Mitos y logos en el Corán

Octubre 21, 2009

por Abdennur Prado

El Corán conmina al ser humano a observar y estudiar la creación, como lugar en el que los Atributos de Al-lâh actúan y se muestran. Una y otra vez, mirar es el mandato y ver es comprender que todo lo creado significa, manifiesta un Poder y una Belleza creadora que es anterior a lo creado:

¿No ves que es Al-lâh quien hace caer agua del cielo,
y luego le abre camino en la tierra
hasta que brota en manantiales.
Y por medio de ella hace crecer cultivos de variados colores,
que luego se marchitan,
y los ves amarillear;
y al final los convierte en rastrojo.
¡Ciertamente, en [todo] esto hay en verdad un recordatorio
para los dotados de perspicacia!
(Corán 39: 21)

El mandato coránico de vivir y ser participes de una Creación que se renueva a cada instante, como signos y amantes, haciendo del conocimiento un acto de adoración y de servicio. El Corán se presenta una y otra vez como “un mensaje para los dotados de razón”, nos invita a observar y a explorar la Creación de Al-lâh para descubrir sus secretos. A partir de esto es comprensible el amplio desarrollo de las ciencias naturales en el islam de los primeros siglos tras la hégira. También se entiende que ibn Rushd (Averroes) considerase a Aristóteles como un muÿtahîd, quien hace iÿtihâd (un esfuerzo interpretativo) sobre el Libro de la Naturaleza.

El Corán nos conmina a la investigación cienetífica, pero no es un libro de ciencia

El Corán nos conmina a la investigación científica, pero no es un libro de ciencia

En este punto no debemos confundirnos: el lenguaje coránico sobre la Creación es paralelo al de otras cosmologías primigenias, y tiene poco que decir en materia de investigación científica. Una cosa es el conocimiento empírico de la naturaleza (objeto de la ciencia) y otra es el conocimiento del lugar de los humanos en el cosmos, de su modo de relacionarse con la naturaleza como manifestación de Al-lâh, y de las implicaciones éticas de esta relación. Confundir el Corán con un libro de ciencia no solo es pueril, sino una forma de desarticular el mensaje del Corán.

Cuando un Libro sagrado nos habla del caos primigenio, de la separación de los cielos y la tierra, de las montañas puestas como estacas para aguantar el cielo, ¿nos es lícito pensar en términos científicos? Esta es la tentación en la que han caído algunos autores modernos, en su afán apologético. Al hacerlo, parecen no darse cuenta de que han perdido el sentido original de la palabra revelada, confundiendo los planos fáctico y simbólico, el reino de la cantidad y el reino de los signos. Las referencias naturistas del Corán son vagas y alusivas, su ambigüedad es característica. Como descripción científica del cosmos, sería de un primitivismo extremo, totalmente desfasado. Como libro de ciencia, no pasaría de ser clasificado dentro de la “sabiduría natural de los pueblos salvajes” de Alexander von Humboldt y otros naturalistas del siglo XVIII. Pretender que “el Corán está de acuerdo con los descubrimientos científicos” es desconocer la naturaleza del Corán, tratar el Libro de Al-lâh como un libro profano. Es, propiamente hablando, profanar el Corán, forzarlo a adaptarse a un lenguaje impropio.

El tema es mucho más común (y grave) de lo que parece. La pretensión de que el Corán contiene una completa embriología se repite una y otra vez. Hemos leído textos en los cuales se afirma que el ayat an-Nur (24: 35) se refiere a la electricidad: una hermosísima parábola sobre la Luz de Al-lâh reducida a la banalidad más absoluta. Textos que afirman que los versículos 85:4-8 y 36:41-42 son un anuncio de los trenes. Otros en los cuales se dice que la creación por pares (base de la cosmología coránica) es una alusión a la existencia de protones, positrones y electrones. Y otros en los cuales se dice que Corán 27:83 anticipa el virus del SIDA… Lo peor de esta clase de afirmaciones es que son realizadas para probar la autenticidad del Corán como revelación de Dios, cuando lo único que logran probar es hasta que punto los creyentes han perdido la medida, situando la ciencia como paradigma de todo conocimiento verdadero y forzando al Corán a adaptarse a ella. Tenemos que denunciar esta tendencia como el signo de la perdida del sentido de la revelación, una muestra de que el Libro de Al-lâh ya no procura sentido ni apertura a lo incondicionado, sino que es citado como arma para demostrar una supuesta superioridad del islam frente a otras religiones [1].

Como poética, la descripción coránica de la Creación conserva toda su capacidad de sugerencia. La Creación es el marco, el ser humano toma suelo en la tierra y observa el horizonte, adquiere una espacialidad y se hace conciente de su temporalidad, de las generaciones sucesivas que vivieron y perecieron en el mismo marco. ¿Primitivismo? Ciertamente, en medio de la sociedad tecnificada y de la especialización creciente de unas disciplinas científicas separadas en compartimentos estancos, la imagen de la naturaleza como un todo nos remite a las épocas fundacionales de la cultura humana. Nos remite a las grandes tradiciones y sus cosmogonías, a un universo en el cual todo se presenta conectado por la idea del tawhid.

La dicotomía entre el discurso lógico-científico (como propio de la cultura occidental) y el discurso mítico-religioso (como propio del resto de culturas) constituye una ideología que tiene por objeto la dominación de las llamadas “culturas primitivas” y que conduce a la destrucción de la naturaleza. Esta dualidad tiene su origen en la Grecia clásica, en la época del nacimiento de la filosofía, y la distinción aristotélica entre mito y logos. Según esta visión, las sociedades de discurso lógico-científico estarían caracterizadas por el cambio, la singularidad y la linealidad de los discursos. Las sociedades de discurso mítico-religioso se caracterizarían por la permanencia y la repetición de acontecimientos arquetípicos, la integración cósmica del hombre y la multiplicidad paradigmática de sus manifestaciones.

La lucha de Aristóteles contra el pensamiento mítico crea una fractura en la historia de la filosofía. El mito se refugia en el arte, en la religión, en la poesía, mientras la ciencia se desarrolla en paralelo, ocupando poco a poco el centro y desplazando hacia la periferia cualquier otra forma de conocimiento. Platón sueña con sustituir la Materia prima originaria por un Dios de la razón, en el cual el elemento femenino-acuático haya desaparecido. No es extraño que de su República ideal (“cuyo arquetipo está guardado en el cielo”, República 592) los poetas fuesen desterrados. Aunque el propio Platón no dejase de calificar muchas de sus propias teorías como mitos [2].

En este punto, es necesario escuchar el lenguaje de la revelación y reconocer lo que nos dicen. Los versos “naturalistas” del Corán nos ofrecen la imagen de la naturaleza similar a la de otras cosmologías ancestrales. No en vano, el propio Corán nos informa de que no contiene nada nuevo:

Y, ciertamente, esta [revelación] se encuentra [también]
en verdad en los libros antiguos de sabiduría.
(Corán 26: 196)

En efecto, se trata de una palabra primigenia, en el sentido de que no hay nada anterior a ella. Se trata de una Palabra antigua: kalâm qadîm, de la cual el Corán es un recordatorio. Recordatorio de algo que es interior al ser humano y también de algo que ya había sido revelado antes. Anterior e interior son aquí lo mismo: al rememorar el origen mítico del cosmos nos vinculamos con el Todo. La naturaleza en el Corán no es a-histórica, tiene un origen y aparece abocada a su desaparición. Aún así, existen unas recurrencias que dan estabilidad a la vida fugaz del ser humano: el sol y la luna siguen un curso, el cielo permanece arriba y la tierra abajo. Imágenes de lo inmediato, una imagen en la cual la humanidad puede tener un desarrollo. La estabilidad del cosmos es el marco del cual esta historia es inseparable.

Los mitos son narraciones poéticas a través de la cual el ser humano se vincula al todo. Por eso el mito siempre se vuelve hacia el origen del mundo y de la vida, haciendo así presente la potencia divina que nos crea y por ello nos devuelve a esa potencia, nos hace potentes, capaces de realizar de nuevo ese paso de la potencia al acto. Literalmente: vivir nuestra propia creación en un presente siempre renovado. Un mito nunca es científico, sino más bien a-científico: se mueve en una esfera propia, propicia un conocimiento diferente al de la ciencia. No se trata de un conocimiento anti-científico. Más bien, el mito impulsa al ser humano hacia la investigación científica, lo conmina hacia la experimentación y el descubrimiento de los mecanismos particulares. La confrontación entre una visión poética y científica es ilusoria, tanto como la pretensión de hacer pasar la una por la otra.

Desde el punto de vista tradicional, todo lo visible constituye una manifestación de lo sagrado, una hierofanía (o teofanía, en la concepción teísta). Todo ritual tiene por finalidad el repetir los actos primordiales, y lograr así la manifestación (el retorno) de lo sagrado. En el centro de las sociedades tradicionales se halla la idea de la Unicidad de todo lo creado, según la cual toda criatura permanece unida al resto de las criaturas por su origen en lo incondicionado. Todo está en todas partes, lo cual choca con las leyes de la lógica aristotélica. En las palabras del gran jefe duwamish Seattle al presidente de los EEUU: “Todas las cosas están estrechamente unidas, como la sangre que une a una familia. Todo está enlazado. Todo lo que le ocurra a la tierra, les ocurrirá a los hijos de la tierra”, y el hombre no tiene como misión el dominio de la naturaleza, sino la comunión con ella [3].

Desde la antropología estructural, Claude Levi-Strauss ha mostrado como los elementos aparentemente ilógicos de culturas mítico-religiosas constituyen un cosmos unitario. El nulo desarrollo tecnológico de algunas culturas no impide que sus instituciones y formas de socialización estén presididas por complejos sistemas de pensamiento. Todas las culturas surgen como respuestas a inquietudes que son universales, y han generado los mecanismos necesarios para el pleno desarrollo de sus miembros. Levi-Strauss ataca la base del etnocentrismo: “No hay pueblos infantiles, todos son adultos” [4]. Algunas culturas valoran el desarrollo tecnológico o económico, y otras la espiritualidad y el equilibrio con el cosmos, y cada una de ellas debe ser valorada según sus propios parámetros. No considerarlo así sería desconocer el propio mecanismo de cohesión de una cultura, como medio de integración del hombre con su entorno.

Desde este punto de vista se comprenderá el flaco favor que le hacemos al Corán si pretendemos leerlo como un libro de ciencia, como un libro de leyes o como un catecismo. Pretender hacer pasar como científico o jurídico a un libro en el cual Al-lâh habla a las nubes antes de ser creadas resulta no solo temerario: constituye la prueba más palpable de que hemos perdido el oído con el cual escuchar el lenguaje de la revelación, degradándola al reino de lo cuantitativo. Sin darnos cuenta de que es en ese reino que la revelación está atrapada, como un mero comparsa, a lo sumo un antecedente venerable, al lado de la física presocrática de los elementos. No vemos con el ojo del corazón, sino con la mirada dominante de la ciencia.

La imagen de la Creación como un todo integrado tiene como objeto al ser humano: ¿acaso no veis…? Y sin embargo, si se trata de una descripción pre-científica de los comienzos del cosmos, ¿cómo podría el ser humano verla? Pero podemos verlo, vemos en la lejanía como el cielo y la tierra tienden a fundirse, volviendo a lo indiferenciado. Y vemos como de esa infinitud surge la aurora, separando el cielo de la tierra, el día de la noche. Y esta visión nos mueve a realizar la travesía de la noche: superar las tinieblas de la dispersión y amanecer a la conciencia de la Unicidad. El sueño es esa masa amorfa en la que nos sumimos, espejo de nuestro origen en la nada. Cada día y cada noche cruzamos esa puerta: “el sueño es una segunda vida”, dice Gerard de Nerval. Se trata de una experiencia cotidiana del origen mítico del cosmos, de un recordatorio puesto en los horizontes y en los ciclos, en medio de la suerte de este día. El origen del mundo en un instante de quietud, reminiscencia alada, poder ver en el surco del tiempo nuestra mano.

En el Corán se muestran las potencialidades fundamentales de la naturaleza, reducidas a un esquema significativo. Esta reducción no es una muestra de primitivismo, ni la muestra de un pensamiento pre-científico, sino el ofrecimiento de una imago mundi, a través de la cual Al-lâh nos habla y a través de la cual nosotros hablamos con el mundo. Hablar a través de una imagen significa habitar el mundo como signo, lugar que muestra a Al-lâh y a través del cual Al-lâh se nos revela.

Notas


[1] En los últimos años han circulado varios libros y textos en esta dirección, como los de Maurice Bucaille y Harum Yahia. Este último se ha destacado como enemigo acérrimo de la teoría de la evolución, conectando el islam con el oscurantismo religioso evangelista, y desvinculándolo de la tradición islámica.

[2] Iris Murdoch, El fuego y el sol: por qué Platón desterró a los artistas, México, D.F., Fondo de Cultura Económica, 1982.

[3] Citamos la famosa Carta al presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, enviada en 1855 por el jefe Seattle, como respuesta a la petición de compra de sus tierras.

[4] Raza e historia.


El debate sobre el secularismo

Octubre 18, 2009

Uno de los debates que genera más pasiones enfrentadas en el mundo islámico es el del secularismo. Se trata de un debate viciado de antemano tanto por la proyección de esquemas propios de la tradición política cristiana occidental, como por la lucha política interna que dinamita los debates. Asistimos desde hace un siglo a la satanización del secularismo por parte de movimientos islamistas, que lo caracterizan como una ideología colonial mediante la cual se pretende destruir el islam, negando cualquier posibilidad a los musulmanes de regirse según las leyes y los principios del islam. Si occidente es el enemigo geográfico e histórico, el secularismo sería su ideología política, del mismo modo que el ateísmo sería su ideología religiosa, el materialismo su filosofía y el capitalismo su sistema económico.

Las paradojas del secularismo

Casi un siglo de discursos en los cuales tras la palabra secularismo se añade la palabra kafir ha dejado una huella difícil de borrar, caracterizando el secularismo como “lo otro” respecto a “lo islámico”. Pero existen otros discursos que establecen puntos de encuentro, e incluso han llegado a unir los conceptos de islam y de laicismo. Algunas citas servirán para dar cuenta de hasta que punto las palabras son escurridizas. En los años cincuenta, el arabista Luis Gardet definía el modo de organizarse de la sociedad islámica como “una teocracia laica e igualitaria”. El profesor egipcio Hasan Hanafi ha escrito: “el islam es en su esencia una religión laica”. Hace una década, el islamólogo Olivier Carré escribió un libro en el que pretende demostrar que el islam tradicional se configuró como una ‘religión laica’:

“Para la Gran Tradición, profundamente quietista en política, la separación de la religión y la política es una regla. Los ulemas y demás hombres de religión tienen atribuidas funciones religiosas: doctrina, culto, beneficencia y determinados campos del derecho. Por su lado, califas, sultanes, emires, reyes y presidentes desempeñan funciones políticas: impuestos, ejército, ley y policía. Esta separación de los papeles está doctrinalmente establecida y justificada. Los tribunales y las escuelas son los espacios de fricción entre ambos poderes, como sucede en cualquier sociedad.”[1]

Más allá de lo acertado o no de estas definiciones, expresiones como éstas ponen en evidencia que existen problemas terminológicos que crean una confusión sobre la concepción coránica de lo político. Todo esto se basa en una imprecisión a la hora de definir tanto el contenido del término islam como del término secularismo. Tal y como afirma Seyyed Hossein Nasr, “de hecho, no existe ningún término en el árabe o el persa clásico que sea exactamente sinónimo de la palabra ‘secularismo’.[2].

Las palabras ‘teocracia’ y ‘secularismo’ surgen en la tradición política occidental, connotada por el cristianismo y la hegemonía de la Iglesia, y no son extrapolables a otras latitudes sin una previa reflexión sobre su significado. Según una definición u otra, podremos afirmar o negar la compatibilidad entre islam y secularismo:

  • Si el secularismo es la separación entre la Iglesia y el Estado, en este caso no cabe la menor duda de que dicha separación no afecta al islam, pues los musulmanes no admitimos Iglesia[3]. La idea de unos representantes de Al-lâh en la tierra es idolátrica, algo vedado para los musulmanes. Pero precisamente por ello no habría contradicción alguna entre islam y secularismo.
  • Si por secularismo entendemos el rechazo de la religión, que persigue su erradicación y/o acorralamiento en espacios cada vez más reducidos, en este caso sería sin duda contrario al islam, y los musulmanes se opondrían al secularismo.
  • Si por secularismo entendemos la neutralidad del Estado y su no identificación con ninguna religión en particular, con miras a crear un espacio público que pueda ser compartido por todos los ciudadanos con indiferencia de la religión que profesen o de que no profesen ninguna… En este caso la coincidencia con el mensaje coránico sobre el pluralismo religioso es completa.
  • Si por secularismo entendemos la separación entre religión y política, de modo que toda influencia social de la religión desaparezca, en este caso no cabría duda de que el secularismo sería contrario al islam. Pero debemos admitir que la propia idea de una separación entre religión y política es ilusoria: todo discurso tiene una dimensión política, y negar este hecho constituye ignorancia o hipocresía.

La separación entre religión y política es un mito no verificado. En primer lugar, porque la mayoría de los países europeos reconocen al cristianismo como religión de oficial, o le otorgan privilegios. Esto incluye al Reino Unido, donde la Reina es la Jefa del Estado y la cabeza de la Iglesia anglicana, y donde los obispos ocupan cargos vitalicios en la Cámara de los Lores. Dinamarca y Suecia son países confesionalmente luteranos. La Constitución Noruega consagra a la Iglesia Luterana como la oficial, y establece que el Primer Ministro y al menos el 50% de su gabinete deben ser luteranos. En Grecia, la Iglesia Ortodoxa es considerada oficial por parte del Estado. En los países no explícitamente confesionales, las iglesias cristianas tienen privilegios, incluida Francia. Países como España, Italia o Portugal mantienen acuerdos preferentes con la Iglesia católica, que es ampliamente financiada por el Estado, discriminando a las restantes religiones. En Alemania existe un sistema de financiación regional de las Iglesias cristianas, que no incluye a otras religiones[4]. En definitiva: La idea de la Europa laica es poco más que un mito.

En segundo lugar, y esto es aún más importante: la mayoría de las leyes que rigen en países europeos tienen su origen en el Derecho eclesiástico o en la teología. La propia concepción dominante del Derecho está enraizada en la tradición cristiana occidental. En el origen de occidente, el Derecho, el Poder y la Religión aparecen como intrínsecamente unidos. Actualmente se afirma que se han independizado, pero siguen existiendo relaciones lógicas de dominación conceptual. El cristianismo eclesiástico ha proporcionado al Derecho secular una estructura, incluida la propia base para un determinado concepto de justicia. A lo largo de todos sus cambios, el Derecho mantiene su función básica: la estructura jerárquica, de poder, que conduce inevitablemente al mantenimiento del dominio de unas clases sobre otras. Al igual que la Iglesia, el mundo de la judicatura tiene sus sacerdotes y sus obispos, sus diócesis y sus altos tribunales, desde los que ejerce su poder sobre las masas: condenados y salvados en el altar de la Justicia. Lo mismo podemos aplicar a otras instituciones aparentemente seculares, como la clínica, la escuela, la prisión… Para el pensador católico alemán Carl Schmitt, toda la terminología política sobre la cual se funda el derecho y la política occidentales tiene su origen en conceptos teológicos. Estudiado de cerca, el secularismo aparece como una corriente del pensamiento cristiano occidental.

