleo. De hecho, ambos factores están estrechamente unidos. Desigualdad social, totalitarismo y discriminación de género vienen siempre de la mano. La religión a veces actúa como pegamento, pero también puede constituirse en un factor de rebeldía.