Por eso se trata de una idea difícil de concretar. Es indudable que existe una separación entre Derecho e institución religiosa, habiendo perdido la Iglesia su control. Pero esta separación se ha producido desde dentro. Cuando un cristiano afirma que su religión establece la separación entre los ámbitos religioso, jurídico y político, ¿se trata de una idea religiosa o de una idea laica? No existe problema en admitir que dos discursos pueden coincidir en algún punto. Pero, ¿y si alguien afirma que para él la democracia es un valor religioso? En este caso cabe preguntarse: desde el punto de vista del secularista que pretende erradicar toda influencia religiosa de la política, ¿el hecho de que pueda ser etiquetado como religiosa sería motivo suficiente para descartar la democracia? Lo mismo podemos decir con respecto a valores tales como la igualdad de género o la justicia social… Desde cierto punto de vista, se los pueden considerar como valores religiosos, e incluso mandatos firmemente establecidos por Al-lâh. Y no olvidemos que las primeras feministas occidentales hablaban desde el cristianismo: desde mi perspectiva, el feminismo es un movimiento típicamente religioso. Mi adhesión al feminismo constituye un mandamiento religioso.“No matarás”, he aquí un mandamiento religioso que todos los estados secularistas (incluso los más agresivos contra la religión) han hecho suyo… ¿Qué quiere decir esto? Que la delimitación entre lo secular y lo religioso es muy ambigua. Cuando se planeta el secularismo como superación de lo religioso, se pone en evidencia que se trata de un debate viciado por prejuicios previos, según los cuales religión es equivalente a atraso y secularismo equivale a libertades, o según los cuales el secularismo constituye una profanación del ámbito de la religión como vertebrador de convivencia.

Otro prejuicio es el que asocia secularismo a la democracia y los derechos humanos. Se trata de otro mito ampliamente desmentido por la realidad, hasta el punto que algunos autores han planteado la posibilidad de que la realidad sea justamente la contraria. Existen numerosos regímenes laicos no democráticos ni igualitarios, en los cuales los derechos humanos no son respetados. Lo cual demuestra que no existe ningún vínculo esencial entre secularismo y derechos humanos, ni entre secularismo y democracia o entre secularismo e igualdad de género. Y mucho menos entre secularismo y justicia social: en este punto la incompatibilidad parece ser la norma. No hace falta evocar el nazismo o el estalinismo para darse cuenta, basta con mirar a nuestro alrededor. En Francia el laicismo era la ideología de la República mucho antes de la proclamación de los derechos humanos o de que las mujeres tuviesen derecho a voto, en un contexto en el cual los trabajadores eran explotados sin piedad. La emancipación del Estado con respecto a la Iglesia católica no tiene nada que ver con las luchas de los trabajadores, sino con el proceso de concentración de poder en manos del Estado. Actualmente, ¿por qué habrían de considerar el secularismo como una panacea los turcos, los egipcios, los uzbekos, los tunecinos…? Más bien, tienen motivos sobrados para aborrecerlo, los mismos motivos que puede tener una joven iraní para aborrecer la idea de un Estado islámico. Es una cuestión de prioridades y contextos.

A continuación haremos referencia a autores que han abordado el tema desde perspectivas diversas: Sayyid Abul A’la Maududi (India-Pakistán, 1903-1979); Abdessalam Yassine (Marruecos, 1928-); Syed Muhammad Naquib Al-Attas (Malasia, 1931-); Anouar Majid (Marruecos); Abdelkarim Soroush (Irán, 1945-) y Abdullahi an-Na‘im (Sudán, 1950-). No escogemos a estos autores por consideralos más importantes que muchos otros, sino porque pensamos que en conjunto nos ofrecen una visión amplia de las diferentes perspectivas.

Abul A’la Maududi: la obligatoriedad del Estado islámico

A lo largo del último siglo el secularismo ha sido reiteradamente asociado al kufr o negación del islam. En el contexto de la fundación de Pakistán (literalmente: “la tierra de los puros”) en 1948, el líder y fundador de la Jamat-e-Islami-e-Hind, Sayyid Abul A’la Maududi, declaró que todos aquellos que participaran en la política secular eran abanderados de una revuelta contra Al-lâh y su Mensajero, y que debían ser tratados como enemigos por los musulmanes[5]. Con esto estaba desafiando las mismas bases del naciente Estado, y el sueño fundacional de Muhammad Ali Jinnah (Baba-e-Qaum, el “padre de la nación”). Este tipo de discursos son explícitamente totalitarios. El autor identifica la apuesta por un Estado islámico con la perspectiva islámica, y sitúa frente a ellas al resto de las fuerzas políticas, como enemigos del islam. Lo que Maududi defendió es la creación de “un Estado islámico”, como un imperativo religioso, y no meramente de “un Estado para musulmanes”. El hecho de que la Constitución de Pakistán reconociese al país como una “República islámica” no significa nada para él, sino una confusión de términos: desde el momento en que se admite el derecho de los gobernantes y del sistema judicial de elaborar leyes al margen de la sharia, este Estado deja de ser considerado automáticamente como islámico.

Por “Estado islámico”, Maududi entiende un Estado en el cual la soberanía reside exclusivamente en Al-lâh, y en la cual la misión del gobierno se limita a ejercer el califato (vicerregencia o agencia) y aplicar las leyes de Al-lâh[6]. Las tres bases del Estado islámico son el tawhid (la Unicidad divina), la risala (el mensaje revelado) y la khilafa (califato). El islam es un sistema completo de vida. La sharia debe regir todas las actividades, públicas y privadas: la administración del Estado, los derechos y deberes de los ciudadanos, las relaciones familiares, el sistema judicial, los asuntos económicos y sociales, y todo lo que se refiera a la paz y la guerra o las relaciones internacionales. Maududi califica este Estado como una “teo-democracia”[7], en la cual los ciudadanos comparten la responsabilidad de vivir como siervos de Al-lâh, de acuerdo a la legislación divina. Alguien ha escrito que esta es una extraña forma de democracia, en la cual los legisladores no tienen derecho a legislar, y los votantes se limitarían a reafirmar su sumisión a las leyes divinas, sobre las cuales carecen de la menor capacidad de decisión. Pero esta opinión obvia el hecho de que muchas de las leyes que deben ser implementadas en un Estado islámico no son meras aplicaciones literales de leyes que se encuentren enunciadas en el Corán o en la Sunna, sino que deben ser extraídas mediante un iÿtihad o esfuerzo interpretativo. Es en este punto donde si existe espacio para “una soberanía popular limitada”: la consulta mutua decide la forma que debe adoptar el califato. Maududi entiende este último como un “califato popular”: todos y cada uno de los musulmanes es un potencial califa de Al-lâh sobre la tierra, responsable de “ordenar el bien y prohibir el mal”. De ahí su rechazo a cualquier forma de dictadura de unos pocos sobre el conjunto de las masas: todos los musulmanes son hermanos e iguales ante Al-lâh.

En el contexto de la formación de Pakistán, Maududi propuso el establecimiento de un emirato surgido de una asamblea de sabios elegidos por voto popular. El poder legislativo pertenecería a la asamblea, pero el Emir tendría voto de calidad. En caso de que hubiera empate o de que el asunto a tratar lo requiriese, Maududi propone celebrar un referéndum, sobre la base de que las decisiones más importantes deben ser validadas por la mayoría. Más importante: Maududi recalca que el objetivo del islam no es el obligar a los creyentes a obedecer las leyes de Al-lâh, sino que las leyes de Al-lâh tienen por objetivo establecer la igualdad y la justicia entre los humanos. Esta es la prueba de fuego del Estado islámico: la erradicación de la corrupción y la injusticia, de la desigualdad social y la pobreza. Pero Maududi también afirma la obligación por parte del Estado de erradicar prácticas sociales que se consideren contrarias a los principios del islam, si es necesario mediante el ejercicio del “poder coercitivo”. En este Estado, los no-musulmanes quedan relegados a una situación subalterna. El Estado islámico debe garantizar su derecho a ejercer su religión y sus propias costumbres, pero no tienen derecho a participar en los asuntos del Estado ni en la toma de decisiones colectivas.

Abdessalam Yassine: islamizar la modernidad

El discurso de Maududi (que hemos resumido de forma harto esquemática) corresponde al momento “fuerte” de los movimientos islamistas, cuando la apuesta por un Estado islámico se presentaba como una apuesta radical por la construcción de una alternativa a cualquier modelo importado de occidente. Lo que caracteriza este discurso es la radical oposición entre islam y secularismo, como mundos enfrentados entre los cuales no existe posibilidad de coexistencia. Más modernamente, el líder del movimiento islamista marroquí al-Adl wa al-Ihsan, Abdessalam Yassine, ha mostrado en numerosas ocasiones su oposición al secularismo. Yassine inicia su libro The Muslim Mind on Trial[8] con una confrontación casi apocalíptica entre “la mente materialista y cientifista, que bebe en los pozos de la secularidad”, y “la mente musulmana, de aquellos creyentes que sirven a Al-lâh, y que beben en las fuentes de la Revelación”.

La mente secular es materialista, especulativa, autónoma, individualista y profana, preocupada únicamente por los asuntos de este mundo y cerrada a las realidades de lo oculto. Yassine la califica alternativamente como secular, científica, materialista o filosófica. No hay posibilidad de entendimiento entre una persona imbuida de esta mentalidad y un buen musulmán, pues ambos habitan en el mismo planeta pero viven en dimensiones diferentes. No es sólo cuestión de ideas, sino una diferenciación esencial. Por mucho que acumule saber, a la persona de mente materialista no le servirá de nada. A no ser que se abra a la rahma de Al-lâh. Entonces podrá recuperar su fitrah e igualarse con su hermano, el iletrado pero lleno de fe musulmán cualquiera… Ni que decir tiene que esta oposición secularismo-islam es maniquea. Pero sirve al propósito de su autor: territorializar su proyecto, establecer la frontera entre un discurso y otro, proponerse como alternativa ante un orden de cosas previo, del cual se sabe marginado. En un primer momento, el secularismo le sirve al islamista para definirse, como opuesto con el cual no hay posibilidad de encuentro.

Como respuesta, el proyecto político y social propuesto por Yassine pasa por Islamizar la modernidad, titulo de uno de sus libros, publicado el año 1998. Este enunciado no es nuevo, se trata de un slogan recurrente entre los movimientos islamistas, como respuesta y desafío a aquellos que hablan de “modernizar el islam”, una idea que Yassine equipara a la idea ilustrada de “civilizar a los pueblos primitivos”. Yassine concibe su libro como una invitación al mundo moderno a volver a Al-lâh, como única solución a los males que lo aquejan, una medicina para “el hombre moderno enfermo de modernidad”. El orden social impuesto por el secularismo se basa en el individualismo exacerbado, la manipulación de las pasiones, la precariedad ecológica y las desigualdades norte-sur. Yassine considera el darwinismo (al que llama “el postulado bestial”) como un componente de este nuevo orden, una sociedad más cruel que la de la jungla, donde el más fuerte se impone al débil. Un Nuevo Orden Mundial que se impone al mundo entero mediante la violencia.

Un breve repaso por la historia le permite a Yassine presentar el secularismo como una continuación de las Cruzadas medievales, y hablar de la “cruzada secular”. Cita a Renan, quien escribió unos años antes de la colonización de Argelia: “En este momento, un motivo esencial para la expansión de la civilización occidental es la destrucción del islam”. Cita también un informe de una comisión del Parlamento francés, de 1833, que describe la actuación de las tropas coloniales: “Hemos profanado templos, tumbas y casas consideradas como santuarios por los musulmanes. Hemos degollado a poblaciones enteras que luego se mostró que eran inocentes…”. Estos son los años donde se gesta la laïcité francesa. ¿Alguien se atreve a sostener que lo uno y lo otro, obras del mismo sistema, no tienen relación? La situación de Argelia a finales del siglo XX sigue estando marcada por esta oscura historia, con el ejército francés actuando a sus anchas y cometiendo todo tipo de crímenes que luego serían imputados a los islamistas, tras la anulación de unas elecciones ganadas por estos ampliamente… Y todo ello en nombre de la democracia y del secularismo. Todo ello confirma una evidencia:

“La secularización que constituye un logro positivo en la historia de Francia es, en la experiencia de los musulmanes, el arma mediante la cual los franceses vinieron al Norte de África y destruyeron su libertad”. [9]

Yassine denuncia el totalitarismo y la violencia que acompañan a la modernidad, su incapacidad de entender o simplemente escuchar cualquier idea que salga de la lógica del secularismo: “la arena de la política global no tiene espacio para un islam llamando insistentemente a su puerta”… A pesar de ello,

“Se acerca el día en el cual un más sabio mundo post-moderno sera todo oídos para escuchar el Mensaje del islam, preparado y abierto para aceptar lo que el islam propone y, si Dios quiere, a ser inspirado por la sabiduría del islam. Un mundo más sabio entenderá que el islam es sometimiento a Dios. Aprenderá a mirar fijamente a la amplitud del mar abierto, y a llevar las sales en su viaje hacia la tierra de la libertad, la libertad del siervo de Dios, que no reconoce otra soberanía que la del Único Creador, que no obedece otra ley que la Ley del Maestro del Universo, Dios”. [10]

A la modernidad secular occidental, opone una modernidad islamizada. Islamizar la modernidad significa la transformación de un estado de cosas que se siente alienante y destructivo, mediante la total entrega a Al-lâh. Pero, precisamente esta expresión une dos palabras que se presentaban como radicalmente separadas. Yassine no plantea la vuelta a un pasado mítico o a un paradigma pre-moderno, sino mirar hacia el futuro y tomar de la modernidad occidental todo aquello que pueda ayudar a lograr los objetivos supremos del islam. En este punto, Sheij Yassine traza una serie de similitudes entre el concepto islámico y secular de democracia. Habla de elegir democráticamente a los gobernantes y de garantizar los derechos humanos, a los que considera como “un logro de la modernidad”. E incluso propone que los jueces sean elegidos, como en el modelo americano:

“El sistema americano es excelente: los jueces elegidos son observados de cerca por la población interesada, y se les puede reclamar cuando se lo considere necesario… Es bueno señalar que el ideal de la separación de los tres poderes todavía permanece como un objetivo a ser alcanzado, incluso en sociedades fundamentalmente democráticas; la tarea entre nosotros será todavía más ardua. La libertad de expresión es una de las instituciones democráticas más deseables. Nada puede ocupar el lugar de una prensa libre y diversa dirigida por profesionales comprometidos a exponer y denunciar los males…” [11]

Después de todo, parece que la modernidad y el secularismo no eran tan malos, o por lo menos, puede decirse que hay mucho que aprovechar de ellos. Por otro lado, la secularización permite realizar en occidente la misión suprema de propagar el islam…

Sea cual sea nuestra pelea con el divorcio de Estado de la Iglesia, y sus corolario liberal y liberador, la democracia y los derechos del hombre, afortunadamente, abren las amplias vías que nos conducen a las conciencias individuales de los occidentales, separadas de la espiritualidad y privadas de dirección. Nuestro más sincero y querido voto es dar a conocer el Mensaje del islam, no el de hacer la guerra y generar odio entre las gentes. La democracia secular, con la cual vamos a mantener una distancia a lo largo del proceso, es nuestra aliada desde el momento en que permite a la gente abrazar la verdad de su elección, y la elección de su verdad. Esto puede sorprender a los militantes de causas políticas —para nosotros, la preeminencia de lanzar la llamada al islam a las conciencias individuales condiciona el resto. Los combates politicos y económicos, el desarrollo de nuestros países atrasados, saqueados por el neocapitalismo global— estos son asuntos muy importantes, pero el derecho de la humanidad de saber la verdad sobre su ser sigue siendo el ultimo objetivo. [12]

Muhammad Naquib Al-Attas: genealogía del secularismo

Un libro que ha influido enormemente en los debates es el de Syed Muhammad Naquib Al-Attas[13], Islam and Secularism[14]. Escrito en 1978, se trata de una aproximación original a la problemática del islam contemporáneo, desde la perspectiva centrada en la educación y en ofrecer una respuesta a la enorme difusión de las ciencias modernas en el mundo islámico, unas ciencias que su autor reconoce como viciadas por el secularismo. Attas analiza el origen y la utilización de los conceptos ‘secular’, ‘secularización’ y ‘laicidad’ en sociólogos y teólogos europeos (como Max Weber, Cornelis van Peursen o Harvey Cox). En un primer momento, pone de manifiesto el origen eclesiástico del término latino saeculum (secular o seglar), cuyo sentido latente permanece. Dentro de la Iglesia, se refiere a aquella persona que no posee conocimientos, iletrada. La palabra laico proviene de ‘lego’: el miembro de la iglesia que no ha recibido ordenes sacerdotales y no pertenece por ello al espacio de lo sagrado. Es miembro de la Iglesia, pero no ha sido consagrado para predicar el Evangelio y administrar los sacramentos. El secularismo tiene su origen en una tradición eclesiástica, en la cual existe una tensión entre la herencia griega y la hebrea (la famosa dicotomía entre “Atenas o Jerusalén”). En este sentido, Attas resalta su pertenencia a un ámbito histórico-cultural extraño a la cosmovisión islámica:

“No hay un equivalente en el islam para el concepto secular, especialmente porque no hay equivalente a ‘iglesia’ o ‘clero’, y a que el islam y no concede que haya una dicotomía entre lo sagrado y lo profano, lo cual inmediatamente implica una degradación de un mundo profano”.

En el islam no existe tal degradación del mundo como espacio profano, frente a lo sagrado. Cuando los cristianos árabes tradujeron el término secular utilizaron la palabra dunyawi, lo mundano, que aparece de forma reiterada en el Corán. Pero esta no tiene la connotación profana de la palabra secular. Es cierto que el Corán llama a los musulmanes a alejarse de los engaños de este mundo (dunya), pero esto no implica el establecimiento de una dualidad. Más bien, el Corán enseña que el mundo es el lugar de manifestación de Al-lâh, llama a los musulmanes a dirigir su mirada hacia él, para tratar de comprenderlo, y nos invita a disfrutar de sus placeres de la vida de forma equilibrada, con la conciencia puesta en el Creador antes que en lo creado. Por el contrario, la dimensión de lo profano-secular esta presente en el pensamiento cristiano medieval. Pero el concepto ha evolucionado de lo espacial hacia lo temporal, de modo que en el siglo XX el secularismo ha pasado a designar un proceso histórico, vinculado a la modernidad occidental. Secular significa “perteneciente a nuestro tiempo”, “ésta época”, pero también “los acontecimientos de este mundo”.

Attas se apoya en Weber para mostrar que dicho proceso tiene una serie de consecuencias inaceptables para los musulmanes. No se trata de la separación entre la Iglesia y el Estado, contra lo que nada puede tener el musulmán, sino de las implicaciones culturales y sociales del proceso histórico al que alude la palabra secularismo:

“Debemos prestar atención al hecho de que la secularización, tal y como tiene lugar en el mundo islámico, afecta nuestras creencias y forma de vida… causando confusión en nuestra mentalidad (…) La secularización es definida como “la liberación del hombre primero de lo religioso y después del control metafísico sobre su razón y su lenguaje”. Es la configuración del mundo liberada de concepciones religiosas; la disipación de todas las cosmovisiones cerradas; la ruptura con todos los mitos sobrenaturales y símbolos sagrados; es la “desfatalización” de la historia; el descubrimiento por parte del hombre de que el mundo está en sus manos, que ya no puede culpar a la Fortuna o a las Furias por lo que hace con él; es el hombre desviando su atención de los mundos situados en el más allá hacia este mundo y este tiempo. La secularización no sólo abarca los aspectos políticos y sociales de la vida, sino también de forma inevitable lo cultural, pues anuncia “la desaparición de la determinación religiosa de los símbolos de integración cultural”. Implica un proceso histórico irreversible en el que la cultura y la sociedad son “liberados de la tutela religiosa y metafísica de las cosmovisiones cerradas”. Es considerada como una “liberación progresiva”, y su producto final es el relativismo histórico. Por lo tanto, según ellos, la historia es un proceso de secularización. Los componentes integrantes de la secularización son “el desencantamiento de la naturaleza”, la “desacralización de la política”, y el “desconsagración de los valores”. Por desencantamiento de la naturaleza –un término y concepto tomado del sociólogo alemán Max Weber- quieren decir “la liberación de la naturaleza de sus sugestiones religiosas”, lo cual significa privar a la naturaleza de su significado espiritual, para que el hombre pueda actuar sobre ella como le plazca, y hacer uso de ella según sus necesidades y sus planes, y así crear un cambio histórico y el “desarrollo”. La desacralización de la política significa “la abolición de la legitimidad sagrada de la autoridad y del poder político”, como requisito previo al cambio político y por tanto también el cambio social que permita la aparición de los procesos históricos. Por la desconsagración de los valores quieren decir “presentar como relativas y transitorias todas las creaciones culturales y sistemas de valores”, lo cual para ellos incluye la religión y cualquier visión del mundo que tenga un significado último y final, de forma que el futuro quede abierto al cambio, y el hombre sea libre de crear dichos cambios y de sumergirse en el proceso ‘evolutivo’. (…) La secularización, en el sentido moderno descrito, y que está sucediendo en la actualidad, es un proceso sin duda opuesto a la religión; es un programa filosófico o una ideología que pretende destruir los fundamentos mismos de la religión”. [15]

Lo interesante de esta larga cita es que demuestra hasta que punto los primeros teóricos de la secularización la concibieron realmente como un proceso de superación de un estadio religioso, asociado a la edad infantil de la humanidad que debía superarse (idea de progreso). Attas encadena citas de sociólogos occidentales, para mostrar que existe un proyecto anti-religioso del cual muchos musulmanes ni siquiera son conscientes. Esta secularización es indisociable de la occidentalización, presentada como un proyecto monolítico y una ideología que amenaza la identidad y los valores de los musulmanes. A partir de aquí, se trata de defenderse de un proceso que esta en marcha, y de generar una alternativa islámica a la modernidad occidental. Para Attas, el problema es que esta alternativa no puede realizarse como una vuelta a un pasado mítico, dando la espalda al conocimiento generado por las ciencias modernas. Pero el secularismo es la ideología subyacente en muchas de las ciencias modernas, tal y como se enseñan en las escuelas y universidades del mundo islámico, de forma que chocan y minan la ética islámica, creando una fractura en “la Mente musulmana”. Como alternativa, a-Attas propone la “islamización del conocimiento”, como el proceso de renovación y de sustitución del conocimiento islámico tradicional, que permitiría a los musulmanes hacer suyas estas nuevas formas de conocimiento, tan necesarias para poder aplicar los principios del islam en el presente. Este nuevo conocimiento se basa en conceptos coránicos centrales como el tawhid, ‘adl, adab, ilm o hikma.

Attas rechaza la eliminación de lo religioso de la esfera política, reivindica el derecho de los musulmanes a regirse por sus propios valores y tradiciones. Ahora bien, esto no quiere decir que el concepto islámico de gobierno pueda ser catalogado como ‘teocrático’.

“Existe una confusión en la mente musulmana, consistente en malinterpretar el estado secular islámico poniéndolo en oposición al estado teocrático. Pero, desde el momento en que al islam no le afecta la dicotomía entre lo sagrado y lo profano, ¿cómo se pueden oponer el estado teocrático al estado secular? Un estado islámico no es ni totalmente teocrático ni totalmente secular. Un estado musulmán que se llame a si mismo o sea calificado por los demás como “secular”, no tiene necesariamente que renunciar a la naturaleza del significado espiritual; no tiene necesariamente que negar los valores religiosos en la política y en los asuntos humanos; no tiene necesariamente que oponerse al saber religioso y a la educación religiosa…”[16]

Así pues, tras la diatriba contra la secularización, Attas abre una puerta a un sistema que podría calificarse como híbrido, sin que sepamos a ciencia cierta en que consistiría.

Anouar Majid: es secularismo como ideología del capitalismo

Con Anouar Majid[17] nos situamos en una perspectiva muy diferente, que sin embargo encuentra algunos puntos de similitud con la perspectiva islamista. Se trata de un intelectual marroquí culturalmente musulmán, pero no creyente, que sin embargo rechaza la secularización y afirma el derecho de los musulmanes a plantear alternativas. Hemos querido incluir aquí su critica del secularismo precisamente porque no tiene motivaciones ni raíces religiosas:

“Mi defensa de los derechos de los musulmanes a mantener sus identidades y memorias está motivado exclusivamente por mi firme convicción de que sólo una segura, progresiva, las tradiciones indígenas, cultivadas a través de largos periodos, puede sostener una significativa diversidad global y crear alternativas eficaces a los efectos desculturizadores (deculturing) del capitalismo”[18].

Desde una perspectiva teórica post-colonial y poli-céntrica, Majid critica las pretensiones de universalismo del secularismo. Pone en duda la pretensión de que el secularismo sea la separación entre la religión y el Estado, tal y como pretende la propaganda oficial. Más bien, el secularismo se presenta como la recusación de los valores absolutos (tanto éticos como epistemológicos), de modo que el mundo (lo cual incluye tanto a los hombres como al resto de la naturaleza) devenga un mero objeto utilitario, dispuesto para su explotación. En relación al mundo islámico, el secularismo es un instrumento para minar las resistencias islámicas a las políticas neo-liberales promovidas por la globalización corporativa. Existe una “semejanza estructural” entre la epistemología secular y el imperialismo, igual que entre ambos y el capitalismo. A este respecto, Majid cita una frase de Samuel Huntington: “lo que es universalismo para occidente, es imperialismo para el resto”.

Para Majid, el secularismo es la ideología del capitalismo. Es necesario abordar las relaciones entre islam y secularismo desde una perspectiva histórica, pues permanece indisociablemente unido a sus orígenes culturales. El secularismo es una concepción del mundo surgida en la estela de la Ilustración europea, y por ello connotada por la crítica ilustrada de la religión. Piensa la religión como parte de un viejo paradigma, vinculado al dogmatismo y al totalitarismo. Al hacerlo, convoca y reivindica las visiones totalitarias del islam. Las necesita para reafirmarse, y por ello se centra obsesivamente en ellas, ninguneando todos aquellos aspectos de la tradición y de la historia islámica que no se adaptan a una visión negativa de la religión, previamente establecida. El secularismo proyecta sobre el islam el pasado de occidente, y renueva así el mito que le da sentido: la lucha contra las visiones oscurantistas de la religión. El viejo anti-clericalismo revive ante el islam, en un momento en el cual el cristianismo parece subyugado por la lógica del capitalismo. Pero al hacerlo, instaura una serie de dicotomías tales como religión versus razón, tradición versus modernidad, arcaísmo versus progreso.

A partir de ahí, se comprende la reacción islamista identitaria, ya que la propia esencia del imperialismo occidental ha convertido la religión en el elemento de resistencia a todas sus estrategias de dominio (y Anouar Majid traza un paralelismo con la teología de la liberación en Latinoamérica). En el mundo islámico, esta reacción ha conducido a la imposición de una visión reaccionaria de la sharia, que no respeta los derechos de las mujeres y las minorías religiosas. Pero esta reacción permanece presa de las falsas dicotomías impuestas por la visión occidental, proponiendo :

“La inmensa mayoría de los musulmanes , atrapados entre el fundamentalismo secular y religioso, se han convertido en el ‘pueblo’ cuya existencia es explotada de forma oportunista por las partes contendientes”.[19]

Frente a esta falsa dicotomía, es necesaria una re-teorización de conceptos como liberalismo, estado-nación, derechos individuales, etc. Sólo partiendo de una crítica al euro-centrismo inherente a estas nociones es posible formular alternativas a la dominación en ciernes. Mientras no se cuestione su adopción acrítica, el intelectual post-colonial permanece incapaz de hablar para su sociedad, y se condena a ser un agente de la aculturación. Dicho de otro modo: la afirmación cultural progresista es el único medio de combatir la alienación causada por el capitalismo y el fundamentalismo religioso:

“El islam es lo suficientemente amplio para permitir diferentes interpretaciones y contestaciones democráticas genuinas. Un musulmán no necesita ser ‘secular’ para creer en las virtudes universales de la justicia social y la inviolabilidad de la dignidad humana… Entonces, ¿cómo concebimos una época milenaria en la cual el islam es redefinido como una cultura progresista que participa activamente en la construcción de una más igualitaria y multicultural civilización mundial?”[20]

La crítica de Majid al secularismo es entonces paralela a la crítica al islamismo reaccionario que ha dominado el islam político durante el siglo XX (del cual Maududi sería un buen ejemplo), especialmente a la pretensión de que una sociedad moderna pueda gobernarse mediante la aplicación de leyes elaboradas hace cientos de años, en contextos totalmente diferentes. Frente a este islam clerical y legalista, piensa que la resistencia al binomio capitalismo-secularismo sólo puede originarse dentro de las corrientes progresistas dentro del islam:

“Las sociedades necesitan lograr un equilibrio entre las necesidades individuales y comunales, y las interpretaciones progresistas del islam ofrecen justo una respuesta a la modernidad secular”.[21]

El autor cita el socialismo islámico de Mahmoud Muhámmad Taha. También cita a Fazlur Rahman, Nasr Abu Zayd, Muhammad Sa‘id al-‘Ashmawi y Hassan Hanafi, teólogos e intelectuales musulmanes que han apostado por una lectura renovadora del Corán, que destaca su mensaje social e igualitario. En este sentido, Majid argumenta en favor del feminismo islámico, como alternativa al mismo tiempo al islam patriarcal y al imperialismo cultural occidental. Este es el tipo de alternativa puede ayudar a la construcción de un mundo policéntrcio.

Abdelkarim Soroush: democracia islámica

Abdelkarim Soroush[22] ha teorizado sobre las relaciones entre el islam y la secularización, desde una perspectiva sociológica[23]. Distingue entre varios aspectos de la secularización. El más evidente (y para él deseable) es lo que califica como secularización objetiva: la separación entre el poder político y las instituciones religiosas. Luego existe un segundo aspecto subjetivo (y para él no deseable) que califica como profanación. Giorgio Agamben ha recordado que el término profanación tiene su origen en el derecho romano, y está relacionado con la idea de sustraer una cosa del ámbito de lo sagrado para disponerla para la venta, lo cual conecta con la crítica de Attas y Majid. El capitalismo avanza mediante profanaciones sucesivas:

“Se trata de un término que proviene de la esfera del derecho y la religión romana: profanación. Los juristas romanos sabían perfectamente qué significaba ‘profanar’. Sagradas o religiosas eran las cosas que pertenecían de algún modo a los dioses. Como tales, eran sustraídas al libre uso y al comercio de los hombres, no podían ser vendidas ni dadas en préstamo, cedidas en usufructo o gravadas de servidumbre. Sacrílego era todo acto que violara o infringiera esta especial indisponibilidad, que las reservaba exclusivamente a los dioses celestes (y entonces eran llamadas propiamente ‘sagradas’) o infernales (en este caso, se las llamaba simplemente ‘religiosas’). Y si consagrar (sacrare) era el término que designaba la salida de las cosas de la esfera del derecho humano, profanar significaba por el contrario restituir al libre uso de los hombres.” [24]

Esta profanación aparece anunciada en los textos de algunos de los padres de la sociología occidental (como los citados por Attas), quienes pensaron que el secularismo conduciría en un primer momento a relegar las creencias al ámbito privado, y de ahí a su lenta desaparición o conservación en forma de folclore. Pero estas previsiones (o meras proyecciones de una ideología previa, algo que puede decirse en general de la sociología) fallaron, de modo que actualmente la religión se ha transformado y se manifiesta en todos los órdenes como una fuerza pujante. Soroush distingue tres reacciones básicas ante la secularización:

  1. Revivalismo reactivo, que rechaza y entra en competición con la modernidad y/ o el secularismo, manifestándose en movimientos que tratan de fijar la tradición en estructuras rígidas (muy poco tradicionales, por otro lado).
  2. Revivalismo reflexivo, que no se preocupa de combatir la modernidad sino de adaptarse a ella. Reconoce su fuerza e ímpetu de la modernidad, aunque es crítico con sus patologías y pretende aportar soluciones desde el ámbito religioso.
  3. Modernismo laico radical, basado depreciación de la religión y en la consideración de la secularización como una superación de la religión, considerada como un estadio primitivo de la humanidad.

La primera y la tercera opciones coinciden en considerar que el secularismo significa, inevitablemente, una profanación de la religión. Para los laicistas esto sería positivo, mientras para los revivalistas reactivos sería motivo de rechazo frontal de la separación entre religión y Estado. Esta coincidencia entre ambos polos no es casual. En ambos casos, se piensa la sociedad como proyección/proyecto del Estado, deduciendo que la eliminación de la religión de las instituciones públicas implicaría su eliminación de la sociedad. Pero esto no ha sucedido, y en vez de a su desaparición hemos asistido a un revival de la religión. Este revival es tan fuerte en occidente (excepto, tal vez, la Europa del noroeste) como en el resto del planeta, y es probable que no haya un país en el mundo con tan alto grado de religiosidad que los EEUU. Lo cual muestra que la secularización del Estado y la secularización de la sociedad no son fenómenos paralelos. Todo lo contrario: la experiencia iraní muestra como la islamización radical de las instituciones conduce (paradójicamente) a la secularización imparable de la sociedad. Lo mismo podríamos decir de la España franquista (1939-1974): la dictadura militar, apoyada en la Iglesia católica y cuya ideología fue el nacional-catolicismo, dio lugar a una de las sociedades más secularizadas de Europa, como reacción popular a la utilización de la religión por parte del Estado, vaciándola de sus contenidos trascendentes. ¿Quién profana pues la religión? Se podría decir que la identificación entre religión y Estado implica ya esta profanación. Por el contrario, si vemos los casos de países de población musulmana en los cuales el Estado ha practicado un secularismo agresivo, como puedan ser Túnez o Turquía, vemos como el islam sigue siendo seguido por la mayoría de la población. Aunque también hay que decir que en muchas ocasiones de forma difusa, pues se han perdido los mecanismos de transmisión del saber, a causa de la política agresiva del Estado.

Frente a estas dos opciones (revivalismo reactivo y modernismo laico radical), Soroush plantea una tercera vía: la posibilidad de una secularización no profanadora de la religión. Si bien rechaza la reducción del islam a una ideología política, acepta que en una sociedad religiosa la política inevitablemente debe adquirir una forma religiosa: de ahí que tenga sentido la aceptación del concepto de “democracia islámica”. Soroush no propone un sistema o procedimientos concretos que permitan poner en práctica esta “democra­cia religiosa”. Según él, no puede derivarse del Corán una doctrina explícita o una fórmula mágica para la creación, puesta en práctica o el mantenimiento de un gobierno islámico. El papel que el islam puede desempeñar se limi­ta al establecimiento de un marco jurídico que incorpore el derecho islámico, además de ofrecerle orientaciones éticas generales. Nada impide que valores sobre los que se asienta una Constitución de un Estado secular sean de origen religioso, ni que determinadas leyes tengan un origen religioso. De hecho, la mayoría de las leyes que rigen en los países occidentales que se consideran a si mismos como seculares, tienen origen religioso. ¿Por qué no habría de suceder lo mismo en el mundo islámico?

Abdullahi an-Naim: el futuro de la sharia

El debate sobre el secularismo nos conduce una vez más a la pregunta clave: ¿cuál es el papel de la sharia en el siglo XXI? ¿Acaso no tienen derecho los musulmanes a construir la sociedad en la que viven según los principios del Mensaje del Corán? Si nos remitimos al Corán, no únicamente se trata de un derecho, sino de una obligación:

Quienes no juzgan de acuerdo con lo que Al-lâh ha hecho descender,
esos, precisamente, son los que niegan la verdad.
(Corán 5:44)

Ahora bien, ¿qué significa juzgar de acuerdo a lo que Al-lâh ha revelado, implica este mandato la aplicación de esta norma revelada por parte del Estado? ¿O más bien este versículo alude a los creyentes en tanto que individuos? Esta última lectura, ¿no implicaría la renuncia a la dimensión comunitaria del islam?

El problema es que actualmente, bajo la etiqueta de un “Estado islámico”, los modelos existes son teocracias con una concepción reaccionaria del poder político, como emanado de una autoridad divina. Países en los cuales se implementan castigos corporales y las mujeres son discriminadas, el Estado controla férreamente la educación y los medios de comunicación, imponiendo una visión totalitaria y castradora del islam. En estas circunstancias, parece lógico que tantos musulmanes hayan llegado a la conclusión de que el secularismo es la única salida. El fracaso del islam político pesa como una losa en todos los debates, haciendo inconcebible la posibilidad de una aplicación distinta de la sharia, no como instrumento de poder, sino como un camino hacia la Fuente que pertenece a todos los musulmanes y las musulmanas. Pues ellos y ellas son quienes deben recorrer el camino, seguir la vía revelada en la medida de sus capacidades, de sus circunstancias y de su propio entendimiento. Si esto es así, si queremos seguir pensando en el islam como un camino espiritual basado en la libre aceptación de los creyentes, parece evidente que no hay lugar para una visión de la Sharia como ley del Estado impuesta por la fuerza.

El pensador sudanés Abdullahi an-Naim[25], ha argumentado que, si bien la sharia seguirá jugando un papel significativo en las sociedades musulmanas, debemos ser conscientes de que en el momento en que unas prescripciones llamadas “leyes de la sharia” son implementadas por el Estado, en realidad dejan de pertenecer al dominio de la ley sagrada y pasan a ser leyes seculares. La pretensión de gobernar según la sharia no es más que una estrategia política con miras de obtener el poder, mediante la coacción y el engaño: silos islamistas pretenden gobernar según la “ley de Al-lâh”, oponerse a ellos podría ser visto como oponerse a Al-lâh. Sin embargo, la idea de un Estado moderno regido por las leyes del islam es una contradicción en términos. La propia estructura del Estado implica secularismo, y eso no lo puede cambiar el hecho de que este se revista de una apariencia religiosa. Si el Estado ordena llevar hiyab a las mujeres, no llevar hiyab ya no implica desobedecer a Al-lâh sino al Estado. Para que una norma pueda ser considerada como islámica, debe basarse en su aceptación libre por parte de los musulmanes, como acto de adoración realizado con la intención de servir a Al-lâh. Y esto implica precisamente el convencimiento personal de que dicha norma emana de Al-lâh, lo cual es un asunto de conciencia que no puede ser resuelto mediante la imposición de una interpretación determinada en nombre de Al-lâh por parte del Estado. De ahí se deriva una paradoja: un auto-proclamado “Estado islámico” es el realidad un Estado donde se impide a los musulmanes el seguir la sharia por propia convicción. En realidad los Estados que se llaman a si mismo “islámicos” han desplazado la sharia como ley revelada, la han vaciado de sentido al instrumentalizarla, con el consiguiente prejuicio hacia el islam y hacia los musulmanes. Es precisamente la naturaleza de la sharia como una norma divina lo que constituye un desafío al Estado, pues otorga un poder de objeción de conciencia a los ciudadanos en base a sus convicciones, como seguidores de una tradición revelada, basada en el sometimiento exclusivo a Al-lâh y en la emancipación de los seres humanos frente a los poderes de este mundo. Precisamente este es el papel que la sharia deberá tener en el futuro, como instrumento de emancipación de la sociedad civil frente al Estado.

Ahora bien: esto no significa negar la conexión entre el islam y la política, o el hecho de que exista una dimensión política en el Mensaje del Corán. Los llamados a la separación entre el islam y el Estado no conducen al quietismo, sino a una implicación más profunda de los musulmanes con su sociedad. El mensaje coránico conmina a los musulmanes a establecer la justicia y a combatir la tiranía. Los musulmanes tienen pleno derecho a querer que los principios del islam guíen las sociedades musulmanas. La paradoja estriba en que el islam es (desde el punto de vista de los movimientos progresistas) esencialmente democrático, defiende la libertad religiosa y de conciencia, la igualdad de género y la justicia distributiva. Siendo así, no habría problema con la idea de una sociedad gobernada por los principios del islam. Al revés: esta es una aspiración legítima. Aunque sepamos que el marco de realización de esta aspiración debe eludir las patologías de la utopía política islamista. Volvamos al discurso de Abdullahi an-Naim:

“Mi propósito es el afirmar y apoyar la separación institucional entre el islam y el Estado, la cual es necesaria para que la sharia tenga su propio positivo e iluminador papel en la vida de los musulmanes y de las sociedades musulmanas… Esto no significa que el islam y la política deban ser separados, pues su separación no es ni necesaria ni deseable. La separación entre el islam y el Estado, al mismo tiempo que se mantiene la conexión entre el islam y la política, permite la implementación de los principios del islam en la política oficial y en la legislación, aunque sujetos a unas garantías… Esto no significa que el Estado pueda o deba ser completamente neutral, pues es una institución política que se supone debe ser influenciada por los intereses y las preocupaciones de los ciudadanos. Por tanto, la legislación y las políticas públicas deben reflejar las creencias y valores de los ciudadanos, incluidos los valores religiosos, mientras esto no sea realizado en el nombre de ninguna religión específica, pues esto favorecería necesariamente el punto de vista de aquellos que controlan el Estado y excluiría las religiones y creencias de otros ciudadanos.” [26]

Existe una ambigüedad fundamental respecto a la sharia, incluso entre los musulmanes que abogan por la separación entre el islam y el Estado. Esta ambigüedad se deriva del hecho de que dentro del entendimiento islámico de la sharia entran muchos elementos que en occidente se consideran como típicamente profanos: dispuestos para el uso de los hombres. Como hemos visto, la sharia no se ocupa tan sólo de cuestiones rituales, sino también de aspectos seculares como son el comercio o las relaciones sociales. Y son justamente estos aspectos los que se presentan como más atractivos para muchos musulmanes, frente a la deriva del presente. Existe una dimensión ecológica ineludible, los límites a la acumulación de capital son un mandato cuya aplicación es ineludible.

Existe la conciencia de que el islam constituye una forma de vida que puede ofrecer soluciones para los acuciantes problemas que afectan a la humanidad. El Derecho secular se presenta como uno de los brazos ejecutores del capitalismo. En este punto, la pregunta por la sharia se transforma: ¿es todavía posible soñar con una aplicación democrática de la sharia, que sustraiga el Derecho al control de la Religión y del Estado, que contemple el derecho a la objeción de conciencia y satisfaga la demanda de libertades individuales, de justicia social y de igualdad de género, una aplicación de la sharia que respete los derechos de las minorías sexuales y religiosas, que sea respetuosa con el medio ambiente, y que actúe de freno frente a las destrucciones operadas por el capitalismo? ¿Es posible pensar en una comunidad islámica en términos diferentes (cuando no opuestos) a los del islam totalitario? ¿Es posible pensar en una sociedad islámica en términos de erradicación de las relaciones de poder y de subordinación a ninguna forma de poder externo (ya sea el Estado o cualquier instancia religiosa)?

Desde la teología de la liberación se ha dado una respuesta afirmativa, aunque en este punto no existe consenso: los horrores derivados de la aplicación de la sharia por parte del islam político reaccionario están demasiado presentes como para aceptar acríticamente cualquier fórmula que remotamente los recuerde. En todo caso, existe la conciencia de que necesitamos una reforma radical de la sharia, que no sirva a los intereses de una elite detentadora del poder (sea laica o sea religiosa), sino que este al servicio de las gentes. No se trata ya únicamente de separar el Derecho, la Religión y la Política, sino de destruirlas en tanto instituciones, para devolverlos a lo abierto y dar paso a la visión de la sharia pensada al margen del concepto de soberanía, una sociedad que emerge de la destrucción de las relaciones de poder y de toda pretensión humana (sea personal o colectiva) de tener parte de la Soberanía de Al-lâh.


[1] Carré, Olivier. ‘El Islam laico’, ediciones Bellaterra 1996, p.70. Carré califica el Pacto de Medina como un “texto laico de existencia comunitaria”, p.84.

[2] Seyyed Hossein Nasr, Vida y pensamiento en el islam, ed. Herder 1985, p.17.

[3] De hecho, pensamos que tampoco admite Estado, aunque sobre este punto no todos estarían de acuerdo.

[4] Véase el artículo Laïcité, a Project for Europe, de Anne Marie Franchi

[5] Citado por Asghar Ali Engineer, Secular Perspective, June 1-15, 1999. Al final del artículo, el autor explica que la  sección India de la Jamat-e-Islami-e-Hind también rechazo el secularismo… para pasar a aceptarlo tras las matanzas en torno a la mezquita de Babri. El secularismo parece una buena idea cuando se constituye una minoría religiosa…

[6] Maududi, Sayyid Abul A’la. System of Government Under the Holy Prophet. Kazi Publications, 1985.

[7] Teo-democracia es justamente el nombre propuesto por Joseph Smith, fundador de los Mormones, para definir el sistema de gobierno preconizado por su religión.

[8] Puede encontrarse en la web de Sheij Yassine: http://www.yassine.net/

[9] Islamiser la Modernité. Ediciones digitales en árabe, inglés y francés son accesibles en la web personal de Sheij Yassine: http://www.yassine.net/en/mishkate/pages/YOChapterDetailPage.aspx?BookID=15&isBook=OK&ChapterID=1&Lang=1

[10] Idem.

[11] Idem.

[12] Islamiser la Modernité.

[13] Fundador y director del International Institute of Islamic Thought and Civilization, con sede en Malasia.

[14] Islam, Secularism, and the Philosophy of the Future. London: Mansell, 1985.

[15] Syed Muhammad Naquib al-Attas: Islamic Philosophy: An Introduction. Journal of Islamic Philosophy 1 (2005):11–43.

[16] Islamic Philosophy: An Introduction.

[17] Profesor en la Universidad de Duke, es autor de libros rompedores como Unveiling Traditions: Postcolonial Islam in a Polycentric World (2000),

[18] Anouar Majid, Unveiling Traditions: Postcolonial Islam in a Polycentric World. DurhamNC: Duke UP, 2000, p.vii.

[19] Ídem, p.6.

[20] Ídem, p. 1 y 12

[21] Ídem, p.42

[22] Intelectual iraní vinculado en un principio a la Revolución, pero que ha desarrollado una teoría propia.

[23] Abdolkarim Soroush, Reason, Freedom & Democracy in Islam: Essential Writings of Abdolkarim Soroush, Oxford University Press, 2000. Soroush tiene página web: www.drsoroush.com

[24] Giorgio Agamben, ¿Qué es un dispositivo? (Esta referencia no es introducida por Soroush).

[25] Sudanés, discípulo de Mahmud Taha. Profesor en la Emory University School of Law. Autor de obras como Towards an Islamic Reformation, The Future of Sharia o Islam and the Secular State.

[26] The Future of Shari’a: Secularism from an Islamic Perspective. Se trata de un proyecto desarrollado por la Universidad de Elmory: http://sharia.law.emory.edu/


La pervivencia del islam tradicional

Octubre 4, 2009

Una de las claves para comprender la situación del islam a principios del siglo XXI es la pervivencia del islam tradicional. A diferencia de lo que sucede en el ámbito cristiano, por lo menos en Europa, en el ámbito del islam encontramos contextos auténticamente tradicionales, aunque sometidos a fuertes presiones políticas, económicas e ideológicas. Algunos autores hablan de un islam de transmisión  oral, indiferente a toda concepción legalista. De espaldas al islam oficial de los Estados y de espaldas al islam convertido en ideología política por los movimientos reformistas, millones de musulmanes viven un islam popular, imbricado con culturas e incluso con supersticiones locales.

1. Este enunciado merece una explicación: ¿qué quiere decir “contextos auténticamente tradicionales”, a qué clase de autenticidad nos estamos refiriendo? Por  islam tradicional entendemos aquellas manifestaciones del islam que se basan en una cadena ininterrumpida de conocimientos, que pueden remontarse a la revelación coránica, y que no han sufrido la sacudida de la modernidad, o por lo menos no hasta el punto de desarraigarlos de sus prácticas y modos de entender la tradición. Me doy cuenta de que esta definición es meramente tautológica, así que cedo la palabra a Seyyed Hossein Nasr:

La tradición es como un árbol cuyas raíces se hunden en la Naturaleza Divina mediante la revelación, y a partir de las cuales han crecido el tronco y las ramas a lo largo del tiempo. En el corazón del árbol de la tradición reside la religión, y su savia consiste en la bendición o baraka que, partiendo de la revelación, permite que el árbol continúe viviendo. La tradición implica la Verdad sagrada, eterna e inmutable; la sabiduría perenne, así como la aplicación continua de sus principios inmutables a las diversas circunstancias que se dan en todo lugar y en toda época. Reconoce al Noble Corán como la Palabra de Dios, tanto en su forma como en su contenido: como la encarnación terrenal de la Palabra Eterna de Dios, increada y sin origen temporal. También acepta los comentarios tradicionales del Corán, que van desde los lingüísticos e históricos hasta los sapienciales y metafísicos. De hecho, no interpreta el Texto Sagrado basándose únicamente en el significado literal y externo de las palabras, sino apoyándose en una larga tradición hermenéutica.

Una sociedad tradicional es una sociedad orgánica, en la cual cada individuo ocupa su lugar de forma natural, formando parte de un todo del cual se siente indispensable, y que está pensada para que pueda desarrollar plenamente sus capacidades espirituales. El islam tradicional tiene precisamente como objetivo primordial el que todos los individuos puedan vivir dignamente y realizarse en el plano espiritual. Este desarrollo implica vivir el islam en todas sus dimensiones: islam, imam e ihsan. Hablamos de experiencia compartida, de comunidades unidas en torno a la Palabra revelada, en las cuales la recitación sirve para interiorizar y la comprensión nos indica como aplicar la revelación.

Es importante aclarar que esta tradición no es necesariamente escrita ni se limita al saber religioso establecido desde los centros tradicionales de elaboración del saber religioso. Se trata de una sabiduría ancestral vinculada a lugares con baraka, a tumbas de santos, a determinados ritmos y sabores, a tradiciones locales cuyo sentido escapa a los extraños. Se manifiesta como música, como artesanía, como canto, como danza. Es una sociedad integradora, y se muestra en como sabe integrar a los marginados, a los locos e incluso a los homosexuales. Se trata de una sabiduría tan interiorizada y tan consustancial al ser humano que le permite adaptarse de forma natural, asumir los cambios sin demasiados sobresaltos. Y esa es precisamente la clave de su supervivencia, el hecho de ser vivida como expresión de la naturaleza más íntima del ser humano, más allá de las doctrinas y de los catecismos, o de cualquier manifestación de una religiosidad rígida o represiva de cualquier manifestación espontánea de la naturaleza humana. Tal y como lo expresa Abderrahman Habsawi, refiriéndose al islam reivindicado por el Sheij al-Alawi (maestro sufí argelino del siglo XX):

Ese islam espontáneo que no necesitaba definirse porque se vivía como algo natural y que los niños aprendían en contacto con su entorno y no en lecciones organizadas, producía un tipo humano que el maestro sufí reconocía como el único musulmán realmente posible.

Pero este islam tradicional no puede ser reducido al sufismo, ni mucho menos, sino a la vivencia cotidiana del islam al margen de las grandes construcciones intelectuales, ideológicas y/o jurídicas. Un islam popular que puede ser tanto rural como urbano (aunque tal vez no en las grandes metrópolis contemporáneas, sino de las pequeñas pero abigarradas ciudades de principios del siglo XX). En su libro de memorias, A Border Passage, la egipcia Leila Ahmed nos ofrece una hermosa descripción de lo que ella llama “islam oral y auditiva” de las mujeres, tal y como lo conoció en su infancia cairota, a principios del siglo XX:

Las mujeres tenían su propio entendimiento del islam, una comprensión diferenciada del islam de los hombres, del “islam oficial”… El islam, tal y como lo tomé de ellas, era amable, generoso, pacifista, inclusivo, de algún modo místico, en la medida en que ellas lo fueran… El pacifismo de mi madre era parte integrante de su sentido de la religión. Ser musulmán tenía que ver con creer en un mundo en el cual la vida tenía significado, una significación que penetraba todos los eventos y sucesos, aunque fuese de un modo no siempre transparente. La religión tenía que ver con las cosas interiores. Los signos externos de religiosidad, tales como la oración y el ayuno, podían ser muestras de una auténtica religiosidad, pero igualmente podían no serlo. Ciertamente, no eran lo importante en nuestra vivencia del islam. Lo importante era como te conducías y como eras internamente y en tus actitudes con los otros y en tu corazón… Un modo de estar en el mundo –en relación con Dios, con la existencia, con los seres humanos… Ir a la mezquita no formaba parte de la tradición de las mujeres de ninguna clase o nivel. Por ello, las mujeres no oían los sermones que oían los hombres. Y no adoptaron las interpretaciones ortodoxas de la religión… Era una cultura no basada en la lectura sino en la recitación comunitaria del Corán. El Corán era recitado por profesionales, tanto mujeres como hombres, y escuchado en toda clase de ocasiones –en funerales y nacimientos y otras celebraciones, en la enfermedad, y en la vida cotidiana… Era de la unión de todo esto, de sus propias vidas y de la audición de las palabras del Corán, que ellas formaban su propia comprensión de la esencia del islam… Tenían muy poco aprecio por las opiniones y puntos de vista de la mayoría de los sheijs. El dictum “no hay sacerdocio en el islam” era algo que estas mujeres y muchos otros musulmanes se tomaban muy en serio, considerándolo como una declaración de su derecho a su propia comprensión del islam… Este era el islam no solo de las mujeres sino de la gente corriente en general, como opuesto al islam de los sheijs, ayatollahs, mullas, y clérigos… La oralidad que queda cuando escuchas el Corán durante toda una vida son sus más recurrentes temas, ideas, palabras, penetrando el espíritu y apareciendo ahora en este pasaje, ahora en otro: misericordia, justicia, paz, compasión, humanidad, pulcritud, bondad, veracidad, caridad, misericordia, justicia… A pesar de no dejar ningún legado escrito, al estar escrita solo en el cuerpo y en la narración de nuestras vidas, esta tradición oral y auditiva del islam sin duda se remonta a través de las generaciones y es tan antigua como cualquier tradición escrita. (Leila Ahmed, A Border Passage, pp.120-127).

Existen otras muchas descripciones que podrían citarse, memorias que evocan un islam tradicional ya prácticamente desaparecido de las ciudades medio orientales, Damasco, Bagdad, Estambul, El Cairo. Se trata de nostalgias del islam anterior a las convulsiones del siglo XX: el panarabismo, el socialismo árabe, el auge de los partidos islamistas, la expansión del wahabismo y de las lecturas más oscurantistas del islam, en paralelo a la creciente industrialización y los cambios frenéticos traídos por la ciencia, las telecomunicaciones, los medios de transporte. Un mundo telúrico y caótico, lleno de músicas y de sabores, de roce humano, que ha dejado una profunda huella en todos los que lo conocieron, y que poco tiene que ver con las visiones legalistas del islam.

2.El islam tradicional no es el islam de Estado. Un musulmán tradicional no concede el más mínimo crédito a las autoridades religiosas impuestas por el Estado y no tiene nada que ver con ellas. Las autoridades en las que confía son las que forman parte de su propio microcosmos, con las que se relaciona y que reconoce como parte de una comunidad de hermanos. Unas autoridades de carácter predominantemente espiritual a las que puede dirigirse voluntariamente en busca de ayuda, y no para ser adoctrinado. Generalmente esta clase de autoridad tradicional está vinculada al sufismo. Se trata de un sufismo tradicional plenamente insertado en la vida de la comunidad, y no de una élite aparte de autoproclamados místicos, ni del sufismo de estado que hemos mencionado anteriormente.

Resulta normal que el islam tradicional esté en tensión con el islam de Estado. Esta tensión no es política ni ideológica, sino más bien social e incluso espiritual. Se traza una diferencia entre la comunidad de pertenencia y el Estado, unas fronteras arbitrarias muchas veces heredadas del colonialismo, y con las cuales las gentes no se identifican. En realidad el islam tradicional se desarrolla muchas veces al margen del islam Estado, lo ignora en la medida de lo posible, tiende a ser autosuficiente. En muchas ocasiones desborda los márgenes del Estado: un maestro espiritual puede tener discípulos y dirigir comunidades en países diferentes. El Estado desconfía del islam tradicional, pues no se deja manipular, pero tiende a tolerarlo, en la medida en que no ponga en tela de juicio abiertamente su legitimidad.

En determinados países de población musulmana se lo tolera e incluso se lo deja existir y organizarse al margen del Estado, que no tiene la mano tan larga como en occidente. No se trata de contextos primitivos o poco evolucionados, como podría pretender una determinada perspectiva etnocéntrica e historicista. Al revés, se trata de contextos delicados, sutiles, donde priman la sencillez, la hospitalidad, el amor al bien y a la belleza. Una forma orgánica de estar en el mundo, capaz de insertar todos los acontecimientos de una vida en un entramado de signos que hacen sentir a los fieles en contacto permanente con la Divinidad. Esta pervivencia del islam tradicional, aunque en algunos contextos sea solo residual, es importante también por el prestigio que tiene entre muchos los musulmanes.

Habsawi dice, en su artículo ‘El islam ante el futuro’:

El sufismo ha sido durante siglos un factor de cohesión en medios rurales con organización tribal, pero ha ido perdiendo importancia con la urbanización forzada por el colonialismo para reducir su efectividad en campo abierto. Este Islam tradicional ha sido incapaz o no ha querido adecuar su discurso a los nuevos tiempos y pervive por el respeto que inspira, incluso gana adeptos entre catedráticos e intelectuales que quieren rescatarlo del ostracismo. Es difícil predecir su futuro en las circunstancias actuales porque hay problemas acuciantes para los que el sufismo no tiene respuestas: Su altura intelectual, sin embargo, podría devolver al islam la serenidad necesaria.

El islam tradicional tampoco es el islam de los movimientos islamistas, no es el islam convertido en ideología política, ni responde a la necesidad de contrarrestar la influencia de occidente. Es el islam como vertebrador de comunidades, y no como proyecto político. Según Sheij Hisham Kabbani:

Al considerar el islam tradicional frente al islam radical vemos que la diferencia entre ellos radica, no en las creencias básicas de la religión, como son la unidad de Dios, el mensaje del Profeta, la paz sea con él, o las obligaciones (cinco oraciones, el peregrinaje, el ayuno, la caridad etc.), sino de una ideología que emana del amor al liderazgo y la mala interpretación de la gente que no entiende debidamente la religión. La discusión se mueve fundamentalmente alrededor de la política y valores que no tienen nada que ver con la esencia de la religión. El islam tradicional ve la religión como un pacto entre el hombre y Dios guardando el camino de la moderación y la tolerancia. De acuerdo con esta creencia, no puede haber coacción, ni se puede usar la fuerza en la religión. Desde el tiempo del Profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, la paz y la tolerancia eran practicadas entre los diferentes grupos religiosos, y el respeto era garantizado a aquellos de diferente creencia.

El islam tradicional resulta desconcertante para quienes tienen una visión política o ideologizada del islam. Las sociedades islámicas tradicionales son muy tolerantes, en el sentido de que integran todos los elementos existentes en una comunidad, los consideran como partes de un todo. El islam tradicional es absolutamente respetuoso con el pluralismo y con las diferencias de opinión, en la medida en que no es una ideología, y considera que el islam está al servicio del ser humano tanto como este lo está al servicio de la comunidad. Cada uno deberá cargar con sus errores, y nadie puede mediar entre el Creador y cada criatura.

El islam reducido a una ideología política deviene destructor de este vínculo esencial al islam en la medida en que tiene un proyecto político y de partido que pretende imponer, y precisamente es destructor porque apela al islam, porque afirma que ese proyecto es la plasmación correcta del islam. El islam tradicional no tiene nada que ver con eso, no solo en la medida en que no comporta un proyecto político, sino en la medida en que considera que Al-lâh ha puesto el islam al servicio de la gente, y por tanto no es lícito poner el islam al servicio de intereses políticos o ideológicos.

Dicho esto, debemos prevenir sobre la equiparación entre sufismo e islam tradicional. También el sufismo se ha visto sometido a las presiones del islam político y ha cedido a las presiones de la modernidad. Nos situamos ante reiterados intentos reiterados por manipular el sufismo como “rostro amable del islam”, enfrentado a aquellos movimientos de resistencia ante las nuevas formas de colonialismo. A principios del siglo XXI, especialmente en occidente, la promoción de un islam edulcorado (occidentalizado, dirían otros) según los parámetros de la new age es una constante. En paralelo, algunos grupos políticos musulmanes han reivindicado un sufismo rigorista. Sobre la manipulación y las alteraciones sufridas por el sufismo en los últimos tiempos, vale la pena citar este extenso fragmento de las memorias de un músico sufí turco, Kudsi Erguner:

Desde hace unos años, algunos intelectuales buscan las vías de una conciliación [de la modernidad] con las poblaciones adscritas al islam… A partir de los años cincuenta, empezaron a verse partidos políticos que defendían derechos que estaban siendo reivindicados por las capas musulmanas. Estas reivindicaciones religiosas contaban con el apoyo de las poblaciones que sufrían los excesos de una modernidad impuesta… Al buscar una reconciliación entre modernismo y tradición islámica, la élite intelectual y los movimientos políticos progresistas se decantaron por considerar el sufismo, dada la tolerancia que presupone, como una respuesta posible al integrismo islámico intolerante. Podía aportar una dimensión cultural alternativa a la versión de un islam devastador y brutal de los integristas. Por otra parte, el sufismo podía servir para justificar las peculiaridades de las naciones. Permitía reivindicar un islam turco, iraní, irakí o sirio mediante los sufíes, poetas o santos, originarios de cada uno de esos países. De esta forma, Rumi se podía convertir en un valor nacional turco, y Abd al-Qâdir al-Jîlânî en un valor nacional irakí, aunque nada en la vida de estos personajes ni en sus escritos viniera a justificar de ninguna manera un islam moderno o una postura nacionalista… Como no encontraban en el sufismo tradicional los argumentos necesarios para una modernidad, para un islam moderado, comenzaron a recurrir a los trabajos de orientalistas europeos. A partir de los estudios de eruditos europeos, se fue concretando una nueva forma de abordar los textos de Rumi. Así apareció, al lado del sufismo tradicional, una versión del sufismo inspirada en la visión occidental. Para las capas urbanas occidentalizadas, esta segunda versión pasó a ser una posibilidad de reconciliar modernidad e islam. De esta forma, las obras de Rumi fueron desviadas de su comprensión original… Como reacción ante esta dinámica, ciertos círculos musulmanes manifestaron su desaprobación. En un primer momento, consideraron herético el sufismo de los mevlevi, pero luego quisieron recuperarlo haciéndolo conforme a sus propias exigencias. De tal forma que, además de la tradición y de la versión modernizada y europea, nació una tercera versión del sufismo: los islamistas hicieron de Rumi un hombre a su imagen, un devoto rigorista, un musulmán integrista, llegando hasta afirmar que nunca había propiciado la música o el baile, y que era una herejía pretender lo contrario. Los contextos rurales de los emigrados a las ciudades, proclives a este sufismo rigorista, han acabado teniendo, por su importancia demográfica, un peso político considerable. Se puede comprobar que muchos movimientos islamizantes y politizados se apoyan en el sufismo. Como consecuencia, lo poco que pervive del sufismo auténtico se encuentra en una situación muy difícil, porque por un lado se le trata como una amenaza para la democracia y la laicidad, y por otro, como una amenaza para el integrismo musulmán. Es una lástima que una tradición religiosa tan rica sea tan mal entendida por tantos. (Kudsi Erguner, La fuente de la separación).

Sobre la transformación de Rumi en un “musulmán-moderado-modernista”, ¿cómo no evocar la imagen de George Bush recitando versos de Rumi en una mezquita de Washington? Los orientalistas que han ensalzado el sufismo como “rostro pacífico” (y sumiso) del islam olvidan que la mayoría de los movimientos de resistencia al colonialismo fueron liderados por tariqas sufíes, quienes fueron los primeros y más terminantes a la hora de apelar al yihad armado en contra de la invasión de los países musulmanes. Que los orientalistas lo hayan olvidado es comprensible, desde el momento en que escriben desde la perspectiva del colonizador… Lo que no es tan fácilmente comprensible es que tantos autodenominados sufíes lo hayan olvidado.

3. Hablamos de su supervivencia, pero, ¿en que medida pervive el islam tradicional? Uno puede sumergirse en los países musulmanes y a cada paso se deja ver esta pervivencia. No es dominante, pero el islam tradicional está por todos lados. Uno puede pasearse por cualquier bazar del Magreb o de Oriente Medio y ver a hombres y mujeres que son la misma vida del islam tradicional. Hombres con sus teteras siempre deseosas de honrar al visitante, que hacen dikra (recuerdo de Al-lâh) silenciosamente, que transitan lentamente con la mirada puesta en el Jardín, y cuyas vidas transcurren apegadas a costumbres y sabores ancestrales.

En algunos casos llega a dominar ciudades e incluso territorios. Un ejemplo lo encontramos en la ciudad de Tuba, en Senegal. Se trata de una ciudad fundada en 1887 sobre un pequeño villorrio por el Sheij Ahmad ibn Muhammad ibn Habiballah (1854-1927), más conocido como Ahmadú Bamba, el fundador del muridismo en 1883, la orden sufí más influyente en el Islam senegalés y gambiano. Sus herederos, hasta ahora, sus cinco hijos, se han ido sucediendo en la cabeza de la cofradía hasta hoy. Todos han reinado sobre la ciudad de Tuba, un polvoriento villorrio fundado por Bamba en 1887, que hoy es un emporio espiritual y económico, en el interior acalorado de Senegal donde no se puede fumar ni beber alcohol. Se calcula que cuatro de los 12 millones de senegaleses son murids. Tuba ha obtenido desde la independencia de Senegal una serie de privilegios como centro espiritual y ciudad de peregrinación. Por ejemplo, no pagan el agua que consumen y hasta hace pocos años gozaban de un fuero jurisdiccional distinto que escapaba de la autoridad de jueces y policías. Este es solo un ejemplo (especialmente espectacular) entre otros, más modestos si se quiere, pero presentes a lo largo de todo el mundo islámico. Uno puede viajar hasta el corazón de Irán y encontrarse pequeñas poblaciones que giran en torno a una transmisión de saber que se remonta a varias generaciones, y que vertebra la vida de la comunidad de forma paralela a la del Estado. También sucede lo mismo en determinados contextos de Argelia o de Marruecos.

Este islam popular se imbrica con costumbres locales: creencias animistas, uso de talismanes, concepciones mágicas… y algunos elementos que se podrían considerar como supersticiones. El islam tradicional mantiene el contacto con lo oculto (al-gayb), es capaz de integrarlo en la vida de la comunidad, con total normalidad, como una faceta más de la existencia. En una mezquita rural del sur de Marruecos podemos encontrar auténticos maestros de sabiduría, íntimos de Al-lâh, cuyos ojos mantienen viva la visión (siquiera sea futura) del Amado. En la mezquita podemos ver como se dejan filas (vacías a los ojos de los hombres cerrados a lo oculto) para que los genios (los djunun, plural de djin) hagan la oración. El Sheij (pues este sí merece este título honorífico, a pesar de no haber cursado estudios en universidad alguna, o precisamente por ello) habla con los genios y les pide que no molesten al resto de los fieles… Desde los lugares olvidados…

Hay hombres que siembran el aire de luz para que las plegarias crezcan fuertemente enlazadas al lugar donde amanece. La rahma se propaga  a través suyo más rápidamente que sobre cualquier otro material o superficie. Su canto es por eso un canto dado al viento, y sus costumbres la hospitalidad y la concordia. Son los hombres del arraigo, sólidamente asentados en el mundo, apoyados unos en otros no únicamente por necesidad sino por simpatía, por participar de la misma manera simple y contundente de estar en la tierra. Un breve saludo de uno de esos hombres basta para ponerte a salvo de toda forma de impaciencia durante muchos días. Donde esos hombres ponen su mirada las máscaras se caen, y todas las construcciones arbitrarias del hombre se revelan absurdos. El propio Estado y su aparato se muestran como innecesarios y son sustituidos de forma natural por la asabiyya, por el vínculo persona a persona. Cuando un grupo de esos hombres crece libremente y al margen de las instituciones aparece el islam tradicional en toda su pureza. Hay hombres y mujeres de luz que son oscuros, incluso negros como el betún o negros como una mano manchada de petróleo, de trabajar en esos pozos que en vez de traer la riqueza parecen ser la causa del terror y el infortunio. Ellos no forman parte de los planes de ningún gobierno. Se organizan y ocupan sus funciones de un modo natural y eso hace gemir al Shaytán en su lecho de fuego, pues ponen en evidencia lo sucio de su juego. El Shaytán se da cuenta frente a ellos de que es un hombre que habita en el fuego, que su vida no fluye y todos sus lazos con sus semejantes están contaminados por intereses mezquinos… y todo eso hace que estalle con una violencia inusitada. En el mundo actual esos hombres de luz son como un mito para muchos, acostumbrados a pensar que sin el policía de la esquina nuestra vida no es segura. Pero esos hombres son reales. Los hay en Chechenia, en Iraq, en Siria, en Indonesia, en Mindanao, en Mauritania, en Marruecos, en Rusia, en Nigeria, en Mali, en Burkina Fasso, en Brasil, en Argentina, y también en la Argelia maltratada. Los hay en todos los países y en todos los continentes, pero pocas veces tienen la posibilidad de formar comunidades separadas de los centros del poder político. La respuesta va ganando fuerza desde los lugares olvidados. Al oeste del valle Rdat y del Tizi-n’Tishka, encima de los profundos barrancos —cuyos acif (torrentes) inagotables van a parar directamente a la ribera izquierda del río Sebaou, y de ahí al Mediterráneo, este mar manchado de avaricia que a todos los muertos da cobijo— los hombres de luz permanecen a la espera…

4. No todo en el islam tradicional es tan idílico como se desprendería de lo anterior, exceso de lirismo. En el caso de que cualquiera de los elementos constituyentes del islam como tradición se pierdan (las dimensiones del islam, del imam y del ihsan), la tradición se estanca y degenera en tradicionalismo. En este momento se convierte en quietista en lo social, las artes y sabores van perdiendo espacio, y pierde la preocupación por el aprendizaje y por el desarrollo. Existe un tradicionalismo altamente quietista, incapaz de reaccionar ante los acontecimientos. Los sufrimientos y las humillaciones deben ser aceptados con paciencia. Este mundo no es nuestro mundo, los buenos musulmanes viven orientados hacia la otra vida. Y, después de todo, lo que les suceda o no a los musulmanes está en las manos de Al-lâh, y Él sabe más. No podemos hacer nada, ni vale la pena siquiera el intentar mejorar nuestra situación… Este tradicionalismo parece incapaz de adaptarse a las nuevas circunstancias, y acaba ofreciendo una imagen de arcaísmo militante. A esta inadaptación contribuye el hecho de que el centro de gravedad de una sociedad tradicional es la familia extensa –entendida como clan e incluso como tribu. A través de ella se vertebra la subsistencia de los miembros de una comunidad. No hay apenas espacio para la iniciativa individual, se desalienta la acumulación de bienes y se alienta un cierto gregarismo. Todo esto hace a estas comunidades, de economía familiar tradicional, incapaces de responder a los retos del presente. El mantenerse de espaldas a los nuevos conocimientos llevan a las comunidades a la dependencia, y a la larga a la pobreza y a la desarticulación, lo que empuja a los jóvenes a los suburbios de grandes ciudades industrializadas. El aceptar la necesidad de los nuevos conocimientos y la nueva situación les conduce transformaciones para las cuales no siempre se muestran preparados.

En muchas comunidades tradicionales la mujer esta en una posición subordinada. En el libro citado anteriormente, la propia Leila Ahmed aclara que el “islam de las mujeres” que describe no es necesariamente favorable para las mujeres, y que muchas veces son las propias mujeres las que perpetúan costumbres patriarcales. Se trata de formas de vida en la cual se vive una separación de los sexos, a los cuales se les atribuyen funciones claramente diferenciadas en los ámbitos social y familiar. Esto limita las capacidades de desarrollo de las potencialidades de muchas mujeres, que se ven privadas de acceder a espacios reservados a los hombres, e incluso se les niega el acudir a la escuela, para servir en el hogar y/o casarse jóvenes. Aunque esta segregación no implique necesariamente un desprecio de la mujer, ni la consideración de la superioridad del varón, en determinados contextos tribales la situación es altamente humillante para las mujeres, cubiertas e invisibilizadas hasta extremos indecibles.

5. Al hablar de la supervivencia del islam tradicional, ya estamos sugiriendo implícitamente que está amenazado. De hecho, también podríamos hablar de la quiebra del islam tradicional, en la medida en que éste sobrevive sin el marco de referencias que le da cobertura. Pervive el islam tradicional, pero hay que preguntarse hasta que punto está viva la gran tradición jurídica y espiritual del islam que constituye su fundamento, caracterizada por su flexibilidad y capacidad de adaptación. Solo una vez recuperado este dinamismo podríamos formular de nuevo la pregunta: ¿existe una posibilidad de mantener vivo el islam tradicional en el contexto de la modernidad?

Las amenazas que se ciernen sobre el islam tradicional son de índole diversa. Por un lado, la apropiación del islam por parte del Estado, con todo lo que ello significa de empobrecimiento y de quiebra de la transmisión del saber. En segundo lugar, nos encontramos con la emergencia de lo que ya a principios del siglo XX el Sheij al-Alawi calificó como “un islam de las trincheras”. Es decir, una visión del islam como elemento de resistencia frente a la invasión exterior, tanto militar como cultural. Estas amenazas que podríamos calificar como “internas” o “intraislámicas”, son indisociables de una potente amenaza exterior. La industrialización va ganado terreno, desarraigando a poblaciones enteras de su modo de vida tradicional y las arroja a los suburbios de las grandes ciudades. En Argelia hemos visto como dicho proceso ha significado el desarraigo masivo. Los planes estatales para reconvertir la economía nacional provocaron el abandono del campo y de las tradiciones de la tierra. Se fue cubriendo el país de un manto de refinerías, de fábricas de cemento, siderurgias, y otros tipos de industria pesada. Un país hace poco agrario se ve fuertemente industrializado. Las ciudades se masifican, la explosión demográfica no es tenida en cuenta por esos “planificadores”. Llega el desarrollo, pero ningún bienestar y ninguna política social para los trabajadores. El resultado es la escasez de vivienda, el deterioro de la vida, la aparición de suburbios alrededor de las grandes ciudades y el nacimiento de un proletariado salvajemente explotado que no tiene acceso a los mínimos derechos. Entonces muchos se dan cuenta de que Argelia se ha convertido en una colonia más del Fondo Monetario Internacional, y que los gobernantes argelinos son los esclavos de la colonización que han pasado de explotados a explotadores, de oprimidos a opresores. La industrialización ha traído prosperidad a las clases altas de las ciudades, vinculadas a las finanzas internacionales y al aparato del Estado, pero ha degradado de forma brutal la calidad de vida de las gentes, ya perdidos sus modos tradicionales de subsistencia, que les permitían vivir de forma modesta pero independiente de otras servidumbres. Es en este contexto donde el islam deviene más fácilmente ideología de trinchera, tanto frente a esta amenaza neoliberal como frente a los gobiernos títeres de occidente, que venden a sus países y a sus gentes.

En este contexto de combate, el islam tradicional parece destinado a perderse, o a sobrevivir en contextos de pobreza. Pero hay que tener en cuenta que ya hace más de un siglo que sobrevive a esta dinámica, y nada hace pensar que no pueda sobrevivir por lo menos otro siglo, insha Al-lâh. En realidad, lo hará en la medida en que siga dotando de sentido a la vida de millones de personas. Ello son los que lo mantienen vivo día a día, en sus mentes, sus cuerpos y sus corazones, en sus rituales y sus respiraciones cotidianas.

6. Existe la convicción de que esta supervivencia solo es posible si se realiza a partir de las propias enseñanzas del islam, de la recuperación del pensamiento islámico y del fiqh tradicional. El segundo aspecto que puede contribuir a esta supervivencia a gran escala es la recuperación del gran legado intelectual del islam clásico, verdaderamente sorprendente por su amplitud y su profundidad. Esta recuperación puede realizarse a varios niveles:

1)    el tafsir del Corán, no sólo las obras consideradas como “canónicas” (ibn Abbas, Tabari, ibn Kathir, Tabarsi, Razi, Zamajshari…), sino otras aproximaciones al Corán menos conocidas, de modo que se ponga en evidencia la diversidad de interpretaciones y la libertad de pensamiento con la cual la tradición se ha aproximado al Corán;

2)    el kalam, la teología islámica en sus diferentes escuelas, de modo que se muestre la diversidad de doxias que han sido aceptadas tradicionalmente, más allá de que históricamente se hiciese dominante alguna de ellas;

3)    la falsafa, el legado inspirado en la filosofía griega, lo cual abarca las corrientes neoplatónicas, aristotélicas o estoicas, pero que va mucho más allá de estas;

4)    el gran legado del tasawwuf (sufismo), desde el Magreb hasta Indonesia. La figura de ibn ‘Arabi de Murcia, el Sheij al-Akbar, ha de jugar un papel central en esta recuperación, como polo de unión del sufismo de oriente y occidente y creador de una obra que ofrece las claves para el desarrollo positivo de la umma en el siglo XXI;

5)    tratados de fiqh, especialmente aquellos en los cuales se exponen los razonamientos comparados de las diferentes escuelas, y donde vemos como los juristas discutían de forma abierta sobre temas que hoy en día parecen impensables, con una amplitud de miras admirable.

De ahí la insistencia de tantos autores y musulmanes en la necesidad de mantenerse fieles a los madhabs clásicos, frente a los llamados reformistas y progresistas, quienes apelan a un iÿtihad radical basado exclusivamente en el Corán y en la Sunna, de espaldas a las construcciones jurídicas del pasado, un llamamiento en el cual coinciden corrientes opuestas como pueden ser el salafismo y el feminismo islámico. El fiqh tradicional no es monolítico ni dogmático, sino todo lo contrario. Contiene los mecanismos de la adaptación constante de la tradición a las nuevas circunstancias, un principio firmemente establecido por las primeras generaciones de pensadores musulmanes, incluidos los grandes creadores de la jurisprudencia. Apelar al fiqh tradicional es entonces apelar al movimiento y a la concepción dinámica propia de una sociedad islámica, a la flexibilidad característica del islam tradicional.

La recuperación de este inmenso legado puede servir para mostrar que el islam tradicional es el islam de las luces, en algunos campos más avanzado de lo que sueñan los “musulmanes progresistas”. Claro que esta recuperación difícilmente puede realizarse sin una crítica contundente a los consensos impuestos y por tanto falsos consensos, al machismo que impregna gran parte de este legado, y a las pretensiones de ortodoxia de una u otra corriente dentro de la historia del islam. Recuperar el legado del islam tradicional en toda su amplitud puede servir a los musulmanes para reestablecer unos lazos que la modernidad ha destruido. Aunque en este punto hay que decir que no es la mera recuperación académica e intelectual lo que nos interesa, sino el imbuirse del espíritu de búsqueda y de la apertura mental que propició este gran legado. Una amplitud de espíritu y una generosidad que se remontan a la figura del Profeta Muhámmad, que la paz y las bendiciones de Al-lâh sean sobre él, cuya báraka sigue fluyendo que todo lo anega y pacifica.

Pero sólo Al-lâh sabe.


Poética de la Creación

Septiembre 8, 2009

La Creación es el Decir de Al-lâh, la fecundidad de su Mandato creador se hace visible en la naturaleza, lengua sensual y telúrica, lenguaje abierto a los sentidos. Como dice un amigo, el islam es cosa de la piel. Al-lâh habla con los humanos  —obreros y artesanos, científicos y ociosos, campesinos y comerciantes, hombres y mujeres de todas las edades —, y lo hace a través de procesos, de sensaciones, de historias, de tensiones, de vidas y de masas de agua que se encuentran, de imágenes en movimiento. Todo aquello que se capta mediante el instinto directo y la intuición creadora, todo aquello que todo ser humano puede captar sin necesidad de estudios superiores, reconocer y recordar como una verdad innata e inscrita en su corazón desde la eternidad. 

El tema de la Creación aparece de forma recurrente en el Corán, generando todo un vocabulario propio, a través del cual ya podemos captar muchos de los matices implícitos en la concepción coránica. El Corán emplea varias palabras para referirse a ella [1]

•       Jalq aparace 249 veces en el Corán. Indica el acto de “medir, mesurar, realizar un cálculo”, pero también tiene el sentido de “allanar sin romper, poner en orden” algo que estaba desordenado, de forma precisa. al-Jaliq, el Creador, es uno de los Más Bellos Nombres de Al-lâh.

•       Bara significa “formar, modelar”, y es aplicada comúnmente a tareas artesanales: moldear un cálamo para escribir, hacer una flecha a partir de un trozo de madera. Al-Bari, el Modelador, es otro de los Nombres de Al-lâh (2:54; 59:24).

•       Sawwara tiene el sentido de “diseñar, formar, esculpir, pintar” (40:64; 64:3; 7:11; 3:6; 82:8; 59:24). Al-Musawwir, ‘el Diseñador’, es otro de los Nombres de Al-lâh. Al-lâh diseña cada criatura o detalle de la Creación, dándole formas y colores.

•       Ja‘ala aparece 345 veces, con el sentido de “hacer, formar, crear, disponer, preparar”, aludiendo a la Creación como un proceso cuyas formas se renuevan.

•       Bada’a aparece 14 veces, y significa “originar una cosa, traer al ser o a la existencia, producir por primera vez”. Es usado para referirse a la Creación de una cosa desde la no-existencia. Al-badi’, el Originador, es otro de los Nombres de Al-lâh.

•       Fatara aparece unas 20 veces, y tiene el sentido de abrir o hacer algo nuevo.

El lenguaje del Corán da cuenta del lenguaje de la Creación, de la relación entre el hombre y la divinidad en lo creado, de un entremezclarse en el cual la conciencia busca una salida, la imagen que nos permita estar en el mundo como criatura, al mismo tiempo unida y separada, conciente de sus límites y consciente del todo que la habita. Si nos fijamos en los versículos “naturalistas” del Corán, nos damos cuenta de que en muchos de ellos se nos conmina a dirigir nuestra mirada a los fenómenos de la naturaleza, como modo de apertura a Al-lâh: 

¿No ves que es Al-lâh Aquel cuya infinita gloria
proclaman cuantas [criaturas] hay en los cielos y en la tierra,
hasta los pájaros con sus alas extendidas en el aire?
Cada uno [de ellos] sabe en verdad cómo orar a Él y glorificarle;
y Al-lâh sabe bien lo que hacen:
pues, de Al-lâh es el dominio sobre los cielos y la tierra,
y hacia Al-lâh es el retorno.

¿No ves que es Al-lâh quien empuja las nubes,
luego las agrupa, luego las apila en masas,
hasta que puedes ver la lluvia salir de en medio de ellas?

Y es Él quien hace descender de los cielos, gradualmente,
masas gigantescas cargadas de granizo,
con el que golpea a quien quiere
y que aparta de quien quiere,
[mientras que] el resplandor de Su relámpago deja casi sin vista.

Es Al-lâh quien causa la alternancia del día y de la noche:
¡ciertamente, [también] en esto hay en verdad
una lección para quienes pueden ver!
Y es Al-lâh quien ha creado del agua a todos los animales
y [ha dispuesto] que algunos de ellos se arrastren sobre sus vientres,
otros caminen sobre dos patas, y otros caminen sobre cuatro.

Al-lâh crea lo que quiere: pues, ciertamente,
Al-lâh tiene el poder para disponer cualquier cosa.
(Corán 24:41-45)

La mención de la visión es casi obsesiva: ¿es que no veis? Una mirada atenta sobre la creación genera admiración, asombro. El asombro nos mueve a escrutar la naturaleza, a quedar atónitos ante su dinamismo y armonía. Asombro y maravilla, las puertas de toda adoración, de toda comprensión: ¿cómo no remitirse a la fuerza creadora que está detrás de todo lo aparente? Los versos naturalistas del Corán señalan al mundo natural como lugar privilegiado donde Al-lâh se manifiesta. La fecundidad es el signo evidente del poder creador de Al-lâh, de una creación marcada por la Majestad y la Belleza, atributos divinos y al mismo tiempo sentimientos/sensaciones humanas que buscan transformarse en actitud consciente, encontrar una vía que nos permita vivir en el asombro y el recuerdo. 

[Bendito] Aquel que ha creado siete cielos
en perfecta armonía entre sí:
 no hallarás el menor fallo en la creación del Más Misericordioso.

Mira de nuevo: ¿puedes ver alguna fisura?
Si, mira de nuevo, una y otra vez:
[y cada vez] tu vista volverá a ti, deslumbrada
y realmente vencida….
(Corán 67:3-4)

 Mirar y admirar la Creación, tratar de comprenderla. El Corán incita al conocimiento, pero no es un libro de ciencia, del mismo modo que incita a la justicia, pero no es un libro de leyes.

Y, ciertamente, hemos dispuesto en los cielos
grandes constelaciones,
y las hemos hecho hermosas
para quienes las contemplan.
(Corán 15:16)

El Corán nos llama a contemplar la Creación con una mirada interior, con el ‘ayn al-yaqîn, el ojo de la certeza, conocimiento visto y no meramente discursivo. La palabra ‘ayn significa al mismo tiempo “fuente, ojo, individualidad, determinación”, nos abre a un amplio campo de significaciones. Naÿm ad-dîn Kubrâ escribe: “el doble cerco de los dos ‘ayn aparece al final del peregrinaje místico” [2]. En esta frase, se alude al mismo tiempo a la visión del Rostro de Al-lâh y a las dos Fuentes del Paraíso, pero también puede ser interpretada como la identidad final entre el Creador y la criatura, que son al mismo tiempo dos e idénticos, como en el abrazo de la muerte la amante y el amado se hacen uno, sin dejar de ser dos, sin dejar de contemplarse. También Shabastarî juega con los significados: “El ‘ayn no tiene poder para soportar la luz deslumbrante del sol. Solamente puede ver el sol cuando se refleja en el agua” [3]. Es decir: el individuo no puede ver a Al-lâh más que a través de Sus reflejos en el mundo de las apariencias, donde su Luz deslumbrante queda amortiguada. Al mismo tiempo, la imagen evocada es la del sol reflejándose en el agua (del manantial-ojos): el reflejo de la Luz en la mirada. Nos situamos pues ante un mundo natural que evoca mundos espirituales, el saboreo de las apariencias como manifestación de lo secreto. El Corán afirma, de aquellos que se cierran a la revelación: 

No son sus ojos los ciegos, sino sus corazones.
(Corán 22: 46)

 Aprender a mirar con el ojo del corazón, este es el mandato. Una vez más, nos abocamos a un magma de significados potenciales, en el cual el elemento telúrico domina. La expresión ‘ayn al-qalb significa al mismo tiempo “el ojo del corazón”, “fuente del corazón”, “identidad del corazón”, y todos sentidos múltiples derivados de la palabra qalb, corazón-centro-pozo-fluctuante: “fuente del centro”, “identidad del centro”, “ojo del pozo”, “ojo del centro”, “identidad del pozo”… La visión interior es la clave de los versículos coránicos sobre la Creación: penetrar a partir de las imágenes de la naturaleza hacia su centro palpitante, para ver como las imágenes brotan de la Fuente: Al-lâh está creando el mundo a cada instante, a cada instante todo es aniquilado y recreado. Dice Rashîd ad-dîn Maybudi: “Al-lâh torna su mirada al qalb del amante, de tal forma que este quede limpio. Entonces, Él abre el ‘ayn del conocimiento y de la sabiduría en su qalb”. El corazón amante se purifica en los ‘ayn (manantiales, ojos) de Al-lâh: son abiertos los ‘ayn (ojos, manantiales, identidad) en su corazón-centro: “Él se aposenta en el lugar del ‘ayn o, mejor, Él es el ‘ayn (la única identidad que queda)”. Maybudî concluye su poema: “Ahora, no me atrevo a decir ‘Yo soy yo’, como tampoco oso decir Él” [4]. Una vez más, tras el juego de los ojos-manantiales, lo que se esconde es el tema de la identidad: identidad entre el Creador y las criaturas, entre el hombre y la naturaleza.

Esta identidad nos remite al comienzo: todo tiene su origen en Al-lâh, la no-dualidad. ¿Contiene el Corán un mito de la Creación? Sin duda, numerosas aleyas nos sitúan en el tiempo inmemorial. Sin embargo, en el Corán el mito de los orígenes no está al principio del libro, como en otras cosmologías primigenias, ni lo encontramos desarrollado de forma sistemática en ningún lugar. Aparece aquí y allá, inserto en otros desarrollos, a veces en textos de carácter litúrgico, a veces en boca de un profeta. Esta dispersión es significativa. No es nuestra intención el reunir todos estos versículos con el fin de reducirlos a un discurso lineal, ni para aplicar al Corán una razón discursiva que es ajena a él. Más bien, se trata de resaltar la poética de la Creación recogida en estos versos, destacar el modo como la revelación engloba al hombre y a la naturaleza, unidos en su origen, una unidad que demanda un re-conocimiento:

¿No ven, acaso, los que empeñan en negar la verdad
que los cielos y la tierra formaban una sola masa,
que luego separamos?
–¿y [que] hemos hecho a partir del agua todas las cosas vivas?
(Corán 21: 30)

 Esta masa inicial es conocida por otros mitos de la Creación. En el Rig-Veda leemos que “al principio había tiniebla tras tiniebla; todo era un irreconocible flujo” [5]. En la Teogonía de Hesíodo se habla del Caos primordial, presentado por Ovidio en las Metamorfosis como “una masa informe y enmarañada y no otra cosa que una mole estéril, y desunidas las semillas de las cosas, reunidas en confusa amalgama” [6]. Podríamos citar otras cosmologías para darnos cuenta de que este principio material o masa amorfa constituye un arquetipo, una imagen que se repite en diversas culturas. Todos estos mitos mantienen sus particularidades, en algunos casos podríamos hablar de diferencias significativas. Pero todos ellos tratan de ofrecernos una imagen mítica de los comienzos con la cual relacionarnos como criaturas, seres creados conscientes de su origen en lo indiferenciado. De ahí el peso de la masa unitaria e indiferenciada en la conciencia de la humanidad, signo de un mundo sin imágenes ni signos, y por ello indescriptible, que tan solo puede ser enunciado en forma negativa como “un principio de confusos principios borrascoso” [7] del cual emerge lo diverso en fases sucesivas.

Alguien preguntó a Muhámmad, Mensajero de Al-lâh: “¿Dónde estaba tu Señor antes de crear la Creación?” El Mensajero de Al-lâh contestó: “estaba en una Nube (‘amâ), no había espacio ni por encima ni por debajo”. Según al-Yîlî, esto quiere decir que no existía un Creador arriba y una Creación abajo, sino que los cielos y la tierra permanecían indiferenciados y lo múltiple permanecía preso en el seno de lo Uno [8]. Esta Nube es la Esencia interior y escondida de Al-lâh, desde donde exhala el nafs ar-Rahman o Aliento Matricial que ha de separar la luz de las tinieblas, dando existencia a la dualidad. La Oscuridad divina corresponde a la tiniebla de la teología negativa, completamente inefable, impenetrable, oscura. Algo anterior a la existencia que llamamos Materia Oscura, Nada o Nube Primordial.

El atributo positivo de esta materia original es su carácter fluido y acuoso, lo que ha hecho que este mito primigenio sea calificado como “cosmogonía acuática” [9], en la cual el agua ocupa un lugar preeminente entre los elementos. Este fluido primigenio se relaciona, de algún modo, con el agua. La Nube es una concentración de agua evaporada. Al mismo tiempo, este elemento acuoso primordial, anterior a la diferenciación entre el cielo y la tierra, evoca el útero materno. Hablamos entonces de memoria profunda, de ir más allá de los recuerdos de nuestra vida histórica, remontarnos a lo anterior a nuestro nacimiento. Recordar nuestra vida antes de la vida.

En ese principio acuoso ya existía Al-lâh, principio anterior a todo lo existente. Todo en la creación recuerda su comienzo, el separarse de la luz de las tinieblas. Este es el medio privilegiado para acceder a Al-lâh. Sentir el Poder creador en todo lo visible, penetrar en la fuerza matriz de la existencia, más allá de la imagen, más allá de la forma, hasta situarse a los pies del Trono de Al-âh, Majestad insondable, Matriz de amor, Generador del Tiempo:

Y Él es el que creó los cielos y la tierra en seis días,
y su Trono estaba sobre el agua.
(Corán 21: 7)

trono

En otro lugar el Corán nos aclara que no debemos entender esos “seis días” en un sentido literal. Más bien, nos situamos ante un proceso de larga duración: 

Cada día junto a tu Sustentador es como mil años.
(Corán 22: 47)

Los días alejados de Al-lâh son miseria humana, apenas una gota de esperma derramada. Los días junto a Al-lâh son milenarios, instante luminoso, intensidad robada a la tiniebla. La fecundidad, el movimiento, la armonía, la belleza… son las características principales de la Creación. Una armonía en movimiento, una belleza exuberante fecunda la mirada, moviéndonos al reconocimiento de Al-lâh, fuerza matriz y gloria inaccesible, Creador de los cielos y la tierra. Podemos verlo, podemos sentirlo y apenas las palabras se empecinan el decir lo indecible. También en la muerte, en las destrucciones y en la nada: todo revela a Al-lâh, su fuerza y su potencia. El lenguaje de la revelación se genera en este tránsito, en este abismo en el cual la palabra quiere ser tocada por el ángel. En el Corán, el profeta Noé (que la paz sea con él) se dirige a su pueblo en los siguientes términos: 

¿Qué os pasa que no dais reverencia a Al-lâh,
cuando Él os ha creado [a cada uno] en fases sucesivas?
¿No veis cómo Al-lâh ha creado siete cielos en perfecta armonía,
y ha puesto en ellos la luna como una luz [reflejada],
y el sol como una lámpara [radiante]?
Y Al-lâh os ha hecho brotar de la tierra con un crecimiento [gradual].
(Corán, 71: 13-17)

 Estamos hablando de la Creación como un largo proceso, anterior a la aparición del ser humano:

 ¿Acaso [no] hubo un lapso inconmensurable de tiempo
antes [de la aparición] del ser humano -
en que él no era aún algo digno de mención?
(Corán 76:1)

 Este versículo tiende a rebajar las ansias de supremacía del ser humano sobre el resto de las criaturas. El ser humano apareció en un momento tardío de la Creación, y durante un tiempo indefinido ni siquiera fue digno de mención. Antes de lo humano la Creación ya existía, del mismo modo que Al-lâh ya existía antes de que el mundo fuera creado.

Notas


[1] Tomamos los datos siguientes de: Muhammad Fawad Abdul Baqi, ed., Al-Muajam-al-Mufahir’s Li-Alfazil Quranil Kareem (Shabb Press, 1945), 170-175).

[2] Naym al-Din al-Kubra, Al-Fawat’ih al-Yamal wa Fawatih al-Yalal (‘Las eclosiones de la Belleza y los perfumes de la Majestad’).    

[3] Mahmud Shabistari, The Secret Rose Garden. Phanes Press 2002.    

[4] Annabel Keeler: Sufi Hermeneutics: The Qur’an Commentary of Rashid al-Din Maybudi (Institue of Ismaili Studies: Qur’anic Studies). Oxford University Press, 2007    

[5] Rig-Veda, sección X, canción 129. Citado en Fuego, agua, aire, tierra. Una historia cultural de los elementos, de Gernot y Hartmut Böhme. (Ed. Herder 1998,p.44). En este mismo libro se pueden encontrar otras referencias a cosmologías tradicionales.    

[6] Ovidio, Metamorfosis. Ed. Catedra 1997, p. 193.    

[7] Lucrecio, De rerum natura    

[8] El Hombre universal, ed. Alquitara 2001.    

[9] Kurt Schier. Citado en Fuego, agua, aire, tierra. Una historia cultural de los elementos, de Gernot y Hartmut Böhme. (Ed. Herder 1998)

Al-Gazali sobre la recitación e interpretación del Corán

Septiembre 5, 2009

‘La recitación y la interpretación del Corán’ constituye el libro octavo de la obra cumbre de al-Gazali, La vivificación de las ciencias religiosas (en esta reseña citaremos a partir de la traducción inglesa de Muhammad Abul Quasem. The recitation and interpretation of the Qur’an: Al-Ghazâlî’s theory. University of Malaya Press, Kuala Lumpur 1979).

Al-Gazali nos ofrece una aproximación tradicionalista al Libro revelado. Cita numerosos hadices para defender la necesidad de una comprensión profunda del Corán. Recitación e interpretación van de la mano, son inseparables. Recitar el Corán sin comprenderlo puede tener sus beneficios, pero no responde a la expectativa divina. Comprender el Corán como se comprende un texto escrito tampoco es suficiente: el Corán constituye una conmoción y la recitación es el método para interiorizarlo hasta hacer desaparecer al lector y sumirlo en el océano de la misericordia; el océano coránico no se limita al texto escrito, este es tan solo su plasmación externa.

En dos los primeros capítulos al-Gazali se explaya en relatar las excelencias del Corán y en establecer las reglas de su recitación, citando numerosos hadices y tradiciones de los sahaba y de los tabi’in. Estas tradiciones reflejan no solo la profunda espiritualidad de las primeras comunidades musulmanas, sino también la centralidad del Corán y los modos en los cuales estos se aproximaban al Libro revelado.

En el capítulo tercero establece diez “tareas mentales” necesarias para que la recitación coránica sea plenamente efectiva: 1) entender cual es el Origen del mensaje; 2) la magnificación del Originador del mensaje; 3) el prestar la debida atención (a lo recitado); 4) reflexionar sobre lo recitado; 5) entenderlo; 6) deshacerse de los obstáculos que nos impiden comprenderlo; 7) la especificación de que lo recitado nos concierne personalmente; 8)sentir el Corán y dejarse influenciar por él; 9) elevarse en la recitación; y 10) negar la propia capacidad o poder (sobre lo recitado) (p.56).

Sobre el punto cinco, la necesidad de entender el mensaje del Corán, al-Gazali habla de “buscar, para cada versículo, las explicaciones que les corresponden, ya que el Corán abarca la discusión de los atributos de Al-lâh, el debate sobre sus obras, el debate sobre las circunstancias de los profetas, el debate sobre los argumentos de los que los consideran falsos y la forma en que fueron destruidos, la descripción de los mandamientos y de las amenazas de Al-lâh, y la descripción del paraíso y el infierno.” (p.67)

Al tratar el punto sexto, habla de cuatro obstáculos principales que impiden la comprensión del Corán. El primero de ellos es la falta de atención sobre las letras y sonidos y la pronunciación defectuosa.

El segundo de estos velos es “el que el lector del Corán sea un mero imitador (o seguidor ciego: muqallid) de una determinada escuela de pensamiento (madhab) que se deriva de una autoridad, y en la que se mantiene firmemente con un fuerte celo mental, sólo después de haberlo oído, sin llegar a él por medio del conocimiento espiritual y visión mística (mushahâda)” (p.70).

En el momento en el cual se le aparece algún sentido divergente de lo establecido por la escuela de la cual es seguidor, “el Shaytán del taqlid (imitación)” le ataca y le susurra: “¿Cómo has dejado que este (nuevo) sentido acuda a tu mente, siendo contradictorio a aquello que creyeron tus antepasados?”. Por ello, considera ese nuevo sentido posible como una incitación del Shaytán, a pesar de que ha sido originado por Al-lâh. En este punto se hace comprensible el dicho de los sufíes, según el cual “el conocimiento (‘ilm) es un velo”, refiriéndose dicho conocimiento a las creencias y dogmas heredadas. Según al-Gazali, el seguimiento ciego de una autoridad es un obstáculo para la comprensión del Corán incluso si la comprensión de dicha autoridad es correcta y profunda. Pues la imitación sin implicación en la Verdad es meramente externa, no responde a lo que Al-lâh espera de nosotros.

Sigue al-Gazali: El tercer velo es la insistencia del hombre en el pecado, o el ser preso del orgullo, o el ser, en general, afectado por la pasión mundana que persigue. Estos causan la oscuridad del alma y su oxidación, y son comparables a la acumulación de la suciedad en un espejo. De modo que impiden que la verdad se refleje sobre el alma”. (p.71). De ahí que la tarea interpretativa consista en pulir el espejo de modo que el mensaje del Corán pueda reflejarse en uno mismo.

El cuarto y último de los velos que nos impiden comprender el Corán “se presenta cuando un hombre ha leído las más destacadas exégesis coránicas y ha llegado a la convicción de que las sentencias del Corán tienen únicamente aquellos significados que nos han llegado a través de la tradición de Ibn ‘Abbas, Mujahid, y otros exégetas de los tabi’un, y de que los significados que van más allá de ellos constituyen una interpretación del Corán por la opinión personal (Tafsir bil-ra’y), y que esto conduce al infierno” (p.72).

La necesidad de comprender el Corán por nosotros mismos está relacionada con el hecho de que los mandamientos y enseñanzas del Corán han sido revelados para nosotros, nos conciernen de modo directo en tanto que creyentes. No basta por ello seguir una escuela de pensamiento ni las exégesis tradicionales. Es imprescindible una comprensión profunda, de cara a aplicar los mandatos de Al-lâh en nuestra vida cotidiana. Esta conciencia de que el Corán ha sido revelado para cada uno de nosotros conduce al agradecimiento: al recitar o leer el Corán debemos sentir dicho agradecimiento, ser conscientes de los beneficios y misericordias que Al-lâh nos está dando, la posibilidad de recibir directamente Su Libro: “Si el lector del Corán supone que cada parte del Corán está destinada a él, no considerará el mero estudio como su deber; más bien, lo leerá justo como un esclavo lee un escrito de su amo”, para ponerlo en práctica inmediatamente (p.74).

Pero la comprensión y la puesta en práctica del Corán esta velada a aquellos que son incapaces de sentir el temblor de la palabra revelada. Hay que llorar con el Corán, sentir temor, pánico y alegría, pre-sentir los tormentos del Fuego y los deleites del Jardín. Al leer aquellos versículos donde se mencionan los defectos que nos poseen, nos sentimos aterrados, nos vemos reflejados en el espejo del Corán. No podemos escapar a Su Mandato. El escuchar el Nombre de Al-lâh el Perdonador (al-Gaffur) nos llena de esperanza y la melancolía se apodera de los enamorados de su Señor. La petición del perdón o el arrepentimiento constituyen una conmoción. Al recitar los versículos donde la Majestad de Al-lâh se hace patente, el lector-recitador siente su pequeñez, se siente aplastado y maravillado por la grandeza de al-Kabir, el Más Grande. Nuestro orgullo y absurdas pretensiones de poder se desvanecen. Ya en un capítulo anterior al-Gazali se había referido a los hadices en los cuales se alaba a aquellos que lloran y se conmueven con la lectura del Corán: “el Corán fue revelado con aflicción, así que cuando lo leas debes sentirte afligido” (p.43).

Lo que al-Gazali propone es una lectura que envuelve todas nuestras facultades, una auténtica simbiosis con el Corán: “La recitación del Corán es en su sentido más auténtico un acto en el cual la lengua, el intelecto y la mente toman parte. La parte jugada por la lengua consiste en la correcta pronunciación de las letras de un modo lento y distintivo. La parte jugada por el intelecto consiste en la explicación de los significados. La parte jugada por la mente consiste en la aceptación las exhortaciones recibidas y en sentir, como resultado de ser examinado y de obedecer los mandamientos” (p.80).

En este punto, el recitador del Corán se abandona, deja de sentir que lo recitado surge de su lengua, y lo percibe como proveniente de Al-lâh directamente. El recitador deja de ser activo, se convierte en un mero canal a través del cual las palabras del Corán se manifiestan. En un primer grado, el recitador supone que está recitando las palabras de Al-lâh, situándose frente a Al-lâh, mientras Al-lâh lo escucha. En este estadio, el recitador es alguien que alaba y suplica a un Dios distante. En el segundo grado, el recitador se siente mirado por Al-lâh, siente su presencia cercana y cariñosa, entablando una conversación de la cual se sabe beneficiario. Estos dos estadios son de los ashab al-yamin, la gente de la derecha. Los que no pertenecen a uno de estos grados ni al tercero son la gente de la dispersión, al-ghâfilûn.

El tercer grado se produce cuando el recitador ve a Al-lâh en lo recitado y percibe Sus Atributos en las sentencias del Corán. En este estadio, el recitador ya no piensa en si mismo, ha desaparecido y sin embargo sigue recitando. Su recitación lo posee de modo total, se confía al Originador del discurso coránico. Este es el grado de los cercanos a Al-lâh, al-muqarrabûn.

Este estadio nos conduce a la décima y última tarea mental que concierne a los recitadores del Corán: consiste en deshacerse de cualquier pretensión de poder y en evitar sentirse satisfecho de si mismo. Así, cuando se leen los versículos sobre los rectos o salvados, uno no debe sentirse parte de ellos: el sentirse a salvo es una muestra de infidelidad. Y cuando se leen los versículos sobre los perversos, uno debe reconocer en ellos su propia injusticia y cerrazón: “Ciertamente, el ser humano es injusto y desagradecido” (Corán 14:34).

La relación entre el Corán y el lector-recitador es personal, se deja envolver como un manto de luces y de sombras por la palabra revelada. Buscar en el Corán tan solo cosas hermosas es un signo de ignorancia, una forma de escapismo y de rechazo de la Realidad. Una y otra vez al-Gazali habla de la necesidad de una relación al mismo tiempo intelectual y corporal con el Corán, que va más allá de laque podemos mantener con un simple texto escrito. El Corán no es el mushaf del Corán, la revelación no se limita al texto escrito, hay que dejar que el Corán refleje lo que somos, y no lo que creemos que somos o deseamos ser:  

“Estas intuiciones místicas sólo pueden ocurrir después de que uno se deshaga de uno mismo y no se vea a uno mismo con satisfacción y como purificado, ni a través de la pasión. Entonces, estas intuiciones se concretan de acuerdo con el estado mental del hombre que las recibe. Así pues, cuando recita versos sobre la esperanza, y su estado mental está dominado por un buen augurio con respecto a ellas, la imagen del Paraíso llega a él a través de la intuición mística, y lo ve como si lo viera con sus ojos. Pero si lo domina el miedo, entonces el Infierno se le muestra a través de la intuición, de modo que puede ver sus diferentes tipos de castigo. Esto se debe a que el discurso de Al-lâh (¡grande y exaltado sea Él!) incluye versos que son dulces y sugerentes, así como otros que son aterradores. Y esto ocurre en conformidad con los atributos de Al-lâh, ya que entre sus atributos están la misericordia y la bondad, pero también la venganza y la violencia. Así pues, de acuerdo con la visión del lector del Corán con respecto a las sentencias del Corán y a los atributos divinos, la mente alterna entre diferentes estados y, de acuerdo con cada uno de estos estados mentales, la mente está preparada para una adecuada intuición mística y se aproxime a él, ya que es imposible que el estado mental del oyente sea diferente de lo que oyó, pues en él están el discurso del Beneficiador, el discurso del Vengador, el discurso del Más Poderoso, el del Arrogante que no necesita de nadie, y el discurso del Compasivo, el Simpatizante que no descuida a nadie”. (p.84-85)

Al-Gazali pone el acento en la recepción personal del Corán, sin que esta pueda separarse de los diferentes estados de ánimo y de la situación espiritual del lector-recitador. Anteriormente había rechazado la imitación ciega de los madhabs y había rechazado la pretensión de que los primeros exegetas hubiesen dilucidado de una vez por todas los sentidos del Corán. Nos situamos pues muy lejos de la pretensión de que existe una lectura unívoca y objetiva del Corán, que deba ser seguida por todos los musulmanes.

Todo esto nos prepara para la comprensión del último capítulo del libro, centrado de forma específica en la interpretación del Corán. En este nos dirá que cada versículo del Corán tiene 6000 sentidos posibles diferentes. Nos situamos ante el Conocimiento divino, en esencia inabarcable para el ser humano. A pesar de ello, al-Gazali rechaza la validez del tafsir bil-ray, según la opinión personal. Aquí un matiz se hace necesario: al-Gazali da por descontado que todo comentarista del Corán de hecho lo interpreta según sus propias investigaciones y capacidades. Lo que es necesario evitar es que estas queden bajo el dominio de las pasiones personales, y existen infinitas posibilidades de caer en errores si no se posee el conocimiento histórico y filológico necesario, un conocimiento que la tradición nos ha legado.

Pero la razón principal es la siguiente: existe una diferencia fundamental entre el sentido real del Corán y sus exégesis. El acceso al conocimiento real del Corán y a aquello que Al-lâh quiere de nosotros pasa por trascender toda opinión, por muy fundamentada que esta sea. Una vez más, al-Gazali defiende la intuición mística como el medio de obtener el conocimiento verdadero. Ninguna interpretación, por brillante o completa que parezca, tiene validez si no proviene de un corazón purificado. Pues en definitiva Al-lâh es el único poseedor del Conocimiento último de todas las cosas, y Él solo revela de Su conocimiento aquello que quiere y a quien Él quiere.


¿Fué Muhámmad un “jefe de Estado”?

Julio 19, 2009

Volvemos a la praxis profética, al momento de la hégira como punto de partida de una nueva comunidad de hombres y mujeres unidos por la apertura a la Realidad en si misma, frente a cualquier poder mundano. Es precisamente de la etapa del Profeta en Medina donde surge la imagen de Muhámmad como “dirigente político” u “hombre de Estado”. Muchos estudiosos han repetido este aserto, sin darse cuenta de su absurdo. Absurdo en primer lugar por su anacronismo. El Estado es una forma de organización política moderna, basada en el concepto de ciudadanía, en el establecimiento de unas fronteras nacionales y de una administración política compleja. Pero, sobretodo, absurdo porque ignora por completo la realidad de lo vivido en Medina. Como veremos, en la ciudad de Medina no fueron instauradas ninguna de las instituciones a través de las cuales el Estado ejerce su poder. No había jueces ni sistema judicial, ni tribunales ni abogados profesionales. No había ni policía ni sistema carcelario. No había educación controlada desde el poder político. De hecho, no existía nada como un poder político o un sistema administrativo…

Los historiadores que han analizado el funcionamiento de la comunidad profética de Medina han tenido enormes dificultades para definir el tipo de gobierno vigente y su funcionamiento. No es que falten testimonios sobre la comunidad, ni mucho menos. Lo que los historiadores encuentran a faltar son los típicos datos que esperan encontrar, sobre el funcionamiento de la judicatura, de ministros o gobernadores… De todos aquellos elementos típicos de un sistema de gobierno. Pero no encontramos nada de esto: brillan por su ausencia. Como mucho tenemos constancia de la asignación de tareas concretas que pueden ofrecer la imagen precaria de un gobierno, o de algún tipo de organización: tarea de recaudar el azaque a una tribu, tarea de mediar en el zoco, existencia de escribas o secretarios del Profeta, el nombramiento de personas (en concreto tres) para que fueran a juzgar en disputas acaecidas en otras partes de la Península Arábiga… Al margen de estos nombramientos, también sabemos que las decisiones que afectaban a toda la comunidad eran tomadas en concertación, en asamblea.

Citaremos seguidos varios pasajes de la obra de Ali Abd al-Ráziq El islam y los fundamentos del poder, escrita en Egipto en el año 1924. Esta obra constituye una investigación sobre el sistema del Califato histórico, en el momento de su desaparición. El autor dedica mucho espacio a preguntarse sobre si el Mensajero fue realmente un gobernante, o únicamente un líder espiritual que asumió tareas de dirección de la comunidad en aspectos que en principio estaban fuera de lo que era su misión profética. La intención del autor es la de demostrar que el Profeta no vino para establecer ningún sistema político, que su poder era eminentemente religioso, y que por tanto los musulmanes tienen libertad para crear el sistema político que les venga en gana, o que sean capaces de crear… Lo cual, en el momento del colonialismo, fue entendido por muchos como una aceptación tácita de las instituciones impuestas por los colonizadores. Sin embargo, lo que el autor acaba demostrando es, precisamente, que el modo de organización de la comunidad profética puede definirse como una anarquía:

Si nos trasladamos de la judicatura y el gobierno a otras funciones públicas que constituyen la esencia misma de un Estado, bien se base en instituciones financieras, de servicios que aseguren el orden público o de otro tipo de instituciones indispensables para el buen gobierno, incluidas las más simples y rudimentarias, se hace evidente la imposibilidad de dar, en la documentación que nos ha llegado sobre la etapa profética, con algo que nos permita afirmar con convicción y sensatez que hubiera algún tipo de gobierno organizado en tiempos del profeta (p.105).

Si fuese cierto que el Profeta (DBS) fundó un gobierno político o hubo esbozado los rasgos que le son propios, ¿cómo es que ese gobierno carecía de las numerosas instituciones que den carácter definido a un poder bien organizado? (p.119)

A lo dicho se puede responder de otra manera: muchas de las instituciones que hoy consideramos como bases del gobierno tales como las instituciones orgánicas del Estado o los fundamentos de la autoridad, no son más que convenciones contingentes, creaciones artificiales que para nada son indispensables en lo referido a la organización de un Estado que manifiesta ser modelo de simplicidad, gobierno de la naturaleza, enemigo de todo artificio y de todo aquello que rechaza la natural sencillez. Todas las observaciones que se pueden hacer al gobierno profético, bien analizadas, se reducen a una sola idea: dicho gobierno está desprovisto de las apariencias externas que hoy se consideran por parte de los sabios de la ciencia política, como bases de un gobierno civilizado bien que, en realidad, no sean absolutamente necesarias al mismo. Pudieran ser abatidas sin que por ello provocara una falta de autoridad, ni una deriva hacia la anarquía y el desorden. Tal sería la explicación de la pretendida confusión que reinaba en el gobierno profético. (p.121-122)

En las leyes establecidas por el Profeta (DBS) no encontramos disposición alguna que no se halle inspirada en la sencillez del estado natural (p.123).

El Profeta era iletrado. Fue el Enviado de los iletrados. Tanto en su vida privada como en la pública, en las leyes que dictó, nunca se apartó de los principios de la natural sencillez ni de las demandas de la sana y simple naturaleza con la que Al-lâh creó a las criaturas. Bien puede ser, por tanto, que la organización gubernamental en tiempos del Profeta (DBS), se conformara a lo que la natural simplicidad exige. Por ello, no cabe duda de que muchos órganos de poder del presente no sean más que creaciones artificiales, un aparatoso entramado al que nos hubiéramos acostumbrado durante mucho tiempo, de tal forma que se nos ha hecho familiar hasta tal punto que hemos llegado a creer que forma parte de los necesarios fundamentos del poder y bases de su ordenación toda. Sin embargo, con lo visto, parece que no tengan esa prerrogativa. (p.124)

¡No y mil veces no!: en su momento no hubo ni gobierno, ni Estado… Tal vez sea llegado el momento en que el lector haya podido llegar a encontrar la respuesta a la cuestión que se le ha venido planteando: la ausencia de cualquier tipo de manifestación de autoridad temporal y de gobierno establecido en tiempos del Profeta (DBS). Sin duda, ha podido llegar a comprender la razón de por qué no hubo entonces organización gubernamental alguna, ni tampoco gobernadores, ni jueces, ni ministerios. (p.144)

La conclusión a la que llega Ali Abd al-Ráziq nos sirve para confrontar la opinión común según la cual el profeta Muhámmad fue jefe de un Estado. La confusión se produce al realizar el salto de la comunidad al Estado, realizado de forma arbitraria por los historiadores, sin pararse a pensar que entre la realidad de una comunidad y la de un Estado existe un abismo. De hecho, se trata de realidades contrarias irreconciliables. Como saben anarquistas y antropólogos, allí donde hay Estado las relaciones humanas son secuestradas, y la comunidad es destruida. El Estado es la disolución del ligamen social, de las relaciones persona a persona, sustituídas por una relación entre los individuos y el Estado. Justo lo opuesto a lo que el islam promueve.

El Profeta no tenía ningún privilegio, ni como dirigente de la comunidad ni como Mensajero de Al-lâh, vivía como un hermano entre hermanos. Existen hadices significativos. En uno de ellos un extranjero llega a Medina en busca del Profeta. Entra en una reunión en la cual está presente y ve a un hombre sentado en una silla, un poco más elevado sobre el resto. Se dirige a él, pero no es el Profeta… Éste está tendido sobre el suelo, con su cabeza recostada en los muslos de uno de sus compañeros. Hay otro hadiz que explica que un hombre llegó hasta el Profeta, se emocionó en su presencia, se puso tan nervioso que temblaba… El profeta de dijo: “cálmate, yo no soy ni un rey ni un tirano, soy tan sólo el hijo de una mujer del Quraish que comía de lo que secaba al sol de la Meka”. Y, según otra tradición, el Profeta fue preguntado por los judíos sí él era un profeta-rey o un profeta-siervo, y él contestó: “elijo ser un profeta-siervo”.

No me resisto a citar una conocida anécdota. El Profeta tenía la costumbre de ir a dormir habiendo dado todo lo que le sobraba de las ganancias del día. No ahorraba nada ni tenía apenas posesiones. Una noche, al ir a acostarse tarde, se dio cuenta de que le habían quedado unas monedas en el bolsillo, que había olvidado repartir. El profeta sale apesadumbrado a media noche, cuando la ciudad duerme, buscando alguien que necesitase esas monedas, y hasta que no lo encuentra no pudo volver a su casa y dormir tranquilamente.

Pero todavía hay más: el Profeta denegó la responsabilidad de dirigir los asuntos de otras tribus árabes que acudieron a él como líder político-religioso. Existe un hadiz al respecto: “Vosotros conocéis vuestros asuntos”. El Profeta se negó a inmiscuirse en los asuntos internos de las tribus que se reconocieron como musulmanas. Como resultado, a la muerte del Profeta no existía en la Península Arábiga un gobierno unificado, sino diferentes tribus musulmanas coexistiendo entre sí y con otras comunidades no musulmanas, cada una con sus formas de gobierno. Y eso a pesar de haber sido prácticamente unificada religiosamente por el islam. Esto quiere decir que existe una distinción entre el magisterio profético y el político. Muhámmad fue el líder de los musulmanes de Medina, pero no fue el jefe político del resto de comunidades musulmanas que se establecieron en su tiempo. De ahí que no se conozcan nombramientos de gobernadores ni ministros, ni nada parecido a la organización de un sistema político que fuese más allá de la comunidad concreta en la cual el Profeta y sus compañeros convivían.

Cuando los cronistas nos resumen el legado político de Omar ibn al-Jattab, segundo califa del islam, que gobernó años después de la muerte del Profeta, suelen hacer el listado de todas aquellas instituciones por él establecidas. Entre estas: establecimiento de un ‘Departamento del Tesoro’ (Bayt al-mâl), con sus recaudadores de impuestos; establecimiento de un censo, tanto de tierras como de población; codificación de leyes (con la ayuda de rabinos judíos conversos al islam, por cierto); creación de tribunales estables; organización de un departamento de policía; creación de un ejército profesional, con reservistas incluidos; establecimiento del calendario de la hégira… Y todo ello gestionado a través de una administración centralizada. Cada departamento tenía un secretario que registraba minuciosamente cada actuación. Los jefes de los departamentos se reunían para coordinar la política que debían seguir, bajo el mando de Omar ibn al-Jattab. Esta era comunicada a los gobernadores provinciales a través de cartas y memorandos. Además, Omar ibn al-Jattab estableció hospicios, declaró que los no-musulmanes también tenían derecho a la asistencia del azaque. Y declaró abolida la esclavitud, cosa que sus sucesores se pasaron por el forro. Todo ello es referido en libros como el Kitab al-Awa’il (Libro de los primeros) de Abu Hilal al-‘Askari, y en la historia de Imam Tabari. Si lo mencionamos aquí no es para hacer la apología del legado del califa Omar, sino para poner en evidencia que con anterioridad a su gobierno no existían todas las instituciones mencionadas.

¿Puede calificarse cómo hombre de Estado o cómo creador de un Estado a un hombre que lideró una comunidad basada en una experiencia compartida, una comunidad en la que no había ni policía, ni tribunales, ni ejército profesional, ni un sistema tributario, ni gobernadores, ni censos, ni siquiera una mínima administración? ¿Puede calificarse como jefe de Estado a un hombre que se negó a ejercer el poder sobre otras comunidades musulmanas, y que ejerció su liderazgo únicamente sobre sus seguidores en una ciudad en la cual vivían miembros de otras comunidades, los cuales se regían por sus propias leyes y tenían sus propios dirigentes y sus instituciones? El mito de Muhámmad como hombre de Estado es sólo eso: un mito. Si se ha cosificado y es repetido como un dogma es porque sirve a un propósito político.


El islam como movimiento social

Julio 13, 2009

El islam como movimiento social
por Abdennur Prado

Todo análisis del lenguaje político del Corán sería incompleto sin una referencia a la dimensión igualitaria. El islam es, desde sus orígenes, un movimiento social, en el cual el mensaje de salvación es indisociable de la consecución de la lucha contra la opresión y del establecimiento de la equidad en la tierra. Tal y como ha señalado Ahmed Afzaal:

“La lucha del Profeta Muhámmad aparece más o menos conscientemente encaminada a provocar ciertos cambios clave en las esferas ético-religiosa y socio-política de la sociedad árabe… Los objetivos socio-políticos de esta lucha del Profeta Muhámmad son la necesaria e inevitable –aunque sea de forma implícita y tácita- consecuencia de su visión ético-religiosa… La participación del Profeta Muhámmad en el activismo socio-político puede ser visto no como accidental sino como una consecuencia natural de la lógica interna de su visión ético-religiosa; en otras palabras, puede ser vista como el inevitable impacto sobre su contexto social y material de las poderosas fuerzas que se generaron dentro suyo como resultado del encuentro con lo Sagrado.” [1]

Existe por ello una conexión directa entre el mensaje propiamente religioso y el mensaje social, una conexión orgánica y vinculante: no hay salvación sin lucha por la justicia social. No se puede ser musulmán sin embarcarse en un yihad contra toda forma de opresión. Existe una conexión entre el yihad, hacer el bien (especialmente a los más necesitados) y la consecución del logro supremo del Jardín:

¿O es que pensáis que entraréis en el Jardín
sin que Al-lâh tenga constancia de que os habéis esforzado,
y tenga constancia de que habéis sido pacientes en la adversidad?
(Corán 3: 142)

¿Pensáis acaso que se os dejará en paz
sin que tenga Al-lâh constancia de que os habéis esforzado

sin buscar más ayuda que la de Al-lâh,

Su Enviado y aquellos confían en Él?
Pues, Al-lâh está bien informado de todo lo que hacéis.
(Corán 9: 16)

Aquellos que han confiado y han emigrado
y se han esforzado por la causa de Al-lâh con sus bienes y sus personas
poseen el más alto rango ante Al-lâh;
¡y son ellos, precisamente, los que triunfarán!
(Corán 9: 20)

Pero a los que luchan esforzadamente por Nuestra causa
-sin duda les guiaremos por caminos que conducen a Nosotros:
pues, ciertamente, Al-lâh está en verdad con quienes hacen el bien.
(Corán 29: 69)

Lo que el Corán llama el ájira (la última vida tras la muerte) y el dunia (la vida en este mundo), no constituyen espacios enfrentados, que se sitúen el uno después del otro, sino mundos enlazados, que se afectan mutuamente. Cada acción en este mundo tiene una repercusión en el otro mundo, una repercusión que ya podemos sentir en este mundo. No hay fractura, ni se nos habla de sacrificar los placeres de la vida terrenal para ganar un paraíso abstracto, sino dimensiones de la misma existencia sobre cuya conexión debemos ser conscientes: esa conciencia es lo que nos hace musulmanes.

Si existe una conexión entre el yihad y la salvación, también entre estos dos y el establecimiento de la equidad y el rechazo de la tiranía. Como movimiento social, el islam surgió para recusar todo status quo o poder político y religioso coercitivo, a liberar a los seres humanos de las relaciones de poder, para fundar una vida en común basada en la hermandad, la igualdad y la justicia social, en el cual el único Soberano es Al-lâh. El Corán es meridianamente claro en este punto.

¡Y Él es el [único] que puede subyugar
y [es el único] que está por encima de sus siervos.
(Corán: 6:18)

¿Acaso no sabes que es de Al-lâhel Poder [mulk] de los cielos y de la tierra?
¡Y [sabed que] no hay para vosotros, con exclusión de Al-lâh,
más Dirigente [Wali] y Salvador que Él!
(Corán 2: 107)

El Poder [al- hukum] pertenece sólo a Al-lâh.
(Corán 6:57)

Hay que leer literalmente el Corán para comprender la radicalidad de su mensaje político, y como este ha sido soslayado en el pensamiento político clásico, favoreciendo la instauración de un poder terreno[2]. Decimos que el islam nació para recusar todo status quo, y recalcamos la palabra todo: no únicamente aquel contra el cual se enfrentó el Profeta Muhámmad. El Quraysh no es sino un arquetipo de todo grupo dominante, de la arrogancia de los poderosos. Puede ser equiparado a toda forma de gobierno. El enfrentamiento del Profeta con el Quraysh no es sino la reedición de múltiples enfrentamientos anteriores, del mismo modo que el enfrentamiento de los musulmanes contra las opresiones del presente es una actualización del mismo. En el lenguaje político del Corán, esta historia reitera la de la mayoría de los profetas. Abraham se enfrenta al poder, destruye los ídolos y debe huir a “una tierra bendecida” (21:71), para fundar una comunidad basada en la hermandad y en la destrucción de las relaciones de poder. Lo mismo sucede con Moisés, lo mismo con el profeta Noé, lo mismo Muhámmad, un paradigma que se repite a lo largo de todo el ciclo de la Profecía:

“Estas historias a menudo señalan la división de una nación a través de fronteras de estatus y de clase, con los débiles y los oprimidos invariablemente situándose de parte del Mensajero de Dios en contra de la elite de su nación.” [3]

Paradigmáticos son los del enfrentamiento de Moisés con el Faraón y de Abraham con Nimrod, de los cuales el enfrentamiento de Muhámmad con el Quraysh constituye un recordatorio. Dado que ya hemos mencionado el caso de Moisés y el Faraón, nos referiremos brevemente a Abraham:

¿No has sabido de aquel [rey] que discutió con Abraham
acerca de su Sustentador, [sólo] porque Al-lâh le había dado la realeza?
He ahí, que Abraham dijo:
“Mi Sustentador es quien da la vida y da la muerte.”
[El rey] respondió: “¡Yo doy la vida y doy la muerte!”
Dijo Abraham: “¡En verdad, Al-lâh hace que el sol salga por el este;
hazlo tú, pues, salir por el oeste!”
Así fue confundido el que se obstinaba en negar la verdad:
pues Al-lâh no guía a gentes que hacen el mal.
(Corán 2: 258)

Estos versículos nos sitúan ante la falacia de toda pretensión humana de ejercer un poder ilimitado. Ponen en cuestión toda doctrina política basada en la idea de soberanía. ¿Por qué habríamos de temer o de obedecer a un poder que se funda sobre unas pretensiones cualquiera de soberanía, cuando sabemos que Al-lâh es el único Soberano, al-Malik? La propia idea de la Profecía conduce de forma irremediable a rechazar todo poder humano como una ficción y una usurpación: no se puede ejercer el poder en nombre de la revelación, la idea de un “gobierno islámico” es una contradicción. Por mucho que el Faraón se de una apariencia islámica, sus signos lo delatan: acumulación de poder, culto a la personalidad del líder, la arrogancia de constituirse en representantes de Al-lâh sobre la tierra, la idolatría de constituirse en guardianes de la revelación y la persecución de todos aquellos que ponene en duda el fundamento sobre el cual justifica su poder. Este es el punto crucial del Mensaje político del Corán, sobre el cual los musulmanes no debemos engañarnos: también el Faraón era un hombre religioso, que pretendía ejercer el poder en nombre de Al-lâh.

La dimensión política y social es por tanto central a la concepción coránica de la Profecía. Se deriva de la idea del tawhîd, de la Unicidad de Al-lâh, la conciencia de que todo esta unido en Al-lâh y de que no existe otra realidad aparte de la Realidad Única. Lo contrario del tawhid es el shirk, el asociar algo a Al-lâh, la pretensión de que algo creado pueda compartir en la menor medida la soberanía de Al-lâh. Todo lo creado está unido por su origen en Al-lâh, sin que podamos establecer una gradación ontológica en base a características específicas, tales como las razas, las nacionalidades o el género. Las relaciones de las cosas creadas se basan en la reciprocidad, desde el momento en que todas ellas se relacionan de igual modo con el Todo.

Proclamar la unicidad de Al-lâh implica, necesariamente, recusar toda pretensión de soberanía por parte de los poderes de este mundo. De ahí la insistencia del Corán en rechazar la arrogancia de los poderosos frente los débiles:

Y los dignatarios de entre la gente de Faraón dijeron:
“¿Vas a permitir que Moisés y su gente siembren la corrupción en el país
y que [hagan que tu gente] os abandonen a ti y a tus dioses?”
[Faraón] respondió: “¡Haremos una masacre con sus hijos varones,
dejando con vida [sólo] a sus mujeres:
ciertamente, tenemos poder sobre ellos!”
(Corán 7: 127)

Y toda [la humanidad] comparecerá ante Al-lâh;
y entonces los débiles dirán a los que se habían mostrado altivos:
“En verdad, nosotros éramos vuestros seguidores:
¿podéis, pues, apartar de nosotros algo del castigo de Al-lâh?”
(Corán 14: 21)

En estos versículos se trazan dos paralelismos. El primero ya lo hemos enunciado: la relación causa-efecto entre la salvación y la liberación de la opresión, y entre la tiranía y la condena. El segundo se deriva de forma lógica del anterior: la oposición entre loas categorías antagónicas de los mustadz’atûn (los oprimidos) y los mustakbirûn (los poderosos). Siendo una recusación de la opresión, el islam está del lado de los débiles, de los perseguidos, de los oprimidos. Esto es algo que la primera generación de musulmanes percibían de forma inmediata, pero que ha sido ocultado convenientemente por la tradición política y jurídica, en la medida en que estas han tendido a justificar la instauración de un poder fundado sobre las enseñanzas del Profeta. Lo cual no es sino una contradicción.

Frente a la opresión, el Corán sitúan la hermandad, la ayuda mutua, la generosidad y la equidad:

En verdad, [ya antes] hicimos llegar a Nuestros enviados
con todas las pruebas de la verdad;
e hicimos descender por medio de ellos la revelación
y [os dimos así] una balanza [con la que sopesar el bien y el mal],
para que los hombres se conduzcan con equidad.
(Corán 57: 25)

Di: ‘Mi Señor sólo ordena la Equidad [al-Qist]’.
(Corán 7: 29)

En verdad, Él creó la creación,
y luego la reproduce para recompensar con la Justicia Divina [al- Haqq]
a quienes tienen plena confianza
y hayan trabajado por lo que es justo de modo equitativo [al-Qist].
(Corán 10:4)

¡Oh, quienes tenéis plena confianza (imam)!
¡Que vuestro fundamento se base en lo que Al-lâh [os ha enseñado]
que es justo y de derecho, siendo testigos de la equidad.
¡Sed de los equitativos [qisat]!
¡Esto es lo más próximo a la conciencia de Mí!
(Corán 5:8)

Pero esta equidad no se logrará sin superar los apegos personales, la idolatría de la posesión y del dinero, la idolatría del poder. Igual que el Evangelio, el Corán deja clara la imposibilidad de ser rico y entrar en el Reino de los cielos:

¡Hay de aquel que ha reunido una fortuna
y la considera como una salvaguarda,
creyendo que su riqueza le hará vivir eternamente!
¡Qué va! Será arrojado a un tormento demoledor.
(Corán 104:1-2)

No alcanzaréis la piedad auténtica mientras no gastéis (en los demás)
algo de lo que amáis.
Y Al-lâh conoce bien cualquier cosa que gastáis.
(Corán 3:92)

¡Pero no! ¡Al contrario, no sois generosos con el huérfano,
ni os instáis unos a otros a alimentar al necesitado,
y devoráis con voracidad la herencia [de otros],
y amáis la riqueza con un amor desmedido!
(Corán 89:17-20)

[El Fuego] Reclamará para sí a quienes dan la espalda y se apartan,
los que amasan [riquezas] y luego las retienen.
(Corán 70: 17-18)

Aquellos que alcanzarán el Jardín son aquellos que se han transformado a si mismos a través de un trabajo (de un yihad) que abarca aspectos individuales y comunitarios, tanto a nivel externo como interno. El abandono del egoísmo y del amor a las riquezas está ligado a la confianza en Al-lâh (imam). El actuar con equidad es lo más próximo a la conciencia de Al-lâh (taqua). En definitiva, el Corán establece una conexión íntima entre cambio personal y transformación social:

En verdad, Al-lâh no cambia la condición de una gente
mientras estos no se cambien a sí mismos.
(Corán 13: 11)


[1] The Origin of Islam as a Social Movement. Islamic Studies 42:2 (2003), p.205 y 207..

 

[2] Esto es especialmente cierto para aquellos países en los cuales el islam es impuesto a las masas oprimidas.

[3] The Origin of Islam as a Social Movement. Islamic Studies 42:2 (2003), p.224.


Elorza versus Tamayo: dos visiones enfrentadas del islam

Julio 8, 2009

Elorza versus Tamayo: dos visiones enfrentadas del islam
Por Abdennur Prado
Presidente de Junta Islámica Catalana

En el último año han aparecido dos libros sobre el islam que merecen destacarse, por ser obra de conocidos intelectuales españoles. Antonio Elorza, autor de ‘Los dos mensajes del Islam’, es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid. Juan José Tamayo, autor de ‘Islam. Cultura, religión y política’, es director Juan José Tamayo, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones en la Universidad Carlos III de Madrid (este último ha sido reseñado por Elorza en la Revista de Libros).

Si creemos interesante reflexionar conjuntamente sobre ambos libros es porque nos ofrecen dos metodologías radicalmente opuestas de aproximarse al estudio del islam. La primera, que podemos calificar de fundamentalista, es la de Elorza. La segunda, que podemos calificar como hermenéutica, es la de Tamayo.

La visión del islam ofrecida por Elorza pasa por negar toda mediación hermenéutica, el papel de los creyentes como receptores activos de un mensaje revelado. Negar el papel de la interpretación conduce a atribuir a los textos sagrados un sentido unívoco y literal, aislando el texto del contexto, e incluso citando parcialmente versos del Corán como si fuesen dogmas o consignas separadas del conjunto. Así, puede hablarse del islam como algo abstracto y estático, ignorando por completo su cosmología, su dimensión mística o su mensaje ético central.

Elorza se aferra a una presunta “ortodoxia islámica”, que coincide significativamente con la de los fundamentalistas, y la utiliza para explicar acontecimientos eminentemente políticos. Se renuncia así al análisis histórico o socio-cultural, y se reducen realidades complejas en base a un fundamentalismo textual. Las causas del terrorismo no son consideradas políticas sino religiosas. Para entender el terrorismo no debemos interesarnos por la geopolítica internacional, ni indagar en la situación de los países en los cuales se origina. No: las causas hay que buscarlas en el Corán y en los dichos del profeta. Para probar esta tesis, mutila versículos coránicos y oculta otros que no cuadran con su visión violenta del islam (22:39-40, 5:64, 8:61, etc., etc., etc…). Un ejemplo diáfano de manipulación, que da una imagen muy pobre del mundo académico español.

Sorprende ver a un catedrático de ciencias políticas renunciando a la metodología propia de dicha materia. Elorza habla de “la sharia inmutable” y califica las recopilaciones de hadices como “seguras”. Pero cualquier especialista que aplique una metodología científica sabe que la sharia no es monolítica y aún menos inmutable, y que gran número de hadices aparecen tardíamente y son difícilmente atribuibles al Profeta. Esto es algo que cualquier intelectual musulmán contemporáneo reconoce sin ambages.

Frente a esta lectura fundamentalista se sitúa la hermenéutica de Juan José Tamayo. ‘Islam. Cultura, religión y política’ constituye una minuciosa aproximación al islam, abordando aspectos históricos, políticos y religiosos complejos, sin eludir las cuestiones más polémicas, como el terrorismo o la cuestión de género. La visión hermenéutica tiende a mostrar la problematicidad y el pluralismo. En consecuencia, la propuesta de Tamayo es creativa: la de avanzar hacia una teología islamo-cristiana de la liberación, a partir de la lucha común contra todo fundamentalismo y la puesta en primer plano de los elementos liberadores de ambas religiones: opción por los pobres, valores ecológicos, igualdad de género.

En relación a la problemática de la Sharia, Tamayo nos ofrece una aproximación plural, que abarca desde la etimología a la historia, no exenta de crítica. Cita las diferentes escuelas clásicas de jurisprudencia y los intentos de reforma, hasta llegar al problema del fundamentalismo y la necesidad del feminismo islámico, postulada por numerosos autores. Es decir, Tamayo aborda la Sharia como un fenómeno histórico en cuya formación influyen diversos factores y no como una ley sagrada fijada in illo tempore. Siendo la Sharia el resultado de una elaboración histórica, resulta obvio que puede ser objeto de discusión y de reforma. Esto es justo lo que se niegan a aceptar los fundamentalistas, incluido Elorza.

¿Es la lectura de Tamayo una “angelización” del islam, como pretende Elorza (El País 10/01/2009)? En absoluto. En todos los temas tratados, confronta puntos de vista de autores musulmanes, cita a especialistas no musulmanes y trata de ofrecer un cuadro de conjunto. En el tema del yihad, cita a autores antiguos y modernos, da cuenta de la utilización del término por parte de al-Qaeda, ofrece una comparación con la doctrina católica sobre la guerra santa, para llegar a la conclusión de que es abusivo identificar el término yihad con la violencia. Es decir: Tamayo no niega que haya lecturas que conecten yihad y terrorismo. Lo que niega es que éstas sean ortodoxas o las únicas posibles.

La visión fundamentalista es dogmática y se presenta como la única posible. Elorza actúa de Gran Inquisidor. Habla desde la posesión de la verdad y desde esta atalaya juzga a los demás. Su visión del yihad es idéntica a la de los terroristas. El islamismo es reducido a un estereotipo. Se ignoran las aportaciones de los mayores especialistas sobre el tema (como Gema Martín Muñoz) y se seleccionan de forma a-científica citas de autores que refuerzan el estereotipo (estrategia orientalista). El contraste entre puntos de vista divergentes brilla por su ausencia. No se establece ninguna distinción entre el islamismo radical o moderado, ni entre aquellas corrientes que apelan a instaurar un Estado teocrático y aquellas que apuestan por la democratización. En algún punto, el discurso Elorza roza el antisemitismo: “Tanto en el judaísmo como en el islam, la violencia contra el otro forma parte del núcleo de la creencia religiosa” (p.353). Y de ahí deduce que el terrorismo de Estado de Israel tiene su origen en la Torá. Una vez más, negación de la raíz política de los conflictos y búsqueda de explicaciones en una lectura fundamentalista de los textos sagrados.

En definitiva, nos encontramos con dos visiones opuestas sobre el islam. Resulta sorprendente la inversión de las metodologías que, a priori, se les supondrían a uno y otro autor. El catedrático de ciencias políticas nos ofrece una lectura religiosa descontextualizada. El teólogo cristiano adopta el método crítico propio de las ciencias sociales y nos ofrece una visión contextualizada del islam, de la sharia o la cuestión de género, como fenómenos sujetos a los vaivenes de la historia y de la interpretación humana.